Para salvar a su clan de la ruina, Zaira acepta un matrimonio forzado con Tariq Al-Rashid, el despiadado Alfa de la mafia vampírica de Dubái. Obligada a renunciar a su libertad, se adentra en un palacio de lujo y misterio que parece salido de Las mil y una noches. Pero el peligro real la espera al cruzar el umbral: el hombre con el que debe casarse no es su prometido inicial, sino el implacable y magnético padre de este, un inmortal de mirada abrasadora que esconde el secreto de un viaje en el tiempo. Entre sedas, dunas plateadas y miradas que queman, Zaira descubrirá que la línea entre el odio y la pasión más ardiente es tan fina como un suspiro.
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Capítulo 15: El Despertar de la Torre y la Sombra del Heredero
El vacío temporal no se disipó con la sutileza de una bruma matutina; se desgarró con la violencia de un trueno comprimido en el interior de una bóveda de piedra. El rugido de los siglos colapsando sobre sí mismos, el olor a azufre quemado de las catacumbas de Isfahán y la luz estelar del eclipse persa se extinguieron de golpe, sofocados por la irrupción abrupta del presente.
El impacto contra la losa central de basalto sacudió la cripta subterránea del palacio de Dubái.
Tariq absorbió la mayor parte de la fuerza de la caída. Cayó sobre una rodilla reforzada por la armadura de acero, manteniendo su brazo izquierdo rodeando la cintura de Zaira con una firmeza férrea que no cedió ni un solo milímetro durante la travesía. La vibración del aterrizaje hizo crujir el suelo de mármol negro moderno, levantando una nube tenue de polvo de sílice y residuo de ozono.
Por unos segundos, el único sonido en la penumbra del recinto subterráneo fue el silbido agónico del arco de piedra. Las runas antiguas talladas en la estructura de basalto parpadearon en un último destello azul y púrpura antes de apagar sus luces para siempre. Grietas profundas, como venas abiertas en la roca, recorrieron el marco del portal hasta que un chasquido seco selló el nexo. La puerta entre los milenios se había cerrado definitivamente.
Zaira abrió los ojos despacio, inhalando una bocanada de aire. El aroma era inconfundible: aire acondicionado filtrado, aceite de motor sintético, mármol pulido y la fragancia fría del perfume ambiental que caracterizaba las instalaciones del palacio contemporáneo. Bajo sus dedos ya no sentía la textura tosca de las losas de la Persia del año 820, sino la superficie lisa, impecable y pulida de la tecnología del siglo XXI.
Bajó la mirada hacia su pecho. El amuleto de lapislázuli que había guiado su sangre a través de las eras reposaba inerte sobre la pechera de plata y cuero. La piedra, antes incandescente, se había transformado en un mineral opaco, grisáceo y fracturado, habiendo entregado hasta la última gota de su energía ancestral para asegurar el retorno.
—Lo logramos... —susurró Zaira con la voz rasgada por el esfuerzo. Su mano subió al cuello de Tariq, sintiendo cómo los músculos del Alfa continuaban tensos como cables de acero bajo la piel caliente—. Estamos de vuelta en Dubái.
Tariq no relajó la postura. Su cabeza se alzó con la velocidad de un depredador que detecta el peligro antes de que se manifieste. Sus ojos, que aún conservaban el fulgor carmesí del combate contra el Visir, recorrieron cada rincón de la sala subterránea. La iluminación LED de cortesía incrustada en las columnas de hormigón parpadeaba con un ritmo irregular, delatando que el sistema eléctrico del complejo había sufrido una sobrecarga masiva durante la apertura del portal.
—Llegamos, mi reina —murmuró Tariq, su voz grave resonando en la penumbra con una calma helada—. Pero el palacio no está en paz. La frecuencia del aire cambió. Hay olor a pólvora quemada y a sangre reciente en las galerías superiores.
Antes de que Zaira pudiera ponerse en pie y ajustar las correas de su corsé de plata, una ráfaga de aplausos lentos y despectivos bajó desde la balaustrada de la escalera helicoidal que conectaba la cripta con el piso principal de la torre.
—Magistral... sencillamente magistral —dijo una voz joven, cargada de un resentimiento amargo que resonó en los muros de hormigón.
De entre las sombras de las columnas de soporte emergió Samir.
El hijo de Tariq ya no vestía los ropajes impecables de la alta sociedad de Dubái ni el traje de gala de la noche de bodas. Llevaba un chaleco táctico de combate de la mafia del norte, reforzado con placas de titanio, y sostenía un subfusil de calibre pesado con la culata apoyada en el hombro. A su alrededor, desplegándose en un semicírculo perfecto para cortar cualquier vía de escape, aparecieron diez mercenarios fuertemente armados con rifles de asalto, visores nocturnos y munición de punta hueca.
Al lado de Samir, sosteniendo un pequeño detonador magnético con luz parpadeante, se hallaba Malik, el antiguo comandante de la guardia personal del palacio.
—Miren nada más a los viajeros del tiempo —continuó Samir, deteniéndose a diez metros del estrado con una sonrisa torcida que no alcanzaba a ocultar la rabia en sus ojos—. Viajaron mil años al pasado solo para terminar acorralados en el mismo sótano de donde intentaron huir. Te tomó demasiado tiempo regresar, padre. En tu ausencia, el mundo no se detuvo.
Tariq se incorporó con una lentitud calculada, colocándose de pie frente a Zaira. Aunque vestía la armadura persa manchada con la ceniza del Visir y la sangre marchita de los espectros, su mera presencia física dominaba la estancia por completo. Su tórax al descubierto y la cimitarra persa empuñada en su mano derecha proyectaban un aura de autoridad tan aplastante que dos de los mercenarios de la primera línea ajustaron el agarre de sus armas con nerviosismo instintivo.
—Veo que aprovechaste mi ausencia para arrastrarte por la mugre, Samir —dijo Tariq, y su voz no fue más que un susurro profundo que hizo vibrar el aire de la cripta—. Un verdadero líder fortalece su imperio cuando el rey no está. Un cobarde espera a que la casa quede vacía para saquear los cajones.
La sonrisa de Samir se congeló. Su mandíbula se apretó con fuerza antes de dar un paso al frente, alzando el cañón del subfusil.
—¡Este imperio era mío por derecho antes de que trajeras a esta mortal a nuestro palacio! —rugió Samir, su voz perdiendo la compostura—. ¡Te volviste débil, padre! Te obsesionaste con una leyenda muerta, con profecías de sacerdotisas y con una estirpe del pasado. Mientras tú jugabas a ser un héroe antiguo en las dunas de Isfahán, yo firmé la alianza definitiva con los carteles de Eurasia. El consejo de la mafia me ha reconocido como el nuevo Alfa. Las rutas comerciales, las cuentas en Suiza, la red de seguridad... todo está bajo mi mando.
—El consejo no tiene la potestad de nombrar a un Alfa mientras yo respire —replicó Tariq, dando un paso lento hacia adelante. El acero de su cimitarra reflejó la luz roja del detonador de Malik—. Y tú sabes mejor que nadie que la sangre no se traspasa por un papel firmado con traidores.
Malik intervino, alzando el detonador para que Tariq y Zaira lo vieran con claridad.
—No dé un paso más, Señor Tariq —advirtió el excomandante con voz fría—. Todo el nivel subterráneo, desde los cimientos de la cripta hasta los pilares de la torre principal, ha sido cargado con cargas de C-4 enriquecidas con polvo de plata pura. Un solo toque a este interruptor y cinco mil toneladas de hormigón y acero caerán sobre este sótano. Ni siquiera su naturaleza inmortal podrá salvarlos si quedan sepultados bajo la estructura de la torre.
Zaira dio un paso al lado de Tariq. Sus dos dagas de acero ondulado relucieron bajo la luz tenue de la cripta. La armadura de cuero y plata que Baraz le había entregado en el siglo IX le daba un aspecto feroz, majestuoso, que hizo que Samir la observara con una mezcla de deseo y rencor puro.
—Perdiste tu oportunidad, Samir —declaró Zaira con una voz firme que retumbó en las paredes de hormigón—. Vimos caer al Visir Jafar en su propio altar de Isfahán. Vimos cómo la magia negra que alimentaba tu ambición se disolvió en la nada. Lo único que te queda en este siglo es tu propia cobardía y el miedo a saber que jamás serás la sombra de tu padre.
—¡Cállate! —gritó Samir, desviando el cañón del subfusil directamente hacia el pecho de Zaira—. ¡Tú debías ser mi trofeo! ¡Debías ser la garantía de mi coronación ante las familias del norte! ¡Preferiste entregarte a un monstruo viejo antes que gobernar a mi lado!
—Ella no se entregó a nadie —corrigió Tariq con un bramido que paralizó los latidos de todos los presentes en la sala—. Ella es la reina de este imperio. Y tú eres solo un error que debí corregir hace décadas.
En una fracción de segundo, antes de que Samir pudiera presionar el gatillo o Malik accionar el detonador magnético, Tariq ejecutó el ataque.
No utilizó la fuerza bruta de su cimitarra, ni intentó acortar la distancia corriendo. Canalizó la voz de mando pura de su linaje Alfa, una potencia telepática retenida y acumulada durante el viaje en el tiempo. La onda de choque mental estalló desde su centro con la violencia de una detonación sónica.
Un pulso invisible recorrió la cripta. Los diez mercenarios soltaron sus armas de asalto de golpe, llevándose las manos a la cabeza mientras caían de rodillas sobre el mármol, aullando de agonía por la presión brutal que agrietaba sus tímpanos y paralizaba sus sistemas nerviosos. Malik se tambaleó hacia atrás, perdiendo el control de sus músculos; el detonador magnético se desprendió de sus dedos y rodó por el suelo pulido.
Zaira reaccionó con la velocidad de un felino. Se lanzó en una barrida baja por el suelo, extendió el brazo y pateó el pequeño artefacto lejos del alcance del excomandante, asegurándolo con firmeza bajo la suela de su bota de combate.
Samir, al poseer la misma sangre en sus venas, logró resistir el impacto de la onda mental, aunque la presión hizo que un hilo de sangre brotara de su nariz. Con un grito desesperado, alzó el subfusil e intentó vaciar el cargador contra su padre a quemarropa.
Tariq ya no estaba allí.
El Alfa cerró la distancia en un parpadeo que desafió la percepción humana. Su mano izquierda atrapó el cañón de acero del subfusil, doblando el metal como si fuera plastilina antes de arrancárselo a Samir de los puños. Con la derecha, Tariq sujetó a su hijo por la garganta y lo levantó del suelo con una sola mano, estampándolo con una fuerza brutal contra la columna central de hormigón.
El impacto provocó una grieta en la piedra y dejó a Samir sin aire en los pulmones. Sus pies pataleaban en el vacío mientras sus manos intentaban sin éxito abrir las tenazas de acero que apretaban su cuello.
—Se acabó, Samir —sentenció Tariq. Sus ojos ardiendo en un rojo carmesí absoluto iluminaron la penumbra de la cripta—. Tu traición termina aquí.
—Mátame... —articuló Samir con dificultad, la cara tornándose violácea por la falta de oxígeno—. Demuestra... que eres el monstruo... que todos temen...
Tariq lo sostuvo en el aire durante cinco segundos interminables. La sala permaneció en un silencio sepulcral, roto únicamente por los gemidos de los mercenarios sometidos en el suelo y la respiración agitada de Zaira.
Finalmente, el Alfa aflojó el agarre y dejó caer a Samir al suelo. El joven se colapsó sobre sus manos y rodillas, tosiendo violentamente y tragando bocanadas de aire con desesperación.
—No te daré el privilegio de morir como un guerrero en mi cripta —dijo Tariq con una voz tan helada que cortó el ambiente—. Un verdadero rey no asesina a su propia sangre por despecho. Serás despojado de tu apellido, de tus títulos y de tu herencia. Pasarás el resto de tus días encerrado en las celdas inferiores del complejo del norte, recordando cada segundo que tuviste la oportunidad de ser un líder y elegiste ser un traidor.
Tariq se giró hacia las galerías superiores, alzar la voz con un tono infalible que resonó por los conductos de ventilación de toda la torre.
—¡Guardia leal de los Al-Rashid! ¡Tomen la cripta!
De las sombras de las escaleras y los pasadizos de servicio irrumpieron docenas de soldados vestidos con los uniformes negros de la guardia original del palacio, liderados por los capitanes que habían permanecido fieles a Tariq durante la purga de Samir. En cuestión de tres minutos, los mercenarios traidores fueron desarmados y encadenados con grilletes de alta seguridad, mientras Malik y Samir eran arrastrados hacia los niveles de contención inferior sin que ninguno se atreviera a ofrecer la menor resistencia.
Cuarenta y ocho horas después del retorno, la tormenta de la traición había sido sofocada en todos los frentes del imperio.
Las facciones rebeldes de la mafia del norte, al enterarse del regreso de Tariq y la caída fulminante de Samir, enviaron a sus emisarios a Dubái para rendir vasallaje y entregar las armas sin pegar un solo tiro. La noticia de que el Alfa supremo había vuelto de entre las sombras con una autoridad incontestable se extendió por los carteles de Europa y Medio Oriente, consolidando el dominio de la familia Al-Rashid a un nivel que no se veía desde hacía tres décadas.
La noche sobre el Golfo Pérsico era excepcionalmente clara. Desde la terraza privada de la suite imperial, en el piso ochenta y cinco de la torre Al-Rashid, las luces de la metrópolis moderna se extendían como una alfombra de diamantes que moría en las dunas doradas del desierto.
Zaira estaba de pie junto a la balaustrada de cristal templado. Llevaba una túnica de seda azul noche, ajustada a la cintura por un broche de plata que realzaba la curvatura de su cadera y la elegancia de su figura. Su cabello oscuro caía en ondas sueltas sobre sus hombros, mecido por la brisa cálida de la noche. Aunque el peso de las batallas en Isfahán y la cripta aún se sentía en sus músculos, su rostro reflejaba una serena majestad. Ya no era la joven asustada que había cruzado las puertas de este palacio para salvar la deuda de su familia; era la reina indiscutible del imperio más poderoso de las sombras.
Unos brazos fuertes la rodearon por la espalda. Tariq se pegó a ella, descansando su barbilla en el hombro de Zaira e inhalando el aroma a jazmín y piel tibia que emanaba de su cuello. El Alfa vestía una camisa de seda negra desabrochada en el cuello y pantalones oscuros de corte impecable.
—Estás muy silenciosa, mi luna —murmuró Tariq con su voz grave, enviando una corriente de calor directo a la espalda de ella.
Zaira se inclinó hacia atrás, apoyando la cabeza en el pecho de él y cubriendo las manos del Alfa con las suyas.
—Estaba pensando en cómo cambió todo —respondió ella con una leve sonrisa—. Vine a este palacio como una cautiva, como la moneda de cambio en un contrato forzado entre mafias. Y ahora... no puedo imaginar mi vida en ningún otro lugar que no sea a tu lado.
Tariq la giró despacio entre sus brazos hasta que la joven quedó frente a él. Sus ojos ámbar, serenos pero cargados de una devoción infinita, buscaron la mirada de Zaira.
—No fue un contrato, Zaira —dijo él, alzando la mano para acariciar su pómulo con el dorso de sus nudillos—. El destino nos unió en la Persia del año 820 y nos trajo de vuelta a este siglo para reclamar lo que nos pertenece. Tu presencia no es una casualidad; eres el alma de este imperio y la única mujer que gobernará a mi lado por el resto de mi inmortalidad.
Zaira alzó la barbilla, encarando al Alfa con esa firmeza que tanto lo fascinaba.
—Nos quedan cinco capítulos para consolidar esta dinastía, Tariq. Y no voy a permitir que ninguna amenaza exterior vuelva a poner en riesgo lo que construimos.
Tariq soltó un bajo gruñido de satisfacción. Inclinó la cabeza y capturó los labios de Zaira en un beso abrasador, profundo y posesivo que disipó cualquier rastro de duda sobre el futuro.
Bajo la mirada eterna de la luna de Dubái, la reina y el Alfa renovaron su pacto de sangre y pasión, listos para enfrentar la fase final de su destino supremo.