Elena nunca imaginó que su libertad tendría un precio tan alto. Con su madre al borde de la muerte y las deudas asfixiándola, se ve obligada a aceptar la propuesta del hombre más poderoso y enigmático de la ciudad: Ernesto Blackwood.
El trato es sencillo: un año de matrimonio falso, una firma en un papel y ninguna pregunta. Ernesto necesita una esposa para cumplir con un legado familiar, y Elena necesita el dinero para salvar lo único que ama. Sin embargo, tras las puertas de la imponente mansión Blackwood, ella descubrirá que Ernesto es un hombre de secretos oscuros y una presencia letal.
Ahora, Elena se enfrenta a un desafío que no estaba en el contrato: sobrevivir a la intensidad de un hombre que no acepta un "no" por respuesta. En este juego de poder, ella aprenderá que no hay nada más letal que el peligro de amarlo.
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La jaula de mármol y sombra
El trayecto hacia la mansión Blackwood fue un funeral silencioso. A través de la ventana del coche blindado, vi cómo las luces de la ciudad se desvanecían para dar paso a los altos muros de piedra y los senderos flanqueados por pinos centenarios. Ernesto no me dirigió la palabra ni una sola vez. Se limitó a revisar documentos en su tablet, la luz azulina de la pantalla acentuando los ángulos duros de su rostro. Parecía haber olvidado que yo estaba allí, o peor aún, parecía que mi presencia era un trámite que ya había archivado en su mente.
Cuando el coche se detuvo frente a la entrada principal, el aliento se me cortó. La mansión era una mole de arquitectura gótica moderna, un monumento a la frialdad y al aislamiento. No había flores, no había colores cálidos; solo piedra gris, metal y cristales oscuros que devolvían una mirada vacía.
—Baja —dijo Ernesto, su voz cortando el silencio como un látigo—. Esta es tu casa ahora. Intenta no parecer una prisionera frente al servicio. Mi abuelo dejó espías en cada rincón y no permitiré que se huela la debilidad en este matrimonio antes de que empiece.
Caminé a su lado, tratando de igualar su paso firme. Al entrar, el vestíbulo me recibió con un eco cavernoso. El suelo de mármol blanco estaba tan pulido que podía ver mi propio reflejo asustado bajo mis pies. Una mujer de mediana edad, vestida con un uniforme negro impecable, nos esperaba con una bandeja de plata.
—Señor Blackwood, la cena está servida en el comedor pequeño —dijo la mujer sin una pizca de calidez.
—La señora Noir... —Ernesto hizo una pausa, corrigiéndose con una lentitud deliberada—, la señora Blackwood cenará en su habitación. Está cansada del viaje. Muéstrale sus aposentos.
Me dolió. No por el deseo de cenar con él, sino por la forma en que me descartaba como a un mueble que estorbaba en su sala. Antes de que pudiera protestar, él ya se alejaba por el pasillo, su figura desapareciendo en las sombras de la casa.
La ama de llaves me guio por una escalera de caracol hasta el ala este. Al abrir la puerta de mi habitación, me encontré con una estancia que era, irónicamente, la más hermosa que había visto en mi vida, y la más triste. Había seda, terciopelo y una cama tan grande que parecía un altar al vacío. Sobre la cómoda, un joyero de terciopelo rojo me esperaba. Lo abrí: un anillo de diamante negro, tan pesado y oscuro como el alma del hombre que me lo había dado.
Me senté en el borde de la cama, hundiendo las manos en las sábanas frías. El silencio de la mansión era absoluto, un peso físico que presionaba mis oídos. En mi antigua casa, a pesar de las deudas y el miedo, siempre estaba el sonido de mi madre tarareando o el roce de los libros viejos. Aquí, el silencio era un recordatorio de que yo era solo una propiedad más de Ernesto.
Me acerqué al ventanal. A lo lejos, las luces de la ciudad brillaban como promesas de una vida que ya no me pertenecía. Toqué el cristal frío con la yema de los dedos. Había salvado a mi madre, había salvado el apellido, pero a cambio, me había encerrado en una jaula de oro donde el carcelero era el hombre más peligroso que conocía.
Un golpe seco en la puerta me sobresaltó. No era la ama de llaves. La puerta se abrió y Ernesto entró, habiéndose quitado la chaqueta y aflojado el nudo de su corbata. Se quedó en el umbral, observándome con una intensidad que me hizo retroceder un paso.
—Olvidaste esto en el despacho —dijo, extendiendo el anillo de diamante negro—. Si vas a ser mi esposa, Elena, debes llevar mi marca en todo momento. En este mundo, la percepción es la única verdad. Si la gente te ve sin él, asumirán que eres prescindible. Y créeme, no quieres que mis enemigos piensen que eres prescindible.
Se acercó a mí, ignorando mi espacio personal. Tomó mi mano izquierda; sus dedos estaban calientes y su tacto era firme, casi posesivo. Deslizó el anillo en mi dedo anular con una lentitud que me erizó la piel. No fue un gesto romántico; fue una reclamación.
—Mañana es la primera gala de la temporada —susurró, su rostro tan cerca del mío que podía oler el aroma a whisky y tormenta en su aliento—. Prepárate. El mundo va a intentar destruirte, y yo seré el único que decida si te dejo caer o te sostengo.
Salió de la habitación sin esperar respuesta, cerrando la puerta tras de sí. Me quedé sola, mirando el diamante negro que brillaba bajo la luz de la lámpara. El peligro de amarlo aún parecía lejano, pero el peligro de pertenecerle acababa de volverse mi realidad absoluta.