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Balística Arcana: De La Basura Al Trono De Pólvora.

Balística Arcana: De La Basura Al Trono De Pólvora.

Status: En proceso
Genre:Mundo mágico / Viaje a un mundo de fantasía / Venganza
Popularitas:294
Nilai: 5
nombre de autor: Themole

Algo crudo y nuevo, un reflejo de los problemas en la vida real.

NovelToon tiene autorización de Themole para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Una mañana en Aethelgard

El sol de la mañana se filtraba perezoso entre los arcos de piedra del patio interior del castillo, disipando la brisa fresca que aún arrastraba el olor a tierra mojada de la noche anterior. En una de las mesas de madera rústica dispuestas al aire libre, el vapor ascendía con suavidad desde un par de tazas de barro cocido, mezclándose con el aroma inconfundible a pan recién horneado y café de grano.

Clara balanceaba las piernas sentada en el banco, entretenida haciendo migas con la corteza de su pan para arrojárselas a un par de gorriones que se atrevían a acercarse a los adoquines. A su lado, Kassandra disfrutaba de un sorbo tranquilo de su taza, con el cabello suelto y el semblante relajado, disfrutando de un silencio que en las últimas semanas había sido un lujo casi imposible.

Frente a ellas, Leo revisaba con desinterés fingido las tuercas de su Peacemaker, desarmándola y armándola por pura costumbre táctica más que por necesidad, con la mente divagando en la absoluta tranquilidad del momento. Ya no había planos prohibidos rondando su cabeza, ni la urgencia asfixiante de decidir el destino del continente. Por ahora, el mundo se reducía al murmullo de la fuente y al calor del sol matutino.

—Vaya, vaya. Si me hubieras dicho hace un año que terminaría desayunando pan del bueno en el patio de un castillo liberado en lugar de masticar raciones secas junto a una fogata de puros mercenarios, te habría mandado al diablo, armero —resonó una voz ronca y profunda desde el arco del corredor.

Garrik hizo su aparición cargando un pesado mazo de hierro al hombro, como si fuera una pluma, mientras se acercaba a grandes zancadas con una sonrisa socarrona dibujada en el rostro. Se dejó caer pesadamente en el banco vacíos junto a la mesa, haciendo que la madera crujiera levemente bajo su robusta complexión. Sin pedir permiso, estiró el brazo y atrapó un pedazo de pan de la cesta central de un solo manotazo.

—Buenos días para ti también, Garrik —respondió Kassandra con una ligera sonrisa de medio lado, negando con la cabeza mientras le deslizaba una taza vacía para que se sirviera café—. Veo que ya empezaste a madrugar para romper cosas.

—¿Romper cosas? ¡Al contrario, mujer! Estoy supervisando la reconstrucción de la armería sur —se defendió Garrik entre risas, dándole un buen bocado al pan antes de apuntar con el dedo hacia Leo—. Aunque, a juzgar por la cara de pocos amigos que tienes hoy, muchacho, apostaría a que el único que sigue dándole vueltas a los engranajes de su propia cabeza eres tú. ¿Qué pasa? ¿Extrañas los tornillos o es que la paz te aburre?

Leo detuvo el movimiento mecánico con el que giraba el cilindro de su revólver, soltó un suspiro resignado y esbozó una media sonrisa mientras dejaba la pieza sobre la mesa de madera.

—No es que extrañe los tornillos, Garrik. Es solo que... a veces cuesta cambiar el chip después de estar tanto tiempo con la guardia en alto —respondió Leo, levantando la taza de café para darle un trago largo y templado—. Supongo que la monotonía de la paz se siente extraña cuando te acostumbras a que cada semana dependa de que un engranaje no falle.

Clara soltó una pequeña risita desde su extremo de la mesa, arrojando el último trozo de miga a los gorriones, que emprendieron el vuelo en desbandada al menor movimiento.

—Eso pasa por pensar demasiado, Leo. Deberías aprender de Clara; ella solo se preocupa por ver cuántos pájaros puede alimentar antes de que llegue el cocinero a regañarnos —bromeó Kassandra, estirando la mano por encima de la mesa para darle un suave golpecito en el nudillo a Leo, un gesto rápido pero cargado de complicidad que disipó cualquier rastro de tensión persistente.

Garrik soltó una carcajada estruendosa que hizo eco en las paredes de piedra del patio, golpeando el hombro de Leo con la fuerza suficiente para tambalearlo un poco.

—¡Escúchala, muchacho! Tienes un castillo entero libre, una taza de café decente y a la gente trabajando en paz. Si quieres romper algo, ven conmigo a la armería sur; te dejo alinear los marcos de las puertas a golpes de mazo, a ver si así descansas la cabeza de tanta matemática —dijo el guerrero con una sonrisa burlona, terminándose el pan de un bocado antes de estirar la mano hacia la cafetera.

El sonido de las risas y el bullicio matutino se desvaneció de golpe en la mente de Leo. Sus dedos, que un instante antes jugueteaban distraídamente con los componentes del revólver, se quedaron completamente congelados sobre la madera.

La chispa de la tentación, esa obsesión por la ingeniería pura que creía haber enterrado la noche anterior bajo las palabras de Kassandra, volvió a encenderse en su cabeza con la fuerza de un rayo. Los engranajes de su intelecto ignoraron por completo el entorno y se lanzaron hacia adelante, dibujando planos invisibles en el aire.

Leo levantó la vista lentamente, con los ojos brillando de una manera que hizo que Kassandra, que lo conocía demasiado bien, tensara inmediatamente los músculos de la mandíbula.

—Espera... tengo una idea... —murmuró Leo, incorporándose ligeramente sobre el banco con una urgencia repentina en la voz—. Estas armas... las de repetición, los revólveres... son obsoletas. Son lentas y limitadas. ¿Y si diseño y construyo mi primer rifle de cerrojo? Si logro dominar el mecanismo de acerrojamiento manual, podré dar el siguiente paso... ¡Podré inventar las primeras armas automáticas de este continente!

El silencio cayó de golpe en la mesa. Garrik se quedó con la taza de café a medio camino de la boca, parpadeando confuso ante el repentino cambio de humor del artífice, mientras Clara observaba en silencio, intuyendo que algo pesado acababa de quebrarse en el aire.

Kassandra soltó la taza con firmeza sobre la mesa, haciendo que el líquido se agitara peligrosamente, y clavó en él una mirada de advertencia absoluta.

Kassandra se inclinó hacia adelante, apoyando ambas manos sobre la mesa con los nudillos blancos por la tensión, dispuesta a cortar de raíz cualquier atisbo de la locura que acababa de proponer. Pero antes de que pudiera lanzarle el primer reproche, Leo se adelantó, gesticulando con las manos en un intento frenético de hacerles entender la lógica detrás de su repentina epifanía.

—Espera, espera, déjame terminar —se apresuró a decir Leo, levantando las manos con una sonrisa de optimismo calculado, intentando apaciguar la tormenta que ya veía formarse en los ojos de ella—. No me mires así. No estoy hablando de usar las runas, Kass. No hay magia inestable, ni cámaras de presión kamikazes, ni piedras de energía volatile como las de ese reino loco allá afuera.

Se inclinó sobre la mesa, acercándose a ellos con el brillo febril de un inventor que acaba de descifrar el código del futuro.

—Estoy hablando de metal puro, de física mecánica tradicional. De crear un rifle de cerrojo real —continuó Leo, marcando el ritmo de las palabras con los dedos—. ¿Tienes idea de cuánto podría ahorrarnos en vidas y recursos? No tendríamos que mandar a la infantería a una carnicería cuerpo a cuerpo de primeras. Una buena posición elevada, a gran distancia... y bam. Disparos repetidos gracias a un cerrojo fluido y un cargador bien calibrado. No tan masivo como un arma automática pura, claro, pero sí infinitamente más veloz que un revólver y cien veces más seguro a larga distancia. Sería la ventaja táctica definitiva sin cruzar la línea de lo arcano.

Garrik, que se había quedado analizando las palabras con el ceño fruncido, dejó escapar un silbido largo y bajo mientras se frotaba la barbilla poblada de barba. Dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco.

—Maldita sea, muchacho... suena a brujería de la buena, aunque no uses magia —admitió Garrik con una sonrisa torcida, medio fascinado y medio incrédulo—. Si esa cosa realmente funciona como dices, un solo hombre bien atrincherado en una colina podría contener a toda una avanzada antes de que siquiera huelan el humo.

Kassandra, sin embargo, no apartó la mirada de él. Su expresión seguía siendo una mezcla de incredulidad y reproche silencioso, evaluando cada palabra como si buscara la trampa oculta en el discurso del ingeniero.

El entusiasmo febril en los ojos de Leo se apagó un instante, reemplazado por una sinceridad vulnerable que pesaba más que cualquier bloque de hierro en la mesa. Dejó caer las manos sobre la superficie de madera, buscando el contacto visual de Kassandra con una mezcla de súplica y absoluta franqueza.

—Kass... Sabes lo importante que es para mi crear cosas, y sabes que mi vida entera se trata de esto —dijo Leo en voz baja, casi rogando que ella entendiera el motor invisible que lo mantenía en marcha—. No lo hago por avaricia de poder, ni por convertirme en el tirano del que hablábamos anoche. Es la ingeniería, es ver cómo una idea abstracta cobra vida en mis manos y funciona. Es lo único que realmente sé hacer bien.

Kassandra contuvo la respiración. La dureza en su expresión comenzó a resquebrajarse lentamente ante la mención de aquello que definía la esencia misma de Leo. Sabía que apagar por completo al inventor equivalía a apagar una parte vital de su alma, a condenarlo a vivir a medias en un castillo de piedra que él mismo había ayudado a liberar.

Bajó la mirada hacia las manos de Leo, luego hacia el viejo revólver desarmado, y soltó un suspiro resignado, sintiendo el peso de la disyuntiva.

—Sé exactamente quién eres, Leo. Ese es el problema —respondió ella al fin, con un tono más suave, aunque con una advertencia transparente flotando en el aire—. Creas porque es tu naturaleza, lo entiendo. Pero recuerda a dónde conduce esa obsesión cuando te cegas con el siguiente gran invento. Si vas a construir ese maldito cerrojo... asegúrate de que sea para proteger lo que tenemos, no para abrir una puerta que ya no podamos cerrar.

Una sonrisa de alivio y complicidad se dibujó en el rostro de Leo al escuchar las palabras de Kassandra. Sabía que había ganado una tregua, o al menos su confianza condicional.

—Tranquila —respondió Leo con una seguridad renovada, levantando el dedo índice con una ligera sonrisa socarrona—. Será exactamente igual que con mis Peacemakers. Nadie más tendrá los planos, nadie más sabrá cómo fabricar el acero templado para el mecanismo, y las piezas maestras se quedarán bajo llave. Seré el único en portar estas armas. No habrá producción en masa ni ejércitos armados con cerrojos; solo una ventaja táctica exclusiva para cuando realmente no nos quede otra salida.

Garrik soltó una carcajada seca, golpeando la mesa con la palma de la mano mientras negaba con la cabeza, divertido por la ocurrencia del artífice.

—Claro, el buen Leo asegurándose de ser el único pistolero peligroso en un radio de quinientas leguas —comentó el guerrero con sorna, terminando de dar cuenta del último trozo de pan—. Aunque, pensándolo bien, prefiero mil veces que esa locura la cargues tú solo en la cintura a ver a un pelotón entero de reclutas volándose los dedos por no saber calibrar un gatillo.

Kassandra rodó los ojos, aunque una diminuta sonrisa de medio lado delataba que la tensión había cedido por completo. Se cruzó de brazos, reclinándose en el banco mientras lo observaba con esa mezcla habitual de afecto y exasperación que solo él sabía provocarle.

—Más te vale que así sea, armero —replicó Kassandra con firmeza, aunque su voz ya no guardaba ninguna amenaza real—. Porque el día en que decidas armar a todo el pueblo con tus experimentos, el primero al que tendré que desarmar a golpes no va a ser al enemigo de allá afuera, sino a ti.

El ambiente en el patio se aligeró por completo, volviendo a esa cálida y frágil normalidad donde el sol de la mañana arropaba los muros de Aethelgard. Con la promesa hecha y la chispa de la creación firmemente encendida de nuevo en su mente, la cabeza de Leo ya no estaba en la guerra ni en los peligros lejanos, sino en los planos invisibles que empezaba a trazar en el aire, listo para dar el siguiente gran salto en la historia de la ingeniería de ese mundo.

Una carcajada franca y sonora retumbó en el patio por parte de Garrik, quien estuvo a punto de atragantarse con el café al escuchar la ocurrencia, mientras que Clara soltaba una risita cómplice tapándose la boca con las manos.

Kassandra, por su parte, se quedó un instante en completo silencio, parpadeando con sorpresa ante el término antes de entrecerrar los ojos con una mezcla de diversión y desafío. Inclinó ligeramente la cabeza, cruzándose de brazos con una postura relajada pero imponente.

—¿Un "mandilón"? —repitió Kassandra con una ceja alzada, adoptando un tono falsamente ofendido pero con una chispa de picardía en la mirada—. No sé qué demonios signifique esa extraña palabra de tu mundo, armero, pero suena a que intentas disfrazar el simple y llano sentido común con una excusa barata.

Dio un sorbo tranquilo a su taza antes de continuar, sin apartar los ojos de él:

—No te estoy pidiendo que me pidas permiso como si fueras un niño pidiendo caramelos, Leo. Solo te recuerdo que las decisiones que tomas en ese taller tuyo terminan pesando sobre las paredes de este castillo y sobre la vida de todos los que estamos aquí. Si prefieres llamarlo "pedir permiso" para mantener los pies en la tierra, pues tómate el título con orgullo.

Leo soltó una risa ligera, rascándose la parte trasera del cuello con una mezcla de resignación y afecto, sabiendo perfectamente que ella tenía toda la razón del mundo.

El patio quedó en silencio por un segundo antes de que la expresión de sorpresa en el rostro de Clara se transformara en una sonrisa radiante y luminosa.

Sin pensarlo dos veces, Leo se levantó del banco con un movimiento ágil y, tomando a la pequeña por la cintura, la alzó con facilidad para colocarla firmemente sobre sus hombros, sosteniéndola de las manos mientras ella soltaba una carcajada alegre y se aferraba a su cabello para mantener el equilibrio.

—¡Arre, caballo! —bromeó Clara entre risas, dando un ligero golpecito divertido en la cabeza de Leo con sus talones imaginarios.

Leo sonrió de oreja a oreja, ignorando las protestas fingidas de Kassandra, quien negó con la cabeza mientras una sonrisa inevitable se le escapaba de los labios al ver la escena. El artífice dio media vuelta, comenzando a caminar hacia la armería con paso firme mientras le hablaba hacia arriba a la pequeña.

—Escúchame bien, pequeña ingeniera —le dijo Leo con tono cómplice, guiándola hacia el taller donde el olor a metal y carbón caliente los esperaba—. Si vas a ser mi hija de verdad, necesitas aprender cómo funciona todo desde los cimientos. Olvídate de los pájaros y las migas de pan; hoy vamos a empezar a estudiar la física de los resortes y el acero forjado. ¡Tenemos un cerrojo que diseñar!

Kassandra se puso de pie con un movimiento fluido, sacudiéndose unas cuantas migajas invisibles del delantal mientras los observaba alejarse. Desde el banco, Garrik acompañó el momento con una última carcajada ronca, negando con la cabeza ante la inagotable energía del artífice.

—¡Con cuidado con los dedos de la niña en esa mesa de trabajo, armero! —le advirtió Kassandra con la voz ligeramente elevada, cruzándose de brazos mientras los seguía con la mirada hasta la entrada del taller—. Y si explota algo hoy, el único que va a dormir en el suelo de la forja vas a ser tú.

—¡Entendido! —respondió Leo sin detenerse, ajustando mejor a Clara sobre sus hombros mientras la pequeña soltaba otra exclamación de emoción al cruzar el umbral oscuro y cálido de la armería.

El contraste entre el bullicio luminoso del patio y el santuario privado de Leo fue inmediato. El aire olía a aceite de armas, carbón limpio y virutas de metal fresco. Sobre los tablones de madera, perfectamente ordenadas, descansaban las herramientas que él mismo había adaptado: limas de precisión, prensas de banco y los moldes para fundir los primeros lingotes de acero templado.

Leo bajó a Clara con cuidado, sentándola sobre un taburete alto frente a la mesa de trabajo principal, donde la luz de la ventana alta recortaba el polvo suspendido en el ambiente.

—Muy bien, socia —dijo Leo, arremangándose la camisa hasta los codos y tomando una varilla de metal templado entre sus manos—. Para hacer un cerrojo que realmente funcione y no nos explote en la cara como les pasó a los genios de allá afuera, necesitamos entender la distancia, la presión y la fricción.

Clara se inclinó hacia adelante, apoyando la barbilla en las manos con los ojos muy abiertos de curiosidad, absorbiendo cada palabra como si fuera el secreto mejor guardado del mundo. El mundo exterior, con sus reinos rivales y sus guerras pendientes, se desvanecía por completo detrás de esas cuatro paredes de piedra, reducido al ritmo metódico del martillo y al brillo de una nueva idea cobrando forma.

Leo estiró la varilla de metal sobre el yunque, tomó un trozo de tiza blanca y comenzó a trazar líneas y diagramas esquemáticos directamente sobre la superficie oscura del acero.

—Mira, Clara. Todo el secreto de un buen rifle de cerrojo no está en la fuerza con la que golpees la recámara, sino en la geometría —explicó Leo con voz pausada, marcando los ángulos con precisión milimétrica—. Si el cerrojo encaja en su ranura con un giro limpio, bloquea la presión de los gases hacia atrás y los obliga a empujar el proyectil únicamente hacia adelante, por el cañón. Es física pura. Simple, elegante y cien por ciento mecánica.

Clara seguía las líneas de la tiza con absoluta fascinación, asintiendo con la cabeza mientras intentaba descifrar los símbolos y proporciones que su padre adoptivo dibujaba.

—¿Y el resorte? ¿El que hace que la palanca regrese sola? —preguntó la pequeña, señalando con un dedito curioso uno de los puntos del diagrama.

Leo esbozó una sonrisa de orgullo genuino, agachándose un poco para quedar a la altura de los ojos de la niña.

—Exacto. Esa es la pieza más delicada. Si el resorte es demasiado blando, el mecanismo fallará al expulsar el casquillo vacío; si es demasiado duro, terminarás dislocándote el hombro intentando amartillarlo. Por eso nosotros mismos vamos a templar el alambre de acero.

Mientras tanto, en la entrada de la armería, la silueta de Kassandra se recortó contra la luz del patio. Se había tomado su tiempo para terminar el café, pero la curiosidad (o la desconfianza natural hacia los experimentos de Leo) terminó por arrastrarla hasta el umbral. Se cruzó de brazos, recostándose contra el marco de piedra mientras observaba la escena con una sonrisa indulgente.

—Más te vale que ese "estudio de la física" no termine con Clara oliendo a pólvora quemada antes del almuerzo, armero —advirtió Kassandra con tono burlón, aunque sus ojos reflejaban una profunda paz al verlos trabajar juntos—. Porque si le enseñas a construir un rifle antes de enseñarle a limpiar sus propias botas, la verdadera guerra la vas a tener conmigo.

Leo soltó una carcajada, levantando una llave inglesa en dirección a ella a modo de saludo.

—¡Tranquila, capitana! Aquí dentro las únicas bajas van a ser las piezas mal forjadas —respondió Leo, antes de volverse nuevamente hacia Clara y tomar las tenazas—. Bien, socia. Pon atención al fuego; vamos a calentar esta pieza hasta que tenga el color exacto de una cereza madura. Es hora de hacer historia en Aethelgard, sin magia y sin prisas.

El calor de la forja comenzó a elevarse, teñiendo el ambiente con un brillo anaranjado que danzaba en las paredes de piedra. Con un movimiento experto, Leo sostuvo la barra de acero con las tenazas, sumergiéndola en el corazón de las brasas mientras el fuelle rítmico expulsaba aire para avivar el fuego.

Clara se había puesto unas gafas de protección demasiado grandes para su rostro, un detalle que hizo que Kassandra soltara una risa suave desde el umbral antes de marcharse a continuar con sus deberes en el castillo, dejándolos en su elemento.

—Mira bien el color, Clara —indicó Leo con paciencia, señalando con la cabeza el metal que empezaba a tornarse de un rojo encendido, similar al tono de una cereza madura—. Si te pasas de temperatura, el acero se vuelve quebradizo como el vidrio. Si te quedas corto, será blando como el plomo. Encontrar el punto exacto es lo que separa a un herrero común de un verdadero artífice.

La niña asintió con solemnidad, observando hipnotizada cómo el metal cambiaba de tonalidad bajo el intenso calor.

—¿Y cuándo sepamos el punto exacto, qué sigue? —preguntó ella, con la voz apenas audible por encima del crujido de las brasas.

—Lo siguiente es el temple —respondió Leo con una sonrisa decidida, sacando la pieza con un movimiento firme y llevándola hacia el tanque de aceite templado, donde un chisporroteo inmediato liberó una nube de humo blanco que aromatizó el taller—. El bautizo del acero. A partir de aquí, cada muesca y cada engranaje obedecerán a nuestras manos. ¿Lista para ayudarme a trazar los primeros resortes del primer cerrojo de Aethelgard?

La tarde cayó despacio sobre los muros de Aethelgard, tiñendo el patio de tonos dorados y sombras alargadas. Dentro del taller, el aire denso y cálido olía a aceite de armas, metal templado y al carbón consumido de la forja.

Sobre la mesa principal, rodeada de limas, virutas de acero y bocetos trazados con tiza, descansaba la primera pieza semiensamblada del mecanismo de cerrojo. No era perfecta, pero funcionaba con una precisión mecánica impecable.

Clara, con las manos ligeramente manchadas de hollín en las mejillas y las gafas de protección ya colgando del cuello, contemplaba el prototipo con los ojos muy abiertos.

—Entonces... cuando terminemos el cilindro por completo, ¿ya no necesitaremos girar el tambor como en el revólver? —preguntó la pequeña, señalando la pieza con curiosidad mientras estiraba los brazos para quitarse el delantal que le quedaba enorme.

Leo se frotó la frente con el dorso de la muñeca, dejando una mancha oscura, mientras esbozaba una sonrisa cansada pero profundamente satisfecha. Se inclinó para quedar a su altura y le dio un suave toque en la punta de la nariz con un trozo de tiza.

—Exacto, socia —respondió Leo con orgullo, apoyando las manos en la cintura—. Con el cerrojo, un solo movimiento hacia atrás expulsará el casquillo vacío y otro hacia adelante empujará el siguiente cartucho a la recámara. Más rápido, más limpio y con el doble de alcance que cualquier Peacemaker.

En ese momento, los pasos firmes de Kassandra resonaron en el umbral de la puerta. Se detuvo apoyando el hombro contra el marco de piedra, cruzándose de brazos mientras echaba un vistazo al desorden organizado del taller y al avance sobre la mesa. Su expresión era severa, pero una ligera sonrisa divertida asomaba en las comisuras de sus labios.

—Vaya. Veo que sobrevivieron a la tarde sin que volara la mitad del castillo por los aires —comentó Kassandra con tono burlón, caminando hacia ellos para inspeccionar de cerca la pieza de acero—. Supongo que debo felicitar a los ingenieros por no quemar el taller en su primer día de "clases".

—¡No explotó nada, Kass! Y Clara aprendió a calcular el temple del acero mejor que muchos reclutas —presumió Leo con una sonrisa socarrona, levantando una ceja hacia la niña, quien asintió con vehemencia y una sonrisa triunfante.

Kassandra negó con la cabeza, aunque no pudo evitar soltar una risa suave mientras le extendía a Clara un trapo limpio para que se limpiara las manos.

—Bueno, ingenieros de primera, el sol ya se esconde y las linternas del patio están encendiidas. Guarden las herramientas antes de que el hollín se quede a vivir en sus caras, que la cena está lista y su abuelita no va a esperar a que terminen de inventar la guerra —les recriminó con afecto, dándole un suave empujón a Leo en el hombro para que empezara a ordenar.

Leo dejó escapar un suspiro de resignación fingida, mirando a Clara con complicidad antes de empezar a guardar las llaves inglesas y cubrir el prototipo con un paño grueso.

—Escuchaste a la capitana, socia —dijo Leo guiñándole un ojo a la pequeña—. Guardamos las armas y la ciencia por hoy. Mañana seguiremos haciendo historia.

El comedor del castillo brillaba con la luz cálida de los candelabros de hierro forjado y las velas encendidas sobre la larga mesa de roble. Al fondo, el aroma reconfortante a comida casera llenaba el aire, anunciando que la abuela ya había terminado de preparar la cena que los esperaba después de la larga jornada en el taller.

Garrik ya ocupaba uno de los asientos principales, devorando un trozo de pan con la voracidad de quien ha pasado todo el día cargando vigas de piedra, mientras lanzaba una mirada divertida a Leo y a Clara al verlos entrar con el rostro aún manchado de hollín.

—Vaya, los genios de la forja al fin deciden unirse a los mortales —bromeó Garrik con la boca medio llena, señalándoles los asientos vacíos—. Temí que terminaras fundiendo la mesa de trabajo con tal de clavar ese maldito cerrojo, muchacho.

Clara soltó una risita y corrió a lavarse las manos en un aguamanil dispuesto en la esquina, mientras Leo se dejaba caer pesadamente en la silla junto a Kassandra, sintiendo el cansancio agradable de un trabajo bien hecho en los músculos de los brazos.

Kassandra le deslizó un vaso con agua fría, observándolo de reojo con una mezcla de reproche afectuoso y orgullo silencioso.

—Más te vale que ese prototipo funcione tan bien como prometes, armero, porque soportar tu cara de triunfo todo el día solo se justifica si realmente nos da una ventaja —comentó Kassandra con una sonrisa de medio lado, sirviéndole un plato abundante de comida caliente que acababan de traer de la cocina.

Leo soltó una carcajada baja, tomando el tenedor con entusiasmo antes de responder:

—Te aseguro que cuando lo probemos en el campo de tiro te vas a quedar sin palabras, capitana. Ya no habrá marcha atrás para la ingeniería de Aethelgard.

El bullicio de la capital de Aethelgard era completamente diferente al ambiente concentrado del taller. Las calles adoquinadas bullían con la actividad matutina de los comerciantes que abrían sus puestos, los niños corriendo entre los puestos de frutas y el constante ir y venir de los ciudadanos que poco a poco recuperaban la normalidad de sus vidas.

Leo caminaba por el sendero principal sosteniendo firmemente la mano pequeña de Clara, asegurándose de mantenerla a su lado entre el gentío para evitar que se extraviara en medio de la multitud.

—No te sueltes, hija —le advirtió Leo con voz firme pero afectuosa, bajando la mirada hacia ella mientras esquivaban a un vendedor que pregonaba especias frescas.

Clara aferró con más fuerza los dedos de Leo, asintiendo con la cabeza mientras miraba fascinada los puestos repletos de mercancías. A cada pocos pasos, el camino se detenía momentáneamente: los locatarios, artesanos y vecinos que reconocían al artífice no dudaban en levantar la mano, inclinar la cabeza o saludarlo con una sonrisa cálida y respetuosa.

—¡Buen día, maestro Leo! —exclamó una comerciante de verduras, obsequiándoles un par de manzanas brillantes al pasar.

Leo le devolvió el saludo con un gesto amable de la mano, respondiendo a las muestras de afecto de una capital que, gracias a sus esfuerzos y al de los suyos, por fin podía sonreír sin el miedo constante de la guerra respirándoles en la nuca. Con la lista de provisiones para la comida y la cena bien clara en la cabeza, ambos continuaron su recorrido por el mercado.

Leo se detuvo un instante frente a un puesto rebosante de hortalizas frescas y especias aromáticas, rascándose la nuca con desconcierto mientras soltaba una risa floja. Miró a la pequeña con una mezcla de complicidad y fingida desesperación, sacudiendo levemente la lista mental que parecía habérsele borrado por completo del mapa en cuanto cruzaron las puertas del mercado.

—Oye, Hija... una pregunta de vida o muerte —dijo Leo inclinándose un poco hacia ella, adoptando el tono de un conspirador en plena misión secreta—. ¿Qué fue lo que exactamente nos encargó tu madre que íbamos a comprar para la comida y la cena? Porque te juro que los engranajes de mi cabeza estaban tan ocupados diseñando el nuevo cerrojo que olvidé por completo la mitad de la lista.

Clara soltó una carcajada cristalina, divertida por la clásica distracción de su padre adoptivo, y tiró suavemente de su mano para guiarlo hacia el siguiente puesto, donde un locatario sonriente ya los recibía con una canasta de pan de centeno recién horneado.

—Mamá dijo que necesitábamos cebollas, papas para el guiso de la tarde, un buen trozo de queso fresco y las hierbas aromáticas que le gustan a la abuela para el caldo de la cena, papá —recitó Clara con total precisión, enumerando los ingredientes con los dedos como si fuera una experta intendente del castillo.

Leo respiró hondo, llevando una mano al pecho en un gesto teatral de alivio, mientras un par de vecinos que pasaban junto a ellos se detenían a saludarlo con una sonrisa cálida.

—Menos mal que tienes mejor memoria que yo, porque si fuera por mi cuenta, hoy cenaríamos tornillos con aceite de armas y un poco de pólvora tostada —bromeó Leo, guiñándole un ojo antes de sacar unas monedas de su bolsillo para pagarle al comerciante—. Muy bien, socia. Guíame tú el camino, que hoy el arquitecto del reino está oficialmente bajo tus órdenes.

Clara soltó una carcajada traviesa, aceptando la pequeña bolsa con el pan recién horneado y sosteniéndola con ambas manos.

​—Mamá dice que si te descuidas, te olvidarías hasta de la puerta del taller, papá —replicó la niña con una sonrisa pícara, dándose la vuelta para señalarle el camino hacia el puesto de las verduras.

​—No lo dudo ni por un segundo —admitió Leo con una sonrisa de oreja a oreja, volviendo a tomar su manita para avanzar entre los toldos de tela de colores—. Muy bien, mi pequeña intendente. Guíame tú el camino el resto de la mañana, que hoy el gran arquitecto del reino está oficialmente bajo tus órdenes.

El sol de la mañana continuaba bañando los adoquines de la plaza principal mientras ambos avanzaban con paso tranquilo. El bullicio del mercado era un recordatorio constante de que la vida en Aethelgard seguía su curso, ajena a los grandes temores y a las tensiones de los reinos lejanos, permitiéndoles disfrutar de ese pequeño remanso de paz cotidiana.

Con Clara liderando la marcha y sosteniendo con orgullo la bolsa de pan, doblaron hacia la sección de las hortalizas, donde el aroma a tierra húmeda y vegetales frescos impregnaba el aire. Un viejo mercader de barba poblada, al verlos llegar, les saludó con una gran sonrisa y se apresuró a apartar las mejores papas de su cajón.

—¡Buenos días, maestro Leo! Y buenos días a la señorita —les saludó el comerciante con calidez, acomodando las verduras en una cesta de mimbre—. Veo que hoy andan haciendo las compras importantes para el castillo. ¿Qué tal va ese taller? Espero que no nos vaya a volar la barda a los vecinos con sus inventos.

Leo soltó una carcajada franca, apoyando una mano en el hombro de Clara mientras respondía al saludo con total cercanía.

—No se preocupe, don Mateo. Hoy el taller está bajo estricta supervisión y no se permite ninguna explosión antes del mediodía —bromeó Leo, guiñándole un ojo al mercader—. Venimos por lo que nos mandó la capitana: un buen lote de papas y esas cebollas que siempre tienen tan buena pinta.

Clara asintió entusiasmada, ayudando a acomodar los vegetales en la cesta mientras el comerciante terminaba de pesar la mercancía. La escena respiraba una absoluta normalidad, un recordatorio de que, a pesar de los planos de cerrojos y las armas que guardaba en su mente, el verdadero motor de la vida de Leo estaba justo ahí, de la mano, compartiendo las pequeñas tareas de cada día.

Con la cesta de mimbre ya cargada con las papas, las cebollas y las hierbas aromáticas que pidió la abuela, Leo e inclinó ligeramente para pagarle a don Mateo, despidiéndose del amable mercader con un apretón de manos.

—Listo, misión cumplida —murmuró Leo con una sonrisa de satisfacción, cargando la cesta con una mano mientras con la otra volvía a tomar los deditos de Clara—. Ahora solo nos queda el queso fresco y podemos regresar al castillo antes de que Kassandra empiece a sospechar que nos perdimos en la plaza.

—¡El puesto de los quesos está cruzando la fuente! —señaló Clara con entusiasmo, tirando suavemente de la manga de la camisa de Leo para guiarlo entre los últimos puestos del mercado.

El sonido del agua cristalina de la fuente central comenzó a escucharse por encima del murmullo de la gente. Alrededor de la plaza, los vecinos seguían saludándolos al pasar con una familiaridad cálida; algunos le deseaban buen provecho para la comida, otros simplemente levantaban las manos en señal de respeto hacia el artífice que les había devuelto la tranquilidad a los muros de Aethelgard.

Leo devolvía cada saludo con un gesto amable, sintiendo que, por mucho que su cabeza estuviera siempre ideando engranajes, resortes y mecanismos de cerrojo, el lugar al que verdaderamente pertenecía era ese: caminando de la mano con su hija bajo el sol de la mañana, con las preocupaciones del mundo exterior suspendidas en el tiempo.

Siguiendo por esa misma línea de tranquilidad y complicidad, retomamos el camino justo frente a la fuente central de la plaza.

El agua cristalina caía con un murmullo constante, refrescando el ambiente mientras el sol de la mañana iluminaba los coloridos toldos de los puestos circundantes. Con la cesta de mimbre ya cargada con las papas, las cebollas y las hierbas aromáticas, Leo y Clara cruzaron el último tramo de adoquines hacia el rincón de los queseros, guiados por el inconfundible y reconfortante aroma a lácteos frescos.

—A ver, mi pequeña intendente, corrígeme si me equivoco —dijo Leo con una sonrisa divertida, deteniéndose frente a un mostrador de madera pulida donde se alineaban ruedas enteras de queso fresco y añejo—. ¿El queso que pidió Kassandra es de los suaves o de los que tienen un toque más fuerte?

Clara se asomó de puntitas por encima del mostrador, examinando las piezas con una seriedad que parecía propia de una experta catadora, antes de mirar a su padre con total seguridad.

—De los suaves, papá. Dice mamá que si traemos del fuerte, a Garrik le da por comerse la mitad antes de que lleguemos al comedor y nos deja sin provisión para el guiso —respondió la niña con una risita traviesa.

Leo soltó una carcajada abierta, rindiéndose ante la lógica inapelable de la situación.

—Tienes toda la razón del mundo. Conociendo a Garrik, es capaz de devorarse una rueda entera de un solo bocado —concedió Leo, pidiéndole al locatario un buen trozo del queso fresco que su hija había elegido—. Con esto terminamos la misión y podemos volver al castillo antes de que la capitana piense que nos secuestró otro mercader.

El tendero, un hombre corpulento de delantal blanco, les entregó el paquete envuelto en hojas limpias con una sonrisa cordial, mientras los saludaba con un respetuoso movimiento de cabeza.

—Buen provecho para el almuerzo en el castillo, maestro Leo. Y un saludo para la pequeña —les deseó el comerciante.

Con las manos libres y la cesta bien asegurada, Leo volvió a tomar de la mano a Clara para iniciar el camino de regreso hacia el castillo de Aethelgard, dejando atrás el alegre bullicio del mercado y disfrutando de la paz que tanto les habíacostado construir.

El trayecto de regreso hacia el castillo transcurrió bajo un ritmo pausado y apacible. Con el sol ya trepando hacia el punto más alto del cielo y la cesta bien cargada con el pan, las verduras, las hierbas y el queso fresco, el peso de las provisiones era lo de menos comparado con la tranquilidad del momento.

A medida que dejaban atrás las calles adoquinadas del centro y comenzaban a subir por el sendero empedrado que conducía a la puerta principal de Aethelgard, el bullicio de los comerciantes se fue desvaneciendo, reemplazado por el eco de sus propios pasos y el murmullo del viento cruzando los torreones.

Clara caminaba a su lado, balanceando suavemente la mano que compartían mientras tarareaba una melodía inventada al calor del camino. De vez en cuando, miraba de reojo la gran puerta de roble y hierro del castillo que se alzaba frente a ellos, anticipando el regreso a la calidez del hogar.

Al cruzar el umbral del patio principal, el aire fresco del exterior dio paso al familiar aroma a carbón de fragua y al estofado que ya comenzaba a perfumar los pasillos interiores. No tardaron en escuchar unos pasos pesados y rítmicos que se acercaban desde el área de entrenamiento, seguidos de una voz ronca que no dejó pasar la oportunidad de recibirlos a su manera.

—¡Vaya, al fin regresan! —bromeó Garrik, asomándose por la esquina del patio con una toalla colgada al hombro y los brazos cruzados, fingiendo una expresión de impaciencia—. Empecé a creer que el artífice se había perdido buscando tornillos en el mercado o que la niña tuvo que enseñarle el camino de vuelta a casa por tercera vez esta semana.

Leo soltó una carcajada franca, levantando la cesta con una mano a modo de defensa mientras avanzaba los últimos metros.

—Guárdate los comentarios, Garrik, que la intendente oficial hizo todo el trabajo de memoria y a mí solo me tocó cargar el peso —respondió Leo con una sonrisa socarrona, bajando la mirada hacia Clara, quien le devolvió una sonrisa cómplice y triunfante.

Desde el corredor superior, Kassandra apareció apoyada en la barandilla de piedra, observando la escena con una mirada severa que rápidamente se derrumbó en una expresión de genuina satisfacción al ver que todo estaba en orden.

—Más les vale que traigan el queso intacto y que no se hayan gastado las monedas en tonterías mecánicas, porque la mesa ya casi está lista —les llamó Kassandra con voz firme pero afectuosa, dándose la vuelta para ir ayudando a colocar los platos en el comedor.

—¡Todo en orden, capitana! —exclamó Leo, guiando a Clara hacia la entrada principal para dejar las compras en la cocina—. Ven, socia, vamos a lavar las manos antes de que Garrik intente confiscar el pan.

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Catalina Angel
Pobre Leo :'(
Alejandro: si me pase tantito con el :(
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