Su sangre puede coronar reyes... o enterrarlos.
Cuando un omega despierta con la marca de un alfa vampiro ardiendo en su cuello, descubre demasiado tarde que no es una víctima: es la última arma que todos quieren poseer.
Y el alfa que lo reclamó no piensa soltarlo... ni vivo, ni muerto.
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Capítulo 19: El Nido
El Nido
La primera criatura cayó antes de tocarlos.
Damien se movió como una extensión de la voluntad de Kael. El vínculo ya no necesitaba órdenes conscientes: el pensamiento de uno se convertía en movimiento del otro. La garras del alfa se cerraron alrededor del cuello de sombra y hueso y lo destrozaron con un solo gesto. El cuerpo se deshizo en polvo negro antes de tocar el suelo.
Pero ya venían más.
Decenas.
Quizás cientos.
Emergían de las grietas como una marea antigua, formas incompletas de piedra, vacío y ojos ámbar. Algunas caminaban en dos piernas. Otras se arrastraban. Todas se dirigían hacia la sangre real.
Kael no retrocedió. El frío dentro de él se había vuelto una calma peligrosa. Levantó una mano y la gema unificada respondió. Una onda de energía ámbar y negra se expandió en arco frente a ellos, barriendo a las primeras filas. Las criaturas alcanzadas se retorcieron y se deshicieron, pero las de atrás siguieron avanzando sin dudar.
—No podemos matarlas a todas una por una —dijo Damien entre dientes, mientras destrozaba a otra que había logrado acercarse demasiado—. Se regeneran con la propia oscuridad del Nido.
Kael lo sabía. Lo sentía. Cada vez que destruían una, el suelo parecía vomitar dos más.
La figura colosal al fondo del abismo los observaba sin intervenir todavía. Todos esos ojos ámbar brillaban con una atención paciente, casi curiosa. Como si estuviera evaluando cuánto aguantaban antes de decidirse a aplastarlos personalmente.
Damien y Kael pelearon espalda contra espalda.
El vínculo se convirtió en un único sistema de combate. Cuando Kael necesitaba espacio, Damien abría un claro a su alrededor. Cuando Damien recibía un golpe demasiado fuerte, Kael enviaba poder a través del lazo para acelerar la regeneración. La sangre de ambos se había mezclado tantas veces que ya no había diferencia clara entre el alcance de uno y del otro.
Una criatura más grande que las demás logró romper el perímetro. Tenía cuatro brazos y una boca vertical llena de dientes de piedra. Se lanzó directamente a Kael. Damien interceptó el ataque con el propio cuerpo y recibió las garras en la espalda. El dolor estalló a través del vínculo. Kael gritó, pero no se detuvo: colocó ambas manos en la espalda de Damien y empujó el poder de la sangre real directamente sobre las heridas mientras el alfa destrozaba la cabeza de la criatura.
—Deja de recibir los golpes por mí —dijo Kael con voz tensa.
Damien escupió sangre oscura y sonrió con un gesto salvaje.
—Nunca.
La pelea se prolongó. El suelo se cubrió de polvo negro y fragmentos de hueso antiguo. Ambos estaban heridos. La ropa de Kael estaba hecha jirones. El torso de Damien era un mapa de cortes que se cerraban con demasiada lentitud. El frío dentro de Kael crecía. Cada vez que usaba el poder, sentía que algo más de su antigua humanidad se desprendía y se perdía en la oscuridad del Nido.
Pero el vínculo no se debilitaba. Al contrario: se volvía más denso, más absoluto.
De pronto, la figura colosal se movió.
No caminó. El suelo entre ella y ellos simplemente dejó de existir y reapareció ya cerca. La distancia de varios cientos de metros se redujo a menos de cincuenta en un parpadeo. El aire se volvió tan pesado que Kael sintió que los pulmones le costaban trabajo.
—Suficiente juego —dijo la voz enorme—. La sangre real ha demostrado que puede destruir a los menores. Ahora demostrará si puede mirarme a los ojos sin arrodillarse.
Damien se colocó frente a Kael una vez más. El poder oscuro de la Casa Voss se arremolinó a su alrededor como una capa viva.
—No se arrodillará —respondió con voz clara—. Ni yo tampoco.
La entidad colosal inclinó la cabeza. Varios de sus ojos se cerraron y se abrieron de nuevo en un gesto que parecía una sonrisa.
—Entonces morid de pie.
Levantó un brazo del tamaño de un árbol y lo bajó como una sentencia.
Damien y Kael reaccionaron al mismo tiempo. El poder de ambos se fusionó en un único escudo de luz ámbar y sombra. El impacto fue brutal. El suelo bajo sus pies se agrietó. Damien cayó de una rodilla. Kael sintió que algo se rompía dentro del alfa a través del vínculo —una costilla, quizás dos— pero ninguno soltó el control.
La entidad golpeó otra vez. Y otra.
Cada impacto empujaba a la pareja hacia atrás. El escudo se resquebrajaba y se reconstruía gracias al vínculo. Kael sentía que el frío dentro de él se extendía más y más, reemplazando el miedo por una claridad cortante. Ya no pensaba en escapar. Solo en terminar aquello.
—Damien —dijo entre dientes, mientras el tercer golpe hacía temblar todo su cuerpo—. Si seguimos solo defendiendo… perderemos.
—Lo sé —respondió el alfa. Su voz era un gruñido de esfuerzo—. Necesitamos llegar a su centro. Al núcleo. Todas estas cosas tienen uno. Si lo destruimos…
—Me necesitas de cebo —completó Kael.
Damien lo miró de reojo. A través del vínculo llegó una negativa feroz.
—No.
—Sí —insistió Kael—. Es la única forma. Tú eres más rápido. Yo soy la sangre real que quiere. Si me ve vulnerable, bajará la guardia aunque sea un segundo.
Hubo un instante de silencio cargado. Luego Damien soltó una maldición baja y asintió una sola vez.
—No mueras —ordenó. No era una petición.
—Tú tampoco.
Se separaron.
Kael corrió hacia un lado, dejando que el poder de la gema se descontrolara a propósito, emitiendo una luz más brillante y errática. La entidad colosal giró varios de sus ojos hacia él de inmediato. La atracción de la sangre real era demasiado fuerte.
Damien desapareció en la sombra.
La criatura levantó dos brazos hacia Kael. El omega se detuvo, plantó los pies y recibió el ataque con un escudo improvisado. El impacto lo lanzó varios metros hacia atrás. Cayó, rodó y se puso de pie de inmediato, escupiendo sangre. El frío dentro de él le dijo que el dolor era irrelevante.
—¡Aquí! —gritó, provocándola—. ¡Soy lo que quieres!
La entidad se inclinó hacia él. Por un segundo, la mayoría de sus ojos se concentraron en Kael.
Fue suficiente.
Damien apareció sobre uno de los hombros de la criatura, como si hubiera saltado desde la oscuridad misma. Clavó ambas manos en un punto donde la sombra era más densa y tiró. Un grito antiguo sacudió el Nido. Damien había encontrado el núcleo: un fragmento de luz ámbar pura, del mismo color que la gema de Kael, oculto dentro de la masa de vacío y hueso.
—¡Ahora! —gritó.
Kael no dudó. Reunió todo el poder que le quedaba, todo el veneno residual de la reina, todo el frío nuevo que llevaba dentro, y lo lanzó a través del vínculo directamente hacia las manos de Damien. El alfa lo recibió y lo empujó dentro del núcleo.
Hubo un silencio absoluto durante un segundo que pareció eterno.
Luego la entidad colosal se arqueó hacia atrás y soltó un alarido que hizo que varias de las estructuras rotas del Nido se derrumbaran. Grietas de luz ámbar se extendieron por toda su forma. Intentó aplastar a Damien, pero el alfa ya se había lanzado hacia atrás, aterrizando junto a Kael con un movimiento imposible.
La criatura se desmoronó.
No de forma limpia. Se fue deshaciendo por partes, gritando con demasiadas voces, hasta que solo quedó una montaña de polvo negro y fragmentos de hueso que se enfriaban rápidamente.
El Nido quedó en silencio.
Kael y Damien se sostenían el uno al otro, ambos al límite. La espalda de Damien era un desastre de sangre y carne abierta. Kael tenía una costilla agrietada y la visión le fallaba por momentos. Pero seguían de pie.
A través del vínculo solo había una certeza compartida:
*Todavía no terminamos.*
Porque a lo lejos, más profundo todavía, donde la luz del Nido no alcanzaba, otras luces ámbar comenzaban a moverse. Más grandes. Más numerosas.
Y una voz, más antigua incluso que la de la entidad que acababan de destruir, susurró dentro de la cabeza de Kael:
*Bienvenido al verdadero principio, sangre de mi sangre. La reina solo pospuso lo inevitable. Ahora… tendrás que elegir de verdad.*
Damien apretó la mano de Kael con fuerza, ignorando el dolor.
—Sea lo que sea… lo enfrentamos juntos.
Kael asintió. El frío dentro de él ya no le asustaba. Se había convertido en parte de su naturaleza.
Juntos miraron hacia la oscuridad que todavía quedaba por delante.
Y dieron el siguiente paso.