Náyrel siempre creyó que la soledad era el precio de su existencia. Oculta entre los árboles de un bosque encantado, guardaba un secreto que podía cambiar el destino de todos los reinos sobrenaturales: era la última hija de la Luna Blanca. Pero su mundo cambia el día que Darian Varek, el temido señor del Reino de las Sombras, descubre su existencia. Frío, dominante y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes, Darian decide llevarla a su castillo, convencido de que ninguna fuerza podrá arrebatársela. Sin embargo, Náyrel no nació para vivir entre muros ni para inclinar la cabeza ante ningún hombre. Se resistirá a sus órdenes, desafiará su autoridad y escapará tantas veces como sea necesario. Pero Darian siempre la encontrará. Entre persecuciones, secretos ancestrales y una atracción que ninguno logra comprender, Náyrel descubrirá que detrás de la frialdad de aquel inmortal existe una oscuridad mucho más profunda de lo que imaginaba. Y Darian aprenderá que la única criatura capaz de desafiar su poder también podría convertirse en su mayor debilidad. Ella desea escapar de él. Él está dispuesto a desafiar a la eternidad para conservarla a su lado. Pero cuando la verdad sobre el origen de Náyrel salga a la luz, ambos descubrirán que su encuentro no fue una coincidencia y que el destino les tiene reservado algo mucho más peligroso que el amor. Porque algunas almas están destinadas a encontrarse… incluso cuando una de ellas haría cualquier cosa por escapar. 🌙 ¿Podrá Náyrel conquistar su libertad sin perder el corazón ante el único hombre del que jamás debió enamorarse?
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Una invitación bajo la luna
A la mañana siguiente, Náyrel despertó con una sensación extraña: tenía ganas de salir de su habitación, pero no para buscar una salida del castillo. Quería recorrer los jardines, respirar aire fresco y, aunque le costara admitirlo, comprobar si Darian cumpliría su promesa silenciosa de no volver a tratarla como una prisionera.
Se vistió con un vestido azul claro que Elowen había dejado preparado y se recogió parte del cabello plateado. Antes de salir, tomó el brazalete de plata que había dejado sobre la mesa. Todavía desconfiaba de algunos de los objetos que Darian le entregaba, pero había empezado a comprender que no todos sus gestos escondían una intención.
En el comedor encontró a Kael revisando unos documentos.
—Buenos días, señorita Náyrel.
—Buenos días. ¿Sabes dónde está Darian?
Kael levantó la vista, sorprendido por la pregunta.
—En el patio de entrenamiento, probablemente. Lleva allí desde el amanecer.
—¿Entrena todos los días?
—Cuando algo le preocupa, entrena el doble.
Náyrel fingió que aquella información no le interesaba.
—Solo quería preguntarle algo.
Kael esbozó una sonrisa discreta.
—Por supuesto.
Ella abandonó el comedor antes de que el guardia pudiera añadir cualquier comentario.
El patio de entrenamiento se encontraba detrás de una galería de piedra. Cuando llegó, vio a Darian practicando con una espada larga. Sus movimientos eran precisos, rápidos y elegantes. La luz del amanecer se reflejaba en el metal mientras él giraba y detenía cada golpe con una facilidad que parecía imposible.
Náyrel se quedó observándolo unos instantes.
—¿Siempre necesitas pelear con algo antes del desayuno?
Darian detuvo la espada y volvió la cabeza.
—Solo cuando alguien decide interrumpirme.
—Entonces puedo regresar a mi habitación.
—No he dicho que quiera que te vayas.
Dejó el arma sobre un soporte y tomó una toalla. Náyrel notó que su expresión era distinta cuando no estaba sentado en el trono o rodeado de guardias. Parecía más joven, menos inaccesible.
—¿Has dormido bien? —preguntó él.
—Mejor de lo que esperaba.
—Me alegra.
Se produjo un silencio breve. Náyrel había ido hasta allí con una pregunta preparada, pero ahora que lo tenía delante no sabía cómo formularla sin parecer demasiado interesada.
—Quería conocer los jardines del lado oriental —dijo finalmente—. Elowen me comentó que hay un invernadero antiguo.
—Lo hay. Puedo enseñártelo.
—Puedo ir sola.
—Lo sé.
Darian tomó una chaqueta oscura del banco y se la puso.
—Entonces, si me permites acompañarte, me gustaría hacerlo.
Náyrel lo miró, sorprendida por la naturalidad con la que había aceptado su condición.
—Está bien. Pero nada de guardias siguiéndonos.
—Kael se desmayará cuando se entere de que he aceptado eso.
—Quizá deberías preocuparte menos por lo que piense Kael.
—Es un consejo que escucho con demasiada frecuencia últimamente.
Caminaron por un sendero rodeado de árboles altos. El jardín oriental era diferente del resto del castillo: había fuentes cubiertas de musgo, flores nocturnas que conservaban pequeñas gotas de rocío y arbustos cuyas hojas brillaban tenuemente bajo la luz del sol.
Náyrel se detuvo frente a una planta de pétalos blancos.
—Crece en los bosques del norte. Nunca pensé que pudiera sobrevivir aquí.
—La trajeron hace muchos años —explicó Darian—. No floreció durante décadas.
Ella se agachó para examinarla.
—Quizá no necesitaba que la obligaran a florecer. Quizá solo necesitaba tiempo.
Darian la observó en silencio.
—¿Crees que eso sirve para todo?
Náyrel levantó la mirada.
—No. Pero sí para algunas cosas.
Él pareció comprender que no hablaba únicamente de plantas.
Continuaron hasta el invernadero. En su interior había estanterías de madera, frascos medicinales y libros antiguos sobre botánica. Náyrel recorrió el lugar con evidente entusiasmo, olvidando por momentos que se encontraba en un castillo del que todavía no podía salir libremente.
Darian la siguió sin interrumpirla.
—¿Por qué mandaste reunir todas estas hierbas? —preguntó ella.
—Cuando te traje aquí, sabía que no te sentirías cómoda. Quería que tuvieras algo familiar.
—Podrías haberme preguntado qué necesitaba.
—Lo sé. Estoy aprendiendo.
Náyrel se volvió hacia él. Había esperado arrogancia, no aquella admisión sencilla.
—¿Y siempre eres así de difícil?
Darian fingió pensarlo.
—Según Kael, soy insoportable.
Ella soltó una carcajada.
—Por fin alguien dice algo sensato en este castillo.
—Tendré que despedirlo por hablar demasiado.
—Si lo haces, empezaré a pensar que realmente eres malvado.
Darian sonrió. No fue una sonrisa amplia, pero sí auténtica, y Náyrel sintió una calidez inesperada al descubrirla.
Al regresar al castillo, encontraron a Kael esperándolos en la entrada.
—Majestad, hay asuntos que requieren su atención.
—¿Pueden esperar?
Kael miró a Náyrel y después a su soberano. Parecía debatirse entre la prudencia y la incredulidad.
—Sí, majestad.
—Entonces esperarán.
Darian siguió caminando junto a Náyrel.
Ella no pudo evitar sonreír.
—Vas a tener problemas por mi culpa.
—He sobrevivido a guerras, maldiciones y siglos de gobierno. Creo que podré sobrevivir a un paseo por los jardines.
—No te confíes, Darian Varek.
Él se detuvo frente a ella.
—No lo haré.
Durante un instante, sus miradas se encontraron y ninguno apartó los ojos inmediatamente. Náyrel sintió algo nuevo, una atracción todavía pequeña, pero imposible de ignorar.
No era confianza plena ni amor. Aún quedaba mucho por descubrir entre ellos.
Pero cuando Darian le ofreció el brazo para acompañarla hasta el vestíbulo, Náyrel lo aceptó por voluntad propia.
Y él comprendió que aquel gesto, tan sencillo para cualquier otra persona, significaba más que todas las promesas que había hecho en su larga vida.