Valeria muere asesinada por su esposo, Alejandro, un empresario frío y perfecto ante el mundo.
Pero despierta 8 años en el pasado, antes de conocerlo.
Decide cambiar su destino, evitar ese matrimonio…
y vivir una vida tranquila.
Lo que no sabe es que en su vida pasada, ella ignoró a la única persona que realmente intentó amarla.
El hombre que siempre estuvo a su lado…
pero al que nunca miró.
NovelToon tiene autorización de May_Her para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 6: La confesión involuntaria
El café estaba caliente entre sus manos, una taza de cerámica sencilla con una pequeña grieta en el borde que su madre se negaba a tirar "porque todavía sirve". Valeria observaba a Daniel por encima del borde, estudiando la forma en que la luz de la tarde se filtraba a través de la cocina y dibujaba sombras en su rostro, destacando ángulos que no había notado antes.
Estaban sentados en la pequeña mesa de la cocina, un espacio íntimo que forzaba la cercanía. Su madre había salido a la tienda a comprar algo que "había olvidado", aunque Valeria sospechaba que era solo una excusa para darles privacidad, para evaluar a ese chico que había aparecido tres veces en una semana con una constancia que era imposible ignorar.
—¿Por qué me miras así? —preguntó él, incómodo por el escrutinio, moviéndose en su silla como si buscara una posición que lo hiciera invisible.
—Porque intento entenderte. Porque no tengo ni idea de por qué alguien sería tan amable conmigo sin pedir nada a cambio. En mi experiencia, eso no existe.
—No hay mucho que entender. Soy bastante simple. Lo que ves es lo que hay. Un chico que estudia arquitectura, que vive con su madre en un apartamento pequeño, y que tiene la mala costumbre de preocuparse demasiado por personas que probablemente merecen mejores amigos que yo.
—Nadie es simple, Daniel. Todos tenemos capas. Como cebollas. O como una Matroska rusa. Una cosa dentro de otra, dentro de otra, hasta llegar a un centro que casi nadie ve.
Él rio suavemente, un sonido bajo y cálido.
—¿Y tú cuántas capas tienes?
—Muchas. Demasiadas. Algunas ni yo las conozco. Algunas... preferiría no conocerlas.
—¿Puedo hacer una pregunta? ¿Una pregunta real, sin ofender si es demasiado personal?
—Puedes preguntar. No prometo responder.
—¿Por qué me dejaste entrar? Quiero decir, no me refiero a hoy, sino en general. En tu vida. No somos amigos cercanos, no nos conocemos bien, pero me dejaste aparecer una y otra vez, me dejaste traerte cosas, me dejaste preocuparme. La mayoría de la gente habría puesto límites hace tiempo. Habrían dicho "ya está bien, tengo mi propia vida, no necesito tu ayuda". Pero tú... tú simplemente me dejaste estar. Como si supieras que necesitabas estar acompañada, aunque no lo dijeras.
Valeria se quedó en silencio, sorprendida por la percepción de la pregunta. La verdad era compleja, enredada entre sus dos vidas, entre la soledad que había sentido en la otra y la gratitud que sentía ahora por cualquier muestra de afecto genuino.
—No lo sé —dijo finalmente—. Al principio, supongo que era solo amabilidad. Educación. Pero luego... luego sentí algo. Como si supiera, en algún nivel profundo que no puedo explicar, que eras seguro. Que no me ibas a lastimar. Y en un mundo donde todo parece peligroso, tener a alguien que se siente seguro es... es todo.
—¿Peligroso? ¿El mundo se siente peligroso para ti?
Valeria desvió la mirada. Había dicho más de lo que pretendía.
—A veces. Cuando tienes la sensación de que algo malo está por pasar. Como esa sensación en el estómago antes de una tormenta eléctrica.
—¿Pasa algo en tu vida? ¿Algo de lo que quieras hablar?
El silencio se extendió entre ellos, cargado de posibilidades. Valeria sintió el impulso de contarle todo. De decirle que en otra vida, ella murió. De decirle que un hombre la perseguía incluso ahora, en esta nueva oportunidad que la vida le había dado. De decirle que él era el nombre que había pronunciado en sus últimos momentos, el arrepentimiento más grande que cargaba en el corazón.
Pero no podía. Sonaría a una gran locura. Y no quería ver esa mirada en sus ojos, la mirada de alguien que piensa que la persona frente a él ha perdido la razón.
—Hay... situaciones —dijo cuidadosamente—. Personas que no son lo que parecen. Pero no quiero meterte en mis problemas. No es justo contigo.
—¿No es justo? —Daniel parecía genuinamente confundido—. ¿Qué no es justo? ¿Que me importes? ¿Que quiera ayudarte?
—Que te arrastre a algo que no tiene nada que ver contigo. Que te ponga en riesgo por mi culpa.
—El riesgo se elige, Valeria. No es algo que se impone. Si decido estar aquí, si decido escucharte, si decido preocuparme, es mi elección. Tú no me obligas. Tú no me manipulas. Simplemente... me dejas estar. Y eso es todo lo que pido.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué pides tan poco? ¿Por qué te conformas con... estar? La gente quiere más. La gente quiere amor, pasión y grandeza. ¿Por qué tú te conformas con verme de vez en cuando y traerme apuntes?
Daniel dejó la taza sobre la mesa con un sonido suave. Sus ojos se clavaron en los de ella, y por primera vez, Valeria vio algo más que timidez en ellos. Vio una profundidad inesperada, una fuerza que él mantenía oculta bajo capas de auto-depreciación.
—¿Quieres saber por qué? —preguntó él, y su voz tenía un matiz de algo crudo, algo real—. Te lo diré. Porque crecí viendo a mi padre irse. Un día simplemente no volvió. Sin explicaciones, sin disculpas, sin mirar atrás. Y mi madre... mi madre se quedó. Se quedó, me crio, trabajó tres trabajos para darnos una vida decente, y nunca, ni una sola vez, me hizo sentir que era una carga. Nunca me dijo "tú eres la razón por la que tu padre se fue" o "si no fuera por ti, habría podido ser algo más". Me amó. Incondicionalmente. Sin pedir nada a cambio.
Hizo una pausa, respirando hondo como si las palabras le costaran esfuerzo físico.
—Y aprendí algo de eso. Aprendí que el amor verdadero no es un intercambio comercial. No es "yo te doy esto para que tú me des aquello". No es una negociación. Es... presencia. Es estar ahí cuando el otro lo necesita. Es preocuparse sin esperar recompensa. Es dar sin llevar la cuenta. Y cuando te vi, Valeria... cuando te vi por primera vez hace dos años, sentí algo que nunca había sentido antes. Sentí que tú eras alguien que necesitaba ser amado así. Sin condiciones. Sin expectativas. Sin planes a largo plazo. Solo... ser amado.
Las lágrimas aparecieron sin aviso en los ojos de Valeria, nublando su visión. Nadie le había hablado así. Nunca. En la otra vida, Alejandro le había dicho "te amo" muchas veces, pero siempre con un "pero" implícito, con una condición tácita, con un "si eres lo que yo quiero que seas". Y ella había pasado años tratando de ser esa persona, moldeándose a sí misma como arcilla hasta perder su forma original.
—Daniel... eso es... eso es demasiado. Es demasiado bueno para ser verdad.
—Es verdad. Es la única verdad que conozco con absoluta certeza.
—Pero ¿y tú? ¿Qué recibes tú de todo esto? No puedes ser solo el que da, el que espera, el que entiende. Eso no es justo. Eso es... es agotador. Es solitario.
—Recibo verte. Recibo saber que estás bien. Recibo estos momentos, este café, esta conversación. Recibo la posibilidad de que, tal vez, un día, me mires y me veas de verdad. No como el chico que trae apuntes, sino como alguien que podría ser más que eso.
—Yo ya te veo, Daniel. Te veo ahora. Y lo que veo... me asusta.
—¿Por qué te asusta?
—Porque no sé qué hacer con alguien que me quiere así. Sin condiciones. Sin querer cambiarme. Sin esperar que sea otra persona. Estoy acostumbrada a tener que ganarme el cariño. A tener que demostrar que merezco estar ahí. Contigo... contigo no hay reglas. No hay juego. Y no sé cómo jugar un juego que no tiene reglas.
—Entonces no juguemos. Solo... estemos. Aquí. Ahora. Sin pensar en mañana, ni en ayer. Solo en este momento.
El sonido de la puerta principal abriéndose rompió la intensidad del momento. La voz de su madre llegó desde el pasillo, anunciando que había comprado el pan y preguntando si Daniel se quedaba a cenar.
Daniel la miró, con una pregunta silenciosa en los ojos. ¿Era esto demasiado? ¿Quería que se fuera?
—Quédate —dijo ella antes de que él pudiera preguntar—. Por favor. Mamá cocina muy bien. Y... me gustaría que te quedaras.
Él sonrió, y fue como si el sol saliera en la cocina pequeña.
—Me encantaría.
Mientras su madre servía la cena en la sala contigua, Valeria sintió algo que había olvidado que existía: la sensación de que las cosas podrían estar bien. Tal vez, solo tal vez, esta vez sería diferente. Que tenía a alguien de su lado, alguien que no quería nada más que su presencia.
Y afuera, en la oscuridad que caía sobre la ciudad, Alejandro Rivas miraba las luces del edificio modesto donde vivía Valeria Soto, observando desde su auto oscuro estacionado en la esquina, planeando su próximo movimiento con la paciencia de un depredador que sabe que su presa eventualmente cometerá un error.
Solo era cuestión de tiempo.