Qué hacer cuando se supone que el día más feliz de tu vida se convierte en un infierno?
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Lo que cambia sin aviso: El pasado de Dominic.
El regreso a la granja "Los Olivos" no se sintió como una victoria, sino como el regreso de un fantasma a su propio cementerio. El aire del campo, que para otros era sinónimo de libertad, para Dominic Williams era un recordatorio constante de cada pérdida que le había arrancado un trozo de alma.
Sus vecinos y los pocos peones que quedaban en las cercanías se detuvieron en seco al verlo cruzar la cerca. No esperaban ver a aquel hombre que se marchó con la mirada muerta, y mucho menos verlo llegar con el rostro marcado por los golpes de la gente de ciudad.
Dominic caminó hacia el porche de la casa de madera, cada tabla crujiendo bajo sus botas como un eco del pasado. Fue aquí donde vio a su madre consumirse por el cáncer, una batalla que agotó sus ahorros y sus esperanzas. Fue aquí donde, años después, la sangre de su padre tiñó la tierra cuando un toro lo embistió, dejándolo solo a los 19 años con una deuda que parecía una montaña imposible de escalar.
Pero Dominic no se rindió. Trabajó hasta que sus manos sangraron para pagar el préstamo que su padre había pedido para ganado, pero que terminó usándose en hospitales. Pagó cada centavo. Y a los 23 años, cuando creía que el destino ya no tenía más golpes para él, la vida le envió un milagro.
Mabel.
Ella era la antítesis de la tragedia. Tenía una sonrisa que parecía capaz de detener la lluvia, un cabello chino que caía en cascadas oscuras y unos ojos grandes, enmarcados por pestañas rizadas que parecían abrazar el mundo. Mabel fue su motor, el muelle donde su barco atormentado finalmente encontró paz. Juntos reconstruyeron la granja; ella era la luz que convertía el trabajo duro en un sueño compartido.
La felicidad arrebatada
El día que pagaron el 80% de la deuda, Dominic se arrodilló entre los surcos de tierra y le pidió que fuera su esposa. Los seis meses siguientes fueron los más felices de su vida, marcados por el grito de alegría de Mabel en el altar. Y aunque los años pasaron sin que los hijos llegaran, el amor no flaqueó.
En diciembre, cuando finalmente saldaron la última moneda de la deuda, el universo pareció sonreírles. Mabel lo recibió con la noticia que tanto habían esperado: estaba embarazada. Meses después, la bendición se duplicó: gemelos.
Pero la tragedia en "Los Olivos" nunca se iba del todo; solo se agazapaba.
Aquella noche fatídica, Dominic regresó de la cosecha extenuado. Se sentó en la silla mecedora y el cansancio lo venció. Mabel, viéndolo dormir y no queriendo despertarlo para traer agua del pozo, tomó el jarrón en silencio. Minutos después, el sonido de una carreta desbocada rompió la paz de la noche.
Dominic despertó con el estruendo de los golpes en su puerta. Cuando llegó al pozo, el mundo se había vuelto negro. Mabel y sus hijos no nacidos se habían ido. En el suelo, intacto y cruel, estaba el jarrón de agua. Aquel maldito jarrón que él debió llenar.
No pudo soportar el peso de la culpa. Enterró a su familia bajo el roble viejo y huyó. No quería la granja, no quería la tierra, no quería la vida. Llegó a Orlando como un hombre que solo buscaba un lugar donde esperar el final.
Fue allí donde Lucas Johnson lo encontró. Un millonario desesperado por salvar su reputación y un hombre roto que no tenía nada que perder. Dominic aceptó el contrato no por el dinero, ni por el lujo de las Bahamas, sino porque los dos años de farsa eran el plazo que se había impuesto a sí mismo. Dos años para cumplir con una última obligación antes de permitirse, finalmente, buscar a Mabel y a sus hijos en el silencio de la muerte.
Ahora, de pie frente a su casa vacía y con las heridas de los Johnson aún frescas en su cuerpo, Dominic Williams cerró los ojos. El sol se ocultaba en la granja, y mientras el viento soplaba, él solo podía pensar que la ciudad le había dado una nueva cicatriz, pero que ninguna dolería tanto como el jarrón vacío que aún parecía esperar por él junto al pozo.