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EN BUSCA DE LO OCULTO: "Tiempo Prestado".

EN BUSCA DE LO OCULTO: "Tiempo Prestado".

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Aventura / Traiciones y engaños
Popularitas:83
Nilai: 5
nombre de autor: Feng Liang

Cristani por fin tenía una vida normal. O eso creía. Hasta que se dio cuenta de que el poder en su cuerpo empezaba destruirla por dentro.
Al mismo tiempo que los problemas volvieron con sus amigos. Primero fue esa espada. La querían para mantener bajo control a Cristani.
Luego supieron del ser que entró a su mundo, un peligro para su plano. Debían eliminarlo.
Entonces llegó Carl Rowen. Decía conocerla y que podía ayudarla a contener esa energía ancestral.
Y la búsqueda comenzó.
Después, Cristani supo que todas las vidas que trataban de recordarle, no eran suyas. Sino de un fragmento más. Uno que vivía en otro plano.
Y un encuentro con una mujer le hizo darse cuenta que sin ese fragmento podría morir.
Pero eso implicaba que Carl pudiera encontrarse con quien deseaba.
La decisión era suya.
Elegir su vida o elegir la felicidad de Carl.
¿Vivir para verlo desaparecer o morir para verlo encontrarse con ella?
¿Ser el monstruo que tanto temía o ser la heroína que Carl necesitaba?

NovelToon tiene autorización de Feng Liang para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14: Carl Rowen, un extraño chico.

—Es injusto. Esperaba que te quedaras —se quejó Melanie al otro lado de la línea.

Suspiré suavemente.

—Lo siento —me disculpé mientras mis ojos vagaban por todos los sitios webs en la pantalla del ordenador.

—¿Y de qué hablaste con Anthony?

—¿Podemos platicar de otra cosa que no sea sobre ellos? —Repliqué y "ellos" salió en un tono irritado.

La chica resopló al instante sabiendo que no podría sacar información aunque quisiera.

—¿Por qué?

—Es solo que no tengo interés de hablar sobre el pasado.

—¿Pasado?

—Son tonterías, olvídalo.

Un suspiro de frustración escapó de sus labios mientras me observaba a través de la pantalla.

—A veces es difícil de entenderte —exclamó luego de unos segundos de silencio.

—Lo sé.

—¿Lo sabes y no lo niegas?

—¿Por qué negar algo que soy?

Soltó un bufido al escuchar mi comentario.

Al final la plática no duró mucho y tuve que colgar.

.

.

.

Después de la navidad, faltaba pocos días para año nuevo. Volví a mi trabajo unos días antes de ello.

Una mañana que había llegado a la veterinaria, me encontré con la dueña, una mujer entre 30 y 40 años que me recibió con un pequeño cesto de frutas frescas. Era la primera vez que me regalaba aquello, por lo que me sorprendí por tal detalle.

—Gracias, no tenía que molestarse —agradecí dejando el pequeño canasto al lado de mi escritorio.

Tomé una manzana entre las frutas y le dí una mordida mientras abría la pantalla del ordenador.

—No lo traje yo, querida.

—¿Cómo? —me giré a mi jefa quien me sonreía mordiendo su propia fruta.

—Un chico bastante lindo, vino a dejarlo hoy. Dijo que uno era para tí y el otro para mí.

Casi me atragantaba al escuchar su explicación.

—¿Un chico? ¿Trajo...frutas para mí?

La mayor asintió lentamente mientras seguía con esa sonrisa en el rostro.

—Tal vez alguno de tus amigos.

—Realmente no tengo muchos amigos —murmuré mientras asentía un par de veces.

Quizás habría sido Anthony, aunque no era parte de él enviar regalos. Entonces pensé en Henry y William; al parecer era más probable que fueran ellos, pero ¿por qué enviarían algo así? ¿Acaso contenía veneno? Mis ojos se abrieron mientras se enfocaban en la fruta en mi mano. No había rastros de un posible veneno y tampoco parecía haber sido alterada con magia.

Suspiré creyendo que ya estaba paranoica, pero para mayor seguridad solo dejé la manzana a un lado y me enfoqué en el ordenador.

El día como siempre transcurrió sin problemas, entre pequeñas conversaciones con mi jefa y con las personas que traían a sus amigos peludos a consulta.

Al terminar mi turno, recogí mis pertenencias e intenté dejar ese cesto ahí a propósito pero...

—¡Hey! Olvidaste tus frutas.

La mayor me siguió fuera de la veterinaria con la canasta en sus manos y me lo entregó.

—Gracias —tomé la canasta.

Sin embargo no pensaba en llevar aquello a mi casa, podría ser un peligro para mi familia y quería evitarlo.

El sol empezaba a caer y las nubes rojas adornaron el cielo. Mi respiración lenta y superficial se escuchaba mientras subía colina arriba.

Al llegar al sitio de siempre lo primero que hice fue aspirar aire fresco y frío, luego observar el pueblo.

Sin olvidar la razón por la que llegué ahí, busqué un lugar entre los árboles y coloqué sobre las hojas el cesto de frutas.

—¿Con qué propósito enviarían esto? —Me pregunté mientras me inclinaba hacia el cesto .

De mi palma una flama roja se formó, le dí un último vistazo a las frutas antes de dejar caer la flama sobre ellas. Al final fueron consumidas totalmente, sin dejar rastro alguno.

Una gota de sangre cayó sobre las hojas y me toqué la nariz, estaba sangrando.

Saqué un pañuelo de mi bolsillo y me limpié.

—¿Así que...las quemaste?

Mis ojos se entrecerraron ante esa repentina aparición, ni siquiera me había dado cuenta de cuándo llegó ¿Cómo pudo ser tan silencioso? Pero de inmediato me giré a verlo. Sin dejar rastro de la sangre y el pañuelo ensangrentado.

— ¿Así que lo viste todo? —Me enderecé y dí los primeros pasos a él, era el mismo chico de antes.

Esos anteojos y ese par de ojos, nadie lo confundiría, aunque su expresión mostraba ¿tristeza? ¿Decepción? Quizas ambas cosas. Retrocedió al ver las pequeñas esferas de fuego aparecer detrás de mí en el aire.

—Yo solo quería agradecerte con ese presente—explicó con rapidez cubriendose la cabeza con sus manos y encogiéndose en su lugar.

—¿Por qué? —Pregunté mirándolo con clara desconfianza.

—Por ayudarme e-el otro día.

Un leve tono rojo iluminó sus mejillas al responder, mirándome con un ojo abierto.

—Aún así, viste algo que los humanos no deberían conocer.

Las esferas de fuego brillaron con intensidad. Otro paso hacia él, decidida a eliminarlo.

—¡N-no! ¡Y-yo no ví nada! ¡L-lo juro! —Tartamudeó mientras retrocedía y tropezaba en el proceso con sus propios pies cayendo sentado sobre las hojas, aún tratando de protegerse con las manos.

—Es una pena, todavía eres joven —comenté inclinandome hacia él.

—N-no diré n-nada. P-puedes confiar en mí.

—Los únicos humanos confiables son los muertos —repliqué sonriendo levemente y volviendo a reincorporarme, lista para eliminar cualquier rastro de su existencia.

—P-pero...también e-eres humana.

Las esferas de fuego —que estaban a punto de estallar contra su cuerpo— se detuvieron de inmediato con un movimiento de mis dedos.

—¿Disculpa? —Mis ojos lo escanearon, no parecía saber mucho sobre los mitad demonios.

—Solo soy un monstruo mitad humano y mitad de lo desconocido. Humana, no sería la forma correcta de llamarme —agregué dando un paso atrás, el chico bajó lentamente las manos de su rostro y sus ojos me observaron ahora con un toque de decisión en ellos.

—N-no es cierto.

—¿Cómo? —Alcé una ceja ante su comentario.

Esta vez no bajó la mirada y la mantuvo sobre mi rostro, a pesar de que sus mejillas se volvían más rojas con cada segundo.

—T-tu sigues siendo humana, s-solo que con un gran poder. Aunque s-si sigues así, p-podrías morir.

Mordí el interior de mis mejillas, sus palabras me habían dejado pasmada, ¿Cómo lo sabía?

—T-tu cuerpo es demasiado d-debil para poder controlar t-tanta energía.

Apreté los labios y fruncí el ceño, todo lo que dijo era cierto.

Mi espada apareció y fue directo a su cuello, él tembló ante el metal que amenzaba con cortarle la piel.

—¿Quién eres? —Fue lo primero que pregunté, necesitaba saberlo, ¿por qué sabía tanto sobre mí y ese poder en mi cuerpo?

—¿N-no quieres saber s-sobre tu pasado? —Balbuceó con los ojos cerrados esperando el golpe final que nunca llegó. Cuando abrió los ojos la espada había desaparecido. Me miró con temor pero también con ¿esperanza?

—Mi pasado, ¿Qué sabes de él? —Lo interrogué manteniendo la mirada fija en él, buscando alguna mentira en lo que había dicho.

—S-sé que eres un fragmento de un Dios. Y d-debes morir para resucitarla.

Y dio en el clavo, dijo lo mismo que yo sabía. Pero yo era la única que conocía esa información, ¿entonces cómo lo supo?

—¿Qué más sabes?

—S-si me matas no lo sabrás —su mirada se volvió casi desafiante al responder, por un momento el chico lleno de miedo desapareció y solo quedó él, como diciendo con esa mirada "Sé todo de tí".

Solté una risa nasal llena de burla.

—Incluso sin tí, podré saber de mi vida. —

La espada apareció en mi mano y la alcé, esta vez para terminar con él.

—¡Puedo ayudarte a resolver lo de tu poder! —Gritó cubriendo sus ojos.

"¡Crank!" el sonido grave de un árbol caer retumbó en todo el bosque asustando a los pájaros que levantaron el vuelo.

Pasó varios segundos para que reaccionara.

—Y-yo...y-yo...n-no estoy muerto —se tocó con manos temblorosas el cuerpo y el rostro antes de levantar la cabeza para mirarme.

—Tienes suerte de que haya fallado —solté un suspiro mirando detrás suyo, se giró y pegó un grito que hasta sus lentes cayeron al suelo con un "clank". El gran árbol sin vida yacía creando un claro en el lugar y las hojas todavía volaban en el aire.

—G-gracias. —se encogió buscando con las manos sus anteojos. Me incliné a su altura y levanté su mentón colocándole los lentes con cuidado.

—Si no me dices quien eres, te aseguro que no fallaré el próximo ataque.

Se estremeció ante mi mirada, luego de unos segundos abrió la boca pero aún no salió nada de sus labios.

—S-soy Carl R-rowen. —intentó agachar la cabeza pero mis dedos se mantuvieron con firmeza en su mentón y no logró su cometido.

—Y-yo sé algo sobre los demonios y sobre tí...

Mientras hablaba y trataba de explicarse, el sol ya había desaparecido y el cielo comenzaba a tornarse de un color azul oscuro.

—Debo regresar —comenté poniéndome de pie y dando la vuelta para regresar. El sonido de los grillos a la redonda hacía que el bosque se escuchara tenebroso y las grandes sombras de los árboles parecían monstruos escondidos observando.

—¡E-espera! —Su voz rompió la calma y mis pasos se detuvieron.

—N-no puedo ver por la noche —dijo levantándose lentamente y buscándome con la mirada, era cierto que estaba oscureciendo, aunque aún se podía ver.

—Muere de frío entonces.

Me dí la vuelta y seguí caminando hasta que algo pareció caer entre las hojas, volví a mirar y era él, quien se había tropezado y caído otra vez.

—P-por favor —buscó inutilmente sus anteojos que había caído a su lado.

—¿Te das cuenta de que eres una molestia? —Exclamé caminando de vuelta y tomándolo del brazo para ayudarlo a pararse sin antes recoger su gafas también.

El lente de uno estaba roto, tal vez por eso no podía ver.

Pasé los dedos sobre él y las grietas se repararon quedando como nuevo, se lo coloqué una vez más.

—Camina —ordené dando los primeros pasos y el chico de inmediato se abrazó a mi brazo mientras caminaba, sonriendo como un tonto inocente.

—Dices que te llamas Carl ¿no? —Rompí el silencio incómodo que se había formado al menos para mí, asintió un par de veces caminando a mi lado mientras descendíamos esa colina.

—Escuché que no vivías en Everfrost ¿por qué volviste? —Pregunté y él soltó una leve risa, que extrañamente se sintió familiar.

—¿Tan rápido quieres deshacerte de mí?

Su expresión se volvió burlona y casi arrogante.

—¿Crees que no me atrevo? —Repliqué deteniéndome en seco mirándolo, su expresión arrogante desapareció al instante y volvió esa de ratón asustadizo.

—Y-yo no quise decir eso —apretó suavemente mi brazo como si pidiera compasión.

Era extraño como su personalidad cambiaba de un segundo para otro. Definitivamente ese chico no era normal.

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