Sebastián Volk es el hombre más temido de la alta sociedad. Tras una máscara de plata esconde un secreto monstruoso: es el último heredero de una estirpe de licántropos. Cuando la familia del Sol debe entregar una hija en matrimonio, Mía huye del compromiso y Luna ocupa su lugar. Despreciada por su madrastra, Luna ve en Sebastián la oportunidad perfecta para vengarse. Pero el lobo esperaba una esposa sumisa y encontró a una mujer que no teme desafiarlo. Entre deseo, traiciones y secretos sangrientos, ambos descubrirán que el matrimonio puede ser una prisión… o el comienzo de una guerra.
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Capítulo 21: El beso que silenció a la élite
El Salón de Cristal del Palacio Consular relucía bajo la luz de inmensas candelabros de platino. Era la recepción anual de la Cámara de Comercio Corporativa, el escenario donde la aristocracia y los titanes del capital medían sus fuerzas sin derramar una sola gota de sangre.
En el centro de la estancia, el murmullo de las conversaciones se extinguió en un instante.
Luna descendía por la escalinata de mármol blanco.
Llevaba un vestido de alta costura en seda escarlata, de corte impecable, con una abertura audaz en la pierna izquierda y la espalda completamente al descubierto.
Sobre su piel pálida destellaba el collar de rubíes y diamantes de la antigua reserva familiar de los Volk, una joya de valor incalculable que simbolizaba el patrimonio más antiguo de la dinastía.
Caminaba con la barbilla erguida, la mirada fría y una elegancia que emanaba un dominio absoluto.
Mírenme bien, pensó Luna mientras los fotógrafos comenzaban a disparar sus flashes en una ráfaga frenética. Ya no soy la heredera sacrificada. Soy la dueña del apellido Del Sol y la reina de los Volk.
A pocos metros de la pista de baile, Mía la observaba con las puños apretados.
Vestía un diseño sobrio y apagado, sin las joyas familiares que Luna le había arrebatado en el contrato del estacionamiento. A su lado, Victoria, recién rescatada y aún con el rostro pálido por el trauma del secuestro, intentaba mantener la compostura sosteniendo una copa de champán con la mano temblorosa.
—Mírala —siseó Mía, con la voz cargada de un veneno destructor—. Luciendo los rubíes como si fuera la dueña del mundo. Se quedó con nuestras acciones, nos dejó en la miseria y camina sobre nosotros.
—Cállate, Mía —murmuró Victoria, aterrada de que alguien las escuchara—. Los hombres de Sebastián nos rescataron. Si abres la boca, esa fría criatura nos destruirá por completo.
—No me voy a callar —escupió Mía, fuera de sí por la rabia y la humillación—. Todos en este salón deben saber qué clase de zorra es. Deben saber que duerme en una celda blindada y que se arrastra ante un monstruo deforme a cambio de dinero.
Mía no esperó la respuesta de su madre. Se abrió paso entre los grupos de empresarios y diplomáticos, avanzando directamente hacia el centro del salón por donde Luna se desplazaba conversando con un influyente bancario del Consejo.
—¡Vaya, qué espectáculo tan conmovedor! —la voz de Mía resonó en el círculo social, forzada y chillona, atrayendo de inmediato la atención de los presentes.
Luna se detuvo. Giró sobre sus talones con una lentitud calculada, manteniendo la copa de champán en la mano y una expresión de aburrimiento absoluto.
—Mía —saludó Luna con tono sereno—. Veo que tu recuperación tras los últimos 'inconvenientes' ha sido rápida.
—Ahhorra juegas a la gran empresaria, ¿verdad? —escupió Mía, dando un paso más hacia ella para que todos los reporteros escucharan cada una de sus palabras
—. Luces el color rojo para disimular la sangre. Todos en esta ciudad sabemos la verdad, Luna. Sabemos que tu matrimonio es una farsa, que eres la prisionera de un engendro que te oculta en un búnker porque le da asco mostrarte.
Un murmullo de asombro y escándalo recorrió el gran salón. Varios asistentes contuvieron el aliento ante la brutalidad pública del ataque.
—Diles la verdad a las cámaras, hermana —continuó Mía, alzando la voz con una sonrisa histérica—. Diles que tu flamante esposo te repudia, que ni siquiera comparte la cama contigo y que compraste este vestido con el dinero que nos robaste mientras nos tenían secuestradas.
Luna la examinó sin mover un solo músculo de su rostro. La frialdad en sus ojos oscuros era tan intensa que Mía dio un paso atrás por instinto, aunque intentó disimularlo afianzando la postura.
—Tus desesperados intentos por llamar la atención siempre carecieron de clase, Mía —respondió Luna en un susurro claro que pareció amplificarse en el silencio del recinto—. Te quedaste sin imperio, te quedaste sin dinero, y ahora vienes a regalar tu dignidad en una recepción pública.
Mía levantó la voz para gritarle de nuevo, pero el aire dentro del Gran Salón cambió de golpe.
Una presión física, pesada y sofocante, se apoderó de la estancia. Un murmullo helado se extendió desde las puertas dobles de la entrada principal mientras la aristocracia se abría hacia los lados en un movimiento instintivo de retirada.
Sebastián Volk había entrado.
Vestía un esmoquin de gala negro, de un corte impecable que acentuaba la envergadura de sus hombros.
La mitad derecha de su rostro estaba cubierta por una nueva máscara de plata pura, de líneas más agresivas y pulidas que la anterior, que reflejaba la luz de las arañas de cristal con un brillo frío y letal.
Avanzó por el centro del pasillo con pasos largos y firmes. Su presencia llenó el salón de un peligro implícito que congeló las risas y las murmullos de inmediato.
Mía se quedó muda. El pánico visceral la paralizó al ver aproximarse a la figura que había ordenado la incursión militar que la rescató horas atrás.
Sebastián ignoró por completo a Mía y a los fotógrafos. Su único ojo visible, un orbe gris cargado de una tormenta de electricidad estática, estaba fijo exclusivamente en la mujer del vestido escarlata.
Cruzó la distancia entre ellos con una elegancia depredadora y se detuvo a escasos centímetros de Luna.
—Llegas tarde —dijo Luna, sosteniéndole la mirada con una leve sonrisa en los labios.
—Estaba terminando de cerrar la compra de la firma Del Sol —respondió Sebastián en un murmullo cavernoso que retumbó en la quietud del salón.
Sin darle tiempo a reaccionar ni a los reporteros a enfocar sus lentes, Sebastián rodeó la cintura de Luna con su mano grande y enguantada. La atrajo hacia su cuerpo en un movimiento brusco, posesivo y de una fuerza contenida que cortó el aliento de Luna.
Luna sintió el calor sofocante del torso de él contra el suyo, el aroma a pino silvestre y ozono inundándole los sentidos.
Sebastián se inclinó sobre ella y le plantó un beso en los labios.
Fue un beso profundo, ardiente y feroz, una reclamación pública y posesiva que desafiaba a toda la élite reunida. No había duda, ni frialdad, ni actuación diplomática; era la entrega de un alfa respaldando a su reina ante el mundo entero.
Luna, tras un milisegundo de conmoción, deslizó su mano libre sobre el hombro de él, correspondiendo al beso con una entrega igual de intensa que hizo vibrar el aire del recinto.
Los flashes de las cámaras estallaron en una tormenta de luz blanca.
Cuando Sebastián se distanció lentamente, manteniendo su mano firme sobre la cintura de Luna, la miró a los ojos con una devoción oscura que hizo que a ella se le acelerara el pulso.
Luego, Sebastián giró la cabeza lentamente hacia Mía.
La hermana de Luna yacía pálida como un cadáver, con la boca abierta y las lágrimas congeladas en los pómulos, completamente humillada ante el poder de la escena.
—Si vuelves a dirigirle la palabra a la señora Volk —susurró Sebastián con una voz que heló la sangre de todos los presentes—, no habrá contrato ni dinero en este mundo que salve a tu familia de mi cacería.
Sebastián ofreció su brazo a Luna con una cortesía regia. Luna deslizó su mano sobre la tela de su esmoquin y ambos avanzaron hacia la pista de baile, dejando tras de sí un silencio absoluto y a la alta sociedad rendida a sus pies.