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La Esposa Del Lobo De Plata

La Esposa Del Lobo De Plata

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo
Popularitas:5.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Sebastián Volk es el hombre más temido de la alta sociedad. Tras una máscara de plata esconde un secreto monstruoso: es el último heredero de una estirpe de licántropos. Cuando la familia del Sol debe entregar una hija en matrimonio, Mía huye del compromiso y Luna ocupa su lugar. Despreciada por su madrastra, Luna ve en Sebastián la oportunidad perfecta para vengarse. Pero el lobo esperaba una esposa sumisa y encontró a una mujer que no teme desafiarlo. Entre deseo, traiciones y secretos sangrientos, ambos descubrirán que el matrimonio puede ser una prisión… o el comienzo de una guerra.

NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: El perfume del peligro

​Las manecillas del reloj de pared marcaban exactamente las doce de la noche.

​El fuego de la chimenea se había reducido a un lecho de brasas rojas que arrojaban un resplandor cálido y tembloroso sobre la habitación.

Luna permanecía de pie frente al ventanal, observando las nubes oscuras que cubrían a medias la luna creciente. No se había cambiado de ropa. Seguía vistiendo el sobrio traje negro con el que había pisado la mansión horas atrás.

​No había cambiado su posición ni cuando los crujidos de la madera anunciaron pasos pesados acercándose por el pasillo.

​De pronto, la puerta no se abrió; se estrelló contra la pared.

​El impacto resonó como un cañonazo en el silencio de la noche. La bisagra de bronce gimió bajo la fuerza brutal.

​Sebastián Volk cruzó el umbral. Se había quitado el abrigo, vistiendo únicamente una camisa negra de seda fina con las mangas arremangadas hasta los codos, revelando antebrazos cruzados por venas marcadas y cicatrices antiguas.

La máscara de plata destellaba bajo la luz tenue de la chimenea, volviendo su rostro una amalgama aterradora de metal y carne implacable.

​Pero no fue su tamaño ni su aspecto lo que alteró el aire de la estancia.

​Fue la presión. Un halo denso, pesado y sofocante comenzó a inundar la habitación, saturando el ambiente de un olor penetrante a ozono, cedro quemado y furia contenida.

Era una ola invisible de dominación alfa, un instinto primario diseñado para hacer hincar de rodillas a cualquiera, para quebrar la columna de los débiles y doblegar la voluntad humana por puro terror biológico.

​Luna sintió un peso físico aplastándole el pecho. El aire se volvió espeso en sus pulmones, y las alarmas primitivas de su cerebro comenzaron a gritarle que retrocediera, que bajara la mirada, que se hiciera pequeña.

​Intimidades a los débiles, Sebastián, pensó, apretando los dientes mientras sus dedos se clavaban discretamente en las palmas de sus manos para canalizar el dolor y mantener el control. Pero yo dejé de tener miedo hace mucho tiempo.

​—Te di una orden clara, Luna —dijo Sebastián. Su voz no era un murmullo; era un retumbo sordo que vibró en los cristales de las ventanas—. Te ordené no salir de esta habitación y no husmear.

​Dio tres pasos lentos hacia ella. La alfombra no amortiguó el peso de sus pisadas. La distancia entre ambos se redujo a menos de un metro. Su sombra masiva la cubrió por completo, eclipsando la luz de las brasas.

​—Tocaste lo que no debías —continuó él, inclinándose apenas para fijar su único ojo gris sobre ella, inyectado en un salvajismo contenido—. Examinaste los muros. Buscaste grietas en mi casa.

​—Esta es mi habitación a partir de hoy —respondió Luna. Su voz no tembló. Sonó clara, pausada y desafiante—. Si pones una pared en mi espacio, la voy a mirar. Si la tapas con un tapiz barato, lo voy a mover.

​Sebastián frunció el ceño. El aura de presión sobre la habitación se duplicó, volviéndose sofocante.

​—No entiendes el lugar en el que te has metido —escupió él, dando un paso más, acorralándola físicamente contra el borde del ventanal

—. Crees que tus pequeños juegos de dinero y tus miradas frías te hacen fuerte.

Aquí no eres una heredera. Eres mi esposa. Y en esta casa, mi palabra es la única ley que existe. Inclina la cabeza y pide disculpas. Ahora.

​Cualquier otra mujer habría colapsado. La fuerza de su presencia física, combinada con la carga hormonal que emanaba de su piel, estaba diseñada para instigar un pánico animal.

​En lugar de ceder un solo centímetro, en lugar de dar el paso atrás que él esperaba para confirmar su dominio, Luna hizo algo insólito.

​Avanzó un paso hacia él.

​Rompió la distancia mínima de seguridad, quedando a escasos centímetros de su pecho ancho. Elevó el rostro, sosteniendo la mirada dorada y amenazante de Sebastián con una serenidad que bordeaba la locura.

​Con un movimiento lento, deliberado y cargado de un desafío letal, Luna llevó las manos hacia el cuello de su vestido negro.

​Desabrochó el primer botón de nácar.

​Luego, el segundo.

​La tela se abrió suavemente, exponiendo la línea pálida de su garganta y el latido rítmico, pero extrañamente pausado, de su arteria yugular.

​—¿Quieres sumisión, Sebastián? —preguntó ella en un susurro gélido, ofreciéndole su cuello descubierto en una provocación directa—. ¿Quieres que me arrodille como las anteriores? Hazlo tú mismo. Toma lo que crees que te pertenece. Muerde.

​Sebastián se congeló.

​Por una fracción de segundo, el desconcierto cruzó la parte visible de su rostro. Esperaba llanto, pánico, súplicas de clemencia o el intento desesperado de huir hacia la puerta.

Jamás había encontrado a un ser humano que caminara voluntariamente hacia las fauces del depredador.

​La sorpresa se transformó rápidamente en una ira volcánica. El lobo en su interior interpretó el gesto no como una entrega, sino como la insubordinación más descarada de su vida.

​Un rugido gutural, inhumano y vibrante brotó del fondo de su garganta.

​Sebastián la tomó de la nuca con la mano desnuda, apresándola con un agarre de hierro.

La arrastró hacia su cuerpo con una brusquedad salvaje, inclinando la cabeza hacia abajo.

Abrió la boca, dejando ver los colmillos afilados que comenzaban a brotar de sus encías, listo para clavar sus dientes en la piel expuesta de su cuello y marcarla a la fuerza.

​Luna no cerró los ojos. Lo miró fijamente hasta el último milisegundo.

​A dos milímetros de su piel, Sebastián se detuvo en seco.

​Un gruñido de dolor desgarrador escapó de su pecho. Su agarre en la nuca de Luna se aflojó instantáneamente.

​Sebastián retrocedió tres pasos torpes, tambaleándose como si hubiera recibido un impacto directo en el rostro. Se cubrió la nariz y la boca con la mano, mientras los músculos de su mandíbula se contraían violentamente en un espasmo de rechazo.

​Sus ojos, completamente dorados ahora, se abrieron de par en par con una mezcla de conmoción y furia distorsionada.

​—¿Qué... qué demonios es esto? —ahogó él, con la voz rasposa por el dolor.

​Un olor invisible, imperceptible para el olfato humano pero destructivo para el sentido ultrasensible de un licántropo, saturaba la piel del cuello de Luna.

Una mezcla sintética de nitrato de plata microencapsulado y extracto concentrado de acónito, un compuesto químico que ella misma había elaborado en secreto semanas atrás.

Para la nariz de Sebastián, haber respirado ese perfume a tan corta distancia había sido equivalente a tragar ácido hirviendo.

​Luna se acomodó la tela del vestido sin prisa. Volvió a abrochar el primer botón con pulso firme y la mirada serena.

​—Te lo dije en la capilla, Sebastián —dijo ella, avanzando lentamente hacia él mientras el hombre intentaba recuperar el aliento de rodillas sobre la alfombra—. No vine a esta casa a ser tu víctima.

​Se detuvo a un par de pasos de él, mirándolo desde arriba con una elegancia implacable.

​—Si quieres guerra, la tendrás. Pero si intentas tocarme sin mi consentimiento de nuevo, te prometo que el veneno en mi piel será la menor de tus preocupaciones.

​Sebastián levantó la cabeza, respirando con dificultad, con la máscara de plata reflejando el fuego moribundo.

Sus ojos dorados se clavaron en ella con una intensidad destructiva, pero por primera vez, detrás del odio salvaje, había una chispa de respeto involuntario.

​La bestia acababa de descubrir que su nueva esposa no llevaba una armadura.

​Ella misma era el veneno.

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Carolina A²V
😳 que se preparen esos chuchumecos traidores y falsos
Carolina A²V
se volvieron locos
Carolina A²V
😳 santas medidas batman 😱 ahora que haremos
Carolina A²V
que paso Victoria se te fue la valentía que trajiste❓️🤔
Carolina A²V
dónde se supone está la dichosa orden por desde que llegaron no han mostrado nada
Jesus Castro Montero
Por que Victoria quiere todo lo que tiene Luna ahora sabe que Luna no es nada sumisa ni tonta por que no acabar de una vez con esa escoria que lo único que hace es dar más problemas
Jesus Castro Montero
Luna eres buen terca y que poco te conoce Sebastián jamás te quedarás quieta y hoy más que nunca verá que cometió el error de no consultarte bueno ek se lo busco
Carolina A²V
😂😂😂 demuestralo porque las palabras de una loca cómo tu hija no son de peso 🤨🤔
Carolina A²V
un comentario que hago leo los cargos y me pregunto que hace victoria en ese lugar❓️🤔 porque no la puedo relacionar con nada de lo que sucede 🤔
Carolina A²V
esos funcionarios están buscando narcotraficantes o que❓️🤨🤔
Jesus Castro Montero
Luna no te cree Sebastián ahora tienes que remar mucho para que Luna te pueda perdonar🥰❤️😂🤣💘😈
Carolina A²V
que te dije ella no es de las que se sientan a esperar que pasen las cosas
Carolina A²V
y no te dijo nada previamente
supongo que tu harás tu parte ya que no te piensas quedar sin hacer nada
Carolina A²V
debió bajar a ordenar el desayuno de ambos 🤔
Carolina A²V
Bueno dicen que para cada roto hay un descocido 🤷🏻‍♀️
Carolina A²V
ahora si llego la entrega que dos cuerpos estaban necesitando 🔥🥵❤️‍🔥
Betty Saavedra Alvarado
Luna eres fuerte y empoderada nadie puede contigo Sebas está luchanfo ahora vas a estar su lado para acabar con la Sombras
Betty Saavedra Alvarado
Luna si que eres terca deja que Sebas arregle todo tu vida corre peligro
Carolina A²V
en pocas palabras tu cable a tierra 🤔
Carolina A²V
eso es cierto tu pediste casarte en lugar de mía
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