Entre rejas, mentiras y mafias, un hombre inocente lucha por recuperar su libertad mientras una abogada arriesga todo para demostrar la verdad.
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Recuerdos que no se van.
Mientras tanto en el pequeño apartamento donde Yaya vivía con su madre, todo estaba en silencio, demasiado silencio.
Yaya estaba sentada en el suelo, rodeada de las pocas pertenencias de su madre.
Una fotografía, una bufanda, un perfume casi vacío y los ojos de la chica que ya estaban secos, ya no lloraba, porque había llorado todo.
Luca estaba parado en la puerta, observándola.
Sin saber cómo acercarse.
—No tienes que quedarte ahí… —dijo suavemente.
Yaya no respondió.
—Puedes hablar conmigo...
El silencio se volvió incómodo..
—Siempre pensé que tendría más tiempo… —dijo Yaya finalmente.
Su voz era baja.
—Que iba a verla mejorar…—Que iba a salir de todo esto…
Sus manos apretaron la tela de la bufanda.
—Pero no fue así.
Luca dio un paso hacia ella.
—No fue tu culpa.
Yaya levantó la mirada.
Sus ojos… eran distintos.
—Sí lo fue.
—No…
—Sí —interrumpió ella—.
—Porque mientras ella se apagaba…
—yo estaba intentando sobrevivir.
El silencio cayó, pesado y doloroso.
—Y ahora… —continuó—, solo me queda mi hermano.
Luca la observó con intensidad.
—Y no voy a perderlo.
Sus palabras no eran un deseo.
Eran una promesa.
Por otro lado, Isabella estaba sola en su oficina, pero aquel lugar no parecía un lugar de trabajo, más bien parecía un campo de batalla.
Las pruebas, las fotos, las verdades y en medio de todo…Valentino. Su mente volvía a ese momento, a su mirada, a sus palabras.
"Estás en el lado equivocado."
Las lágrimas cayeron nuevamente.
—No sabes cuánto duele eso… —susurró.
Se dejó caer en la silla.
—No sabes que estoy luchando por ti…
Tomó la foto y la observó.
—Aunque eso signifique perderlo todo…
Su voz se quebró.
—Incluso a ti…
Cerró los ojos y en ese momento…lo aceptó.
—Esto… nunca va a ser posible.
El amor que sentía…no podía existir, no en ese mundo, no en mi mundo.
En ese mismo instante, Isabella abrió los ojos, algo dentro de ella había cambiado, ya no era solo dolor, era decisión.
Se levantó lentamente, tomó el expediente y sacó una carpeta oculta, una que no había querido abrir hasta ahora, sus manos temblaron al abrirla, allí se encontraban documentos confidenciales, transferencias, firmas y ahí estaba el nombre de su padre, relacionado directamente con el encubrimiento, relacionado con el caso de Valentino, relacionado… con todo.
Isabella retrocedió un paso.
—No… —susurró.
Pero no era duda, era confirmación.
—Sí fuiste tú…
Las lágrimas volvieron.
Pero esta vez no eran de tristeza, eran de traición.
—¿Cómo pudiste papá…?
Cerró la carpeta con fuerza.
—No importa quién seas…
—Te voy a hundir.
Dentro de Blackstone Prison, Valentino estaba sentado en su celda, en silencio, pero su mente… no lo estaba calmada.
—Tres semanas —murmuró.
Salvatore estaba frente a él.
—No puedes fallar.
Valentino levantó la mirada.
—No lo haré.
—Porque si fallas…
—no hay segunda oportunidad.
El joven asintió.
—Lo sé.
El anciano lo observó.
—Desde hoy…
—empiezas a desaparecer.
Valentino frunció el ceño.
—¿Cómo?
Salvatore sonrió levemente.
—Primero…—dejas de reaccionar.—Dejas de ser visible.—Te conviertes en nadie.
El silencio se volvió denso.
—Y cuando nadie te vea…—es cuando podrás moverte.
Valentino respiró hondo.
—Entiendo.
Salvatore se acercó un poco más.
—Y hay algo más…—No confíes en nadie.
Valentino lo miró.
—¿Ni siquiera en ella?
El anciano no respondió de inmediato.
Pero cuando lo hizo… su voz fue firme.
—Especialmente no en ella.
Fuera de la Prisión, en un apartamento de New York se encontraba Luca, estaba solo en la cocina, preparándose un café, su expresión había cambiado, ya no era el chico tranquilo. Ahora… Había algo más en su mirada, algo oscuro, sacó su teléfono y marcó un número.
—Se movieron otra vez —dijo en voz baja.
El silencio al otro lado fue corto.
—Sí.—Ya lo sé.—Pero no van a llegar a ella.
Su mirada se endureció.
—No mientras yo esté aquí.
Colgó.
Apoyó las manos en la mesa y respiró profundo.
—No esta vez…
Su voz era distinta, se escuchaba más fría, más peligrosa, más calculadora.
En otra parte de la ciudad, en New York, Matteo estaba sentado en la oscuridad, sus marcas y moretones parecían no desaparecer, pero el dolor iba bajando de a poco, el anciano estaba pensando, recordando el nombre de Salvatore, aunque había pasado ya años, los recuerdos seguían en su mente, aquel pasado que quiso enterrar, había vuelto y con más fuerza.
—Sigues vivo… viejo amigo… —murmuró.
Su mirada se endureció.
—Entonces esto está peor de lo que pensé.
Tomó su chaqueta y salió, mientras se decía a sí mismo:
—Es hora de terminar lo que empezamos.