Durante quince años, Paloma Linares vivió encerrada en un ático porque su familia consideraba su silencio una vergüenza. La noche en que su gemela huye de su propia boda, la visten de novia y la entregan en su lugar.
Su esposo es Alejandro Iturralde: heredero de un imperio millonario, supuesto paralítico y el hombre más temido de la Ciudad de México. Ante la prensa dirige hoteles y constructoras. En las sombras manda la Casa Iturralde, una organización en la que nadie desobedece al jefe dos veces.
Cuando se cierran las puertas de la recámara, Alejandro la llama por el nombre de su hermana… y se levanta de la silla de ruedas.
Paloma solo alcanza a escribirle tres palabras en la palma:
NO SOY ELLA.
Él descubre la sustitución, pero en vez de devolverla decide conservar a la esposa que nunca pidió. Lo que empieza como una trampa se convierte en una obsesión ardiente, peligrosa y cada vez más difícil de ocultar.
Pero Paloma no piensa cambiar el ático de sus padres por una jaula de oro. Entre noches incendiarias, una guerra por el control de la Casa y un embarazo que puede convertirla en el blanco de todos sus enemigos, ella tendrá que encontrar su propia voz. Y Alejandro descubrirá que puede poner de rodillas a una ciudad entera, pero no puede darle órdenes al corazón de su esposa.
El hombre al que todos obedecen tendrá que aprender a escuchar a la única mujer que no puede hablar.
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Capítulo 23
Capítulo 23: A-ba-a-ba
Paloma bajó la mano de la espalda y no volteó a comprobar si Alejandro le había hecho caso. Si volteaba, él se bajaba del carro. Y si él entraba a ese taller, ella iba a ser para siempre la esposa de Iturralde, y no la muchacha que había conseguido el trabajo con sus dibujos.
Así que miró de frente al hombre que la estaba imitando. Era Rubén Lizárraga, el jefe del departamento de diseño, y todavía tenía la boca abierta a medio a-ba, esperando que ella se pusiera roja. Paloma lo miró sin parpadear hasta que la risa de los demás se fue apagando sola y él tuvo que cerrar la boca.
—Tu lugar es aquel. —Rubén señaló un escritorio pegado a la cortadora láser, la máquina más ruidosa del piso—. Como no oyes, no te va a molestar el ruido.
Paloma oía perfectamente. Oyó la cortadora toda la mañana, y oyó también a Dafne Durán, la diseñadora del escritorio de enfrente, cuando le dijo a todo el departamento, sin bajar la voz, lo que pensaba de la nueva.
—Seguro se acuesta con el supervisor de planta. Si no, ¿quién contrata a una muda sin licenciatura?
* * *
A la una llegó Nana Toña con un portaviandas de tres pisos, porque no pensaba dejar que su niña comiera tortas de la esquina. Le dio un beso en la frente delante de todos y se fue. Dafne esperó a que saliera.
—¿Tu mamá es la sirvienta de alguien?
Varios se rieron. Paloma no escribió nada en su pizarrón. Se levantó, fue al pizarrón blanco del departamento, donde Rubén anotaba los pedidos de la semana, tomó el plumón y escribió debajo de la lista, con letra grande.
*Entré con mi portafolio. ¿Y quién aquí es más decente?*
A Dafne se le congeló la risa. Del otro lado del vidrio, en el área de costura, dos costureras que habían visto todo bajaron la cabeza sobre sus máquinas, y una se tapó la boca para que no se le notara que se estaba riendo.
En la tarde, Rubén anunció el pedido grande del mes. Vértice Digital, la empresa de influencers de Grupo Iturralde, quería vestuario de Día de Muertos para la Noche de Catrinas, una transmisión en vivo del treinta y uno de octubre. A Paloma le tocaban dos creadoras nuevas. Dafne levantó la mano.
—Mejor dale a Karely Fuentes. Tres millones de seguidores. —Sonrió—. ¿No que muy talentosa?
Todos sabían quién era Karely Fuentes. Ya le había regresado el trabajo a tres diseñadores de I&M. Paloma sacó el celular, escribió, subió el volumen al máximo y lo levantó para que se oyera en todo el piso.
—Acepto —dijo la voz de la app—. Si la convenzo, usted se disculpa frente a todos.
—Si la convences —contestó Dafne.
* * *
El viernes, veinte minutos antes de la cita con Karely, Rubén le avisó que la junta ya no era en el taller sino en la Torre Iturralde, en Santa Fe. Paloma entendió que lo había hecho a propósito. Justo entonces Alejandro llegó por ella para comer, vio su cara y dio vuelta en U sin preguntar. El Periférico estaba parado. Llegó a la sala de juntas de Vértice ocho minutos tarde, con el cabello revuelto y la carpeta de bocetos contra el pecho.
Karely Fuentes estaba sentada en la cabecera, con lentes oscuros dentro de la sala y su representante, Chío, parada detrás. Dafne también estaba ahí, sentada junto a ella como si fueran amigas.
—¿Me mandaron a la muda? —Karely ni se quitó los lentes—. ¿Y cómo le digo lo que quiero, a señas?
—Y es la hija de la sirvienta —añadió Dafne.
En la puerta, Ulises la miró y le hizo una inclinación de cabeza, nada más. No iba a entrar. Alejandro le había prometido que en su trabajo nadie iba a meter las manos por ella, y Paloma se lo había pedido así. Ahora estaba sola, y era lo que había querido.
No le contestó a nadie. Sacó la cinta métrica, le tomó a Karely las medidas sin pedirle permiso y le hizo con el celular una foto de perfil, contra la ventana. Después se sentó y dibujó durante diez minutos, sin levantar la vista. Cuando terminó, le deslizó el boceto por la mesa: un vestido negro con pétalos de cempasúchil que nacían en la cintura y bajaban en espiral hasta formar la falda, como el camino de flores que las familias tienden en el piso para que los muertos encuentren la casa.
Karely se quitó los lentes. Paloma había visto sus videos: había crecido en Iztapalapa y cada noviembre subía la ofrenda de su casa. Por su cara, supo que había reconocido el camino de flores.
—Esto no es de catálogo —dijo Karely, en otro tono—. ¿Lo vas a hacer tú?
Paloma le escribió en el pizarrón.
*Mi diseño lo sigo yo hasta el final.*
Karely firmó la hoja de aprobación. Al devolver la pluma miró hacia la puerta, donde seguía Ulises, y algo le cambió en los ojos, algo rápido que Paloma no supo leer. Detrás de ella, Chío lo anotaba todo en su celular. Dafne recogió su bolsa sin despedirse.
* * *
Paloma se quedó en el piso 38 a pasar el boceto en limpio, en la mesa de juntas de la oficina de Alejandro, porque ahí nadie la iba a imitar. A las once y catorce de la noche le tomó una foto a la versión final, con la fecha escrita a pluma en la esquina, y el celular la subió solo a la nube. No se acordaba de haber cerrado los ojos después.
Despertó en el sofá cama del cuarto de descanso que había detrás de la oficina, con el saco de Alejandro encima. Él estaba dormido a su lado, sentado, con la cabeza contra la pared y una mano abierta sobre sus bocetos, para que el aire del clima no se los volara. Paloma no se movió. Se quedó contándole las pestañas hasta que se le acabaron. En el ático nadie se había quedado nunca a cuidarla mientras dormía.
El sábado dejó el boceto final bajo llave, en el cajón de su escritorio del taller.
* * *
El lunes a las ocho y media puso el dedo en el checador y vio que el departamento entero estaba reunido frente al tablero de avisos. Se abrieron para dejarla pasar. En medio del tablero, entre el calendario de pedidos y el aviso de vacaciones, habían clavado una foto impresa: ella, subiéndose a la Suburban negra de la escolta. Alguien había escrito abajo, con plumón rojo, *La muda se sube al carro de su amante*.
Nadie dijo nada. Paloma arrancó la foto, la dobló y se la metió a la bolsa sin mirar a Dafne, aunque sentía que Dafne la estaba mirando a ella.
Fue a su escritorio y sacó la llave. La cerradura del cajón estaba intacta. Abrió el cajón.
El boceto de Karely ya no estaba.