Para el mundo financiero, Damian Valmont es un magnate intocable que compra voluntades sin pronunciar una sola amenaza en voz alta. Para el bajo mundo europeo, es la cabeza de un consorcio letal donde nadie sobrevive a un error.
Valeria Taylor llegó a su empresa huyendo de un pasado idéntico en Estados Unidos, con una sola regla innegociable: no volver a arrodillarse ante ningún monstruo con traje.
Ella es la única que se niega a firmar sus órdenes ilegales. Él es incapaz de intimidarla. Entre balances manipulados, secretos de familia y una atracción corrosiva que ninguno de los dos puede frenar, el juego de poder se convierte en una guerra íntima donde rendirse no es una opción.
Y cuando la sangre y la verdad salgan a flote, la única salida será una fuga que Damian jamás perdonará.
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Capítulo 11: Freno de emergencia
El chirrido agudo de los frenos neumáticos resonó en las entrañas del convoy como el lamento de una bestia herida. Las ruedas de acero se bloquearon contra las vías heladas, provocando una sacudida violenta que habría arrojado a cualquiera contra los mamparos de caoba.
Damian reaccionó antes de que la inercia hiciera mella: con el brazo izquierdo atrapó a Valeria por la cintura, atrayéndola contra su cuerpo y usando su propio peso para amortiguar el impacto contra el respaldo del sofá. Durante dos segundos suspendidos en el tiempo, sus cuerpos volvieron a colisionar con una urgencia brutal. El pecho de Damian subía y bajaba con fuerza, su respiración aún entrecortada por el beso que les había incendiado la garganta, pero en sus ojos ámbar la bruma del deseo ya había sido devorada por una frialdad homicida.
La soltó con lentitud deliberada, como si cada milímetro de distancia física le costara un esfuerzo consciente.
—Quédate en este vagón —ordenó Damian con voz seca, abotonándose la camisa blanca con la mano izquierda mientras sus ojos escaneaban los paneles de seguridad empotrados en la pared—. El blindaje de policarbonato soporta munición de calibre cincuenta. Si la puerta se sella desde dentro, no la abras por nada ni por nadie hasta que yo vuelva.
Valeria se puso de pie de un salto, alisándose los pliegues de la camisa de satén con dedos firmes. Le lanzó una mirada cargada de un desprecio tan puro que Damian se detuvo a medio camino del armario de armas.
—¿Quedarme encerrada como una damisela en apuros mientras un grupo de matones italianos usa este tren como tiro al blanco? —soltó ella, sacando su navaja de titanio de la liga oculta con un chasquido seco y guardándola en el bolsillo del pantalón—. Ni lo sueñes, Valmont. Si nos quedamos atascados en Domodossola, estamos en una ratonera.
—Valeria, no es una discusión corporativa —gruñó él, abriendo el panel oculto con un código biométrico. En el interior descansaban dos subfusiles compactos con silenciador integrado y tres pistolas tácticas de fabricación austríaca—. Son sicarios a sueldo de Moretti. No vienen a negociar un contrato; vienen a quemar este convoy para que nadie reclame las rutas de Lombardía.
—Razón de más para no actuar como un idiota con delirios de grandeza —replicó ella, siguiéndolo hacia la puerta corrediza que conectaba con el vagón delantero—. Conozco la estación de maniobras de Domodossola. Estudié los planos ferroviarios del corredor alpino antes de subir a este tren. Si detuvieron el convoy en el desvío tres, tienen vehículos pesados en las vías principales, pero dejaron libre el ramal auxiliar de carga industrial. Si te bajas a disparar en medio de la nieve, sus francotiradores te van a cazar desde las pasarelas superiores de las grúas pórtico antes de que pises el balasto.
Damian se giró en seco, con una pistola táctica ya amartillada en la mano izquierda. La miró de arriba abajo, sus ojos encendiéndose con una mezcla feroz de furia y fascinación.
—¿Te aprendiste de memoria los planos de una estación de carga en territorio extranjero para un viaje de negocios?
—Me aprendo de memoria cualquier terreno donde pueda quedar atrapada con un hombre que tiene precio sobre su cabeza —dijo ella, clavándole los ojos sin pestañear—. Ahora abre la maldita puerta antes de que Kassian empiece a gastar munición a ciegas.
Damian apretó la mandíbula, pero deslizó la tarjeta de acceso por el lector.
El vagón delantero de seguridad era un hervidero de metal, chalecos antibalas y olor a pólvora fría. Kassian estaba agachado junto a una de las troneras laterales, sosteniendo un rifle de asalto con la tranquilidad metódica de un carnicero veterano. Dos de sus subordinados monitoreaban las cámaras térmicas externas en un banco de pantallas portátiles.
Afuera, la nieve caía con violencia bajo los focos halógenos de la estación de mercancías. Seis camionetas todoterreno negras bloqueaban la vía principal a cien metros de distancia, formando una barricada en ángulo. Hombres con pasamontañas y abrigos gruesos apuntaban fusiles automáticos hacia la locomotora.
—Tienen el cambio de agujas bloqueado manualmente con una barra de hierro, jefe —informó Kassian sin girar la cabeza, la voz rasposa como una lija sobre madera—. Y tienen a tres tiradores en la pasarela metálica de la izquierda. Si intentamos empujar las camionetas con la máquina, descarrilamos en el desvío.
Damian se colocó un chaleco ligero por encima de la camisa con una sola mano, maldiciendo en voz baja la lentitud de su pulgar derecho aún vendado.
—Despejamos la pasarela primero —ordenó Damian con frialdad—. Kassian, tú y Levin bajan por la escotilla inferior y flanquean por los cobertizos de mantenimiento. Yo me encargo del bloqueo en la vía.
—Es una pésima idea —intervino Valeria desde el umbral, con los brazos cruzados y la voz tan tranquila que los dos guardias apostados junto a las pantallas la miraron como si fuera un espectro.
Kassian soltó un gruñido.
—Señorita Taylor, con el debido respeto, vuelva al coche cama antes de que un proyectil perforante atraviese una junta.
—La pasarela metálica está congelada —dijo Valeria, ignorándolo por completo y señalando la pantalla térmica número dos—. Si mandas a dos hombres por los cobertizos, el reflejo de la nieve sobre los focos de vapor los va a delatar en cinco segundos. Pero miren el monitor cuatro: la torre de control de agujas local está a treinta metros de la cola del tren, completamente a oscuras. No tienen hombres ahí porque los imbéciles de Moretti asumieron que el tren solo avanza de frente.
Damian clavó sus ojos ámbar en el monitor que ella señalaba.
—Si alguien sube a esa cabina y activa el desvío neumático de emergencia —continuó ella con precisión matemática—, el cambio de vías se fuerza desde la presión hidráulica central. La aguja se mueve, el bloqueo de hierro salta por el torque y abrimos el paso hacia el ramal secundario sin necesidad de intercambiar un solo disparo en campo abierto. El tren acelera, revienta dos parachoques y cruza la frontera italiana antes de que puedan reorganizar el cerco.
El silencio en el vagón blindado fue sepulcral.
Kassian miró la pantalla, luego miró a Damian y finalmente dejó escapar un silbido bajo.
—Tiene razón, jefe. La presión hidráulica de Domodossola es de grado industrial antiguo; si se puentea la válvula de control, parte una barra de acero como si fuera un fósforo. Pero alguien tiene que llegar a esa cabina por detrás del tren.
—Yo voy —dijo Damian de inmediato, cargando dos cargadores en su cinturón.
—Tú no puedes ni atarte los cordones de la bota derecha sin que se te abran los puntos del veneno, Valmont —le espetó Valeria, arrancándole una pistola compacta del soporte de pared con un movimiento tan fluido, rápido y mecánico que Kassian se quedó paralizado—. Y tu silueta mide casi dos metros; en esa nieve pareces un oso polar en una vitrina.
—Valeria, no te atrevas... —empezó Damian, dando un paso amenazante hacia ella, con una llamarada oscura de pánico y furia estallando en su pecho al ver el arma en sus manos.
No era la forma en que una civil sostenía una pistola.
Valeria había comprobado la recámara tirando de la corredera con el borde de la palma, verificado la alineación del seguro con el pulgar y adoptado una postura de empuñadura doble con el dedo índice descansando estrictamente sobre el armazón, fuera del guardamonte.
Doctrina de tiro de combate urbano.
—Cúbranme desde la tronera trasera —ordenó ella, sin esperar réplica.
Abrió la escotilla de servicio en la base del vagón y se deslizó hacia la oscuridad helada del balasto ferroviario antes de que Damian pudiera atraparla del brazo.
—¡Maldita sea! —rugió Damian, empujando a uno de sus guardias y asomándose a la escotilla con el corazón golpeándole la garganta con una violencia que jamás había sentido en ningún tiroteo previo—. ¡Kassian, cubre su sector! Si un solo bastardo levanta un cañón hacia esa mujer, quiero que le vueles la cabeza antes de que apriete el gatillo.
Afuera, el aire de la montaña cortaba como cristal roto.
Valeria se movió pegada a la sombra del convoy, con los pies hundiéndose en la nieve mezclada con grasa industrial. El frío le quemaba los pulmones, pero la adrenalina que le corría por las venas era pura familiaridad. Aquel olor a metal húmedo, nieve y peligro era el mismo de las noches en los muelles de South Boston, cuando su hermano Julian y ella tenían que eludir a las patrullas portuarias para salvar cargamentos que no debían existir.
Llegó a la base de la torre de control secundaria en quince segundos. La puerta de chapa estaba cerrada con un candado estándar; no se molestó en buscar una ganzúa. Levantó la pistola con silenciador, apuntó al arco de acero a quemarropa y disparó. El chasquido fue apenas más fuerte que el crujido de una rama seca. La cerradura cedió.
Subió la escalera de caracol de dos en dos peldaños, entró en la caseta de control desierta y barrió el panel con los ojos hasta encontrar la palanca roja del sistema hidráulico de reserva.
A través del ventanal sucio, vio el patio de vías iluminado. Tres de los hombres de Moretti habían notado movimiento cerca de la cola del tren y comenzaban a rodear los vagones con fusiles levantados.
Valeria no dudó. Agarró la palanca de presión con ambas manos y tiró hacia atrás con todo el peso de su cuerpo.
Bajo la nieve, las tuberías subterráneas rugieron con un silbido de vapor ensordecedor. El mecanismo de las vías crujió con una fuerza descomunal y la barra de hierro que bloqueaba el desvío se partió con un estallido metálico que resonó en todo el valle. La vía secundaria quedó abierta de par en par.
En ese instante, la puerta de la cabina de control se abrió de golpe.
Un sicario corpulento con pasamontañas negro y una escopeta recortada cruzó el umbral, levantando el cañón hacia el pecho de Valeria.
—Férrmati, puttana... —empezó a decir el hombre.
No terminó la frase.
Valeria no gritó, no vaciló ni dio un paso atrás. Dio medio paso en diagonal para salir de la línea de fuego, levantó su arma con una serenidad aterradora y disparó dos veces al centro del pecho del agresor. Las dos detonaciones silenciadas sonaron como palmadas secas. El hombre se estrelló de espaldas contra el marco de la puerta, desplomándose sobre el descansillo de metal con los ojos en blanco.
Valeria bajó el arma, pasó por encima del cuerpo sin mirarlo y descendió las escaleras a paso ligero.
Cuando llegó a la base de la torre, Damian estaba esperándola en la nieve.
No llevaba abrigo, ni chaleco antibalas, ni guantes. Tenía la camisa empapada por la ventisca y la pistola en la mano izquierda, pero no estaba mirando hacia los enemigos en la distancia. Sus ojos ámbar, desencajados por una furia salvaje y un alivio que no lograba ocultar, estaban clavados exclusivamente en ella.
La agarró por los hombros con una fuerza que casi le magulló la carne, arrastrándola hacia la compuerta abierta del tren mientras la máquina diésel comenzaba a rugir a máxima potencia para iniciar la marcha.
—¿Estás loca? —le gritó él contra el viento helado, empujándola hacia el interior del vagón blindado mientras los primeros disparos enemigos rebotaban inútilmente contra el blindaje exterior del convoy—. ¡Te dije que te quedaras adentro!
—¡La vía está abierta, imbécil! —le gritó ella de vuelta, cayendo sobre la alfombra del vagón mientras Kassian cerraba la compuerta de acero de un golpe seco—. ¡De nada por salvarte el pellejo por segunda vez en una semana!
El tren aceleró con una sacudida brutal, embistiendo los restos del bloqueo y tomando la curva del ramal secundario a toda máquina, dejando atrás las luces de Domodossola y adentrándose en la noche cerrada hacia la llanura lombarda.
En el vagón central, solos de nuevo, el silencio regresó con la fuerza de un vendaval contenido.
Valeria dejó la pistola sobre la mesa de caoba, con las manos ligeramente enrojecidas por el frío de la nieve. Se giró para encarar a Damian, pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra de triunfo o sarcasmo, él la embistió.
Damian la empujó contra la pared de madera del vagón, atrapándole ambas muñecas por encima de la cabeza con su mano izquierda y aprisionándola con todo el peso de su cuerpo. Su respiración era abrasadora, su pecho subía y bajaba contra el de ella y sus ojos eran dos pozos de fuego oscuro que amenazaban con devorarla viva.
—Dos disparos al centro de masa a quemarropa sin pestañear —susurró él, con una voz tan baja, rota y peligrosa que hizo que a Valeria se le secara la boca por completo—. Ninguna contadora dispara así, Valeria. Ninguna auditora sabe cómo se siente matar a un hombre en un cuarto cerrado sin que le tiemble el pulso.
Valeria alzó la barbilla, sosteniendo la presión de su cuerpo contra el suyo, sintiendo el calor brutal de sus muslos apretados contra los de ella y el latido desbocado de su corazón martilleando contra sus costillas.
—¿Me vas a interrogar ahora, Valmont? —lo desafió ella en un susurro ardiente, con los labios a escasos milímetros de los suyos—. ¿O vas a terminar lo que empezaste antes de que tus amigos italianos nos interrumpieran?
Damian soltó un gruñido gutural, hundió los dedos en su pelo oscuro y estrelló su boca contra la de ella con una ferocidad que hizo crujir la madera a sus espaldas.