Dicen que el Rey de Varken nunca ha tenido que repetir una orden dos veces.
Dicen que con una sola mirada puede hacer temblar a generales experimentados, que ministros con décadas de servicio pierden la voz en su presencia, que incluso los nobles más altivos agachan la cabeza cuando él entra a una habitación. Dicen que es frío como el mármol de su trono, calculador como un ajedrecista que ya vio el final del juego antes de que el rival mueva su primera pieza.
Lo dicen con miedo. Lo dicen en susurros.
Y tienen razón.
Todo el mundo le teme.
Todo el mundo, excepto ella.
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capitulo 7
Tengo que admitir algo: lo único relajante de los últimos tres días fue, sorprendentemente, no tener que ponerme corsé para las clases de etiqueta. Pero claro, esa tranquilidad tenía fecha de vencimiento, y esa fecha era exactamente hoy.
Cuando Marta empezó a ajustar el corsé bajo mi vestido, sentí que el aire se me escapaba del cuerpo en tiempo real.
—Marta —dije, sujetándome del poste de la cama—, creo que me va a dar un infarto.
—Solo un poco más, mi lady —respondió ella, tirando del cordón con una fuerza que no concordaba con su edad ni con su tamaño.
—Un poco más y voy a desmayarme antes de llegar al baile.
—Todas las damas lo usan, mi lady. Se acostumbrará.
*No, no me voy a acostumbrar,* pensé, intentando respirar lo más profundo que el invento medieval de tortura me permitía. Y ni hablar de la ropa interior, que parecía diseñada específicamente para hacerme sentir como una abuela de noventa años en pleno siglo equivocado.
Mientras Marta terminaba de ajustar las últimas cintas, no pude evitar preguntarme algo que llevaba dándome vueltas en la cabeza desde la primera noche: ¿cómo era posible que en esas novelas que alguna vez leí de pasada, las protagonistas reencarnadas nunca se quejaran de esto? Nadie mencionaba el calor insoportable de dormir rodeada de velas, la ausencia total de algo tan básico como un abanico eléctrico, o el sufrimiento existencial que representaba un corsé bien ajustado.
*Definitivamente voy a tener que hacer varios cambios por aquí,* pensé, mientras Marta colocaba los últimos toques en mi peinado. *Empezando por inventar el ventilador, si es que mi magia de hielo no resuelve antes el problema del calor.*
Bajé las escaleras tomada de la mano de Kael, todavía perdida en mis propios pensamientos sobre corsés y ventiladores inexistentes, hasta que noté que él me miraba de reojo con una ceja levantada, esperando algo. Volví a concentrarme en el presente.
—Se ve... aceptable —dijo él, mirándome de arriba abajo con una expresión que no terminaba de delatar si era un cumplido o una crítica disfrazada.
—Usted también se ve aceptable, Majestad —respondí—, considerando que su personalidad compite directamente con su apariencia.
—Eso, viniendo de usted, casi suena a un cumplido.
—No se acostumbre.
Caminamos juntos hacia un balcón privado que daba directamente al gran salón, donde había dos sillas dispuestas especialmente para nosotros, con vista perfecta a toda la fiesta de abajo.
—¿Vamos a quedarnos aquí arriba? —pregunté, sin disimular mi decepción.
—Es tradición que el rey y su prometida observen la entrada de los invitados desde el balcón antes de bajar —explicó Kael, como si fuera la cosa más obvia del mundo.
—Qué tradición tan aburrida.
—La tradición no fue diseñada pensando en su entretenimiento, Lady Evelyn.
—Pues debería haberlo sido —murmuré, sentándome en la silla designada con un suspiro resignado.
*Bien,* pensé, mirando de reojo hacia las mesas repletas de bocadillos que se veían tentadoramente cerca y, al mismo tiempo, completamente fuera de mi alcance. *Tal vez pueda escaparme cuando don gruñón se distraiga lo suficiente.*
—Por cierto —dijo Kael—, nos corresponde abrir el baile.
—Lo sé —respondí, sin inmutarme—. Lady Beatrice me lo dejó bastante claro durante mis lecciones. Tres días enteros repitiéndomelo, de hecho.
Kael pareció ligeramente decepcionado de no haberme sorprendido.
—Veo que sus clases fueron más completas de lo que imaginé.
—Tengo mis métodos.
Desde el balcón observé cómo iban llegando los invitados, una procesión interminable de vestidos elegantes y joyas que probablemente costaban más que cualquier cosa que yo hubiera poseído en mi vida anterior. Noté, no muy lejos, a un grupo de mujeres jóvenes —nobles, claramente, por la calidad de sus vestidos— que me miraban con una mezcla de curiosidad y abierto disgusto, susurrando entre ellas detrás de sus abanicos.
*Bienvenida al club de fans del rey,* pensé, sin darle mayor importancia. Si esperaban que me afectara su desaprobación, iban a llevarse una decepción.
El momento llegó antes de lo que hubiera querido. La música cambió, el salón se despejó dejando un espacio circular en el centro, y todos los ojos se dirigieron hacia el balcón, esperando que bajáramos.
Kael se puso de pie y me ofreció la mano con una formalidad casi teatral.
—¿Lista, Lady Evelyn?
—Tan lista como puede estarlo alguien que preferiría estar comiendo bocadillos —respondí, tomando su mano de todas formas.
Bajamos juntos hasta el centro del salón, mientras la orquesta esperaba la señal para comenzar. Kael colocó una mano en mi cintura con una seguridad que delataba años de práctica, y yo apoyé la mía sobre su hombro, intentando recordar todo lo que Lady Beatrice me había enseñado en tan poco tiempo.
—No me pise —dijo él, en voz baja, justo cuando la música comenzó.
—No prometo nada —respondí, mientras empezábamos a movernos al ritmo del vals.
Para mi sorpresa, mis pies recordaban los pasos mejor de lo que esperaba, ya fuera por las clases intensivas o por algún resto de memoria muscular de la vieja Evelyn que decidió cooperar justo a tiempo.
—Baila mejor de lo que imaginé —comentó Kael, guiándome con fluidez por el centro del salón.
—Imaginó mal entonces.
—Por lo visto.
—¿Eso es un cumplido, Majestad?
—Es una observación.
—Suena sospechosamente a un cumplido.
—Tiene una imaginación muy activa, Lady Evelyn.
—Y usted una manera muy particular de evitar admitir cuando algo le agrada.
Kael me hizo girar con un movimiento preciso, y cuando volví a quedar frente a él, había algo en su expresión que parecía estar calculando su próxima respuesta con más cuidado del habitual.
—Quizás —dijo finalmente— ambos compartimos esa característica.
—Touché —admití, sin poder evitar una pequeña sonrisa.
A nuestro alrededor, sentía las miradas de todo el salón puestas en nosotros, evaluando cada movimiento. El grupo de mujeres que antes nos observaba desde lejos ahora parecía estudiarnos con renovada atención, sus expresiones oscilando entre la sorpresa y algo que se parecía bastante a los celos.
—Sus admiradoras nos están observando —comenté, notando cómo Kael apenas desviaba la mirada hacia ellas.
—No son mis admiradoras.
—Por la forma en que la rubia de allá lo está mirando, yo diría que sí lo son.
—Entonces tendrán que conformarse con admirar de lejos —respondió él, sin perder el ritmo del baile—, porque esta noche estoy ocupado bailando con mi prometida.
Sentí algo extraño revolverse en mi pecho ante esa frase, algo que decidí ignorar completamente por el resto del baile.
—Qué considerado de su parte —dije, en cambio, manteniendo el tono ligero.
—Solo cumplo con mi papel, Lady Evelyn.
—Yo también, Majestad. Solo cumplo con el mío.
La música continuó, y por unos minutos, en medio de todas las miradas y los susurros, casi pude olvidar que esto era solo una obligación protocolar entre dos personas que apenas se conocían.
Casi.