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Cadenas De Terciopelo Y Sangre

Cadenas De Terciopelo Y Sangre

Status: En proceso
Genre:Mafia / Matrimonio arreglado / Venganza
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Alan, el implacable heredero de un imperio financiero con raíces oscuras, no conoce la palabra "no". Su vida es un tablero de ajedrez donde cada pieza se mueve bajo su obsesivo control. Sin embargo, para consolidar su dominio total frente a las facciones rebeldes de la mafia, necesita una alianza que solo el apellido de Madelyn puede sellar.

​Madelyn, conocida en el bajo mundo como la "Princesa Letal", es la heredera del Grupo Moral. Ella no es una ficha que se pueda mover; es una tormenta que se niega a ser domada. Orgullosa, rebelde y con las manos manchadas de la pólvora de su pasado, acepta un matrimonio arreglado no por sumisión, sino por una sed insaciable de venganza contra quienes destruyeron a su rama familiar.
​En una mansión que se siente como una jaula de oro, estalla una guerra fría de voluntades. Alan busca poseerla y quebrantar su orgullo; Madelyn busca quemar el mundo de Alan desde adentro. Pero en el roce de sus pieles y el choque de sus egos, surge una tensión

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capitulo 23

​La biblioteca de la mansión Valerius se había transformado. Lo que antes era un santuario de silencio y pulcritud, ahora albergaba mapas tácticos desplegados sobre las mesas de caoba y carpetas con el sello del Grupo Moral mezcladas con los balances financieros de Alan. El aire olía a papel antiguo, café cargado y esa tensión eléctrica que siempre acompañaba la presencia de Madelyn.

​Alan entró en la estancia al atardecer, cuando la luz naranja se filtraba por los altos ventanales, alargando las sombras de las estanterías. Madelyn estaba inclinada sobre un escritorio, con el cabello recogido en un moño desordenado y la mirada fija en una pantalla. No llevaba los vestidos de seda que Alan le imponía para las galas; vestía unos pantalones de cuero negro y una camiseta básica, como si estuviera lista para saltar por una ventana en cualquier momento.

​En la mano de Alan descansaba un estuche de madera de ébano, liso y frío. No lo llevaba con la pomposidad de quien entrega un anillo de diamantes, sino con la solemnidad de quien entrega un mensaje cifrado.

​—Has estado trabajando diez horas seguidas —dijo Alan, deteniéndose al otro lado del escritorio.

​Madelyn ni siquiera levantó la vista. Sus dedos seguían volando sobre el teclado.

​—Los nombres del sobre no se van a tachar solos, Alan. He localizado al primero. Está en un complejo turístico en las islas griegas. Cree que está a salvo porque tiene seguridad privada de los Ivanov.

​—Nadie está a salvo si tú has decidido que no lo esté —respondió él, con un tono que rozaba la admiración—. Pero para esa misión, necesitarás algo más que tu inteligencia.

​Solo entonces Madelyn se detuvo. Sus ojos, inyectados en sangre por el cansancio pero brillantes de determinación, se clavaron en él. Alan deslizó el estuche de ébano sobre la superficie del escritorio, apartando unos planos del puerto.

​—¿Qué es esto? —preguntó ella, frunciendo el ceño—. Si es otra joya con rastreador, puedes ahorrártelo. No me queda espacio en el cuello para más de tus "garantías".

​—Ábrelo —fue la única respuesta de Alan.

​Madelyn dudó. Sus dedos, aún marcados por las vendas del entrenamiento del alba, deslizaron el cierre de metal. Al abrir la caja, el aliento se le escapó en un suspiro entrecortado.

​Dentro, sobre un lecho de terciopelo rojo sangre, descansaba una daga de combate de diseño personalizado. La hoja, de unos veinte centímetros, estaba forjada en acero de Damasco, con ese patrón de olas oscuras que indicaba una resistencia legendaria. El mango era de fibra de carbono y titanio, diseñado para un agarre ergonómico perfecto, incluso en condiciones de humedad o sangre. Pero lo que hizo que el corazón de Madelyn diera un vuelco fue el pomo: allí, grabado con una precisión láser microscópica, estaba el escudo original del Grupo Moral, el lobo rampante que su padre había olvidado defender.

​Madelyn tomó el arma. El equilibrio era perfecto, como si la daga fuera una extensión natural de su propio brazo. La sacó de la caja y la luz del atardecer arrancó destellos letales del filo.

​—No es una joya —dijo Alan, observando cómo ella probaba el peso del arma—. Es un reconocimiento.

​—¿Un reconocimiento de qué? —susurró ella, sin apartar la vista del acero.

​—De que no eres una civil atrapada en mi mundo, Madelyn. Eres una guerrera que ha sido obligada a usar disfraces de porcelana. Este regalo no es para la "Señora Valerius". Es para la mujer que vi en el gimnasio esta mañana. La mujer que no busca ser salvada, sino ser armada.

​Madelyn sintió un nudo en la garganta que se negó a tragar. Estaba acostumbrada a que los hombres le regalaran flores para suavizarla, o joyas para marcarla. Alan le estaba dando un instrumento de muerte. Era el gesto más honesto, y por lo tanto el más perturbador, que alguien había tenido con ella en años.

​—Es hermosa —admitió ella, su voz apenas un hilo—. Y letal.

​—Como tú —añadió Alan. Dio un paso alrededor del escritorio, acercándose lo suficiente para que ella pudiera sentir el calor de su cuerpo—. Sé que vas a ir tras ellos. Sé que no puedo detenerte sin romper el pacto que hicimos. Así que, si vas a ir al infierno, quiero que lleves algo que te recuerde quién eres, no quién te obligaron a ser.

​Madelyn levantó la vista. La distancia entre ellos volvió a ser esa frontera peligrosa que habían rozado en el gimnasio. Ella sostenía la daga contra su pecho, la punta hacia abajo, pero sus dedos apretaban el mango con una intensidad que blanqueaba sus nudillos.

​—¿Por qué me das esto, Alan? —preguntó ella, buscándole la mirada—. Sabes que podría usarla contra ti. Sabes que, en la jerarquía de mis enemigos, tú todavía ocupas un lugar incierto.

​Alan sonrió, una mueca de una honestidad brutal que la desarmó.

​—Porque prefiero morir por una hoja que yo mismo te entregué, que verte indefensa ante un extraño. Además —se acercó un milímetro más, su voz bajando a un susurro que vibró en la piel de Madelyn—, si alguna vez decides usarla conmigo, al menos sabré que lo hiciste reconociendo que te veo de verdad.

​Madelyn bajó la daga y la dejó sobre el escritorio. En un movimiento impulsivo, acortó la distancia final y apoyó la palma de su mano en el pecho de Alan. Podía sentir el latido de su corazón, fuerte y constante bajo la camisa de seda. No era un gesto romántico, era un reconocimiento de su naturaleza compartida.

​—Nadie me había regalado nunca algo que realmente necesitara —dijo ella.

​—Te daré todo lo que necesites para terminar tu guerra, Madelyn —prometió él, cubriendo la mano de ella con la suya—. Pero recuerda el trato: cuando la sangre se seque, todavía tienes que volver aquí. A este imperio. A mí.

​Madelyn no respondió con palabras. Se puso de puntillas y rozó la mejilla de Alan con sus labios, una caricia tan fugaz y fría como el acero de la daga, pero cargada de una promesa que ambos sabían que era irrevocable.

​Se separaron antes de que la tensión se volviera otra vez insoportable. Alan asintió, recuperando su máscara de control, y caminó hacia la puerta de la biblioteca.

​—La funda está hecha de polímero reforzado —dijo antes de salir—. Se ajusta perfectamente al interior de tu bota o bajo el brazo. Úsala bien.

​Cuando Alan salió, Madelyn se quedó sola en la biblioteca bañada en sombras. Tomó la daga de nuevo, acariciando el grabado del lobo con la yema del pulgar. Por primera vez desde la boda, no se sintió como una prisionera en una mansión de cristal. Se sintió como una cazadora que finalmente había recibido su arma.

​Alan Valerius le había dado un regalo de sangre, y con él, había sellado su destino mucho más que con cualquier anillo. El primer regalo no fue un gesto de amor, sino un acto de complicidad criminal que los unía en una oscuridad que ya no tenía retorno. Madelyn guardó la daga en su funda, sintiendo el peso frío contra su pierna, y volvió a la pantalla con una resolución renovada. La cacería acababa de volverse personal, y ahora, tenía el acero para demostrarlo.

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Lobelia ❣️
espero que sepa jugar sus cartas 😃😘
Lobelia ❣️
si que lo va volver loco 👏🥰
Celina Espinoza
vamos bien 😍🙏
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