Valeria Rivas vive luchando por sobrevivir: trabaja como mesera, cuida a sus hermanos y trata de salvar a su madre enferma. Muy lejos de su realidad, su hermana gemela Isabella vive rodeada de lujo como heredera de la poderosa familia De Alvarenne.
Separadas por el dinero, el orgullo y un pasado lleno de secretos, sus vidas parecen destinadas a no cruzarse jamás… hasta que una inesperada llamada obliga a Valeria a regresar al mundo que la rechazó.
Entonces comienza un juego peligroso de mentiras, poder y destinos cambiados.
Porque a veces, para salvarlo todo…
tendrás que fingir ser alguien más.
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CAPÍTULO 15 - EL PRECIO DEL ERROR
El sonido del golpe todavía vibraba en mis oídos… Seco, frío y definitivo.
La puerta del despacho se cerró detrás de mí con una fuerza que no necesitaba ser exagerada para imponer miedo. Bastó el eco. Bastó el silencio que vino después.
No me atreví a moverme. El aire era pesado y denso. Como si incluso respirar dentro de esa habitación fuera un privilegio que no merecía.
—Mírame.
La voz de Doña Aurelia Vespera de Alvarenne no se elevó. No lo necesitaba.
Levanté la mirada lentamente. Y lo que vi… me heló la sangre. No había furia descontrolada. No había gritos. Había algo peor. Decepción, fría, profunda, irrevocable.
—¿Tienes idea de lo que hiciste?
Mi garganta se cerró. Sabía. Claro que sabía. Pero no podía decirlo. No podía ponerlo en palabras. Porque si lo hacía… se volvería real. Más real de lo que ya era.
—Yo… —intenté.
—Cállate.
La orden cayó como un látigo. Mis labios se cerraron de inmediato.
—No tienes derecho a explicarte.
Sus ojos no se apartaron de los míos.
—No cuando ya arruinaste lo único que debías hacer bien.
El golpe fue directo al pecho.
—Te di instrucciones claras.
Cada palabra era precisa y calculada.
—Te di todo… Una oportunidad, un propósito, una salida.
Mi respiración se volvió inestable.
—Y tú…
Se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Decidiste actuar por tu cuenta.
No fue una pregunta. Fue una sentencia.
Bajé la mirada. Porque no podía sostener la suya. Porque sabía que tenía razón. Porque algo en mí… había fallado.
—Levanta la cabeza.
Obedecí. Siempre obedecía.
—Mírame cuando te hablo.
Sus ojos brillaban con una intensidad peligrosa.
—¿Creíste que no me daría cuenta?
Silencio.
—¿Creíste que podrías jugar a ser Isabella… y además hacer lo que quisieras?
Negué ligeramente.
—No…
—Entonces explícamelo.
El aire se volvió insoportable.
—No fue mi intención…
—Pero lo hiciste.
Su voz se endureció.
—Y eso es lo único que importa.
El silencio que siguió fue peor que cualquier grito. Porque en ese silencio… había decisiones, consecuencias y castigos.
—¿Sabes lo que está en riesgo?
Mi mente gritó la respuesta… Mi mamá, mis hermanos. Todo.
—Sí… —susurré.
—No.
Su voz fue fría.
—No lo sabes.
Dio un paso hacia mí.
—Si lo supieras… no habrías cometido ese error.
El corazón me latía con fuerza. Doloroso, aplastante.
—A partir de este momento…
Su tono cambió. Más bajo. Más peligroso.
—Todo cambia.
Sentí el estómago hundirse.
—No puedes permitirte fallar otra vez. No puedes permitirte sentir.
La palabra me golpeó. Directo. Sin advertencia. Sentir. Mis dedos se tensaron.
—Lo que hiciste…
Hizo una pausa breve,
—Fue una debilidad.
El silencio se volvió insoportable.
—Y las debilidades…
Su voz bajó aún más,
—Se eliminan.
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.
—¿Entiendes?
Asentí. No porque quisiera. Sino porque no tenía opción.
—Sí…
—No vuelvas a hacerlo.
—No lo haré.
Mentí. Porque ni siquiera sabía si podía evitarlo. Porque lo que había pasado… no había sido algo que pudiera controlar del todo.
Y eso… eso era lo más peligroso.
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—A partir de hoy…
Continuó.
—Tendrás nuevas reglas.
Mi respiración se volvió más lenta. Más pesada.
—No saldrás sin supervisión. No hablarás más de lo necesario. No improvisarás.
Cada palabra era una cadena. Una jaula.
—Y sobre todo…
Su mirada se clavó en la mía,
—Mantendrás distancia.
Mi corazón dio un golpe. Sabía a qué se refería. No necesitaba decir su nombre.
—No olvides tu lugar. No olvides quién eres.
El silencio se alargó.
—O mejor dicho…
Sus labios se curvaron apenas.
—Quién no eres. Y de dónde vienes.
Eso dolió. Más de lo que esperaba. Más de lo que debía.
—Eres un reemplazo. Una solución temporal. Nada más.
Cada palabra borraba algo de mí. De lo que quedaba de mí.
—Y cuando esto termine…
Su voz fue suave. Demasiado suave.
—Desaparecerás.
Mi pecho se apretó.
—Sin dejar rastro. Sin dejar recuerdos. Sin dejar problemas.
El mensaje era claro. No solo desaparecer. Borrar todo.
—Y créeme…
Añadió.
—Haré lo necesario para que así sea.
El silencio cayó como una sentencia.
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No supe en qué momento salí de ese despacho. No supe cómo llegué al pasillo. Solo sabía que mis piernas se movían. Automáticamente. Como si no me pertenecieran. Como si yo… ya no estuviera ahí.
El aire se sentía diferente. Más frío, más pesado.
Me apoyé contra la pared.
Respiré.
Una vez.
Otra.
Pero no era suficiente. Porque algo dentro de mí… se estaba rompiendo.
—No puedes sentir…
La voz de mi abuela resonaba en mi cabeza.
—No puedes fallar…
Cerré los ojos con fuerza. Pero no sirvió. Porque todo seguía ahí. El recuerdo, el momento. Ese instante en el que todo cambió. En el que algo se salió de control.
En el que… dejé de ser solo Isabella. Y volví a ser Valeria. Solo por un segundo. Pero fue suficiente. Suficiente para que todo se desmoronara.
—¿Qué hice…?
Mi voz fue apenas un susurro. Pero no hubo respuesta. Porque ya la sabía. Y no podía cambiarlo.
No podía retroceder.
No podía borrar ese momento.
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Me obligué a enderezarme… A respirar. A recomponerme. Porque no podía caer. No ahora. No aquí. No después de todo lo que estaba en juego.
—Esto es por ellos…
Repetí.
Como siempre. Como si eso pudiera sostenerme.
—Por mamá… Por Daniel… Por Lucía…
Mis manos temblaban. Pero las detuve.
Porque Isabella no temblaba.
Porque Isabella no dudaba.
Porque Isabella… no sentía.
Levanté la mirada.
Y caminé.
Otra vez.
Hacia esa vida que no era mía. Hacia ese papel que debía sostener. Hacia esa mentira que se volvía más difícil de mantener.
Porque ahora… ya no solo estaba en juego mi identidad.
Ahora… estaba en juego mi control. Y lo estaba perdiendo. Poco a poco.
En silencio. Sin que nadie lo notara. O peor aún… tal vez alguien ya lo había notado. Y solo estaba esperando… el momento exacto para destruirme. Porque en ese mundo… los errores no se perdonan.
Se pagan.
Y yo… acababa de empezar a pagar el mío.
espero puedas seguirla disfrutando..!! 🥰🥰