📖 Sinopsis
Emma es una chica que siempre ha preferido el silencio. Desde niña, su timidez la mantuvo oculta tras las páginas de sus libros y las escenas de sus series románticas favoritas. Solo una vez fue valiente: cuando entregó una nota de papel preguntando: "¿Quieres ser mi novio?". Recibió un "Sí" de vuelta, pero el destino le arrebató ese amor el mismo día cuando sus padres la cambiaron de escuela sin previo aviso.
Años después, Emma trabaja en una fábrica de zapatos, atrapada en una rutina de cuero, máquinas y soledad, refugiándose en una cuenta de Instagram anónima donde escribe sus penas. Pero su mundo de cristal está a punto de romperse cuando recibe una notificación en su cuenta personal: “Hola, ¿tú eres Emma Rodríguez?”.
¿Es posible que el niño de la nota nunca la haya olvidado? ¿Podrá Emma superar su timidez antes de que el pasado se le escape de las manos otra vez?
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Capítulo 11: La verdad sobre la mesa
El teléfono vibró en mi mano, un espasmo digital que me devolvió a la realidad de mi pequeña sala. Con el corazón martilleando contra mis costillas como un pájaro enjaulado, abrí el chat. Julián no había perdido el tiempo; la curiosidad parecía ser el motor de sus mensajes.
Julián: "Bueno, ya me confesé yo... ahora es mi turno de interrogarte. ¿Dónde vives tú, Emma? ¿Y en qué trabajas? Tengo una curiosidad enorme por saber qué ha sido de la niña que dibujaba coronas de princesa en hojas de cuaderno".
Me quedé mirando la pantalla, sintiendo un nudo frío en la boca del estómago. El impulso de inventar una vida más glamurosa me golpeó con una fuerza aterradora. Sería tan fácil... Podía decirle que trabajaba en una oficina de diseño, que era ejecutiva en una tienda de modas, o que vivía en un moderno loft cerca del parque. Total, a través de una pantalla, cualquiera puede ser un personaje de ficción.
—No, Emma —susurré, cerrando los ojos con fuerza mientras apretaba el aparato contra mi pecho—. No puedes empezar esto con una red de mentiras. Si lo haces, no llegarás a nada. Solo construirás un muro más alto entre los dos.
Me regañé a mí misma, sintiendo una mezcla de vergüenza y orgullo. La honestidad asusta porque te deja desnuda, sin defensas. Pero la mentira te condena a vivir con el miedo de ser descubierta.
Respiré hondo, tratando de calmar el temblor de mis dedos que hoy se sentían especialmente pesados después del turno en la fábrica. Me senté derecha en el sofá y empecé a escribir. Cada letra se sentía como un ladrillo que me quitaba de encima.
Emma: "Bueno... mi vida ha sido un camino algo más complicado y menos brillante que el tuyo. Sigo viviendo en la casa que era de mis padres, en el mismo barrio de siempre, con los mismos ruidos de la calle. Y sobre mi trabajo... bueno, trabajo en una empresa de fabricación de zapatos. Paso mis días entre cueros, pegamento, máquinas industriales y mucho estruendo".
Le di a "Enviar" antes de que el pánico me hiciera borrarlo todo. Solté el teléfono sobre el cojín como si fuera un trozo de carbón encendido y me cubrí la cara con las manos.
«Ya está. Se lo dije», pensé, sintiendo un vacío inmenso. «Ahora sabe que no soy una fotógrafa de éxito ni vivo en un apartamento de revista. Solo soy Emma, la chica que huele a fábrica al final del día».
El silencio que siguió me pareció eterno. En mi mente, imaginaba a Julián leyendo el mensaje en su estudio impecable, rodeado de cámaras de miles de dólares y modelos hermosas, comparando su mundo lleno de arte con mi realidad llena de serrín y esfuerzo físico. Me sentí pequeña, casi invisible otra vez, convencida de que ese sería el punto final, el momento en que él se daría cuenta de que ya no teníamos nada en común.
Pero entonces, el teléfono volvió a pitar. No era un mensaje de texto. Era una nota de voz.
Me llevé el celular al oído con dedos temblorosos, conteniendo la respiración. Su voz entró directamente en mi sistema, cálida, profunda y con un matiz de ternura que me hizo estremecer.
—Emma... no tienes idea de lo mucho que admiro que me digas la verdad. Y deja de pensar que tu vida es "menos". No me importa en qué trabajas, me importa que sigues siendo esa persona auténtica. De hecho, me encanta saber que eres tú quien ayuda a crear algo con sus manos. Cada vez que vea un par de zapatos en una vitrina, me preguntaré si pasaron por tus manos. Y esa casa de tus padres... me encantaría volver a ver ese portón algún día. No te escondas de mí, por favor.
Me quedé inmóvil, con una lágrima rebelde rodando por mi mejilla. Julián no se había ido. Al contrario, parecía estar dando un paso más hacia mi mundo gris para llenarlo de luz.