Julián Alfonso Cabrera un CEO de mucho renombre, a pesar de estar casado con Karina Montalvo, llevaba una doble vida. ¿Podrá este CEO ocultar la verdad por nucho tiempo?
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Necesitaba el caos dulce de William
Tras el divorcio, Julián Alfonso prácticamente, se quedó en la calle, pero pronto consiguió ser el CEO en otra empresa igual de poderosa.
Karina le había quitado casi todo, desde la empresa hasta la patria potestad de sus hijos. Los niños, ya adolescentes estaban investigando dónde puede estar su padre. Aunque Karina les había dicho que Julián estaba muerto ellos no quisieron creerle. Solo que no encontraban ningún rastro de él, como si se lo hubiera tragado la tierra, "literal". Cada que salían de la escuela se iban a un ciber a buscar rastros de su padre.
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La empresa de Karina había cambiado enormemente. Hasta Ángela lo había abandonado y ahora pertenecía al grupo de Karina.
Esto significaba un duro golpe para él, porque Ángela era su mano derecha, y ahora esperaba que no fuera a contar todo lo que sabía de él.
Julián pensaba llevársela a trabajar con él, pero ella lo había rechazado, y a los pocos días se enteró que ahora trabajaba como Karina.
De todos modos, Julián aún tenía sus contactos, había sacado una copia de seguridad por aquello de las dudas.
Buscaría a sus antiguos clientes, nada estaba perdido, y menos cuando él era experto en esos menesteres.
Con lo que no contaba era que Karina sería su mayor enemiga, como empresaria. Aunque Julián había perdido un poco de su imagen, él procuraba volver a inspirar esa confianza en sí mismo, no iba a ser fácil pero lo lograría, faltaba más.
Su creatividad había bajado mucho porque su mente no podía concentrarse tras la pérdida de su amor y de su empresa.
Sin embargo, tendría que hacer un esfuerzo si no quería perder su nuevo trabajo.
Julián trató de olvidarse de todas las cosas malas y se enfocó exclusivamente en su trabajo y, poco a poco iba mejorando sus diseños.
Aunque Karina trataba de sabotear todos sus diseños, él hacía caso omiso, y se esforzaba cada día más.
A veces se le figuraba que estaba en una jaula, pero siempre procuraba sacar lo mejor de cada diseño que hacía.
En resumen, el imperio que antes era suyo no desapreció, pero dejó de ser una extensión de su voluntad para convertirse en un campo legal y financiero.
La empresa "Nadir Group", estaba unida a "Innovatech", por algunos diseños en común. Y de vez en cuando había juntas donde se presentaban ambos CEOS, Karina y Julián.
La sala de juntas del piso 42, nunca se había sentido tan pequeña. El aire acondicionado zumbaba con una eficiencia gélida, pero no lograba disipar la tensión qué electrizaba el ambiente.
Julián, que antes se sentaba a la cabecera ahora estaba a un lado de Karina quien ahora estaba en su lugar, aunque todavía no llegaba. Él vestía un traje de tres piezas perfectamente bien entallado, Aunque sus dedos jugueteaban nerviosamente con una pluma estilográfica.
Por primera vez en 12 años, ocupaba el lugar que no era del CEO.
De pronto la puerta de Roble se abrió con un golpe seco.
No entró la esposa sumisa que organizaba cenas de gala.
Entró Karina, vestida con un traje sastre color marfil que destacaba entre la marea de grises de los accionistas.
A su lado, con una tablet en su mano y una mirada impenetrable, caminaba Ángela.
El murmullo de los hombres de negocios se extinguió de golpe. Karina no fue a su antiguo sitio, se sentó en la cabecera de la mesa a un lado de Julián.
Buenos días, señores, dijo Karina, su voz proyectándose con una seguridad que hizo que Julián apretara la mandíbula. Julián.
Karina, este es un comité operativo, respondió él tratando de recuperar el mando. No creo que sea el lugar para...
Soy la propietaria de esta empresa, Julián, lo interrumpió ella, dejando caer una carpeta sobre la mesa con un eco que pareció un disparo. Mi lugar es exactamente donde yo decida estar. Y hoy decido que el proyecto "Torre horizonte" queda suspendido.
El murmullo fue total, Julián se puso de pie apoyando las palmas sobre la mesa de madera fina.
Ese proyecto es mi legado, mi empresa ha invertido millones en eso. No puedes, simplemente...
Puedo y lo haré, sentenció Karina, manteniendo el contacto visual. Ángela, explícales a los accionistas por qué el análisis de riesgo que tu "empresa" ignoró hace que ese proyecto sea financieramente inviable.
Ángela dio un paso al frente. No miró a Julián Alfonso con rencor, sino con algo peor: indiferencia. Mientras ella desglosaba los errores de cálculo de Julián, él se dio cuenta de la magnitud de su pérdida. Ángela no solo conocía sus secretos personales; conocía cada atajo legal y cada debilidad estructural de sus negocios.
En un momento de la presentación, Ángela proyectó una imagen del terreno. En una esquina de la diapositiva se veía un pequeño café que Julián pretendía demoler. Julián sintió un vuelco en el corazón: era el café donde solía verse con William al principio de su relación.
Karina anotó la palidez en el rostro de su exmarido. Se inclinó hacia adelante, bajando la voz para que solo él pudiera escucharla:
¿Te duele perder ese rincón, Julián? ¿O te duele que ahora yo tenga el poder de decidir qué parte de tu pasado se queda en pie y qué parte convierto en escombros?
Julián no pudo responder. La pasión que antes los unía se había destilado en una venganza meticulosa y fría. Al terminar la sesión, Karina se levantó antes que nadie.
Por cierto, añadió antes de salir, he comprado la deuda de tu constructora personal. Ahora también soy tu acreedora. Nos vemos el próximo lunes, socio.
Julián se quedó solo en la sala. El Imperio seguía allí, y por ningún motivo iba a permitir que Karina le ganara la batalla.
La derrota en la junta de accionistas dejó a Julián con un sabor amargo en la boca, y con una sed de consuelo que solo una persona podía saciar.
Necesitaba el caos dulce de William, la luz de su estudio y esa sensación de ser simplemente, "Alfonso", no el CEO acorralado.
Julián sabía muy bien dónde encontrar a William y hacia allá se dirigió.
El silencio del coche era ensordecedor. Al llegar, la casa parecía como un cadáver de estuco: las enredaderas estaban descuidadas y el buzón desbordaba de facturas y publicidad. William se había ido de verdad.
Desesperado, Julián recurrió a lo único que le quedaba: el rastro digital del artista.
Tras horas de búsqueda en galerías alternativas, encontró una dirección en un barrio bohemio al otro lado de la ciudad. Era un edificio industrial reconvertido en lofts.