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Los Días Que No Viviste

Los Días Que No Viviste

Status: En proceso
Genre:Venganza
Popularitas:62
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Leo despierta en un hospital sin recordar los últimos cinco años. Le dicen que tuvo un accidente, que su esposa murió, que su hija no le habla. Pero algo no encaja: las enfermeras lo tratan con miedo, los médicos mienten, y en su mesilla de noche encuentra una nota escrita por él mismo que dice: "No confíes en nadie. Tú no chocaste. Tú saltaste." Ahora Leo debe reconstruir quién fue realmente en esos cinco años perdidos, y descubrir si el hombre que era antes merece ser perdonado… o merece ser encontrado.

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Capítulo 7: La verdad del espejo

Las palabras de Elena caen sobre Leo como un mazazo.

No eres León Castro. Ese nombre es una identidad falsa. Y yo no soy tu esposa.

Abre la boca para decir algo, pero no encuentra las palabras. Su mente se convierte en un torbellino de imágenes, recuerdos fragmentados, sensaciones que no logra anclar a nada sólido. La niebla en su cabeza se arremolina con violencia, como si intentara expulsar algo que ha estado atrapado durante años.

—Si no eres mi esposa —dice finalmente, con la voz quebrada—, ¿quién eres?

Elena lo mira con una tristeza tan profunda que Leo siente que podría ahogarse en ella. Da un paso más hacia él, pero no lo toca. Se detiene a medio metro, como si hubiera una frontera invisible entre ambos.

—Soy tu compañera —responde—. Tu compañera de trabajo. Hace cinco años, trabajábamos juntos en una unidad especial de inteligencia. Tú y yo éramos un equipo. Los mejores. Pero algo salió mal en una misión. Algo que no debería haber pasado.

—¿Qué misión?

Elena respira hondo. La tormenta ruge afuera, y el faro tiembla ligeramente bajo la fuerza del viento. La luz de la lente gira lentamente, lanzando destellos sobre el mar enfurecido.

—Una operación encubierta. Infiltración en una red de tráfico de información. Íbamos a desmantelarla desde dentro. Pero descubrimos algo mucho más grande. Una organización que no solo vende secretos de Estado. Venden recuerdos. Venden identidades. Venden vidas enteras.

Leo parpadea. La palabra "recuerdos" resuena en su cabeza como una campana. ¿Recuerdos? ¿Como los suyos? ¿Los que ha perdido?

—¿La organización me borró la memoria? —pregunta.

—No. Te la borraste tú mismo —dice Elena, y su voz tiembla—. Cuando descubrimos la verdad, supimos que estábamos en peligro. Ellos querían silenciarnos. Tú tomaste una decisión. Te sometiste a un procedimiento experimental para fragmentar tu memoria y esconder la información más importante en un lugar donde ellos no pudieran encontrarla. En tu subconsciente.

—¿Pero por qué? ¿Por qué no huimos? ¿Por qué no fuimos a la policía?

—Porque la organización tiene infiltrados en todas partes. En la policía, en el gobierno, en los hospitales... No podíamos confiar en nadie. Tú decidiste borrarte para proteger el secreto. Y yo... yo decidí fingir mi muerte para protegerte a ti.

Leo cierra los ojos. La imagen de la caída vuelve a su mente, la sensación de vacío, la voz diciendo: "Esto es lo único que puedo hacer." Ahora todo empieza a tener sentido. No saltó para morir. Saltó para olvidar.

—¿Y la rubia? —pregunta, abriendo los ojos—. ¿Irene?

Elena aprieta los labios. Por un momento, parece que no va a responder. Pero luego habla, con un tono que mezcla dolor y rabia.

—Irene es una agente de la organización. Te la asignaron cuando empezaste a recuperar fragmentos de memoria, hace unos meses. Su misión era ganarse tu confianza y descubrir dónde escondiste la información. Ella te hizo creer que era tu amante. Que te quería. Todo era una farsa.

Leo siente que el suelo se abre bajo sus pies. La rubia del móvil, la mujer de la foto en la casa, la que aparecía en la nota de la caja fuerte... todo fue una mentira. Una manipulación.

—Pero ella me ayudó —dice Leo, confundido—. Me dejó pistas. Las coordenadas, el coche, la carta...

—No —dice Elena, negando con la cabeza—. Esa no fui yo. Esa carta no es mía.

—¿Cómo?

Elena se acerca a la mesa donde está el cuaderno abierto. Lo toma y lo acerca a Leo. Es la misma letra que las notas que ha estado encontrando. Letra redonda, femenina.

—Esta es mi letra —dice Elena, señalando una página—. La carta que encontraste en el coche... no la escribí yo. Alguien la falsificó. Alguien que conoce mi letra muy bien. Alguien que quiere que llegues hasta aquí.

Leo mira la letra de Elena. Es parecida, pero hay pequeñas diferencias. La inclinación de las eles, la forma de las erres. Alguien ha imitado su escritura con precisión casi perfecta.

—¿Pero entonces quién escribió la carta? —pregunta Leo, con un nudo en la garganta—. ¿Quién me ha estado guiando hasta aquí?

Elena lo mira con una mezcla de miedo y compasión.

—No lo sé —admite—. Pero puede que sea alguien que quiere ayudarte. O puede que sea alguien que quiere que llegues al final del camino para atraparte.

Leo se frota la cara con ambas manos. La herida en la palma derecha arde, y la gasa se ha empapado de sangre. La tormenta sigue rugiendo afuera, y el faro tiembla como si fuera a derrumbarse.

—Dime algo —dice, bajando las manos—. Si no soy León Castro, ¿quién soy? ¿Cuál es mi nombre real?

Elena titubea. Se muerde el labio inferior, un gesto nervioso que Leo ha visto en las fotos, en esos recuerdos que creía compartidos.

—Tu nombre real es... —empieza, pero se detiene.

—Dímelo —insiste Leo—. Ya he llegado hasta aquí. He huido, me han seguido, he encontrado notas, he visto a un hombre de botas, he leído informes de tu muerte. Merezco saberlo.

Elena baja la mirada. Cuando habla, su voz es apenas un susurro.

—Te llamas Daniel. Daniel Herrera. Y eras el mejor agente que jamás conocí.

Daniel. Daniel Herrera. El nombre no le dice nada. No le produce ninguna sacudida, ninguna chispa de reconocimiento. Pero algo en su interior, en ese lugar profundo donde la niebla no ha llegado, parece estremecerse.

—¿Y la información? —pregunta—. ¿La que escondí en mi memoria? ¿Dónde está?

Elena lo mira fijamente.

—Tú la escondiste en el lugar más seguro que conocías. En el único lugar donde nadie podría encontrarla sin tu permiso.

—¿Dónde?

Elena da un paso atrás. Su mirada se vuelve sombría.

—No aquí. No es el faro. El faro era solo una señal, una pista para que llegaras a mí. La información está en otro sitio. Y para recuperarla, tienes que recordar. Tienes que desbloquear los fragmentos de memoria que ocultaste.

—¿Y cómo hago eso?

Elena se acerca a una caja de madera en la esquina de la plataforma. La abre y saca una jeringa llena de un líquido azul pálido.

—Esto es un reactivador de memoria. Lo desarrollamos juntos para casos de emergencia. Si te lo inyectas, empezarás a recuperar los fragmentos. Pero es peligroso. Puede ser doloroso. Y una vez que empiece, no hay vuelta atrás. Recordarás todo. Lo bueno y lo malo.

Leo mira la jeringa. El líquido azul brilla bajo la luz intermitente del faro. Sabe que si acepta, su vida cambiará para siempre. Ya no será Leo ni Daniel. Será alguien que carga con el peso de cinco años de mentiras y verdades ocultas.

—¿Qué pasó con la información que escondí? —pregunta—. ¿Por qué es tan importante?

—Porque contiene los nombres de todos los agentes infiltrados en la organización. Los nombres de las personas que están vendiendo el futuro de este país. Si esa información cae en manos equivocadas, cientos de personas morirán. Y la organización seguirá controlando todo.

Leo toma la jeringa. La sostiene sobre su mano vendada. La tormenta ruge afuera, el faro gira, el mar se estrella contra los acantilados.

—Si recuerdo, ¿qué pasa contigo? —pregunta—. ¿Por qué fingiste tu muerte?

Elena sonríe, pero sus ojos están llenos de lágrimas.

—Porque si ellos sabían que yo estaba viva, te habrían usado para encontrarme. Y porque... —hace una pausa—. Porque parte de la información que escondiste es sobre mí. Sobre lo que hice en esa misión. Cosas de las que no estoy orgullosa.

Leo la mira. La ve temblar bajo la luz del faro, y por un instante, ya no ve a la agente secreta, a la compañera, a la mujer que fingió su muerte. Ve a alguien que también está atrapada en su propia mentira.

—Si yo recuerdo —dice Leo—, ¿tú también vas a decirme la verdad?

Elena asiente. Pero sus ojos evitan los de él.

—Te prometo que sí —dice.

Leo cierra los ojos. Siente el peso de la jeringa en su mano. Siente el frío de la tormenta, el calor de su propia sangre, el latido de su corazón.

Cuando los abre, hay algo nuevo en su mirada. Algo que no estaba antes. Decisión.

—Hazlo —dice—. Ponerme la inyección.

Elena toma la jeringa. Se acerca a él. Sus dedos rozan su brazo, y por un segundo, Leo siente que todo esto es real. Que ella es real. Que su vida ha sido una mentira construida para proteger una verdad que él mismo escondió.

—¿Estás seguro? —pregunta ella—. Una vez que empiece, no podrás pararlo.

—Sí —responde Leo—. Ya he esperado cinco años.

Elena le pincha el brazo. El líquido azul entra en su torrente sanguíneo con un ardor frío.

Y entonces, el mundo se desvanece.

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valeska garay campos
se lee interesante 🤔👀
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