Susena creía vivir en un paraíso: un hogar impecable, tres hijos amados, un bebé en camino y un esposo que parecía perfecto. Pero cuando Julián muere en un trágico accidente, su mundo de cristal estalla.
Entre deudas ocultas y el descubrimiento de una impactante doble vida, Susena se queda en la calle y sin nada. Sola con sus hijos y una tía a su cargo, deberá abandonar su fragilidad para transformarse en una madre de acero. Una historia de traición y coraje donde una mujer deberá luchar contra la pobreza y el engaño para reconstruir su destino.
¿Hasta dónde llegarías para salvar a los tuyos cuando descubres que tu vida entera fue una mentira?
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CAPÍTULO 21: El filo del peligro
La tarde en la oficina del piso cincuenta y cuatro comenzó con una de las escenas más románticas que las paredes de la Torre D'Angelo hubieran presenciado jamás. Maximiliano entró en el despacho de Susena con un paso que ya no era el del jefe autoritario, sino el de un hombre que ha encontrado su norte. Al verla de pie junto al ventanal, con la mirada perdida en el horizonte de Manhattan, se acercó por detrás y, con una suavidad que la hizo estremecer, le puso las manos sobre los hombros. Susena se giró, con los ojos cargados de una preocupación que él se encargó de borrar con una sola mirada.
—Hablé con ellos, Susena —susurró Max, acercando su rostro al de ella hasta que sus alientos se mezclaron—. Sebastian y Chloe... ellos vieron la foto. Y por primera vez en mi vida, me dieron las gracias. Dijeron que hacía años que no me veían reír así. Te aceptan, Susena. Y sobre el rumor del bebé... Chloe está encantada con la idea de tener un hermanito. Estás en mi vida, y mis raíces te celebran.
Max la tomó por la barbilla y la besó con una ternura infinita, un beso que le prometía que el mundo entero podía estar en su contra, pero que él sería su escudo. Susena se sintió flotar; la aprobación de los hijos de Max era el último ladrillo que faltaba para que su "hogar de acero" se sintiera completo. Sin embargo, esa felicidad fue efímera. Un presentimiento extraño, una punzada de ansiedad que solo las madres conocen, la hizo apartarse.
—Tengo que irme a casa, Max. Los niños... necesito verlos —dijo ella, con una urgencia repentina que él no cuestionó.
Max la llevó en su coche hasta Astoria, pero al llegar a la puerta del edificio de ladrillos rojos, Susena insistió en que no subiera. Quería disfrutar de ese momento de paz a solas con su tía y sus hijos antes de contarles las buenas nuevas. Max la despidió con un beso en la frente, viéndola entrar al edificio con esa elegancia que lo tenía cautivado. Pero apenas el Rolls-Royce desapareció por la esquina, el destino de Susena se tornó oscuro.
Al subir las escaleras hacia el cuarto piso, Susena notó que algo no estaba bien. El pasillo estaba demasiado silencioso. Al llegar a la puerta del 4B, vio que la cerradura estaba forzada. El corazón le dio un vuelco violento. Entró con la respiración contenida y lo que encontró la dejó sin aliento por el pánico: tres hombres de aspecto rudo, con chaquetas de cuero y miradas cargadas de malicia, estaban en su pequeña sala. La tía Martha estaba en un rincón, abrazando a Valeria y Lucía que lloraban aterrorizadas, mientras un hombre sujetaba a Mateo por el cuello de la camisa.
—¡Suelten a mi hijo! —gritó Susena, su instinto de madre de acero despertando con una ferocidad salvaje a pesar de su embarazo.
—Vaya, vaya... la señora Sotomayor por fin llega a casa —dijo el que parecía ser el líder, un tipo con una cicatriz en la mejilla que irradiaba peligro—. Tu difunto esposo nos dejó una deuda de doscientos mil dólares, preciosa. Y parece que ahora tienes amigos muy ricos en Manhattan que pueden pagarla por ti.
El pánico recorrió el cuerpo de Susena, pero no permitió que se notara en su rostro. Se colocó frente a sus hijos, protegiéndolos con su propio cuerpo. Los tipos habían entrado a su santuario, habían profanado su hogar y amenazado lo que más amaba. Querían dinero, una cantidad que ella no tenía, pero sabían que ella trabajaba para el hombre más poderoso de la ciudad.
—No tengo ese dinero aquí. Mátenme si quieren, pero no toquen a mi familia —dijo Susena con una voz que vibraba de una rabia gélida—. Si quieren el dinero, tendré que pedírselo a la empresa D'Angelo. Pero si le ponen una mano encima a alguien más, les juro por el hijo que llevo en mi vientre que Maximiliano D'Angelo los encontrará en el fin del mundo.
Los hombres se rieron, pero había una duda en sus ojos al escuchar el nombre del magnate. Le dieron un plazo de veinticuatro horas. Se fueron dejando tras de sí un rastro de terror y una advertencia: si llamaba a la policía, los niños no llegarían a la escuela al día siguiente.
Susena se derrumbó en el suelo junto a sus hijos y la tía Martha, abrazándolos en un mar de lágrimas y miedo. Se sentía sola, vulnerable y profundamente culpable por haber traído el peligro a sus vidas. En su mente, solo había una solución: tenía que conseguir ese dinero de la empresa, pero no quería que Max supiera que estaba siendo extorsionada, temiendo que él la viera como una carga o que el peligro lo alcanzara a él también.
Mientras tanto, en su oficina, Maximiliano miraba el reloj. Susena se había ido sin despedirse de Jennifer, algo muy inusual en ella. Llamó a su teléfono, pero ella no contestó. El instinto de Max, forjado en años de batallas en la selva de asfalto, se activó de inmediato. Había visto algo en los ojos de Susena al irse, una sombra que ahora empezaba a cobrar sentido.
—Arthur, prepara el coche —dijo Max por el intercomunicador, su voz volviéndose de acero—. Vamos a Astoria. Ahora mismo.
Max sabía que algo terrible estaba pasando. La mujer que amaba, la madre que protegía a su prole con uñas y dientes, estaba en peligro, y él no iba a permitir que Manhattan, ni su pasado, ni ningún malandro de cuarta, le arrebatara la luz que ella había traído a su vida solitaria de cincuenta años.
Corta y sin tantos dramas.
Corta y sin tantos dramas.