Tu nombre en mi pasado
En la ciudad de Vareth, donde el poder se mueve en silencio y la lealtad se paga con sangre, Adrián Voss vive atrapado en un pasado que nunca logró enterrar.
Años después de la muerte de su padre, una sola pista aparece de la nada: un nombre que no debería existir… Elena Rivas.
Ella es todo lo que no encaja en su mundo: tranquila, normal, aparentemente ajena a la oscuridad que domina la ciudad. Pero en Vareth, nadie es inocente… y nadie aparece por casualidad.
Mientras Adrián se acerca a ella buscando respuestas, lo que encuentra es algo mucho más peligroso: una conexión que no entiende, una atracción que no puede controlar… y un secreto que podría destruirlos a los dos.
Porque alguien más ya los está observando.
Y esta vez…
el pasado no viene a recordarse.
Viene a cobrarse.
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La ciudad no perdona
Capitulo 1
En Vareth, nadie confiaba en nadie.
La ciudad era bonita… si la mirabas de lejos. Luces, edificios altos, carros caros pasando por las avenidas como si todo fuera perfecto. Pero de cerca, todo estaba podrido.
Y Adrián Voss lo sabía mejor que nadie.
Estaba parado frente a la ventana de su apartamento, en el piso doce, mirando la calle mojada. Había llovido toda la noche, y el reflejo de las luces en el asfalto parecía un espejismo.
Tenía un vaso de whisky en la mano.
No estaba celebrando nada.
Nunca celebraba nada.
Detrás de él, un tipo estaba amarrado a una silla. Respiraba rápido, nervioso, como un animal que sabe que lo van a matar pero todavía tiene una mínima esperanza de que no.
—Por favor … ya te dije todo lo que sé… —dijo el hombre, con la voz rota.
Adrián ni se viró.
Le dio un trago al whisky.
—No —respondió tranquilo—. Me dijiste lo que tú crees que te conviene decir.
El hombre empezó a llorar bajito.
—Te lo juro por mi hija…
Adrián cerró los ojos un segundo.
Después se viró lentamente y caminó hacia él.
No tenía cara de loco. Ni de asesino. Ese era el problema. Parecía un tipo normal.
Pero sus ojos no.
Sus ojos estaban vacíos de miedo.
—Todo el mundo jura por alguien cuando ya es tarde —dijo Adrián.
El hombre temblaba.
—Yo no tuve nada que ver con tu padre, te lo juro…
Eso hizo que Adrián se detuviera.
Ahí estaba.
La palabra.
Padre.
Sentía ese vacío de siempre en el pecho, ese hueco que nunca se llenaba.
Su teléfono vibró.
Adrián lo sacó del bolsillo sin dejar de mirar al tipo.
Era un mensaje de Dante.
Dante:
Tengo el nombre.
Adrián respondió rápido.
Adrián:
Dímelo.
Pasaron unos segundos.
Dante:
Elena Rivas.
Adrián frunció el ceño.
No le sonaba.
Pero si ese nombre estaba conectado con su padre… no era casualidad.
Nada lo era.
Guardó el teléfono.
El hombre lo miró con los ojos llenos de terror.
—Por favor… no me mates…
Adrián lo miró sin expresión.
—Eso no depende de lo que digas ahora.
Apagó la luz del cuarto.
Y el silencio se lo tragó todo.
A la mañana siguiente, la ciudad estaba viva otra vez.
La gente caminando apurada, carros pitando, gente riéndose, fingiendo que no pasaba nada malo en el mundo.
Adrián estaba manejando, con Dante sentado al lado.
—No dormiste nada, ¿verdad? —preguntó Dante.
—No tenía sueño.
Dante asintió.
Ya sabía cómo era Adrián.
—La muchacha no tiene antecedentes. Nada raro. Vive sola. Trabaja en una librería.
Adrián no dijo nada.
Solo miraba la calle.
—¿Y entonces por qué su nombre está en los archivos de mi padre? —preguntó Adrián.
—Eso es lo que tenemos que averiguar.
Dante le enseñó una foto en el teléfono.
Adrián la miró.
Y algo se sintió raro.
No sabía explicarlo.
Era una muchacha normal. Cabello oscuro. Cara seria. Ojos que parecían haber pasado por cosas… pero sin perder algo.
Como si todavía creyera en algo bueno.
Adrián apartó la mirada.
—Vamos a verla.
La librería era pequeña. Tranquila.
No parecía un lugar donde pasaran cosas importantes.
Pero Adrián sabía que las cosas más peligrosas siempre se escondían en los lugares más tranquilos.
Entró.
La campanita de la puerta sonó.
Ella estaba ahí.
Elena.
Estaba organizando unos libros.
Cuando levantó la vista y lo vio, se quedaron mirándose unos segundos.
No fue amor.
No fue nada bonito.
Fue raro.
Como si algo no encajara.
Ella fue la primera en hablar.
—¿Necesitas algo?
Su voz era suave, pero no parecía débil.
Adrián se acercó despacio.
—Estoy buscando algo… pero no sé exactamente qué.
Ella lo miró con curiosidad.
—Aquí la gente casi siempre busca escapar de algo.
Adrián respondió sin pensar mucho:
—Yo no estoy escapando.
Silencio.
Ella sostuvo su mirada.
—¿Entonces qué estás haciendo aquí?
Adrián no respondió de una vez.
Porque ni él mismo sabía la respuesta completa.
Solo sabía una cosa.
Su nombre estaba conectado con su pasado.
Y eso significaba problemas.
—Buscando respuestas —dijo al final.
Ella no dijo nada.
Pero algo en su expresión cambió.
Como si, por alguna razón, sintiera que ese hombre no era alguien común.
Y tenía razón.
Porque Adrián Voss no era un buen hombre.
Era un hombre peligroso.
Un hombre que vivía en un mundo donde el amor era una debilidad.
Un mundo donde confiar en alguien podía costarte la vida.
Lo que ninguno de los dos sabía…
Era que ese momento iba a cambiarlo todo.
Para bien.
O para destruirlos a los dos.