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QUIEN MATÓ A IVY SAWYER?

QUIEN MATÓ A IVY SAWYER?

Status: Terminada
Genre:Casos sin resolver / Escuela / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:618
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

En Markhan College, los secretos tienen precio… y algunos se pagan con sangre.

Ivy Sawyer era hermosa, brillante y aparentemente perfecta. Todos querían ser su amigo, todos la admiraban y muchos la envidiaban. Hasta que apareció muerta.

Rose Dawson no está dispuesta a aceptar la versión oficial. Mientras comienza a investigar, descubre que Ivy había dejado detrás una colección de secretos, mentiras y enemigos. Profesores destruidos por acusaciones, alumnos expulsados injustamente, becas obtenidas mediante accidentes, estudiantes acosados hasta la tragedia y una misteriosa Orden que controla silenciosamente los pasillos de Markhan.

Pero cuanto más investiga Rose, más incómoda se vuelve la verdad.

Ivy no era la víctima inocente que todos creían.

Era una estratega.

Una manipuladora.

Y quizá, la persona más peligrosa de toda la academia.

Ahora Rose deberá descubrir quién la mató… antes de convertirse en el próximo secreto enterrado de Markhan.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La lista incompleta

A la mañana siguiente busqué a Claudia sin demoras innecesarias. Sabía que hablar con ella exigía paciencia infinita, tacto muy fino y nada de prisas: Ivy había roto tantas defensas en su interior que ahora levantaba muros altísimos ante cualquiera que se acercara. La encontré sentada en el rincón más apartado del viejo invernadero abandonado, donde el cristal estaba empañado y las plantas crecían desordenadas sin control de nadie: justo el lugar perfecto para quien quería dejar de verse a simple vista. Estaba encogida sobre sí misma, con la mirada fija en el suelo como si buscara algo que nadie más podía hallar entre la tierra y las raíces secas. No se giró cuando me acerqué; supo que estaba ahí pero no huyó tampoco, como si ya esperara que tarde o temprano alguien vendría a preguntar por lo que nadie se atrevía a mencionar. Me senté a cierta distancia prudente, sin invadir su espacio vital de golpe, esperando el tiempo que hiciera falta para que decidiera por sí sola si hablaba o callaba para siempre.

Empecé sin nombrar primero a nadie: solo mencioné que sabía cómo era sentirse pequeña frente a poderes enormes que no miran a quién aplastan, que conocía las anotaciones donde mi hermana clasificaba personas como si fueran objetos desechables, y que entendía muy bien por qué muchos deseaban simplemente que desapareciera de una vez. Al decir su nombre entre todos los que aparecían en esas páginas, su espalda se estremeció levemente, el primer movimiento real hacia afuera que revelaba que cada palabra daba justo en la herida que nunca cicatrizaba bien. Entonces habló muy bajito, casi sin voz al principio, como si las palabras pesaran demasiado para salir solas después de tanto tiempo retenidas: contó cómo Ivy no destruía de golpe, sino poco a poco, quitándote amigos primero, luego la confianza en ti misma, después tu buen nombre… hasta dejarte sola frente a todos los rumores que ella misma inventaba para ver caer a sus víctimas sin mancharse las manos aparentemente.

Me confirmó lo que ya sospechaba: ella jamás hizo nada malo para merecer tanto odio concentrado contra su persona; simplemente destacaba demasiado, brillaba con luz propia sin necesitar pedir permiso a nadie, y eso bastó para convertirse en blanco prioritario. Lo más inquietante llegó cuando mencionó algo que faltaba en todos los cuadernos recuperados: Ivy guardaba una lista aparte, distinta a las clasificaciones habituales, donde escribía nombres mucho más poderosos, cifras enormes, acuerdos secretos y favores oscuros que iban mucho más allá de humillar compañeras o dominar novios forzados. Esa lista nunca apareció entre mis hallazgos. Claudia aseguró verla una sola vez por casualidad: hoja pequeña, letra muy cuidada, guardada siempre separada del resto, llevada encima o escondida en sitio que solo ella conocía. Era distinta: ahí no anotaba cómo destruir a una persona, anotaba cómo mantener bajo control a quienes podían destruir al mundo entero.

Me detuve al escuchar esto con atención total: todo lo que sabíamos hasta ahora eran solo las consecuencias visibles; esa hoja contenía las causas reales por las que terminó muerta en medio del césped. Claudia no supo decirme dónde la escondió exactamente, solo repitió una y otra vez una sola pista suelta que escuchó sin entender entonces: “donde nadie busca nada porque todos creen que ya no queda nada valioso ahí”. Frase críptica, pero suficiente para cambiar el rumbo entero de mi investigación: mi hermana murió no por romper corazones ni arruinar reputaciones estudiantiles, sino porque llegó demasiado lejos, tocó intereses que mandan sobre la escuela entera, y guardaba pruebas contra quienes pueden comprar cualquier silencio sin esfuerzo. Alguien tuvo miedo de que esa lista saliera a luz pública más que de cualquier otra cosa. Alguien necesitaba recuperarla cueste lo que cueste antes que cualquiera la leyera.

Me despedí despacio de Claudia prometiendo proteger su nombre: por fin veía el cuadro completo con menos sombras engañosas. La clave no estaba solo en quién odiaba a Ivy, sino a quién comprometía ella con esa lista perdida que nadie halló hasta el momento. Regresé a mi habitación con una certeza nueva y escalofriante: todos buscaban lo mismo que yo buscaba ahora mismo, y ninguno se detendría ante nada para poner sus manos sobre ella primero. Markhan escondía secretos que no nacían entre cuatro paredes escolares, y mi hermana cometió el error más grave posible en un juego donde no debes ganar nunca: aprendió demasiado bien las reglas que nadie quería que conocieras. Esa hoja faltante no era solo papel escrito: era el motivo verdadero de su muerte, la prueba que sigue viva, escondida esperando que alguien encuentre primero el lugar donde nadie se atreve a mirar porque todos piensan que ya no hay nada allí que importe.

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