Desde la ventana de su habitación, Mireya aprendió a escapar sin salir de casa.
A sus dieciséis años, el mundo le quedaba grande: discusiones detrás de las paredes, una bebé llorando en la habitación contigua y la palabra separación flotando como una sombra imposible de ignorar. Pero al otro lado de la calle había algo distinto. O alguien.
Ryan.
Veintiuno. Cabello castaño arrulado. Ojos verdes imposibles de olvidar. Siempre tranquilo. Siempre ajeno a la mirada que lo observaba cada tarde.
Él nunca la notaba.
Hasta que el destino decidió que una ventana no sería suficiente para mantenerlos separados.
Y lo que comenzó como simple curiosidad... estaba a punto de cambiarlo todo.
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Capítulo 14
Capítulo 14: No me cae tan mal.
Llegué un poco tarde a casa. No fue mi intención. El tiempo se pasó sin que me diera cuenta. Cuando entré, mi mamá estaba en la cocina. Se veía cansada.
Molesta.
Probablemente por el trabajo. No quise hacer ruido. Pero me vio.
—Llegas tarde.
Su tono no era grito.
Solo cansancio.
—Lo siento. Me quedé con unos amigos.
Ella suspiró.
—Siempre con tus amigos.
No sonó como un reproche fuerte.
Solo como un comentario. Quise decir algo.
Explicarle.
Pero no parecía el momento.
—Mamá… quería preguntarte algo.
Ella me miró.
—¿Qué?
Respiré.
—Hay una fiesta de una amiga. Es su cumpleaños.
No dije lo de la sorpresa. No podía.
—Quería ir.
Mi mamá se cruzó de brazos.
—¿A qué hora?
—No tarde. Volveré pronto.
Ella frunció el ceño.
—Siempre dices eso.
Me mordí el labio.
—Esta vez sí.
Silencio.
Podía decir que no y lo entendería.
Pero en lugar de eso soltó un suspiro.
—Haz lo que quieras.
Las palabras no sonaron amables.
Ni hostiles. Solo indiferentes.
Como si no le importara.
No me sorprendió. No del todo.
—Gracias.
Ella volvió a lo suyo.
—Pero vuelve temprano.
Asentí.
—Lo haré.
Mi papá apareció en la sala.
Me miró un segundo.
—Diviértete.
No sonó entusiasmado, pero tampoco molesto.
Solo una orden. Simple.
—Lo haré.
Subí a mi habitación.
El aire estaba quieto. Mi cama desordenada. No me detuve. Tenía que alistarme.
La fiesta era importante. Para Chelsy y quería estar allí.
Abrí el armario. Elegí ropa.
Una falda blanca. Blusa negra con pequeños adornos. No demasiado elegante. Solo bonita.
Tacos bajos.
No altos.
No quería tropezar.
Y un poco de maquillaje.
Sutil.
Nada exagerado.
Solo para sentirme arreglada. No para impresionar. Sino para sentirme bien.
Cuando terminé, me miré al espejo.
No parecía otra persona.
Solo… yo.
Mireya Collins.
Un poco más arreglada, pero seguía siendo yo. Asentí.
Está bien.
El teléfono vibró.
Mensaje de Ian.
Ian: Ya estamos afuera.
Parpadeé. Rápido.
Tomé mi bolso. Bajé las escaleras.
Mi mamá seguía en la cocina.
—Ya me voy.
Ella me miró.
—Diviértete.
No sonó muy convencida.
Pero no importaba.
—Gracias.
Salí.
El aire de la noche era fresco y afuera estaba el carro.
Y quien manejaba era Ryan.
Ian iba al lado.
Lucas atrás.
Yo subí y cerré la puerta.
El cinturón hizo clic. El ambiente se sintió un poco cerrado. No incómodo.
Solo silencioso. Ryan arrancó.
El motor sonó suave. Las luces de la calle empezaron a pasar por la ventana.
Una tras otra. Pequeños destellos.
Ian rompió el silencio.
—Va a estar buena la fiesta.
Lucas rió.
—Obvio. Es sorpresa.
Asentí.
—Seguro le va a gustar.
No quería sonar demasiado seria. Era una celebración y las celebraciones son para sonreír. Ian se giró un poco.
—¿Lista para la sorpresa?
Sonreí emocionada.
—Lista para todo.
No era nervios.
Solo expectativa.
Quería que saliera bien. Que ella se sorprendiera. Que sonriera. Eso bastaba.
Ryan habló por primera vez.
—Va a salir bien.
La voz fue tranquila. Sin énfasis. Solo una frase. Miré por el retrovisor.
Él seguía concentrado en la carretera. No parecía decirlo por obligación y eso me hizo asentir.
—Eso espero.
Lucas se inclinó hacia adelante.
—No “eso espero”. Va a salir bien.
Sonreí.
—Está bien. Va a salir bien.
Ian rió.
—Esa es la actitud.
El ambiente se relajó un poco.
Conversaciones pequeñas.
Chistes sin importancia.
Cositas del colegio.
Planes para la fiesta.
Nada profundo y estaba bien.
A veces las conversaciones no necesitan ser grandes. Solo existir.
Miré a Ryan.
Él conducía con calma.
Las manos en el volante.
La mirada al frente.
No hablaba mucho.
Pero tampoco parecía molesto.
Pensé en decir algo. Pequeño.
Solo para romper un poco el silencio.
—Gracias por llevarnos.
Lo dije sin exagerar. Sincero.
Él me miró por el retrovisor. Solo un segundo.
Luego volvió la vista a la carretera.
—No hay problema, Mireya.
No fue una respuesta larga.
Pero tampoco fría. Neutral.
Y eso estaba bien.
Sonreí levemente.
—Aun así, gracias.
Él no respondió. No hacía falta.
Ian intervino.
—Ryan es nuestro chofer oficial.
Lucas rió.
—Y mejor que Uber.
Ryan soltó una pequeña risa.
Casi imperceptible.
—No cobro tarifa dinámica.
Eso me sorprendió un poco.
No esperaba el comentario.
Y me hizo sonreír.
—Eso suena bien.
Ian rió.
—Más barato que Uber.
Lucas añadió:
—Y más simpático.
Ryan negó con la cabeza.
—No empiecen.
Reí y trate de unirme más al grupo.
—Seguro le va a gustar. Se lo merece. Ha estado emocionada con el cumpleaños, aunque no lo diga mucho.
No quería sonar demasiado seria.
Era una celebración y las celebraciones son para sonreír.
Ryan habló sin apartar la vista del camino.
—Las sorpresas casi siempre funcionan. No por el regalo en sí, sino porque la gente siente que alguien se tomó el tiempo de planear algo para ellos.
La frase fue simple, pero tenía peso. Como si lo dijera por experiencia. No como una esperanza sino como un hecho. Lo miré por el retrovisor.
Su expresión no era dura. Tampoco exageradamente amable. Neutral y con personalidad. No hablaba por hablar.
Eso me gustó.
Las personas que dicen cosas cuando tienen algo que decir se sienten más reales.
No todos necesitan llenar el silencio.
—Eso espero —respondí—. Me gustaría que fuera un buen momento para ella. A veces no es fácil saber si la gente se siente especial.
Ryan me miró un segundo por el retrovisor.
Corto. Sin incomodidad.
Luego volvió la vista a la carretera.
—No siempre necesitas grandes gestos para que alguien se sienta apreciado. A veces basta con estar ahí. Con recordar la fecha. Con un detalle. Las cosas pequeñas cuentan.
Sus palabras me hicieron pensar.
No era una lección. Solo una observación y tenía sentido.
Las celebraciones no se tratan de cosas gigantes.
Sino de momentos. De gente.
De sentirse visto.
—Supongo que tienes razón —dije—. A veces pensamos que todo tiene que ser espectacular para importar.
Lucas intervino.
—No te equivoques. Las cosas espectaculares también son buenas. Pero si no hay gente con quien compartirlas, no significan mucho.
Ian rió.
—Profundo, Lucas.
Lucas sonrió.
—No soy solo chistes, ¿sabes?
Ryan soltó aire por la nariz.
Una risa pequeña.
—No lo parece.
Lucas fingió ofensa.
—Ataque gratuito.
Ian se giró.
—Totalmente merecido.
El ambiente se relajó.
Conversaciones pequeñas, chistes, comentarios sin importancia, pero reales. Ryan no era ruidoso.
No buscaba atención. Solo decía lo que pensaba y eso le daba personalidad.
Seca. Sincera.
No siempre amable, pero real.
—¿Sabes? —dije sin pensarlo mucho.
Él me miró por el retrovisor.
—¿Qué?
No me puse nerviosa. Solo lo dije.
—Me gusta cómo piensas las cosas. No es que seas súper maduro, pero cuando dices algo, tiene sentido.
El carro quedó en silencio por un segundo.
No incómodo. Solo sorpresa.
Ryan levantó una ceja.
—No sé si eso es un cumplido.
Sonreí.
—Tómalo como quieras.
Él encogió los hombros.
—Me da igual.
No sonó arrogante. Solo indiferente.
Y eso también tenía su encanto.
Las personas no necesitan esforzarse para agradar. A veces basta con ser ellas mismas.
Lucas rió.
—Mira, ya se están llevando bien.
Ryan lo miró por el espejo.
—No te emociones.
Lucas levantó las manos.
—Solo digo lo que veo.
Ian añadió:
—Tensión resuelta. Próxima película romántica. Quien sabe....
Ryan negó con la cabeza.
—No empieces. Eso no es gracioso.
No sonó molesto.
Solo resignado.
Y eso me hizo sonreír.
Las bromas no significaban nada profundo.
Solo momentos.
Pequeños.
Sencillos.
Y eso estaba bien.