A los diecinueve años, Aline creía que su mayor problema era llegar a fin de mes. Hasta que la enfermedad de su madre le puso un precio imposible a la esperanza… y un solo hombre en todo el morro podía pagarlo.
Él es Cobra: dueño de la Rocinha, temido, intocable, acostumbrado a que nadie le diga que no. La propuesta es tan fría como sencilla: ella será su visita íntima tras las rejas, y a cambio el tratamiento de su madre estará cubierto. Sin sentimientos. Sin promesas. Solo un trato.
Pero nadie le avisó a Aline que el hombre más peligroso de Río podía mirarla como si fuera lo único puro que le queda al mundo. Ni que, detrás del arma y la fama, Cobra carga heridas capaces de igualar a las suyas.
Entre balas, celos, secretos de la facción y un deseo que ninguno de los dos supo ver venir, lo que empezó como una transacción amenaza con volverse la historia de amor que ambos juraron no merecer. Porque en el morro, entregar el corazón cuesta más caro que cualquier deuda… y siempre hay alguien dispuesto a cobrarla.
Pasión intensa, drama que aprieta el pecho y un romance prohibido que no vas a poder soltar. Bienvenida al mundo de Cobra. Bienvenida a ser La mujer del jefe.
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Capítulo 18
...Aline 🦢 ...
—¿Vamos, guapa? Estamos atrasadas —me apuró Karla.
—Estoy esperando a que llegue mi tía; si quieres, ve subiendo tú —dije, mirando la pantalla del celular.
Kleber apareció ayer por acá; no dudaría nada de que aparezca hoy, y no me confío en dejarlo solo con mi madre.
Ni siquiera iba a ir, pero mi tía se ofreció a venirse para acá.
Hubo una discusión en su casa y me pidió quedarse un tiempo aquí.
—Te espero —dijo, y se dejó caer en el sofá.
Las dos íbamos iguales: short de jean y una camiseta del equipo al que le vamos.
Estábamos lindas; nos tomamos varias fotos juntas y subimos algunas.
Pasó un rato, llegó mi tía y salimos de casa juntas.
Cada una tomó un mototaxi y subimos el morro, con un solazo tremendo.
Cuando llegamos, la calle estaba bien llena de gente.
Pagamos la carrera, Karla me tomó de la mano y nos abrimos paso entre la gente.
Entramos a una casa enorme y preciosa; hasta tenía área de piscina, donde estaban asando las carnes.
Karla y yo fuimos a la cocina, y apenas Sheila nos vio, se le dibujó la sonrisa más grande.
—¡Qué guapas! —Puso una olla enorme sobre la mesa.
—Tú sí que estás linda, ¿eh? —Karla vino a saludarnos.
—¡Qué bueno que vinieron! Pero todavía no logré hacer el arroz, ¿esperan?
—¿Quieres ayuda? —le pregunté.
—No las voy a poner a trabajar en un churrasco al que yo las invité, ¿no?
—Ay, ya para, Sheila, te ayudamos, hombre —rió Karla—. Aline es una crack en la cocina.
—¿En serio? Me van a ayudar muchísimo… —Respiró aliviada.
Me até el cabello en un moño con la liga y fui derecho al fregadero a lavarme las manos.
Acomodamos el espacio en la cocina y el ambiente se puso agradable. Karla se puso a cortar el tomate y la cebolla para el vinagrete, doña Sheila a sazonar las alitas de pollo, y yo a sofreír el ajo y la cebolla para el arroz. Entre una risa y otra, la conversación fue cambiando de rumbo y entramos en el tema de los hijos.
—Mi vida cambió por completo después de que Isaac se fue… Era mi menor, ¿sabes, Aline? Un niño de oro, alegre, vivía sonriendo. —La miré de reojo, revolviendo el arroz en la olla—. Isaac y Matheus eran uña y mugre, pegados para todo desde chiquititos. Adonde iba uno, atrás iba el otro. Cuando Isaac sufrió aquella cobardía y falleció… una parte de mi otro hijo murió con él ese día. Cobra se cerró de una manera que me partía el corazón. Se volvió una roca. Dejó de llorar, dejó de mostrar cualquier debilidad, se encerró en una burbuja para que nadie pudiera volver a hacerle daño.
—Aquella época fue complicada… —comentó Karla.
—Ni me lo digas, Karlinha. Y tú te acuerdas muy bien de cómo eran las cosas. —Me miró—. ¿Te das cuenta de que Cobra odiaba a esa niña? —Soltó una risa—. No aceptaba de ninguna manera que ella hubiera estado con Isaac aun estando obsesionada con Xamã, y él en esa época ni le paraba bola a la niña. Isaac estaba loco por ella, hacía de todo, andaban para arriba y para abajo, y Cobra, en su papel de hermano mayor protector, se ponía en el pleito por él.
—Isaac era un niño increíble —dijo Karla, recordando.
—Matheus tiene fama de perro, ¿sabes? Vive en esa vida muy loca, en la fiesta, cada día con una mujer distinta en la moto, no se apega a nadie, no anda de novio, no deja que ninguna se acerque a su corazón… Pero por dentro es un niño de oro. Tiene un corazón gigante. Ayuda a todo el mundo en este morro, no deja que le falte nada a ninguna familia necesitada, hace el bien sin fijarse a quién. Pero el problema es que no deja que nadie le haga el bien a él. La confianza es una palabra sagrada que solo les da a poquísimas personas. Prefiere que piensen que es un monstruo antes que demostrar que tiene sentimientos y terminar sufriendo de nuevo como sufrió con su hermano.
Antes de que dijéramos nada, escuchamos la voz de Xamã y de Cobra acercándose a la cocina.