Amelia solo quería recuperar su inspiración, pero un espejo maldito la arrastró a una pesadilla victoriana. Ahora está atrapada en una dimensión oscura, habitando el cuerpo de Eleanor Bianchi, una duquesa de sangre de dragón tan cruel que su propio séquito planea asesinarla.
¿El problema? Sus sirvientes no son humanos. Son cuatro letales y seductores demonios que la odian con cada fibra de su ser.
Rodeada de traiciones y enemigos mortales, Amelia tiene dos opciones: convencer a los monstruos que desean su muerte de que ella no es la tirana que recuerdan... o despertar la verdadera magia de su linaje y someter al infierno entero. El juego de poder acaba de cambiar.
NovelToon tiene autorización de Celeste A. Godoy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La herencia de los Hart
Amelia Hart
El avión desciende lentamente entre nubes grises, densas, tan bajas que parece que el mundo entero estuviera cubierto por un manto de niebla antigua, apoyo la frente contra la pequeña ventana y observo el paisaje que empieza a revelarse debajo de nosotros, campos verdes interminables, colinas suaves, caminos estrechos que serpentean entre la naturaleza, pequeños pueblos de piedra que parecen detenidos en el tiempo, y algo dentro de mí se mueve de una manera extraña, como si mi cuerpo recordara este lugar antes que mi mente.
Es Escocia y la última vez que estuve aquí tenía cinco años. Es tan poco que casi ni cuenta como recuerdo real, apenas imágenes sueltas que aparecen de vez en cuando, como fotografías borrosas dentro de mi cabeza, el sonido del viento golpeando algo metálico, la risa de mi madre mientras me sostenía de la mano, la voz profunda de mi padre diciéndome que corriera más despacio, y una puerta enorme que parecía demasiado grande para alguien tan pequeña como yo.
Cierro los ojos un momento mientras el avión termina de descender.
Y solo puedo pensar en mis padres. Ellos murieron cuando yo tenía nueve años, en un accidente absurdo que todavía hoy me cuesta entender, una noche lluviosa, una carretera mojada, un conductor distraído, y de repente todo lo que era mi vida desapareció, después de eso crecí prácticamente sola, cambiando entre escuelas, tutores y departamentos pequeños, aprendiendo demasiado temprano lo que significaba depender únicamente de uno mismo.
Tal vez por eso me convertí en escritora. Porque las historias eran el único lugar donde podía construir algo que no desapareciera.
El avión toca la tierra con una leve sacudida. El sonido de las ruedas contra la pista me devuelve al presente.
—Bienvenidos a Edinburgh. —anuncia una voz por los altavoces del avión.
Tomo aire lentamente esta es mi segunda vez en Escocia. Pero esta vez no soy una niña, por esta vez vuelvo como la heredera y la idea todavía me resulta extraña.
Un castillo con un inmenso territorio. Una herencia que ni siquiera sabía que existía y estaba destinada para mí.
Recojo mi bolso cuando el avión finalmente se detiene y camino entre los pasajeros hacia la salida, el aire frío del aeropuerto me golpea apenas cruzo las puertas automáticas, es distinto al de New York City, más húmedo, y más asfixiante, con ese aroma a tierra mojada que parece llenar los pulmones con cada respiración.
Y entonces lo veo. Un hombre mayor, traje gris impecable, postura recta, cabello blanco cuidadosamente peinado hacia atrás, sostiene un pequeño cartel donde se lee claramente mi nombre.
Amelia Hart.
Camino hacia él. El hombre levanta la mirada y de inmediato muestra una sonrisa cordial.
—Señorita Hart. —dice con voz tranquila, inclinando ligeramente la cabeza—. Bienvenida a Escocia.
—¿Señor Whitmore?
—Arthur Whitmore, a su servicio.
Su apretón de manos es firme pero respetuoso.
—Espero que haya tenido un buen vuelo.
—Largo, pero tranquilo.
—Me alegra escucharlo.
El hombre toma una de mis maletas con naturalidad.
—El automóvil nos espera afuera, el castillo se encuentra a varias horas de aquí.
—¿Varias horas?
—Las propiedades de su familia están ubicadas en una zona bastante apartada.
Salimos del aeropuerto y el aire frío me golpea el rostro con más fuerza, el cielo está cubierto de nubes oscuras que dejan pasar apenas algunos rayos de luz, el tipo de clima que uno imagina cuando piensa en Escocia.
Subimos a un elegante automóvil negro y entonces el viaje comienza.
Al principio atravesamos la ciudad, edificios antiguos de piedra, calles estrechas, cafeterías pequeñas, gente caminando envuelta en abrigos gruesos, pero poco a poco el paisaje empieza a cambiar, las construcciones desaparecen y la naturaleza toma el control.
Campos llenos de colinas. Bosques inmensos con ríos que brillan bajo el cielo gris.
El silencio dentro del auto es cómodo al principio, pero mi curiosidad termina ganando.
—Señor Whitmore.
—Sí, señorita Hart.
—¿Por qué tardaron tanto en contactarme?
El hombre tarda unos segundos antes de responder.
—Su familia poseía numerosas propiedades antiguas, algunas de ellas extremadamente valiosas, después de la muerte de sus abuelos debíamos asegurarnos de que toda la documentación fuera completamente legal y valido antes de transferir la herencia.
—¿Tanto tiempo toma eso?
—Cuando se trata de un patrimonio grande de varios siglos, sí señorita toma mucho tiempo.
Miro por la ventana mientras asimilo lo que dice.
Varios siglos.
—¿Mi familia realmente vivía aquí?
—Durante generaciones, su familia vivía aquí y lastimosamente usted es la última de los Hart. Hace años murió la hermana más pequeña de su abuela, infortunadamente la señora Gertrudis no tubo hijos.
—Nunca me lo mencionaron.
—Sus padres se mudaron a Estados Unidos cuando usted era muy pequeña me temo.
Eso explica muchas cosas.
—¿Y el castillo?
—Ha pertenecido a la familia Hart desde el siglo XIII.
Parpadeo.
—¿Siglo XIII?
—Alrededor del año 1200.
La magnitud de esa información me deja en silencio durante varios minutos.
El auto sigue avanzando por un camino estrecho rodeado de árboles altos, el cielo se oscurece un poco más y la niebla empieza a descender lentamente sobre la carretera.
Después de horas de viaje finalmente giramos hacia un camino de piedra, el bosque se abre y entonces lo veo. El castillo, es gigantesco, con torres altas de piedra oscura, muros antiguos cubiertos parcialmente por hiedra, ventanas estrechas, murallas que parecen haber resistido siglos de viento y tormentas.
El auto se detiene frente a la entrada principal. Y yo me quedo mirando el lugar sin decir nada.
—Bienvenida a su nuevo hogar, señorita Hart. —dice Whitmore con una leve sonrisa.
Bajo del automóvil lentamente, y el aire es frío, el viento mueve mi cabello mientras observo el castillo frente a mí.
Es real y no puedo evitar sonreír.
El interior es incluso más impresionante que el exterior, techos altos, pasillos largos iluminados por lámparas antiguas, pisos de piedra pulida que parecen haber sido pisados por generaciones enteras de personas.
Whitmore me conduce hacia una gran sala con una mesa de madera maciza. Sobre ella hay varios documentos.
—Aquí se encuentran los testamentos oficiales, las escrituras de propiedad y los registros de la herencia.
Tomo asiento mientras el abogado comienza a explicarlo todo, firma tras firma, documento tras documento, confirmando que ahora soy oficialmente la dueña de todo aquello.
De las tierras, bosques y el castillo.
Cuando finalmente terminamos, Whitmore guarda los papeles en su maletín.
—Con esto todo queda formalizado.
Se pone de pie.
—Señorita Hart.
—¿Sí?
—Nuevamente bienvenida a su nuevo hogar.
El abogado se retira poco después, dejándome sola en el enorme castillo.
El silencio es profundo, mientras camino lentamente por los pasillos, tocando las paredes de piedra con la punta de los dedos, observando los cuadros antiguos colgados en los muros, respirando el aire frío que parece cargado de historia.
Y algo empieza a cambiar dentro de mí, la inspiración. Cada paso despierta ideas nuevas. Personajes, escenarios, una historia que debería transmitir.
Mi mente empieza a trabajar otra vez.
—Tal vez… —murmuro para mí misma— este lugar sea exactamente lo que necesitaba.
Pero mi curiosidad es aún más fuerte sigo caminando. Exploro escaleras, pasillos, salones enormes, habitaciones antiguas llenas de muebles de otra época. Hasta que algo llama mi atención. Una puerta diferente, mucho más pequeña y antigua. La empujo lentamente raramente la habitación está casi vacía. Pero en el centro hay algo. ¿Un espejo? Y muy gigantesco.
Su marco está tallado en madera negra, oscura como la noche, los bordes están cubiertos de símbolos extraños que parecen haber sido grabados hace siglos. Me acerco lentamente y ls grabados recorren todo el marco. Un idioma que no reconozco. Paso mis dedos sobre las marcas con curiosidad.
—¿Qué demonios es esto?
El espejo refleja mi imagen. Pero por alguna razón… me da la sensación de que me llama.