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Los Quiero De Vuelta

Los Quiero De Vuelta

Status: Terminada
Genre:Malentendidos / CEO / Época / Completas
Popularitas:5.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Él ocultó su inmensa fortuna.
Ella escondió su poderoso apellido.
En un viaje de negocios, dos extraños se enamoran perdidamente bajo el anonimato, sin saber que ambos pertenecen a los mundos más influyentes. Pero cuando ella escucha una dolorosa verdad a medias que hiere su orgullo, decide marcharse sin dejar rastro, llevándose consigo el secreto más grande de sus vidas.
Años después, el destino los vuelve a cruzar. Él ya no es el hombre que desconfiaba; ahora sabe la verdad y no se detendrá ante nada. El tiempo ha pasado, ella no está sola, y él solo tiene una misión: «Los quiero de vuelta».

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 8: La fortaleza Del Valle

La residencia de la familia Del Valle se alzaba en una de las zonas más exclusivas de las afueras, protegida por altos muros de piedra y jardines centenarios. Lejos de la ostentación estridente de los nuevos ricos, la mansión respiraba un lujo sobrio, de maderas nobles, chimeneas encendidas y una discreción que solo las dinastías consolidadas sabían cultivar.

En el comedor principal, la atmósfera intentaba ser festiva para proteger la inocencia del pequeño comensal de honor.

—Y entonces el auto rojo saltó tres cojines enteros, abuela —relataba Theo con la boca ligeramente manchada de salsa de tomate, gesticulando animadamente con el tenedor—. El señor del traje me dijo que tenía razón mi mamá: las cosas que caen al piso no cambian de dueño.

Al otro lado de la mesa, Carmen Del Valle detuvo su copa de agua a medio camino. Con sus cabellos castaños iluminados por mechones plateados y esa serenidad aristocrática que jamás perdía la ternura, miró a su nieto con una sonrisa suave antes de desviar los ojos hacia Sofía.

A la cabecera, Roberto Del Valle, de hombros anchos y mirada gris penetrante, masticó con lentitud su corte de carne. Su rostro curtido por décadas de liderar el mercado energético no revelaba emoción alguna, pero sus ojos evaluaron cada microexpresión en el rostro de su hija.

—¿Un señor de traje en el vestíbulo, campeón? —preguntó Roberto con voz profunda y tranquila, limpiándose los labios con una servilleta de lino.

—Sí, abuelo. Uno muy alto que tenía cara seria, pero cuando me vio se le cayó la cara de susto —explicó Theo con la frescura de sus cinco años, provocando que Bruno se atragantara con su copa de vino tinto al final de la mesa.

—Theo, mi amor —intervino Valentina con una rapidez impecable, secándole la barbilla con una servilleta y guiñándole un ojo con complicidad—, creo que ese salto de tres cojines amerita que vayamos a la sala multimedia a ver la película de aventuras que prometimos antes de dormir.

—¡Sí! ¿Vienes, tío Bruno?

—Corriendo, pequeño terremoto —respondió Bruno, levantándose con agilidad y agradeciendo en silencio la oportuna maniobra de escape de Valentina.

Los tres salieron hacia el ala oeste de la mansión, llenando los pasillos con risas infantiles que se fueron apagando conforme las puertas dobles se cerraron.

El silencio que quedó en el comedor fue denso. El fuego crepitaba en el hogar, arrojando sombras cálidas sobre la mesa.

Sofía mantuvo la mirada fija en su plato intacto. Las manos sobre su regazo apretaban la tela del pantalón con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

—No fue un tropiezo casual, ¿verdad, Sofía? —preguntó Carmen con una delicadeza que desarmaba cualquier defensa.

Sofía alzó la vista. Sus ojos marrones, siempre tan firmes y decididos en las reuniones de directorio, brillaron con lágrimas contenidas.

—Era él, mamá. El complejo donde teníamos la reunión de la alianza energética pertenece a Albarracín Luxury. El hombre con el que nos sentamos a negociar... es Federico.

Roberto apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó sus dedos robustos. Apenas se tensó la comisura de sus labios, pero el aire en la habitación pareció descender varios grados.

—El muchacho de las joyas y los hoteles —dijo Roberto en un tono gélido, sin levantar la voz—. El que te hizo volver hace cinco años con las maletas empapadas en lágrimas y una carta de despedida en el bolso.

—Él no sabía quién era yo, papá —explicó Sofía con un suspiro ahogado, pasando una mano por su cabello ondulado—. Fingió ser un empleado para protegerme de... para proteger su patrimonio, según él. Escuchó mi nombre hoy en la junta. Vio que somos los Del Valle. Y vio a Theo.

—¿Y qué hizo? —indagó Carmen, inclinándose hacia adelante, con el instinto protector encendido en su mirada maternal—. ¿Se atrevió a cuestionarte?

—Quiso exigir explicaciones. Dijo que Theo es su hijo, que no puede dejarlo ir, que nos quiere de vuelta... Intentó mezclar el contrato comercial para presionarme a hablar a solas.

Un golpe seco retumbó en la mesa.

Roberto Del Valle había dejado caer su palma sobre la madera pulida. Su rostro no mostraba ira descontrolada, sino una determinación implacable, la misma que había quebrado monopolios internacionales a lo largo de cuarenta años de carrera.

—Ningún heredero de cadenas hoteleras va a chantajear a una Del Valle, y mucho menos en mi propia tierra —sentenció Roberto, clavando sus ojos en Sofía—. Si ese muchacho piensa que un puñado de edificios en Europa le dan derecho a pasar por encima de tu dignidad o a perturbar la paz de mi nieto, mañana a primera hora doy la orden de retirar todas nuestras líneas de suministro de sus proyectos. Lo dejo sin gas, sin combustible y con las licencias suspendidas en cuarenta y ocho horas. Veremos si sus diamantes le sirven de algo cuando sus hoteles se queden a oscuras.

—Roberto, por favor —calmó Carmen con suavidad, colocando una mano firme sobre el brazo de su esposo para aplacar la tormenta—. No resuelvas con guerras financieras lo que es una herida del corazón.

Carmen volvió a mirar a su hija, buscando el fondo de su alma.

—Sofía, tú no estás temblando por miedo a sus abogados ni a sus amenazas. Estás temblando porque, después de cinco años de construir una coraza de hierro, volver a mirarlo a los ojos te dolió. Y porque Theo tiene su misma sangre, lo quieras o no.

Sofía bajó la cabeza, sintiendo que una lágrima solitaria se deslizaba por su mejilla.

—No voy a permitir que lo confunda, mamá. Theo ha crecido feliz, lleno de amor y con valores reales. No necesita que un hombre que dudó de mi decencia venga a comprarle el cariño con juguetes caros o apellidos ilustres.

—En eso estamos de acuerdo —concluyó Roberto, poniéndose de pie con su porte imponente—. Mañana se firmará el acuerdo logístico porque la empresa no mezcla los negocios con las bajezas ajenas. Pero si Federico Albarracín da un solo paso en dirección a Theo fuera de esa oficina, tendrá que pasar primero por encima de mí.

Entretanto, en el ático principal de la torre Albarracín, la noche avanzaba bajo una luz tenue y silenciosa.

Federico permanecía descalzo frente al ventanal panorámico, con la camisa negra desabrochada en el cuello y un vaso con apenas dos dedos de licor que ni siquiera había probado. Sobre la mesa ratona de mármol descansaba una carpeta de cuero marrón con el informe confidencial que Gabriel le había entregado una hora antes.

No era una investigación corporativa. Eran las fotografías que confirmaban lo que sus ojos ya sabían: Theo jugando en plazas públicas con Bruno y Valentina; Theo sonriendo en los brazos de una Sofía radiante y orgullosa; Theo soplando las velas de su último cumpleaños rodeado de afecto genuino, sin lujos estridentes, sin marcas, sin falsedades.

Detrás de él, Martina apareció en silencio, sosteniendo dos tazas de café humeante. Se sentó en el sofá de cuero y lo observó con tristeza.

—¿No vas a dormir, Fede?

—No puedo cerrar los ojos sin ver la cara del niño, Martina —respondió él sin volverse, con la voz áspera y rota—. Y cuando no veo al niño, la veo a ella... mirándome con un desprecio que me atravesó el pecho como una espada.

—Te lo advertí —dijo Martina con suavidad pero sin rodeos—. La familia Del Valle es intocable. Don Roberto Del Valle no le tiene miedo a nada ni a nadie. Si intentas pelear esto por la fuerza, vas a perder a Theo para siempre antes de haberle dado un solo abrazo.

Federico se giró lentamente. La arrogancia del magnate había desaparecido por completo; en su mirada solo quedaba la desesperación cruda de un padre que se sabe culpable.

—No voy a pelear con abogados, Martina. Gabriel quería preparar una demanda de filiación, pero le prohibí tocar un solo papel legal.

Martina lo miró con curiosidad.

—¿Entonces qué vas a hacer?

Federico dejó el vaso sobre la mesa con firmeza y miró a su hermana a los ojos.

—Voy a ir mañana a buscar a Roberto Del Valle. De hombre a hombre. Y si tengo que ponerme de rodillas ante él y ante Sofía para que me dejen demostrar quién soy de verdad, lo voy a hacer. Porque a mi hijo no lo voy a perder otra vez.

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Almonte De Rodriguez Yamilet
👏🤔 interesante
Maria Laura Perez: 🥰 gracias
total 1 replies
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