Para el mundo financiero, Damian Valmont es un magnate intocable que compra voluntades sin pronunciar una sola amenaza en voz alta. Para el bajo mundo europeo, es la cabeza de un consorcio letal donde nadie sobrevive a un error.
Valeria Taylor llegó a su empresa huyendo de un pasado idéntico en Estados Unidos, con una sola regla innegociable: no volver a arrodillarse ante ningún monstruo con traje.
Ella es la única que se niega a firmar sus órdenes ilegales. Él es incapaz de intimidarla. Entre balances manipulados, secretos de familia y una atracción corrosiva que ninguno de los dos puede frenar, el juego de poder se convierte en una guerra íntima donde rendirse no es una opción.
Y cuando la sangre y la verdad salgan a flote, la única salida será una fuga que Damian jamás perdonará.
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Capítulo 2: El filo de la navaja
El chasquido sordo de las puertas de roble al cerrarse selló la sala de juntas como si fuera una cámara de descompresión. Los pasos apresurados de los ejecutivos desvaneciéndose por el pasillo sonaron patéticos, como los de una bandada de palomas huyendo ante la sombra de un halcón.
Valeria no se movió de su asiento. Con una parsimonia exasperante, desenroscó la tapa de su pluma estilográfica, alineó dos folios sueltos y los guardó en su carpeta de cuero. Cada uno de sus gestos estaba coreografiado para transmitir una sola cosa: aburrimiento profesional.
Por dentro, sin embargo, su pulso marcaba un compás acelerado y frío. Ese ritmo no era miedo; era la vieja adrenalina que creía haber sepultado al otro lado del Atlántico. La memoria muscular de una infancia rodeada de hombres con armas al cinto y trajes caros le advertía que nunca, bajo ninguna circunstancia, se le daba la espalda a un depredador en su propio territorio.
Damian Valmont seguía de pie junto a ella. No había dado un solo paso atrás.
Con la mano aún apoyada en el respaldo de la silla de Valeria, el magnate la observaba desde su imponente altura. La tela oscura de su chaleco marcaba la línea firme de su pecho y hombros. En cualquier otro hombre, aquella cercanía física habría sido una torpe táctica de acoso corporativo; en Damian, era una invasión territorial absoluta.
—Tiene usted una lengua notablemente afilada, señorita Taylor —dijo él. Su tono era bajo, casi íntimo, pero conservaba ese timbre metálico que hacía vibrar el aire—. La mayoría de las personas que entran a esta sala cuidan sus palabras como si les fuera la vida en ello.
—La mayoría de las personas que entran a esta sala están demasiado ocupadas calculando el valor de sus acciones como para notar si el barco en el que navegan tiene una vía de agua en el casco —replicó ella, levantando los ojos con absoluta calma—. Y a mí no me pagan por cuidar su ego, señor Valmont. Me pagan por hacer que la logística funcione.
Damian soltó un sonido gutural que rozó la risa, aunque no había humor alguno en sus facciones. Se apartó de la silla con lentitud y caminó hacia el ventanal. La luz cenicienta del mediodía suizo perfilaba su perfil anguloso, la línea recta de una nariz aristocrática y la sombra incipiente de una barba cuidada al milímetro.
—Usted no me conoce —afirmó él, mirando hacia la bruma que cubría el lago Lemán. No era una pregunta, era una constatación que parecía intrigarle genuinamente.
—Sé lo que dicen los registros contables y el registro mercantil de Ginebra —respondió Valeria, incorporándose de la silla sin perder la compostura—. Propietario mayoritario de catorce firmas marítimas, tres líneas ferroviarias privadas en los Balcanes y una red de almacenes de tránsito que abarca desde Róterdam hasta Trieste. Un hombre rico con prisa por monopolizar rutas complejas.
—¿Y no lee la prensa? ¿No le interesa saber con quién se sienta a negociar?
Valeria reprimió una sonrisa sarcástica mientras ajustaba los puños de su chaqueta gris.
—No pierdo mi tiempo leyendo columnas de chismes sobre qué modelo cenó con qué millonario, ni hagiografías en revistas financieras escritas por periodistas que nunca han pisado un muelle de carga con botas de goma. El papel cuché miente; los balances de pérdidas y ganancias, no.
Damian giró sobre sus talones. Sus ojos ámbar, de una intensidad casi animal, se clavaron en ella con una fijeza desconcertante. Había algo en la actitud de Valeria que no encajaba con el perfil de una simple empleada de alto rango. No había tartamudeos, ni rubor nervioso, ni esa mirada de reojo hacia la puerta buscando una ruta de escape. De hecho, Damian notó con agudeza quirúrgica cómo ella se había posicionado: de pie, con los pies ligeramente separados, el peso distribuido con equilibrio exacto y la carpeta sostenida bajo el brazo izquierdo, dejando la mano derecha completamente libre.
Una postura de combate defensivo aprendida en la calle o en un campo de entrenamiento, no en una escuela de negocios de Zúrich.
—Usted habló de «mafia barata» hace cinco minutos —dijo Damian, dando dos pasos medidos hacia ella—. ¿Tiene alguna idea de lo peligroso que resulta usar ese término con tanta ligereza?
—Peligroso es firmar autorizaciones para buques fantasma con bandera de Liberia que transportan contenedores sellados fuera de aduana —contraatacó ella sin retroceder un solo centímetro—. Si quiere llamarlo «operaciones estratégicas de riesgo», adelante, use el eufemismo que mejor le permita dormir por las noches. Pero a nivel administrativo, legal y operativo, eso tiene un nombre muy viejo y muy común. Y yo no pongo mi firma en cargamentos que huelen a pólvora y sobornos portuarios.
La palabra pólvora golpeó el aire entre ambos.
La mandíbula de Damian se apretó de golpe. Durante un segundo fugaz, la máscara del refinado magnate europeo se agrietó, dejando entrever la frialdad implacable del hombre que gobernaba una red de suministros bélicos capaz de cambiar el destino de un conflicto armado sin que la OTAN pudiera rastrear una sola factura. Nadie fuera de su círculo más íntimo y letal se atrevía a sugerir el verdadero contenido de sus contenedores prioritarios.
¿Quién demonios era esta mujer?
Damian redujo la distancia entre ambos hasta quedar a menos de un palmo de distancia. Era tan alto que su sombra cubrió por completo a Valeria, obligándola a levantar el mentón para sostenerle la mirada. Su perfume —una mezcla profunda de tabaco negro, cuero caro y un fondo gélido que recordaba al hierro forjado— envolvió los sentidos de ella, denso y embriagador.
—Es usted muy valiente, señorita Taylor —murmuró él, con una voz tan suave que parecía una caricia envenenada—. O extraordinariamente imprudente.
—Simplemente no soy comprable, señor Valmont —dijo ella, clavando sus ojos oscuros en los suyos con una firmeza que hizo que una chispa de calor descendiera por la espina dorsal de él—. Ya vi a demasiados hombres con trajes caros creerse dueños del mundo por tener un ejército de idiotas que les dicen que sí a todo. A mí no me deslumbra el dinero, ni me intimidan los silencios dramáticos.
Por primera vez en mucho tiempo, Damian sintió una punzada de deseo tan súbita y visceral que le tensó los músculos del abdomen. No era la atracción tibia y predecible que solían provocarle las mujeres de la alta sociedad que gravitaban a su alrededor por conveniencia o vanidad. Era una corriente de electricidad salvaje, el roce violento de dos voluntades que se negaban a ceder.
Él bajó los ojos un instante hacia los labios de ella —naturales, sin pintar, ligeramente apretados con desdén— antes de volver a clavar su mirada en sus pupilas.
—Tiene agallas —admitió él en un susurro áspero—. Pero las agallas no pagan las facturas de una empresa cuando el dueño decide liquidarla por capricho.
—Pruébeme —desafió ella, arqueando una ceja con una sonrisa diminuta y letal—. Liquídela. Despídame. Firme mi rescisión ahora mismo. Ambos sabemos que en cuarenta y ocho horas los sindicatos franceses le paralizan la terminal de Marsella y usted tendrá que bajar a negociar con gente que no se impresiona con su reloj de platino.
Damian la miró fijamente. Una tensión casi física, densa como el vapor antes de una tormenta, vibraba entre los dos. Podía tomarla por el cuello de la camisa, arrastrarla contra la pared de cristal y demostrarle exactamente qué tan intocable era su poder. O podía besarla hasta quitarle esa arrogancia exquisita de la boca. La mezcla de ambos impulsos fue tan brutal que tuvo que apretar los puños a los costados para mantener el control.
En ese momento, dos golpes secos resonaron en la puerta.
—Adelante —dijo Damian sin apartar los ojos de Valeria.
La puerta se abrió y entró Kassian. El jefe de seguridad era un hombre de metro noventa, hombros de estibador y una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda, vestido con un traje que no lograba ocultar el bulto de su arma reglamentaria bajo la axila. Al ver la cercanía milimétrica entre su jefe y la directora de operaciones, Kassian ni siquiera parpadeó, aunque sus ojos entrecerrados evaluaron la situación al instante.
—Señor —dijo Kassian con su habitual voz áspera de lija—. El cargamento procedente de Hamburgo fue retenido temporalmente en la aduana de Basilea. Piden la firma de autorización de operaciones de la nueva subsidiaria.
Valeria soltó una carcajada seca, breve y perfectamente cronometrada.
—Qué sorpresa —dijo ella, mirando a Damian con pura burla en los ojos—. Apenas son las once de la mañana y sus «rutas privadas infalibles» ya tienen un camión detenido por falta de manifiesto.
Damian respiró hondo, conteniendo una oleada de furia que en cualquier otro escenario habría terminado con el director responsable despedido de rodillas. Sin embargo, no apartó la vista de Valeria.
—¿Puede liberar ese cargamento hoy mismo? —le preguntó Damian, con la voz templada en hielo.
—Puedo —respondió ella con desdén—. Si el contenido cumple con la normativa comunitaria de transporte estándar. Y si el manifiesto lleva únicamente lo que debe llevar.
—Hágalo —ordenó él.
—Bajo mis condiciones, señor Valmont. Reviso la carga en el sistema yo misma. Si encuentro una sola anomalía, un solo sello falso o un contenedor que declare maquinaria agrícola y pese el doble de lo normal, el camión se queda en la frontera y usted se busca a otro que le encubra el desastre.
Kassian contuvo una mueca de asombro involuntaria. En diez años al servicio de Valmont, jamás había visto a un civil hablarle al jefe como si fuera un pasante indisciplinado.
Damian dio un paso atrás, recomponiendo su máscara de impenetrable frialdad, aunque el brillo peligroso en sus ojos ámbar estaba más vivo que nunca.
—Tiene hasta las seis de la tarde, señorita Taylor —dijo él, señalando la salida con un gesto seco de la mano—. Demuéstreme que sus sermones valen más que el papel en el que imprime sus quejas.
—Considérelo resuelto —contestó Valeria.
Tomó su carpeta con paso firme, le dedicó a Kassian un leve asentimiento cortés y caminó hacia la salida. Damian no le quitó los ojos de encima: la forma en que sus caderas se movían con una cadencia natural y segura bajo el corte recto del traje, la nuca despejada por la coleta oscura y la arrogancia de su espalda recta.
Cuando la puerta volvió a cerrarse tras ella, la sala quedó sumida en un silencio denso.
Kassian dio un paso al frente, con expresión sombría.
—¿Quiere que averigüe de dónde salió, señor? No es normal que alguien del sector corporativo hable de esa manera. Conoce términos que no figuran en los manuales de administración.
Damian permaneció inmóvil, mirando la puerta cerrada. En el aire aún flotaba el rastro de la loción de Valeria: algo limpio, cítrico y sobrio, que contrastaba de forma casi insultante con el olor a pólvora y tabaco de su propio mundo.
—Investígalo todo, Kassian —ordenó Damian con voz sorda, mientras una sonrisa oscura y calculadora se dibujaba despacio en sus labios—. Cuentas, antecedentes, familia, hasta el último centavo que haya gastado en Europa.
—¿Y si es una infiltrada de la policía fiscal?
—No lo es —dijo Damian, tocándose de forma inconsciente el anillo de platino en su mano derecha—. La policía le teme a mi nombre. Esa mujer no me teme a mí ni a nadie en esta ciudad. Y eso la convierte en lo más peligroso que ha cruzado esa puerta en años.