Para pagar la operación de su hermano, Lía firma un contrato matrimonial con un CEO millonario que nunca muestra su rostro en público. Lo que no sabe es que él es el líder de los demonios exiliados en la Tierra, y el contrato no era por un año... era por su alma.
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Capítulo 7: Gala de sangre
La caja llegó a las 6:00 pm del sábado.
Negra, larga, sin logo. Adentro, un vestido rojo. No rojo cualquiera: el mismo tono de las brasas que salían del anillo cuando se encendía. Off-shoulders, espalda descubierta hasta la cintura, tela que caía como agua. Y una nota escrita a mano con tinta plateada:
Ponte esto. Piso 40, 20:00. No discutas. – D.
Abajo, más chico: Lilith te espera en el ascensor.
Lía lo sostuvo contra el cuerpo frente al espejo. Le quedaba perfecto. Demasiado.
El anillo latía despacio. No con alarma. Con… anticipación.
Se lo puso.
19:58 – Ascensor privado.
Lilith estaba apoyada contra el espejo, traje blanco, pelo impecable, copa de algo que no era vino en la mano.
—Mirá vos —dijo sin levantar la vista—. Te queda el rojo. Malphas tenía razón.
—No lo nombres.
—Relajate. Hoy no va a tocarte. Hoy es teatro. —Le pasó la copa—. Tomá. No es alcohol. Es para que el sello no te maree cuando te toque mucha gente. El contrato se pone celoso en público.
Lía no tomó.
—¿Por qué me ayudás?
—Porque si te muero vos, él se vuelve insoportable otros trescientos años. Y yo ya hice esa guardia. —Bebió—. Una cosa más: no lo mires a los ojos más de tres segundos seguidos cuando estén bailando. El contrato aprovecha.
—¿Aprovecha para qué?
—Para hacer lo que vos y él no se animan a decir en voz alta.
Las puertas se abrieron.
Piso 40 – Salón Nocturne.
No era una gala. Era una exhibición de poder.
Arañas de cristal negro, música de cuerdas en vivo, gente que olía a dinero viejo y a miedo nuevo. Todos lo miraban a él cuando entró: Damián Blackwell, traje negro hecho a medida, sin máscara. Por primera vez en público.
Piel pálida, mandíbula marcada, pelo oscuro peinado atrás. Los ojos… lentes de contacto grises. Nadie veía el negro real. Nadie salvo Lía.
Cuando la vio al fondo del salón, no sonrió. Pero algo en la postura cambió. Como si el aire se inclinara hacia ella.
Caminó directo. No saludó a nadie. Le ofreció el brazo.
—Señora Blackwell.
—Dejá de decirme así.
—Es lo que firmaste. —Le puso la mano en la cintura baja, justo donde el vestido dejaba piel al aire. El anillo ardió un segundo y se calmó—. Sonreí. Nos miran.
Lía sonrió. Le salió tenso.
—Me mandó un mensaje. Dijo que viniera de rojo.
—Lo sé. —La giró hacia la pista—. Por eso te lo mandé yo.
La música cambió. Vals. Lento.
Damián la llevó al centro sin pedir permiso. La mano en la cintura, la otra sosteniendo su mano. Cerca, pero sin aplastar.
Empezaron a moverse.
—Relajate —murmuró él—. Si estás rígida, el sello te obliga a compensar.
—¿Compensar cómo?
—Así.
La acercó un centímetro más. Ahora su pecho rozaba el de ella con cada paso. El calor que salía de él no era humano. Era como estar cerca de una estufa en invierno.
El anillo de Lía y la marca que ahora tenía él en la muñeca —la misma que apareció después del beso— empezaron a latir al mismo ritmo.
Pum. Pum.
—Dejá de pensar —dijo él.
—No puedo.
—Sí podés. —La giró suave. El vestido se abrió apenas en la espalda y el aire frío le tocó la piel—. Pensá en tu hermano. En que está vivo. En que hoy nadie va a morir.
Lía cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, lo miró de verdad. No al CEO. No al demonio. Al tipo que eligió el trono y lleva trescientos años arrepentido.
—Elena era tu mamá —susurró.
Damián se tensó. Solo un segundo.
—Sí.
—¿La querías?
—No importa.
—Sí importa.
La giró otra vez, más cerca. Ahora sus frentes casi se tocaban. La gente alrededor desapareció.
—La quería. —Lo dijo bajo, solo para ella—. Y la dejé morir porque pensé que el trono dolía menos. Me equivoqué.
Lía sintió que algo se le aflojaba en el pecho. Rabia, sí. Pero también algo peor: pena por él.
—Yo no soy ella.
—Lo sé. —Le rozó la mejilla con el dorso de los dedos. No los guantes: la piel. Estaba fría—. Por eso me da miedo.
El contrato no esperó a que pensaran. El sello en sus marcas se encendió rojo, visible un segundo bajo la tela. Lía sintió lo que él sentía —no pensamientos, sensación: alivio porque ella estaba ahí, y pánico porque eso lo hacía débil.
Y Damián sintió lo de ella: furia por la manipulación, y debajo, una curiosidad que no quería admitir: cómo sería si él no fuera lo que es.
Se frenaron en medio de la pista. La música seguía. La gente seguía. Ellos no.
—¿Lo sentiste? —preguntó Lía.
—Sí.
—¿Y?
—Y no me gusta.
—Mentiroso.
Damián la miró fijo. Más de tres segundos.
El contrato empujó.
No fue como el beso del capítulo anterior —desesperado, por cerrar una herida—. Fue lento. Él bajó la cabeza primero, ella no se apartó. Cuando sus labios se tocaron, no hubo explosión. Hubo reconocimiento. Como si las dos marcas dijeran ah, por fin.
No fue casto. No fue largo. Fue justo lo suficiente para que el anillo dejara de latir y se quedara tibio, como satisfecho.
Cuando se separaron, Lía tenía la respiración desordenada y Damián tenía los ojos rojos de verdad, sin lentes, un segundo antes de parpadear y esconderlos.
Aplausos. La gente creía que era parte del show.
—Te odio —dijo Lía, sin fuerza.
—Yo también me odio —contestó él, y por primera vez sonrió de verdad. Apenas. Torcido—. Pero bailás bien.
La música terminó.
Y ahí lo vieron.
En la puerta del salón, aplaudiendo despacio, vestido de blanco, pelo rubio casi blanco, sonrisa demasiado grande: Malphas. En un cuerpo humano nuevo, joven, con ojos azules que no parpadeaban.
No entró. Solo levantó la copa hacia ellos y se la tomó de un trago.
Después se fue.
Damián se puso rígido otra vez.
—Nos vamos.
—¿Qué?
—Ahora. —La agarró de la muñeca, no de la mano. No romántico. Urgente.
Lilith apareció a su lado como si siempre hubiera estado.
—Ascensor privado. Ya.
Bajaron los tres. Nadie los siguió.
En el ascensor, Damián se apoyó contra el espejo y cerró los ojos. La marca de su muñeca seguía encendida.
—Te tocó —dijo.
—¿Qué?
—Cuando bailamos. El sello se abrió del todo. Ahora Malphas sabe dónde estás aunque no te vea. —Abrió los ojos—. No salís del piso sin mí o sin Lilith. Nunca más.
Lía quiso discutir. No pudo. El anillo estaba caliente, sí, pero no dolía. Estaba… alerta.
—Esto no es matrimonio —dijo en voz baja.
—No —dijo él—. Es trinchera.
El ascensor se detuvo en el 66.
Cuando salieron, la puerta negra del fondo estaba abierta de par en par. Y adentro, sobre el altar, la máscara de hierro con cuernos estaba girada hacia ellos.
Como si alguien la hubiera acomodado para que los mirara.
Damián se puso delante de Lía otra vez.
Y Lilith, por primera vez, no sonrió.
—Jefe —dijo—. Tenemos visita.
De la oscuridad del altar salió una voz de mujer. Suave. Cansada.
—Lía. Mi amor. Llegaste tarde.
Lía se quedó helada.
Era la voz de su mamá.