El Caos del Capitán
En la Universidad de Saint Jude, las apariencias no solo engañan... te destruyen.
Ian Thorne es el dios de la duela. El capitán de baloncesto con la sonrisa perfecta, el carisma que ilumina auditorios y el rugido de una motocicleta negra que anuncia su llegada. Todos creen conocerlo. Pero cuando las luces se apagan y la multitud se dispersa, el "chico de oro" se desvanece. En su lugar queda un hombre de pocas palabras, mirada gélida y una lengua tan afilada como un bisturí. Ian tiene una regla de oro: nadie lo toca. Su espacio personal es una fortaleza blindada, y su curiosidad por la anatomía humana es puramente científica... hasta que ella aparece para alterar toda su estructura.
Sky es el incendio que nadie pidió, pero que todos se detienen a mirar. Loca, atrevida y absolutamente sinvergüenza, vive la vida sin filtros ni frenos. Está cansada de los chicos predecibles y de las promesas vacías. Ella busca un reto, algo que no pueda descifrar a simple vista.
NovelToon tiene autorización de Ariane Salvatore Falcó para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 17 En el autobús
El miércoles amaneció con un cielo de color ceniza, cargado de una humedad que se pegaba a la piel como una advertencia. En el estacionamiento de la Universidad de Saint Jude, el enorme autobús escolar de color blanco y verde aguardaba con el motor en marcha, emitiendo un ronroneo vibrante que sacudía el asfalto. Era el inicio del Proyecto Verde, y para los cuarenta estudiantes que se amontonaban con mochilas tácticas y sacos de dormir, el viaje se sentía más como una sentencia que como una excursión académica.
Ian Thorne llegó al punto de encuentro mucho antes que el resto. Llevaba una sudadera de algodón gris oscuro con la capucha echada hacia atrás, unos pantalones de senderismo negros que acentuaban la longitud de sus piernas y sus inseparables botas de montaña. Se movía con una eficiencia mecánica, cargando su mochila en el compartimento inferior sin pedir ayuda a nadie. En su rostro no había rastro de emoción; era el capitán en modo de supervivencia, con la mirada perdida en algún punto del horizonte neblinoso.
Subió al autobús de los primeros. Buscó la fila del fondo, el rincón más alejado del bullicio de la clase, y se sentó junto a la ventanilla del lado derecho. Dejó su mochila pequeña en el asiento contiguo, un gesto silencioso que en el lenguaje universal de los estudiantes significaba "no molestes". Apoyó la cabeza contra el cristal frío y cerró los ojos, intentando que el ruido del mundo exterior no perforara la barricada que había construido en su mente durante la noche.
Sin embargo, la paz de Ian era un lujo que la Saint Jude no solía permitir.
—¿Está ocupado, Ian? —La voz era suave, con un matiz de timidez ensayada.
Ian abrió un ojo. Frente a él estaba Chloe, una estudiante de Medicina que siempre lo miraba desde lejos con una mezcla de admiración y deseo contenido. Ella sonreía, señalando el asiento donde descansaba la mochila de él. El autobús ya estaba casi lleno y los lugares vacíos escaseaban.
—Hay mucho ruido delante y pensé que aquí atrás estaríamos más tranquilos para repasar los apuntes de Garrick —insistió ella, dando un paso hacia el interior de la fila.
Ian la observó durante un segundo que pareció eterno. Su expresión no cambió, pero su mano se cerró sobre la correa de su mochila con una firmeza que hizo que los nudillos se le pusieran blancos. Su mente analítica estaba calculando las probabilidades, el espacio y la necesidad de silencio. Pero antes de que pudiera responder con su habitual cortesía gélida, su mirada se desvió hacia la puerta delantera del autobús.
Sky acababa de subir.
Llevaba una chaqueta de aviador forrada de lana, el cabello recogido en una coleta alta y desordenada, y esa sonrisa de suficiencia que parecía iluminar hasta el rincón más oscuro del vehículo. Venía riendo con la pelirroja, pero en el momento en que sus ojos encontraron los de Ian a través de la hilera de asientos, el tiempo pareció detenerse. Fue un contacto eléctrico, un reconocimiento instantáneo de que el juego de la normalidad se había quedado en la puerta del campus.
Ian volvió a mirar a Chloe. Su voz salió ronca, cargada de una determinación que sorprendió incluso al propio capitán.
—Sí —dijo Ian, sin apartar la vista de la figura de Sky que avanzaba por el pasillo—. Está ocupado.
Chloe parpadeó, confundida. Miró alrededor, notando que no había nadie más cerca de Ian.
—Pero si no hay nadie... —empezó a decir, pero se cortó al sentir una presencia justo detrás de ella.
—Lo siento, Chloe —soltó Sky, apareciendo con un descaro absoluto y colocando una mano sobre el respaldo del asiento—. El capitán y yo tenemos una sesión intensiva de "revisión de reflejos" pendiente para el viaje. Es una cuestión de prioridad científica.
Chloe miró a Sky, luego a Ian, y finalmente bajó la cabeza, murmurando una disculpa antes de retirarse a toda prisa hacia las filas delanteras. Sky no esperó a que Ian le diera permiso. Movió la mochila de él con la naturalidad de quien reclama un territorio propio y se dejó caer en el asiento, quedando hombro con hombro con el hombre más reservado de la universidad.
—Vaya, Thorne —susurró ella, acomodándose y dejando que el aroma de su perfume —una mezcla de vainilla y algo salvaje— invadiera el espacio personal de él—. No sabía que guardabas sitios. Pensé que preferirías viajar solo con tus demonios.
Ian no se movió. Se quedó mirando al frente, pero Sky pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo, una radiación que parecía quemar la tela de sus chaquetas.
—Mis demonios ya están bastante ocupados contigo como para invitar a extraños, Sky —respondió él, y aunque sus palabras eran afiladas, no había rastro de rechazo en su tono.
El autobús se puso en marcha con un sacudón. Mientras dejaban atrás los edificios de ladrillo rojo de la Saint Jude y se adentraban en la carretera que serpenteaba hacia las montañas, el silencio entre ellos se volvió denso. Sky sacó sus auriculares, pero en lugar de ponérselos, le ofreció uno a Ian. Él la miró, dudando, pero finalmente lo aceptó. La música —una melodía melancólica de piano y sintetizadores— fluyó entre ellos, creando una burbuja de aislamiento en medio del caos del autobús.
A mitad del viaje, la fatiga del madrugón empezó a pasar factura. Las cabezas de los estudiantes empezaron a cabecear. Sky, sin darse cuenta, dejó que su cabeza cayera sobre el hombro de Ian. Sintió la firmeza del músculo bajo la sudadera gris, la solidez de un hombre que parecía estar hecho de raíces y tormenta. Ian se tensó por un microsegundo. Su instinto inicial fue apartarse, proteger esa frontera que nadie cruzaba. Pero entonces, exhaló un suspiro largo y lento. En lugar de alejarse, se inclinó ligeramente, permitiendo que su cabeza descansara sobre la de ella.
Fue un gesto mínimo, casi invisible para el resto de los pasajeros, pero para ellos fue una rendición. El autobús seguía traqueteando por baches y curvas cerradas, pero en esa fila del fondo, el tiempo se había suspendido. Eran solo dos cuerpos buscando un equilibrio precario antes de enfrentarse a la realidad de la reserva.
Cuando el paisaje cambió de campos abiertos a bosques de pinos oscuros que parecían tocar el cielo, Sky despertó. Notó que la mano de Ian estaba apoyada en el asiento, muy cerca de la suya. Sus dedos meñiques se rozaban ligeramente con cada movimiento del autobús.
—Ya casi llegamos —susurró ella, mirando por la ventana la silueta imponente de Monte Sombrío que se alzaba entre la niebla—. ¿Estás listo para compartir el aire conmigo durante tres días, capitán?
Ian retiró su cabeza y la miró fijamente. En la penumbra del autobús, sus ojos negros parecían devorar la poca luz que quedaba.
—La pregunta, Sky —dijo él, con una voz que era casi un gruñido bajo—, no es si yo estoy listo. La pregunta es si tú vas a ser capaz de manejar el silencio del bosque cuando mis respuestas dejen de ser metáforas. Porque en esas cabañas, no habrá música que tape lo que ambos estamos pensando.
Sky le sostuvo la mirada, sintiendo que el desafío vibraba en el aire. El autobús frenó bruscamente, anunciando su llegada a la entrada de la reserva. El Proyecto Verde acababa de dar su primer paso real, y mientras bajaban del vehículo, ambos sabían que el asiento compartido en el autobús había sido solo el preludio de una sinfonía mucho más peligrosa. Las cabañas los esperaban, y con ellas, el fin de todas las distancias.