Aurora, la ladrona
En una época de castillos, reyes y caballeros, una joven desafía las leyes del reino con una única regla: jamás derramar sangre inocente.
Aurora es la líder de la temida Banda del Cuervo, un grupo de ladrones que roba las riquezas de nobles corruptos y comerciantes deshonestos para ayudar en secreto a quienes más lo necesitan. Su habilidad para desaparecer entre las sombras y dejar una pluma negra como única pista la ha convertido en una leyenda.
Mientras el capitán de la guardia moviliza a todo el reino para capturarla, el príncipe Daniel inicia una implacable persecución sin imaginar que la misteriosa ladrona es muy distinta de la criminal que todos describen.
Entre robos imposibles, conspiraciones, traiciones y secretos que podrían cambiar el destino del reino, Aurora descubrirá que el mayor desafío no será escapar de sus enemigos, sino decidir entre proteger a su banda o seguir los dictados de su corazón.
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La trampa
El camino de regreso al reino había sido tranquilo.
Demasiado tranquilo para Aurora.
Después de abandonar San Marcos, la Banda del Cuervo había avanzado durante horas por caminos secundarios. Las pruebas que habían encontrado estaban escondidas entre sus pertenencias, protegidas cuidadosamente.
La noticia de que la invasión comenzaría en diez días no dejaba de preocuparlos.
—Tenemos que llegar al castillo antes que Ricardo —dijo Mateo.
—Y entregar las pruebas —añadió Diego.
Aurora asintió.
Pero no podía dejar de pensar en Daniel.
En la fortaleza habían trabajado juntos.
Él había confiado en ella.
Y ella, aunque no quisiera admitirlo, había comenzado a confiar en él.
Al llegar cerca de la ciudad, un hombre vestido con los colores de la corona salió a su encuentro.
—¿Aurora?
Ella llevó inmediatamente la mano hacia su daga.
—¿Quién pregunta?
—Soy mensajero del príncipe Daniel.
Aurora intercambió una mirada con Mateo.
—¿Qué quiere?
—El príncipe necesita hablar con ustedes. Descubrió que alguien dentro del palacio está ayudando al conde Ricardo. No puede confiar en sus propios hombres.
Aurora permaneció en silencio.
La información tenía sentido.
Después de todo, en San Marcos habían descubierto que existía un traidor dentro del palacio.
—¿Dónde está Daniel? —preguntó.
—En una antigua casa de descanso, al norte de la ciudad.
Pablo miró a Mateo.
—¿No te parece demasiado fácil?
—Sí —respondió Mateo.
El mensajero sacó entonces un pequeño sello.
—El príncipe me entregó esto.
Aurora lo observó.
Era el sello personal de Daniel.
La desconfianza no desapareció.
Pero había algo más.
El mensajero conocía detalles sobre San Marcos que únicamente alguien que hubiera estado informado de la misión podía conocer.
—¿Qué quiere exactamente? —preguntó Aurora.
—Que lleven las pruebas. Dice que no deben entregárselas a nadie más.
Aurora miró a sus compañeros.
—Nosotros iremos.
Pablo abrió los ojos.
—¿Estás segura?
—No.
Todos guardaron silencio.
Aurora continuó:
—Pero tampoco vamos a ir confiando ciegamente.
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La antigua casa de descanso estaba rodeada de árboles.
Aurora se detuvo antes de entrar.
—Mateo y Diego, quédense afuera.
—¿Y tú?
—Entraremos Lili, Pablo y yo.
Diego negó.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
Aurora observó la casa.
—Si esto es una trampa, quiero saberlo antes de que todos entremos.
Revisaron los alrededores.
No encontraron soldados.
No había huellas recientes.
Ni señales evidentes de una emboscada.
Aurora frunció el ceño.
—Demasiado limpio.
—¿Nos vamos? —preguntó Lili.
Aurora dudó.
Entonces escucharon una voz desde el interior.
—¡Aurora!
Era la voz de Daniel.
Su corazón dio un salto.
—Es él.
Entraron.
La habitación estaba vacía.
—¿Daniel? —llamó Aurora.
Las puertas se cerraron de golpe.
Pablo se volvió rápidamente.
—¡Trampa!
Las ventanas también se cerraron.
De las habitaciones laterales salieron soldados armados.
Aurora desenvainó su daga.
—¡No se muevan!
Mateo y Diego entraron por la puerta trasera, pero más soldados los rodearon.
La Banda del Cuervo había caído en una emboscada.
No porque hubieran confiado demasiado.
Sino porque alguien había pensado en cada detalle.
El capitán de los soldados avanzó.
—Por orden del príncipe Daniel, quedan arrestados.
Aurora se quedó inmóvil.
—¿Qué has dicho?
El hombre sacó un documento.
—Una orden oficial.
Aurora tomó el papel.
Reconoció la firma.
Daniel.
Durante unos segundos no pudo hablar.
—No...
Lili se acercó.
—Aurora.
Ella volvió a leer el documento.
La firma parecía auténtica.
El sello también.
Daniel los había enviado allí.
Daniel sabía dónde encontrarlos.
Daniel sabía que tenían las pruebas.
Y ahora estaban rodeados.
Aurora sintió una mezcla de rabia y decepción.
—Nos utilizó.
Mateo apretó los puños.
—No sabemos eso.
—¿Entonces cómo explicas esto?
Nadie respondió.
El capitán ordenó que les quitaran las armas.
Aurora entregó lentamente su daga.
Pero sus ojos estaban llenos de dolor.
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En el castillo, Elizabeth caminaba por uno de los corredores cuando escuchó a dos soldados hablar.
—La Banda del Cuervo ya fue capturada.
Elizabeth se detuvo.
—¿Qué banda?
Los hombres se miraron.
—La de Aurora.
Elizabeth palideció.
—¿Quién ordenó su captura?
—El príncipe Daniel.
Elizabeth frunció el ceño.
—Eso es imposible.
—La orden lleva su firma.
Ella no respondió.
Conocía demasiado bien a su hermano.
Daniel había pasado los últimos días hablando de la conspiración.
Había confiado en Aurora.
Y, sobre todo, Elizabeth había visto como le cambiaban los ojos cuando hablaba de ella.
Daniel jamás habría preparado una emboscada contra ella sin decirle nada.
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Mientras tanto, Aurora y sus compañeros eran trasladados hacia las celdas del castillo.
Aurora permanecía en silencio.
Lili caminaba a su lado.
—¿Estás bien?
—Sí.
Pero su voz decía lo contrario.
—Aurora...
—No quiero hablar de él.
Lili bajó la mirada.
Aurora apretó los labios.
No quería llorar.
No después de haber confiado en Daniel.
No después de haber pensado que él era diferente.
Recordó su sonrisa junto al fuego.
Recordó cuando le dijo que quería protegerla.
Y ahora había sido él quien había ordenado capturarla.
O al menos eso parecía.
Cuando llegaron a las celdas, los guardias abrieron las puertas.
—Adentro.
Aurora entró.
Elizabeth llegó al corredor de las celdas después de escuchar a los soldados hablar sobre la captura de la Banda del Cuervo.
Se detuvo frente a la primera celda.
Dentro había una joven de cabello claro y mirada desafiante.
Elizabeth nunca la había visto antes.
—¿Tú eres Aurora? —preguntó.
La joven levantó la mirada.
—¿Quién lo pregunta?
—Elizabeth, princesa del reino.
Aurora se puso de pie lentamente.
—Entonces supongo que eres la hermana de Daniel.
Elizabeth asintió.
—Sí.
Durante unos segundos ninguna dijo nada.
Elizabeth miró a los demás integrantes de la banda y después volvió a observar a Aurora.
—Me han dicho que fueron capturados por una orden de mi hermano.
Aurora soltó una pequeña risa, aunque no había humor en ella.
—Eso parece.
—¿Daniel los citó aquí?
—Un mensajero dijo que él necesitaba nuestra ayuda. Conocía detalles de nuestra misión que solamente alguien cercano al príncipe podía conocer.
Elizabeth frunció el ceño.
—¿Y después?
—Nos llevaron a una casa de descanso. Las puertas se cerraron y aparecieron los soldados.
Elizabeth guardó silencio.
—¿Daniel estaba allí?
Aurora negó.
—No.
Elizabeth miró hacia el documento que uno de los guardias sostenía.
—¿Y esta es la orden?
El soldado se la entregó.
Elizabeth observó la firma y el sello.
Su expresión se volvió seria.
—Esto parece auténtico.
Aurora cruzó los brazos.
—Entonces ya tienes la respuesta.
Elizabeth levantó la mirada.
—No necesariamente.
Aurora frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Mi hermano no acostumbra hacer algo así. Y menos después de haber viajado con ustedes hasta San Marcos.
Aurora permaneció callada.
—Lo conozco lo suficiente para defenderlo —añadió Elizabeth—. Pero necesito saber qué ocurrió realmente.
Aurora la observó con desconfianza.
—¿Por qué te importa?
Elizabeth tardó unos segundos en responder.
—Porque si alguien falsificó esta orden, significa que hay una persona dentro del palacio capaz de utilizar el nombre de mi hermano o cualquier miembro de la familia para manipularnos.
Aurora comenzó a comprender la gravedad de aquello.
Elizabeth se acercó un poco más a las rejas.
—No puedo prometerte que Daniel sea inocente. Pero tampoco creo que debamos aceptar esta orden sin investigar.
Aurora la miró fijamente.
Por primera vez desde que había sido capturada, alguien no le estaba pidiendo que confiara ciegamente.
Elizabeth simplemente estaba diciendo que quería descubrir la verdad.
Y eso, para Aurora, significaba algo.
—¿Qué piensas hacer? —preguntó.
Elizabeth miró hacia los guardias.
—Primero averiguar quién dio realmente la orden.
Luego bajó la voz.
—Y si descubro que alguien está mintiendo, no pienso quedarme de brazos cruzados.
Aurora no respondió.
Todavía no confiaba en Elizabeth.
Pero quizá acababa de encontrar una posible aliada.