Cinco años de luto familiar y silencio absoluto fue el precio que Leonor pagó por quedarse atrás mientras Héctor, su amigo de la infancia, triunfaba en el extranjero. Fiel a una promesa implícita, guardó su pureza en un santuario vacío... hasta que llegó el sobre dorado: la invitación de boda de Héctor con otra mujer. Atrapada por el orgullo y el pánico a dar lástima, Leonor miente asegurando que tiene una pareja estable. El destino mueve sus hilos cuando Adrián Valero, el imponente y frío CEO de su multinacional, se queda sin asistente para un viaje de negocios a la misma ciudad del enlace. Lo que empieza como un pacto de urgencia para salvar la dignidad de Leonor se convierte en una farsa de noche y oficina de día dentro de una suite compartida con una sola cama. Entre los celos viscerales del pasado y la protección feroz de un hombre inalcanzable, las amarras se rompen. ¿Podrá Leonor proteger su corazón cuando la farsa se convierta en la verdad más peligrosa de su vida?
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CAPITULO 7. LLEGADA Y CONFUSION
El rugido amortiguado de los motores del jet privado de la compañía era el único sonido que rompía el silencio de la cabina. Sentada en uno de los amplios asientos de cuero beige, miraba fijamente por la ventanilla cómo las nubes se extendían debajo de nosotros como un mar de algodón interminable. Frente a mí, separado por una mesa de madera noble pulida, Adrián Valero revisaba con una concentración absoluta los gráficos financieros de la fusión. Llevábamos tres horas de vuelo. Durante la primera parte del trayecto, me había exigido repasar las agendas, ordenar los perfiles de los inversores y tomar notas de sus correcciones. Trabajando era un hombre implacable, preciso y directo; sin embargo, también había demostrado una consideración exquisita, pidiendo al asistente de cabina que me trajera té y asegurándose de que estuviera cómoda.
A medida que el piloto anunciaba por el megáfono que iniciábamos el descenso hacia nuestro destino, el estómago se me empezó a cerrar con violencia. Pisar aquella ciudad en la que iba a volver a verlo después de cinco años, sabiendo que Héctor estaba a pocos kilómetros organizando su vida con otra mujer, me generaba una ansiedad asfixiante. Me froté las manos con nerviosismo, intentando disimular el temblor de mis dedos.
Adrián levantó la vista de su tableta digital. Sus ojos oscuros captaron de inmediato mi agitación. Guardó el dispositivo en su maletín de piel y se reclinó en el asiento, observándome con esa seriedad magnética que lo caracterizaba.
—La veo tensa, Leonor —comentó con su voz profunda—. El trabajo de preparación para la reunión de mañana está impecable. No tiene de qué preocuparse por la parte profesional. ¿Es el reencuentro lo que le inquieta?
Me forcé a mirarlo a los ojos, agradeciendo internamente su empatía.
—Un poco, señor Valero. Hace cinco años que no lo veo. Dejé muchos recuerdos atrapados en mi memoria y... bueno, la situación de la boda me tiene bastante abrumada. Siento que me he metido en un callejón sin salida con esa mentira.
—El orgullo a veces nos hace tomar caminos complicados —respondió Adrián con una leve sonrisa irónica, desprovista de malicia—. Pero no adelante los acontecimientos. Concéntrese en el presente. Mañana cerraremos el acuerdo de la firma y luego buscaremos una solución elegante para su problema. Se lo prometo.
Sus palabras, firmes y seguras, consiguieron calmar el dolor en mi pecho por unos instantes. El avión tocó tierra con suavidad, deslizándose por la pista de aterrizaje hasta detenerse en la zona de vuelos privados de la terminal internacional. Tras pasar el control de pasaportes de manera ágil gracias a los pases de la empresa, nos dirigimos hacia el vestíbulo principal de llegadas. Yo caminaba un paso por detrás de Adrián, cargando mi bolso y una pequeña cartera de documentos, mientras él empujaba con elegancia su maleta de mano. Su imponente estatura y su porte de hombre de negocios hacían que varias personas se giraran a mirarlo a nuestro paso.
Al cruzar las puertas automáticas que daban a la zona pública de la terminal, me quedé paralizada. El bullicio de la gente, los carteles luminosos y el reencuentro de las familias se emborronaron en mi mente cuando mis ojos se fijaron en una silueta concreta que esperaba de pie junto a la barandilla.
Era Héctor.
Llevaba unos vaqueros oscuros, una chaqueta de marca que denotaba su nuevo estatus económico y el pelo perfectamente peinado. Su rostro había madurado, perdiendo la redondez de la adolescencia, pero seguía conservando esa mirada brillante que yo tanto conocía. Al verme salir, su rostro se iluminó con una sonrisa enorme y levantó el brazo para llamar mi atención. El corazón me dio un vuelco salvaje, una mezcla de nostalgia, dolor y pánico absoluto. No me esperaba que viniera a buscarme al aeropuerto; se suponía que nos veríamos directamente en el Hotel o en la finca días después.
—¡Leo! —exclamó, rompiendo la distancia y avanzando hacia mí con los brazos abiertos.
Antes de que pudiera reaccionar, me envolvió en un abrazo fuerte, cálido, impregnándome de ese olor a colonia cara que había sustituido al desodorante de gimnasio de nuestra juventud. Fue un abrazo doloroso que me recordó todo lo que había perdido. Al separarse, me sujetó por los hombros, mirándome de arriba abajo con entusiasmo.
—¡No me lo puedo creer, estás igualita! Qué alegría tenerte aquí, Leo. Priscila y yo quisimos darte una sorpresa y venir a buscarte en coche para que no tuvieras que pelearte con los taxis.
Fue en ese preciso instante cuando Héctor desvió la mirada hacia mi izquierda y su sonrisa se congeló por un segundo, abriendo los ojos con sorpresa.
Justo a mi lado, Adrián se había detenido de manera educada al ver la interrupción. Debido a un pequeño tropiezo que yo había tenido unos metros atrás con la correa de mi bolso, Adrián se había acercado para ayudarme a sostener la cartera de documentos, por lo que su mano aún rozaba sutilmente mi brazo. La estampa era inequívoca: una mujer saliendo de la zona de vuelos privados junto a un hombre espectacularmente atractivo, vestido con un traje de sastre impecable y con una actitud protectora y cercana.
Héctor conectó los puntos equivocados en su cabeza de forma instantánea. Su mente, que ya venía predispuesta por mi mentira telefónica, asumió la conclusión más lógica y espectacular posible. Miró a Adrián, luego me miró a mí y su mandíbula se tensó ligeramente, dejando entrever un destello de una emoción que no supe descifrar: ¿sorpresa?, ¿incomodidad?, ¿celos?
—Vaya... —pronunció Héctor, aclarándose la garganta y tratando de recuperar su tono jovial, aunque su voz sonó notablemente más forzada—. Leo, no me habías dicho que viajabais en vuelo privado. Veo que... no vienes sola. Supongo que este caballero es el famoso novio del que me hablaste, ¿verdad? El hombre que te tiene tan feliz.
Se me cortó la respiración por completo. El pánico me inundó las venas, congelándome las cuerdas vocales. Miré a Héctor con los ojos desorbitados y luego giré la cabeza hacia Adrián, esperando ver en el rostro de mi jefe una expresión de indignación o una corrección severa que me hundiera en la miseria delante de mi amigo de la infancia. Estaba atrapada, el engaño había estallado en mis manos en el primer minuto de viaje y la humillación total estaba a punto de consumarse en mitad de la terminal del aeropuerto. Sin embargo, lo que sucedió a continuación me demostró que el destino juega con sus propias cartas de una forma que jamás habría sido capaz de predecir.
Muchas felicidades autora!!!!!