"Un pacto con el diablo por amor a su familia. Porque a veces, para salvar la luz, hay que aprender a caminar en las sombras".
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Capítulo 22: El Contrato Roto
El día marcado para la unión civil de los Urrieta amaneció bajo un cielo plomizo, como si la naturaleza misma se negara a presenciar el pacto de mentiras que estaba por sellarse. En la biblioteca de la mansión, el juez esperaba con los documentos extendidos sobre la mesa de caoba.
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...Andrés estaba de pie junto al ventanal, vestido con un traje oscuro que acentuaba su palidez. Sus ojos estaban fijos en el horizonte, en dirección a la Repostería Primavera, cargando con el peso de la noche anterior. El aroma de Bianca aún parecía impregnado en su memoria, una tortura dulce frente al compromiso que estaba a punto de adquirir....
Elena entró a la habitación radiante, luciendo un vestido de seda color crema. Se acercó a Andrés con una sonrisa de triunfo, ignorando la distancia gélida que él proyectaba.
— Es hora, Andrés —dijo ella, tomando la pluma de plata—. Firma y terminemos con esto.
El juez hizo una seña. Andrés se acercó a la mesa con una pesadez infinita. Miró el papel, el contrato que lo ataría a la mujer que odiaba para proteger a un hijo que ni siquiera sabía si existía. Justo cuando la punta de la pluma rozó el papel, la puerta doble de la biblioteca se abrió de golpe.
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El Grito de Guerra
Era Mateo, el jefe de seguridad de Andrés, que entró jadeando, con la ropa desaliñada y una expresión de puro terror en el rostro.
— ¡Patrón! ¡No firme! —gritó Mateo, deteniéndose frente a la mesa.
— ¿Qué pasa? ¿No ves que estamos en medio de algo? —bramó Elena, con los ojos echando chispas de rabia.
— Es la señorita Bianca... —Mateo ignoró a Elena y clavó la mirada en Andrés—. Juan Aguilar. La interceptaron cuando iba a abrir la repostería. Se la llevaron a la fuerza en una camioneta negra hacia los muelles viejos.
Andrés soltó la pluma. El sonido del metal contra la madera fue como un disparo. En un segundo, la apatía de Andrés desapareció, reemplazada por la furia del hombre que no tiene nada que perder.
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La Huida del Dueño
— ¡Andrés, no! ¡Tenemos que firmar! —chilló Elena, intentando sujetarlo del brazo—. ¡Es solo una trampa de esa mujer para detener la boda! ¡Piensa en nuestro hijo!
Andrés se desprendió del agarre de Elena con una brusquedad que la hizo tambalearse. La miró con un desprecio tan profundo que Elena retrocedió, aterrada.
— Si le tocan un solo cabello, reduciré este pueblo a cenizas, Elena —sentenció Andrés con una voz que no era humana—. Y si descubro que tuviste algo que ver con esto, ni el hijo que dices cargar te va a salvar de mí.
Andrés no esperó respuesta. Salió de la biblioteca a zancadas, olvidando incluso el apoyo de su bastón, impulsado por una adrenalina que quemaba sus heridas.
— ¡Preparen las armas! —ordenó a sus hombres mientras bajaba las escaleras de la mansión—. ¡Si Juan Aguilar quiere una guerra, hoy va a conocer el infierno!
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Terror en el Muelle
Mientras tanto, en la bodega abandonada donde se gestó la traición de Elena y Juan, Bianca estaba atada a una silla. Juan Aguilar caminaba a su alrededor, disfrutando de su desesperación.
— Me debes mucho, Flor —decía Juan, pasando el filo de un puñal por el borde de la mesa—. Me debes el dinero que le quitaste a Andrés y me debes el respeto que perdí en aquel muelle. Hoy, Andrés vendrá por ti, y cuando llegue, verá cómo su "joya" se rompe en mil pedazos.
Bianca lo miró con odio, con la boca amordazada pero los ojos encendidos. Sabía que Andrés vendría. Sabía que la noche anterior no fue un adiós, sino un juramento. Pero también sabía que Juan no estaba solo; las sombras de la bodega escondían a hombres armados hasta los dientes, esperando la llegada del Dueño para terminar lo que el atentado no pudo.
La boda civil quedó olvidada, los papeles volando por el suelo de la mansión bajo el viento que entraba por la puerta abierta. La tregua de seis meses había terminado: la sangre estaba lista para volver a correr sobre el cristal de San Judas.