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La Niñera De La Mafia

La Niñera De La Mafia

Status: Terminada
Genre:Mafia / Posesivo / Enfermizo / Completas
Popularitas:8.3k
Nilai: 5
nombre de autor: valeria isabel leguizamon

La niñera de la mafia

Su esposo la envió a trabajar a una mansión con la esperanza de que muriera y así cobrar su seguro de vida. Pero el destino tenía otros planes para ella.

Contratada como cuidadora personal de un mafioso ciego, malhumorado y temido por todos, pronto descubrirá que convivir con ese hombre será mucho más peligroso de lo que imaginaba.

Él no puede verla, pero ella está a punto de convertirse en su mayor obsesión.

Y cuando la mafia descubra quién se atrevió a ponerle las manos encima a su mujer, será demasiado tarde para arrepentirse.

NovelToon tiene autorización de valeria isabel leguizamon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 9

Damián permaneció inmóvil durante varios minutos, con Valeria dormida entre sus brazos.

La respiración de la joven se había tranquilizado. De vez en cuando, algún sollozo escapaba de sus labios, incluso mientras dormía, como si su cuerpo todavía no hubiera conseguido liberarse de la angustia que la había acompañado hasta la mansión.

Él frunció el ceño.

¿Qué demonios le habían hecho para que llorara de aquella manera?

Había visto a personas suplicar por sus vidas. Había escuchado a hombres adultos llorar de miedo cuando comprendían que no podían escapar de su padre. Conocía perfectamente el sonido de la desesperación.

Pero aquello era diferente.

Valeria no había llorado por miedo a morir. Había llorado como alguien a quien acababan de arrebatarle algo en lo que creía.

Y, por alguna razón, la idea le provocaba una molestia que no conseguía ignorar.

—¿Quién te hizo daño, mujer estúpida? —murmuró.

Valeria no respondió. Continuaba dormida, aferrada a una pequeña parte de su camisa.

Damián bajó la mirada hacia ella.

—Encima te quedas dormida después de empaparme la ropa.

Su tono era de reproche, pero no hizo el menor intento por apartarla bruscamente.

Con cuidado, deslizó un brazo bajo sus hombros y otro bajo sus piernas. La dejó lentamente sobre la cama y acomodó la manta para cubrirla.

Después, sus dedos buscaron su cabello.

Lo acarició con una torpeza que habría resultado vergonzosa si alguien lo hubiera visto.

Nunca había tenido que consolar a nadie. Ni siquiera recordaba la última vez que había intentado hacerlo.

Sin embargo, cuando Valeria se removió en sueños, Damián continuó acariciándole la cabeza hasta que volvió a quedarse tranquila.

—Descansa —susurró.

Entonces retiró la mano.

Tenía cosas que hacer.

Y, si quería descubrir qué había sucedido, tendría que dejar de quedarse sentado junto a su cama como un idiota.

Damián se levantó y buscó su bastón.

No lo necesitaba constantemente dentro de su habitación, pues conocía la ubicación de los muebles y podía orientarse por los sonidos y las distancias que había memorizado. Aun así, para desplazarse por el resto de la mansión prefería utilizarlo.

La ceguera había cambiado su vida, pero no había conseguido convertirlo en un hombre indefenso.

Había aprendido a identificar los pasillos, a contar los pasos entre las puertas y a reconocer a las personas por sus voces. Con el tiempo, incluso había conseguido desplazarse por algunos sectores de la propiedad con una seguridad que sorprendía a quienes lo veían por primera vez.

Tomó el bastón, comprobó que Valeria siguiera dormida y salió de la habitación.

Sus pasos fueron firmes.

No necesitaba ver para encontrar a la persona que buscaba.

Su hombre de confianza, Nicolás, se encontraba en el despacho contiguo al salón privado, revisando unos documentos cuando escuchó que llamaban a la puerta.

—Adelante.

Damián entró.

Nicolás levantó la cabeza y se puso de pie de inmediato.

—Señor.

—Necesito que investigues algo.

—Lo que ordene.

Damián se detuvo frente al escritorio.

Durante unos segundos, guardó silencio. No estaba acostumbrado a explicar sus motivos cuando daba una orden. Generalmente, bastaba con que pronunciara unas pocas palabras para que todos se pusieran en movimiento.

—Quiero que averigües por qué Valeria regresó a la mansión en ese estado.

Nicolás parpadeó.

—¿La señorita Valeria?

—¿Conoces a otra Valeria que trabaje aquí?

—No, señor. Me refería a…

Se interrumpió a tiempo.

Damián inclinó ligeramente la cabeza.

—¿A qué?

—A nada, señor.

Nicolás se aclaró la garganta.

Conocía a su jefe desde hacía años. Sabía que Damián podía preocuparse por sus hombres cuando alguno resultaba herido, pero nunca se había interesado demasiado por los asuntos personales de los empleados.

Mucho menos había pedido investigar a alguien simplemente porque esa persona había regresado llorando.

El joven heredero siempre había sido reservado, desconfiado y poco paciente con las emociones ajenas.

Y, sin embargo, allí estaba, exigiendo saber qué había ocurrido con su cuidadora.

Nicolás decidió que lo más inteligente era no hacer comentarios.

—Sí, señor. Voy a investigar qué sucedió durante su salida.

—No es suficiente.

Damián apretó el bastón entre los dedos.

—También quiero saber quién es ella. De dónde viene, dónde vive, si tiene familia, quiénes son sus conocidos y cualquier información relevante sobre su pasado.

Nicolás lo miró con mayor sorpresa.

—¿Quiere que investigue toda su vida?

—¿Tengo que repetírtelo?

—No, señor.

—Entonces hazlo.

—Sí, señor. No se preocupe. Voy a investigar todo y se lo haré saber en cuanto tenga información.

Damián asintió.

Nicolás recogió sus documentos y los dejó a un lado.

—¿Hay algo más?

El joven permaneció callado unos instantes.

—Averigua también si alguien la está buscando o si tiene algún problema que pueda ponerla en peligro.

—Entendido.

—Y quiero el informe directamente de ti. No quiero rumores ni información a medias.

—Lo tendrá, señor.

Damián se dio la vuelta para marcharse.

—Una cosa más —añadió antes de llegar a la puerta—. Que nadie la moleste mientras descansa.

Nicolás bajó ligeramente la cabeza.

—Por supuesto.

Damián salió sin decir nada más.

Cuando la puerta se cerró, Nicolás se quedó mirando el lugar por donde se había marchado su jefe.

Después soltó un suspiro.

—¿Qué demonios está pasando aquí?

Porque una cosa era conseguir que el heredero de la mafia comiera y tomara sus medicamentos.

Y otra muy distinta era conseguir que se preocupara por la vida privada de una mujer.

Cuando Damián regresó a su habitación, encontró a Valeria todavía dormida.

Se acercó a la cama, escuchó su respiración y comprobó que parecía estar descansando con tranquilidad.

Entonces recordó que probablemente no había comido nada desde que salió de la mansión.

—Maldita sea.

Se volvió hacia la puerta y llamó a uno de los empleados.

—Traigan comida para dos personas.

—¿Qué desea que le sirvamos, señor?

—Lo que haya preparado la cocina. Y asegúrense de que esté caliente.

—Sí, señor.

Damián volvió a entrar y cerró la puerta.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde que Valeria se había desmayado, pero no pensaba dejarla dormir todo el día sin comer.

Se sentó en una silla junto a la cama y esperó.

Cuando finalmente escuchó que ella se movía bajo las mantas, inclinó la cabeza hacia su dirección.

—Valeria.

Ella soltó un pequeño sonido de protesta.

—Mmm…

—Despierta. Vamos a comer.

Valeria abrió los ojos lentamente.

Durante unos segundos, pareció desorientada. Después reconoció la voz y giró la cabeza hacia él.

—¿Damián?

—No, el fantasma de tu marido. Claro que soy yo.

Ella lo miró en silencio.

Entonces, como si acabara de recordar algo sumamente importante, se incorporó un poco.

—¡Qué bueno! Tenía mucha hambre.

Damián alzó las cejas.

—¿Eso es lo primero que dices después de despertar?

—¿Qué quieres que diga? ¿Que he tenido un sueño maravilloso? Porque no. Tengo hambre.

Él negó ligeramente con la cabeza.

Aquella mujer era increíble.

Hacía unas horas había estado llorando entre sus brazos como si el mundo se hubiera acabado. Ahora, aunque todavía tenía los ojos hinchados, parecía más preocupada por la comida que por cualquier otra cosa.

Damián no sabía si admirar su capacidad para seguir adelante o preocuparse por lo mucho que estaba acostumbrada a ocultar sus sentimientos.

Valeria apartó las mantas y se sentó en la cama.

Fue entonces cuando notó algo.

Su mirada descendió hasta la camisa de Damián.

Recordó cómo se había aferrado a él. Cómo había llorado contra su pecho. Cómo había mojado la tela con sus lágrimas sin siquiera pedirle permiso.

La vergüenza le subió hasta las orejas.

—Ah…

Damián giró la cabeza hacia ella.

—¿Qué pasa ahora?

Valeria comenzó a jugar nerviosamente con sus dedos.

—Lo siento.

—¿Por qué?

—Por lo de antes.

Él frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

—Por haber perdido el control. —Ella bajó la mirada—. Lloré apoyada en ti y arruiné tu camisa.

Damián no respondió.

Valeria continuó hablando, cada vez más avergonzada.

—No suelo llorar delante de otras personas. No sé qué me pasó. Supongo que estaba demasiado cansada y… bueno, todo se me vino encima.

Se obligó a sonreír.

—De verdad, lo siento. Te prometo que no volverá a suceder.

La expresión de Damián se endureció.

—¿Quién te ha dicho que no puedes llorar aquí?

Valeria levantó la cabeza.

—Nadie, pero…

—Entonces deja de disculparte.

—Pero tu camisa…

—Tengo más camisas.

Ella parpadeó.

Damián suspiró, exasperado.

—Valeria, si vuelves a disculparte por haber llorado, voy a empezar a cobrarte una multa.

La joven lo miró horrorizada.

—¡¿Por llorar?!

—Por hacerme repetir lo mismo tantas veces.

Valeria soltó una risita.

—Eres un desgraciado.

—Y tú eres una desagradecida.

—¡Yo no te he pedido que me abraces!

Damián se quedó callado.

Valeria también.

Ambos recordaron lo sucedido.

Ella bajó la mirada inmediatamente, arrepentida de haberlo dicho de aquella manera.

—No quise decir…

—Está bien —la interrumpió él.

Su voz había recuperado la calma.

Damián extendió una mano en dirección a la mesa.

—Vamos a comer. La comida se enfría.

Valeria se quedó mirándolo.

Había esperado que se enfadara. Que le dijera que no volviera a comportarse de aquella manera. Que le recordara que solo era su cuidadora y que no debía confundir la amabilidad con otra cosa.

Pero Damián no parecía interesado en reprenderla.

Simplemente quería que comiera.

La joven se levantó de la cama y caminó hasta donde él le indicó. Un empleado había dejado varios platos sobre la mesa, junto con agua y cubiertos.

Valeria se sentó frente a Damián.

La comida olía deliciosamente bien.

Sin embargo, no empezó a comer de inmediato.

Miró al joven, que estaba acomodando sus cubiertos mediante el tacto, y una pregunta escapó de sus labios.

—Damián…

—¿Qué?

Ella dudó.

—¿No quieres que me vaya?

El movimiento de sus manos se detuvo.

Damián levantó lentamente la cabeza hacia ella.

—¿Qué has dicho?

Valeria se apresuró a explicarse.

—Quiero decir, sé que soy tu cuidadora y que necesitas a alguien que te ayude, pero después de lo que pasó hoy… No quiero convertirme en una molestia para ti. Si prefieres que me marche, puedo buscar otro trabajo.

Damián frunció el ceño.

Una profunda arruga apareció entre sus cejas.

—No.

Valeria guardó silencio.

—¿No… qué?

—No quiero que te vayas.

La respuesta fue tan inmediata que ella se quedó sin palabras.

Damián dejó los cubiertos sobre la mesa y se volvió hacia su voz.

—Y no me hagas repetirlo. Vamos a comer.

Valeria lo observó durante unos segundos.

No podía verle los ojos, pero su expresión era tan seria que comprendió que no estaba bromeando.

—¿De verdad?

—¿Quieres que te lo escriba en un documento y lo firme con mi sangre?

Ella soltó una carcajada.

—¡No! ¡Tu sangre debe ser carísima!

Damián negó con la cabeza.

—Eres insoportable.

—Y tú eres muy dramático.

—Come.

Valeria tomó los cubiertos, todavía con una sonrisa pequeña en los labios.

Por primera vez desde que había regresado a la mansión, sintió que el nudo que tenía en el pecho se aflojaba un poco.

No sabía qué iba a hacer con su vida.

No sabía si algún día lograría comprender por qué su esposo había deseado su muerte.

Pero al menos, en aquella mesa, nadie la estaba echando.

Damián escuchó cómo comenzaba a comer y relajó ligeramente los hombros.

No se lo diría.

Ni siquiera si alguien lo amenazaba con una pistola.

Pero después de verla regresar a la mansión inconsciente, había descubierto que la posibilidad de que Valeria desapareciera de su vida le resultaba insoportable.

Y todavía no sabía por qué.

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Herrera
Ahora sí es tu amor que conveniente para ella cuando lo dejo en sus peores momentos
Herrera
Está mujer si es cínica volver justo cuando el recupero la visión
Herrera
Bueno esperemos que ahora todo esté bien y ellos puedan disfrutar de su amor
Herrera
Ya deberían haber atado todos los puntos y darle de baja a ese imbécil
Herrera
Este hombre no tiene escapatoria Pero es demasiado lento el proceso
Herrera
Este hombre ya se ganó todos los escalones al infierno
Herrera
Ya el principe de las tinieblas me está dejando mal sabor este mafioso es muy lento
Herrera
Con ese esposo así no necesitas más enemigos
Herrera
Ver a su amada allí tendida le dió ganas de seguir adelante con el tratamiento para poder ver
Herrera
Damian estás jodido hermano Nicolás te contesta igual que Valeria 😂😂😂😂😂😂
Herrera
Nicolás estaba atento por qué si no hubiera sido un desastre
Herrera
aunque creo que es Iván con Teresa
Herrera
Tienen enemigos dentro de la gente que trabaja para ti y estás pudiendo que no acuses a nadie 😂😂😂
Herrera
Este mafioso es muy calmado quiere pruebas 😂😂😂 y así le dicen el principe de las tinieblas
Karla(⁠^⁠^⁠)^⁠_⁠^(⁠T⁠T⁠)
Quien te diga que eres importante para ella eso ya es mucho
Karla(⁠^⁠^⁠)^⁠_⁠^(⁠T⁠T⁠)
La doña y Nicolás son terribles quieren extorsionar al principe de las tinieblas😂😂😂😂😂
Karla(⁠^⁠^⁠)^⁠_⁠^(⁠T⁠T⁠)
jajajajaja, eso es muy gracioso el hijo celoso de la madre por qué le quita el tiempo con su cuidadora 😂😂😂😂😂
Karla(⁠^⁠^⁠)^⁠_⁠^(⁠T⁠T⁠)
Está doña es a todo terreno hasta quiere joder al hijo Pero a lo bien 😂😂😂😂
Karla(⁠^⁠^⁠)^⁠_⁠^(⁠T⁠T⁠)
Para Damián es difícil aceptar lo que siente por todo lo que ha pasado en su vida
Karla(⁠^⁠^⁠)^⁠_⁠^(⁠T⁠T⁠)
Que capítulo más bonito, si todas las suegras fueran así
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