En el plano terrenal, ambos son fantasmas. Él es un joven noble repudiado por su propia familia, confinado al ostracismo y al desprecio social por una terrible cicatriz que le arrebató la mirada y la confianza. Ella es una joven de deslumbrante belleza que vive invisible, sofocada bajo la sombra de una hermana manipuladora y el constante desdén de su entorno.
Sin embargo, al cerrar los ojos, la noche borra los estigmas de la realidad. En un universo onírico recurrente, sin cicatrices ni máscaras, dos almas solitarias encuentran un refugio de devoción y pasión desinhibida. Pensando que el otro no es más que una fantasía inventada por el deseo y la soledad, pactan encontrarse una tarde en la ciudad sin la menor esperanza de que ocurra.
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Capítulo 8: La entrega de las almas
La noche del cuarto mes de sus encuentros fue sofocante dentro del faro. El ambiente en la sala de la linterna era cálido, iluminado únicamente por el resplandor anaranjado y danzante del fuego de la chimenea que Rosalie había hecho crecer en una esquina.
Dorian la tomó de la mano y la guio lentamente hacia el centro de la estancia. Allí, en lugar de las alfombras habituales, se alzaba una amplia cama de madera oscura vestida con sábanas de seda negra que reflejaban el brillo de las llamas.
Sus miradas se cruzaron con una carga de intensidad que hizo que a Rosalie se le cortara la respiración.
Dorian se detuvo a un paso de ella. Sus ojos azules la recorrieron con una mezcla de adoración y temor reverencial.
—Rosalie... —dijo él, con la voz enronquecida por la emoción—. Si cruzamos este límite, ya no habrá retorno. Mi alma quedará atada a la tuya de una forma que la muerte ni la cordura podrán romper. Si esto es solo una creación de mi mente, terminaré completamente loco cuando despierte.
—Ya nos pertenecemos, Dorian —contestó ella con una firmeza absoluta, dando el paso decisivo hacia él y tomando su mano para colocarla sobre su propio corazón acelerado—. No hay nada allá afuera que me importe más que lo que siento aquí contigo.
Con dedos temblorosos pero determinados, Dorian comenzó a desabrochar los pequeños botones de nácar de la espalda del vestido de Rosalie. La seda cayó al suelo con un susurro suave. Rosalie no sintió vergüenza ni la timidez que la paralizaba en la vida diaria; bajo la mirada de Dorian, se sintió deseada en su forma más pura.
A su vez, ella le retiró la chaqueta oscura y comenzó a desabrochar los botones de su camisa, maravillándose con la firmeza de los hombros y el torso esculpido del hombre que la sostenía.
Lo que siguió fue un encuentro voraz, profundo y sagrado. Se entregaron el uno al otro sobre las sábanas de seda negra en un baile de piel contra piel, suspiros ahogados y caricias desesperadas. Dorian la tomó con una mezcla de delicadeza infinita y una voracidad contenida por años de aislamiento, adorando cada centímetro de la piel de Rosalie con sus labios y sus manos. Ella se aferró a sus hombros, clavando las uñas en su espalda, entregándose por completo al único hombre que le había devuelto la vida.
En lo alto de aquella torre de piedra rodeada por la nada, dos almas destrozadas por el rechazo y la soledad del mundo real se fusionaron en un acto de amor que trascendió las fronteras de la mente y la física.
Cuando los primeros rayos del sol real desgarraron la penumbra del amanecer, Dorian despertó de golpe en la mansión Ashford.
Estaba empapado en un sudor frío y copioso. La sábana de lino de su cama real estaba completamente enredada en sus piernas y su pecho subía y bajaba con violencia, como si hubiese corrido millas bajo la lluvia. Tenía los músculos del cuerpo tensos, y la sensación física del cuerpo de Rosalie contra el suyo —el tacto de su piel suave, el peso de sus caderas y la presión de sus labios— era tan ridículamente vívida, tan absurdamente real, que tuvo que llevarse las manos a la cabeza para reprimir un grito de desesperación.
El aroma a jazmín y lluvia parecía impregnar el aire pesado de su dormitorio vacante.
Al mismo tiempo, a millas de distancia en la residencia Thorne, Rosalie se incorporó en su cama de golpe, jadeando en busca de aire. El sudor le pegaba varios mechones de cabello castaño a la frente y al cuello. Entre sus muslos persistía un rastro cálido, latente y dolorosamente físico de la pasión consumada en el faro. Se abrazó las rodillas contra el pecho, temblando convulsivamente entre el júbilo y el pánico.
¿Cómo era posible que una simple fantasía moldeada por el subconsciente dejara marcas tan profundas y ardientes en el cuerpo real? ¿Cómo podía un fantasma dejar un eco de placer tan devastador en la piel?
A partir de aquella mañana, las horas de luz se convirtieron en un purgatorio insufrible. Dorian apenas probaba la comida que la criada dejaba en su puerta, rechazando el plato con la mano y pasando las tardes mirando fijamente el reloj de pared, contando los minutos desesperados para que el sol se ocultara y pudiera volver a la inconsciencia.
Rosalie caminaba por los pasillos de la casa Thorne como un autómata. Ignoraba por completo las burlas de Clarissa y los reproches fríos de su madre. Comía lo mínimo para mantenerse en pie, viviendo con la única y febril meta de que la noche cayera para regresar a su verdadero hogar.