⚠️ Edicion de capítulos ⚠️
🚫 Novela en Emisión y Corrección 🚫
Molly Dumont vive en un mundo de sombras donde nadie puede oírla. Tras un trágico accidente, todos creen que su mente se ha ido para siempre, pero ella está ahí, escuchando cada secreto, cada traición y cada suspiro.
Axel Brunner, el CEO del Holding Arcane, se casó con ella por un pacto de poder, pero ahora se encuentra librando la batalla más importante de su vida: proteger a la mujer que todos llaman "un cuerpo vacío". Mientras la justicia intenta arrebatársela y un tío ambicioso busca destruirla, Axel descubrirá que el amor no necesita palabras, y que Molly está enviando señales que solo un corazón dispuesto a escuchar puede entender.
¿Podrá Axel salvarla antes de que el tiempo se agote? ¿Logrará Molly romper las cadenas de su silencio antes de perderlo todo?
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Capítulo 10: El Despertar de la Culpa
El pasillo de la planta de neurología se sentía como un túnel sin fin. El suelo de linóleo gris, pulido hasta el extremo, reflejaba la figura imponente de Axel, quien seguía a Gerard con una creciente sensación de asfixia. El silencio aquí no era el productivo de la Torre Arcane; era un silencio denso, cargado de un peso metálico.
Gerard se detuvo frente a una puerta de madera clara, marcada con el número 402. Sus manos temblaron ligeramente antes de girarse hacia Axel.
—El señor Dumont lo está esperando dentro —susurró, abriendo la puerta lo justo para que Axel pasara.
Allí, sentado en un sillón orejero, Julien Dumont parecía una sombra de lo que fue. Sus hombros estaban caídos y su rostro, bajo la luz de una única lámpara, era un mapa de arrugas y sombras. Axel se detuvo, impactado por el deterioro de su socio.
—Julien... —Axel dio un paso al frente, bajando la voz por respeto—. No tenía idea de que estabas tan mal. Lo siento mucho, de verdad. Si hubiera sabido que este era el motivo de tu retiro, no habría insistido tanto en las reuniones de seguimiento.
Julien soltó una risa amarga, un sonido seco que vibró en el aire pesado. Se puso de pie con dificultad, apoyándose en el respaldo del sillón.
—Sí, estoy enfermo, Axel... pero no de la manera que piensas. Mi cuerpo se apaga, es cierto, pero mi dolor no nace de mi sangre, sino de mi corazón. Mi hija... —Julien hizo una pausa, su voz quebrándose—. Mi hija es la que ha pagado el precio más alto.
Axel frunzo el ceño. No entendía qué tenía que ver Molly con la enfermedad de Julien.
—¿Tu hija? Julien, no entiendo. ¿Qué ocurre con Molly? ¿Ella sabe que estás aquí?
Julien no respondió. Caminó hacia el panel corredero que dividía la estancia y, con un gesto lento y solemne, lo deslizó por completo.
Axel cruzó el umbral y, de repente, el mundo se detuvo. El oxígeno pareció desaparecer de sus pulmones. El aire estaba saturado con el aroma de las peonías blancas, el mismo perfume que había estado enviando cada semana.
Allí, en el centro de una habitación blanca y gélida, envuelta en sábanas de algodón purísimo, estaba ella. Pero no era la Molly que él recordaba de aquella cena en Madrid. Su piel era traslúcida, casi de cera, y una red de cables y tubos salía de sus brazos y se hundía en su garganta. El rítmico pitido del monitor le taladraba los oídos. Su cabello estaba recogido para dejar espacio a una cicatriz lívida que desaparecía bajo un vendaje en su sien.
Axel sintió que las piernas le flaqueaban. Tuvo que apoyarse en el marco de la puerta para no desplomarse.
—¿Pero qué carajos...? —el susurro de Axel salió como un desgarro—. ¿Qué es esto, Julien? ¿Qué ocurrió?
—Tuvo el accidente la mañana que regresó de Madrid, hace seis meses —susurró Julien a sus espaldas, con la voz cargada de agonía—. Ha estado aquí desde entonces, prisionera de este silencio. Un camión... un impacto que debió ser mortal. Entró en coma en ese mismo instante.
Axel no respondió. Su mirada permaneció clavada en la figura inmóvil de Molly mientras algo oscuro y pesado comenzaba a hundirse en su pecho. Durante seis meses había construido una historia entera en su cabeza. Molly estaba enfadada. Molly era demasiado orgullosa para responderle. Molly había decidido borrarlo de su vida después de aquella desastrosa cena en Madrid. Se había repetido aquellas ideas tantas veces que terminaron pareciéndole verdades.
Y mientras él la juzgaba desde la comodidad de su despacho, ella permanecía allí, inmóvil, atrapada entre máquinas y silencios.
Su mirada recorrió la habitación y entonces lo vio. Peonías blancas. Había jarrones por todas partes: sobre la cómoda, junto a la ventana, en una pequeña mesa cercana a la cama. Las mismas que él enviaba cada semana.
Durante meses había imaginado a Molly recibiéndolas con indiferencia. Incluso llegó a pensar que quizá las tiraba a la basura sin molestarse en leer las tarjetas. Nunca se le ocurrió pensar que alguien más las colocaba cuidadosamente en aquella habitación mientras ella permanecía inconsciente.
Axel sintió un golpe seco en el pecho. Retrocedió un paso, chocando contra la pared. Las imágenes de los últimos seis meses pasaron por su mente como ráfagas: él, sentado en su oficina de lujo, juzgándola de orgullosa por no darle la cara. Él, enviando flores con notas llenas de una ironía que ella nunca pudo leer.
—Yo... yo pensé que me estaba ignorando —balbuceó Axel, llevándose las manos a la cabeza, con un nudo en la garganta—. Pensé que se sentía frustrada por el contrato y que había huido. ¡Dios mío! Le envié flores... y ella estaba aquí, luchando por respirar.
Axel sintió que el estómago se le revolvía. Siempre había creído que sabía leer a las personas; era una de las razones de su éxito. Detectaba debilidades, anticipaba movimientos y rara vez se equivocaba. Pero aquella mujer había permanecido a pocos kilómetros de él durante medio año y no había visto absolutamente nada. Ni una sola señal. Ni una sola verdad. Solo sus propias conclusiones equivocadas.
El peso de esa certeza cayó sobre él con una violencia insoportable. Por primera vez en muchos años, Axel Brunner se sintió profundamente avergonzado de sí mismo.
Julien se acercó lentamente a la cama, colocándole una mano temblorosa sobre el hombro a Axel, obligándolo a mirarlo de frente.
—No te llamé para que sientas lástima, Axel —dijo Julien, y una chispa de fría determinación cruzó sus ojos cansados—. El accidente de Molly no fue un error de cálculo de un camionero. Alguien manipuló ese vehículo para matarla. Alguien que quiere destruir mi legado ahora que saben que me queda poco tiempo. Necesito que firmes un nuevo acuerdo, pero esta vez, no es un negocio. Necesito que te conviertas en el guardián de mi hija antes de que yo muera.