El amor entra por el estómago y los ojos
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6
Salí de la cocina con las manos temblorosas, sosteniendo el pastel sobre el plato de porcelana como si llevara una ofrenda sagrada. Mirna me seguía de cerca, con los brazos cruzados y esa expresión de "aquí no pasa nada", aunque yo sabía que estaba tan nerviosa como yo.
En la mesa central, sentadas como jueces de un tribunal supremo, estaban ellas. Olga, la madre de Mirna, vestía un traje sastre impecable y me observaba con unos ojos afilados que parecían calcular el costo de cada gramo de harina. A su lado, doña Olivia, la abuela, sostenía un pañuelo de seda y miraba el local con una mezcla de nostalgia y escepticismo.
—Mamá, abuela, ella es Jazmín —presentó Mirna con voz firme—. La artista detrás de lo que van a probar hoy.
—Mucho gusto —alcancé a decir, depositando el pastel en el centro.
Doña Olivia sacó de su bolso, efectivamente, un tenedor de plata antiguo. Se inclinó hacia adelante, entrecerrando los ojos para examinar el relieve que mi molde nuevo había dejado en la masa.
—El diseño es pretencioso —sentenció Olivia, y sentí que el piso se abría bajo mis pies—. Pero la prueba de fuego no es la vista, niña, es el paladar. Olga, ¿qué opinas del aroma?
Olga inhaló profundamente, cerrando los ojos.
—Mantequilla de buena calidad, limón real, no esencia barata, y... ¿semillas de amapola? Arriesgado para un público convencional, Mirna —dijo, mirando a su hija.
—El riesgo es lo que nos hará grandes, mamá —respondió Mirna sin pestañear.
Corté una rebanada para cada una. El silencio que siguió fue sepulcral. El único sonido era el tintineo del tenedor de plata de Olivia contra el plato. La abuela se llevó un trozo a la boca, masticó lentamente, cerró los ojos y se quedó inmóvil por lo que parecieron siglos. Olga hizo lo mismo, manteniendo una expresión indescifrable.
Yo miraba a la manzana que me había comido el día anterior en mi mente; comparada con este banquete, mi vida se sentía tan frágil. Si ellas decían que no, regresaría a mi departamento sin gas, a mis deudas y a mi soledad.
—Está seco —soltó Olivia de repente.
Casi me desmayo. Mirna dio un paso al frente, pero la abuela levantó una mano para detenerla.
—Está seco... de pretensiones —continuó Olivia con una sonrisa diminuta que le iluminó las arrugas—. Es, en realidad, lo más honesto que he probado en años. La humedad interna es perfecta y el equilibrio del ácido con el dulce es... aceptable. Muy aceptable.
Olga asintió, dejando el tenedor de lado.
—La textura es impecable, Jazmín. Tienes mano para la repostería, eso no se puede negar. Pero dime, ¿podrías hacer esto para cien personas tres veces por semana? No solo necesitamos sabor, necesitamos resistencia.
—He horneado galletas con el estómago vacío y sin saber si mañana tendré techo —dije, encontrando de pronto una fuerza que no sabía que tenía—. Si puedo hacer eso, puedo hornear para todo el país si es necesario.
Olga y Olivia se miraron. Mirna sonrió de medio lado, una sonrisa de victoria absoluta.
—Bueno —dijo Olga levantándose—, Mirna siempre ha tenido buen ojo para la gente con hambre de triunfo. Bienvenida a la carta oficial del local, jovencita. Pero no te confíes, que mañana vendré a probar las galletas de almendra.
Cuando salieron del local, me desplomé en una de las sillas nuevas. Mirna se acercó y me puso una mano en el hombro.
—Te lo dije, mensa. Si sobrevivías a Olivia, ya estabas del otro lado. Ahora, ve a descansar. Mañana empezamos a llenar esa vitrina.
Esa noche, mientras caminaba de regreso, ya no pensaba en los recibos acumulados. Sabía que, gracias a ese molde, a mi determinación y a la fe de una amiga que no creía en los abrazos pero sí en mi talento, mi cocina volvería a tener gas muy pronto.