Rafael Arismendi es un hombre de hielo, un tiburón de los negocios cuya única pasión es el poder. Brisa es una abogada penalista invicta, capaz de desarmar a cualquier criminal con una mirada. No creen en el amor, pero creen en la estrategia. Cuando un ultimátum familiar amenaza con arrebatarle a Rafael la presidencia de su empresa, y la presión materna asfixia la carrera de Brisa, ambos deciden reactivar una vieja promesa de juventud: casarse para que el mundo los deje en paz. Seis cláusulas, un año de duración y una regla de oro: prohibido enamorarse. Pero entre cenas familiares orquestadas y besos fingidos que saben a verdad, el contrato que juraron proteger está a punto de convertirse en su sentencia más peligrosa.
NovelToon tiene autorización de Estefaniavv para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15: velada del falso romance
—Vaya... —suspiró ella, convencida—. Y ahorita, ¿dónde está el galán?
—Llega esta noche.
—¿Y se quedará contigo? —preguntó con una sonrisa pícara.
Sentí un vuelco en el estómago.
—Amiga, la verdad es que me da nervios. No sé cómo dar ese paso de compartir mi espacio con él.
—¿Cómo que cómo? ¡Brisa, por favor!. Es Rafael, se conocen de toda la vida. Deja que fluya.
—Tienes razón. Quizás le diga que se quede en mi apartamento —mentí, sabiendo que en el contrato habíamos acordado habitaciones separadas si llegábamos a convivir.
—¿Qué te parece si cenamos los tres? Alfonso y yo queremos celebrar con ustedes.
La cena fue un despliegue de maestría actoral por parte de Rafael. Cuando llegó al restaurante, se veía impecable, aunque se notaban las ojeras del trabajo acumulado en la capital. Saludó a Alfonso, el esposo de Alexa, con un apretón de manos firme, y a mí me dio un beso en la mejilla que se prolongó lo justo para parecer íntimo.
—¿Cómo es la vida de recién casados? —preguntó Rafael, sentándose a mi lado y pasando un brazo por el respaldo de mi silla—. ¿Todavía Alexa no te tortura con los planes de redecoración, Alfonso?
—¡Ay, cállate! —rio Alexa—. Ya te veré a ti todo azotado por nuestra amiga. Brisa no es de las que se deja mandar.
—Ahora va a ser más mía que tuya, querida —replicó Rafael con una suficiencia que me hizo apretar los dientes bajo la mesa.
—Dios, cállense los dos —intervine, tratando de ocultar mi rubor.
—¡Esta vida no la cambio por nada, amigo! —exclamó Alfonso, levantando su copa—. Deberías probarla pronto, Rafael. Así salimos en grupo de esposos, hacemos viajes de parejas. Sería fenomenal.
—Mi amor, mejor no digas eso —lo frenó Alexa—. Apenas están iniciando, dales aire.
En ese momento, Rafael tomó mi mano sobre la mesa. No fue un roce casual; entrelazó sus dedos con los míos y, sin dejar de mirarme a los ojos con una intensidad que me hizo cuestionar si estábamos siguiendo el libreto, le dio un beso al dorso de mi mano.
—Quizás a ustedes les toque ser los padrinos esta vez —soltó Rafael, guiñándome un ojo.
—Mejor dejen de decir tonterías —corté, sintiendo que el aire en el restaurante se volvía demasiado denso—. Amiga, honestamente estoy muy cansada. El bufete me tiene agotada y quiero dormir temprano. ¿Nos vamos, Rafa?
—Sí, claro. Nos vemos, señores —se despidió él, pagando la cuenta antes de que Alfonso pudiera siquiera protestar.
—Vale, amiga, está bien —se despidió Alexa, picándome el ojo—. Coman mucho "postre" en casa.
Una vez en el coche, el silencio cayó sobre nosotros como una losa. La calidez de Rafael se evaporó, siendo reemplazada por la rigidez del hombre de negocios.
—De verdad que te metes demasiado en el papel —dije, mirando por la ventana—. Casi me creo tu teatro del "enamorado desde la secundaria". ¿Era necesario lo de los padrinos?
—Pareces molesta —comentó él, sin apartar la vista del frente.
—No sé... solo me resulta incómodo mentirle así a Alexa. Ella es mi mejor amiga, no un socio comercial al que tengo que engañar para cerrar un trato.
—Es parte del costo, Brisa —respondió él con frialdad—. Mañana llegan mis padres. Quieren conocerte formalmente. Digamos que no fue una sugerencia, me lo ordenaron.
Me hundí en el asiento, frotándome las sienes.
—Dios... cosa tras cosa. No me he casado y ya me quiero divorciar. Siento que estoy perdiendo el control de mi propia vida.
Rafael detuvo el coche a un lado de la calle. Apagó el motor y se giró hacia mí. Me tomó las manos, obligándome a soltar mis sienes y a mirarlo. Sus ojos oscuros estaban fijos en los míos, despojados de la burla de hace un rato.
—No tengas nervios —dijo, y su voz sonó inusualmente suave—. Sé que es mucho. Sé que todo esto es demasiado rápido y que la presión es asfixiante. Pero te prometo que, luego de la boda, todo se calmará. Ahora solo estamos enfrentando el impacto social de algo que nadie esperaba.
—Me siento vulnerable —confesé, bajando la mirada—. Nunca había mentido tanto en mi vida. Y escucharte hablarme de esa forma... me desorienta. No sé quién es el Rafael real y quién es el del contrato.
—El Rafael real es el que está aquí, sosteniendo tu mano —sentenció él, apretando su agarre—. Te juro que no soltaré tu mano en esto. Estamos juntos. Ante los ojos públicos y ante tus padres, seré el esposo ejemplar. No dejaré que nadie te humille ni que este proceso te destruya.
Me quedé en silencio, observando nuestras manos entrelazadas en la penumbra del coche. Su promesa sonaba tan sólida como un veredicto. Por un instante, la abogada implacable se permitió descansar en la seguridad de aquel hombre que, aunque fuera por contrato, prometía ser su escudo. El problema era que, mientras más real se sentía su apoyo, más difícil era recordar que todo aquello tenía una fecha de caducidad de doce meses…
Al día siguiente en la sala de la casa de mi madre nunca se había sentido tan pequeña. El aire estaba saturado con el aroma de las flores frescas que Doña Julia había colocado en cada esquina y el perfume costoso que emanaba de Rafael, quien caminaba de un lado a otro con la precisión de un león enjaulado. Yo, por mi parte, sentía que mi conjunto de seda verde me apretaba más de lo habitual. Tenía un nudo en la garganta que ni el té de jazmín lograba disolver.
—Ya están aquí —susurró Rafael, deteniéndose en seco al escuchar el sonido de un motor de alta gama deteniéndose frente a la acera.
—Ve a abrir, mi niña —instó mi madre desde la cocina, con una voz cargada de una emoción que me hacía sentir la peor de las hijas.
Rafael me miró, me tendió la mano y, con un gesto que pretendía ser caballeroso pero que yo sabía que era puro control de daños, me indicó que avanzáramos juntos.
—Vamos —dijo en voz baja—. Recuerda: somos la pareja del año.
o