Sinopsis: Un amor prohibido
Todo comenzó cuando empecé a ir a la casa de Juan Alcázar, mi mejor amigo. Al principio, todo era normal, hasta que comencé a mirar a su mamá con otros ojos. Ella era una mujer hermosa, madura y completamente diferente a todas las que había conocido. Sin darme cuenta, empecé a sentir algo que jamás imaginé sentir por la madre de mi mejor amigo. Intenté luchar contra aquellos sentimientos, pero el corazón no entiende de reglas ni de prohibiciones. Hasta que una mirada se convirtió en deseo y comenzamos a vivir un amor a escondidas, capaz de destruir nuestra amistad y cambiarlo todo.
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Capítulo 4: Una confesión a medianoche
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Joaquín Zapata — Narrado en primera persona
Era sábado por la noche y yo había salido a parchar con unos conocidos de la universidad. Juan no estaba en Pereira porque se había ido de viaje con unos compañeros de la carrera, mientras que yo había preferido quedarme. La verdad, no tenía muchas ganas de viajar y quería aprovechar el fin de semana para despejarme.
Lo que comenzó como una salida tranquila terminó convirtiéndose en una noche de tragos, música y conversaciones sin sentido. Tomé demasiado y, cuando miré la hora en el celular, eran casi las doce de la noche.
—Juepucha, parce, ¿ya es tan tarde? —murmuré, mirando la pantalla.
Mis amigos me habían ofrecido llevarme a mi apartamento, pero yo, con la cabeza hecha un lío, terminé tomando una decisión bastante impulsiva.
Quería ir a la casa de Juan.
¿Por qué? Ni yo mismo sabía explicarlo.
Bueno, sí lo sabía, pero no quería aceptarlo.
Desde aquella tarde en que había visto a Gabriela tomando café en la sala, no conseguía sacármela de la cabeza. Me parecía una estupidez, porque era la mamá de mi mejor amigo y yo nunca había considerado meterme en una situación semejante.
Sin embargo, aquella noche estaba desanimado y, debido al alcohol, tenía menos capacidad para pensar con claridad.
Pedí un taxi y le di la dirección de los Alcázar.
Durante el trayecto, apoyé la cabeza contra el asiento y cerré los ojos.
—¿Qué estoy haciendo con mi vida, ome? —murmuré para mí mismo.
Cuando llegué, pagué la carrera y caminé hasta la entrada. Tuve que apoyarme un momento en la pared porque estaba bastante mareado.
Miré el reloj.
Las doce de la noche.
—Bueno, Joaquín, toque y ya. Tampoco es que vaya a pasar nada del otro mundo —me dije.
Golpeé la puerta varias veces.
Al cabo de unos minutos, escuché pasos en el interior.
La puerta se abrió y apareció Gabriela.
—¡Joaquín! —exclamó, sorprendida—. Mijo, ¿qué hace usted por acá a estas horas?
Intenté responder, pero las palabras me salieron enredadas.
—Doña Gabriela... yo... vine a visitarla.
Ella frunció el ceño al darse cuenta de que apenas podía mantenerme derecho.
—¡Ave María, Joaquín! ¿Usted está borracho?
—Un poquito, señora.
—¿Un poquito? ¡Pero si no puede ni mantenerse parado!
Di un paso hacia delante y perdí el equilibrio. Gabriela me sostuvo del brazo para evitar que me cayera.
—¡Cuidado, hombre! Venga, apóyese en mí.
—Perdón, doña Gabi —murmuré.
Ella me ayudó a llegar hasta la sala y me sentó en uno de los muebles.
—Quédese quieto ahí, ¿oyó? Voy a traerle agua.
La vi alejarse y me pasé ambas manos por la cara. Me sentía avergonzado, confundido y demasiado cansado.
Cuando regresó, me entregó un vaso de agua y se sentó a una distancia prudente.
—Bueno, Joaquín, ahora sí me va a explicar qué pasó. ¿Por qué está tomando de esa manera? ¿Tuvo algún problema?
Negué con la cabeza.
—No, señora. No me pasó nada.
—Entonces, ¿por qué está así? Usted no suele comportarse de esta manera.
Me quedé mirando el vaso entre mis manos.
—Es que estoy aburrido, doña Gabriela. Como que no sé qué me pasa últimamente.
—Mijo, los problemas no se solucionan tomando. ¿Y Juan sabe que usted está acá?
—No. Él está de viaje con los compañeros de la universidad.
Gabriela suspiró.
—Mañana vamos a hablar de esto con más calma. Por ahora, necesita descansar.
Pero yo, con el alcohol haciendo estragos en mi juicio, solté aquello que llevaba días guardándome.
—¿Sabe qué es lo peor, doña Gabi?
—¿Qué cosa, Joaquín?
Levanté la mirada y la observé durante unos segundos.
—Que usted está demasiado hermosa.
Gabriela se quedó callada.
—¿Cómo dice? —preguntó, sorprendida.
—Que está hermosa, pues. Desde el otro día no dejo de pensar en usted. ¡Qué pena con usted, ome! Yo sé que esto está mal, pero tenía que decirlo.
Ella dejó el vaso sobre la mesa y me miró con seriedad.
—Joaquín, usted está borracho. No voy a tomarme esas palabras como una confesión seria mientras esté en ese estado.
—Pero es verdad...
—Ahora lo importante es que esté bien. Mañana, cuando esté sobrio, podremos hablar si todavía considera necesario hacerlo.
Intenté contestar, pero el cansancio me venció. Gabriela llamó a un familiar para que la ayudara a asegurarse de que yo estuviera bien y de que pudiera regresar a mi casa de forma segura cuando estuviera en condiciones.
Antes de cerrar los ojos, alcancé a escucharla decir:
—Ay, Joaquín, mijo... ¿en qué problema se está metiendo usted?
Y, aunque no respondí, aquella pregunta se quedó dando vueltas en mi cabeza.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, no estaba seguro de poder controlar lo que sentía.