Reencarné para ser la villana, pero el corazón no entiende de guiones.
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Sonrisa de conspiradora — 2
El trayecto en carruaje hacia Casa Vilar fue tenso, pero no por mi parte. Eleanor intentó sondearme, con preguntas inocentes sobre mis planes para la noche, sobre si esperaba ver a "cierta persona". Sabía que se refería a Sebastián.
—La noche es joven, Lady Eleanor —respondí, con una sonrisa enigmática. Mis ojos se posaron en ella por un momento, un brillo que hizo que la suya flaqueara apenas un instante. —Hay muchos rostros interesantes en la corte. No me limitaré a uno solo.
Eleanor se mordió el labio inferior, su ceño fruncido traicionando su desconcierto. No era la respuesta que esperaba. La vieja Aurelia habría suspirado, suspirado por Sebastián y despotricado sobre Elara. Pero yo ya no era esa Aurelia.
Casa Vilar era una maravilla arquitectónica, una fortaleza antigua que había sido adaptada para convertirse en una de las residencias más grandiosas de la nobleza. Las luces parpadeantes de miles de velas y antorchas iluminaban el camino hacia la entrada, donde un río de carruajes depositaba a sus distinguidos invitados. La música de una orquesta de cámara flotaba en el aire, una mezcla de vals y melodías más animadas.
Al entrar al gran salón de baile, fui golpeada por una ola de opulencia. Máscaras de plumas, gemas, sedas y brocados de todos los colores llenaban el espacio. Las risas y los murmullos creaban una sinfonía de secretos susurrados y miradas furtivas. Era un mundo de intrigas, y yo era parte de él.
Mi llegada no pasó desapercibida. El heraldo anunció mi nombre con la fanfarria habitual, y las cabezas se volvieron. La gente esperaba una entrada dramática, quizás un despliegue de altivez, un vestido deslumbrante. En su lugar, vieron a una princesa vestida con elegancia sobria, su máscara cubriendo sus ojos, pero su postura erguida y su sonrisa (tan sutil, tan poco Aurelia) invitando a la curiosidad, no al juicio inmediato.
Sentí las miradas, los susurros. No eran de burla, ni de desprecio, sino de sorpresa, de interrogación. Algunos cortesanos que antes se apartaban de mi camino, ahora me observaban con una intriga abierta.
Mientras avanzaba por el salón, mi "Habilidad de Observación" (un regalo del Sistema) se activó, afinando mis sentidos. Capté fragmentos de conversaciones, detecté miradas de conspiración, noté la forma en que ciertos nobles se agrupaban, susurrando y señalando. El aire estaba cargado de chismes y agendas ocultas.
Lady Eleanor, aún a mi lado, parecía ansiosa. —Princesa, el Marqués de Vallis la está observando con bastante interés. Quizás deberíamos…
—El Marqués de Vallis tiene una reputación de ser un hombre de negocios astuto, Lady Eleanor —la interrumpí suavemente, mi voz era baja pero firme. —Quizás lo que observa no es mi atuendo, sino la posibilidad de una conversación más… productiva. No todos en la corte están obsesionados con los chismes.
Eleanor enmudeció, su rostro una máscara de leve indignación y confusión. Yo le ofrecí una sonrisa breve y educada, pero sus ojos estaban llenos de una advertencia tácita: no me subestimes.
[Misión 1: Recuperación de Reputación. Progreso: 15% (Interacción estratégica con Lady Eleanor y demostración de interés en asuntos serios).] El sistema confirmaba mi estrategia. Era como un baile de ajedrez, y cada movimiento importaba.
Me moví con gracia a través de la multitud, un anfitrión invisible para las expectativas de la gente. En lugar de buscar la atención, la dejaba venir a mí, filtrándola, dirigiéndola. Recibí algunos saludos curiosos, algunas reverencias respetuosas. A cada uno respondía con una sonrisa amable y una breve frase, evitando cualquier pista de la antigua arrogancia. Era agotador, pero necesario.
Mientras un vals comenzaba, mi mirada recorrió el salón, buscando rostros clave. Necesitaba ubicar a Elara, al Rey (si había honrado el baile con su presencia), y, por supuesto, a Sebastián. Mi corazón, a pesar de mi determinación, latía con una anticipación tensa ante la perspectiva de verlo. No por amor, no por obsesión, sino por la complejidad que él representaba en mi nueva vida. Era un factor desconocido, un enigma que tenía que resolver.
Entré en la sala con la compostura de quien ha aprendido a sonreír mientras engendra planes.