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Renacida En El Abismo

Renacida En El Abismo

Status: En proceso
Genre:Romance / Posesivo / Romance oscuro
Popularitas:2.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Isabela Voss murió a los 27 años en su mundo original: una vida humana común, llena de rutinas, decepciones y un vacío que nunca pudo llenar. Trabajaba en una oficina, tenía pocas amistades y creía que el afecto o la conexión profunda eran cosas lejanas o imposibles. Murió en un accidente inesperado, sin saber que su destino no terminaba ahí: despertó en el Abismo, un reino profundo, eternamente oscuro, caótico y habitado por seres sobrenaturales que los humanos solo imaginan en sus peores pesadillas. Al llegar no tenía nada: ni ropa adecuada, ni fuerza, ni idea de dónde estaba. Solo su nombre, una mente clara y una voluntad de hierro que ni la muerte pudo romper. El dueño absoluto de ese territorio es Lucien Drakar, un príncipe demonio de sangre antigua, descendiente de la primera estirpe que habitó las profundidades. Antes de que Isabela apareciera, su vida era eterna, solitaria y sin propósito más que sobrevivir y dominar. Gobernaba con mano de hierro, destruía sin dudar a cualquier

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Capítulo 14: ¿Por qué yo y no otra?

El silencio se extendió entre nosotros, cálido y cargado de todo lo que habíamos dicho, con nuestras pieles aún pegadas, su corazón latiendo firme contra el mío. Había una pregunta que me había estado quemando la lengua desde el primer día, una duda que había crecido con cada mirada, cada palabra, cada muestra de amor y obsesión que él me había dado. Y ahora, con la intimidad que habíamos alcanzado, con la verdad desnuda entre los dos, sentí que por fin podía hacerla.

Me aparté un poco para mirarlo a los ojos, para ver bien su rostro iluminado por el fuego oscuro, para buscar en su mirada la respuesta que necesitaba.

—Lucien… —Empecé, bajito, con la voz todavía suave por la emoción—. Hay algo que siempre me he preguntado. Algo que no logro entender, por más que lo pienso.

Él levantó una mano y me acarició el cabello, apartándolo de mi frente, con esa ternura que ya era solo suya.

—Dime, pequeña mía. Lo que quieras. Te responderé todo.

Respiré hondo, reuní el valor y le pregunté, directa, con toda la sinceridad que sentía:

—¿Por qué yo? ¿Por qué yo y no otra?

Vi cómo sus ojos se abrieron un poco, cómo una sombra de sorpresa cruzó su mirada, seguida de inmediato por esa mezcla de amor y devoción que siempre tenía cuando me miraba.

—¿Por qué tú y no otra? —repitió despacio, saboreando las palabras, como si fueran algo hermoso, como si fuera la pregunta más dulce que le hubieran hecho nunca.

Asentí, y seguí hablando, dejando salir todo lo que había pensado tantas veces:

—Mira quién eres. Eres el Príncipe de las Sombras, el ser más poderoso de todo el Abismo, el que tiene todo lo que quiere, el que lleva tres mil años gobernando, viviendo, conociendo a todo tipo de criaturas. Aquí hay seres fuertes, hermosos, antiguos, con magia, con poderes, con historias grandes. Hay quienes han nacido aquí, quienes conocen tu mundo, quienes podrían estar a tu altura, quienes podrían ser dignas de ti… Y, sin embargo, me elegiste a mí. A una humana. A alguien que no tiene fuerza, ni magia, ni historia aquí. A alguien que cayó de la nada, que no sabe nada de tus leyes, ni de tu vida. Alguien que es frágil, pequeña, que se lastima solo con caminar…

Mis ojos se llenaron de lágrimas, no de tristeza, sino de confusión, de la sensación de que había algo que no encajaba, algo que yo no alcanzaba a ver.

—¿Por qué yo, Lucien? ¿Por qué yo y no otra? ¿Qué tengo yo que no tengan todas las demás?

Él no me respondió de inmediato. Se incorporó un poco, se sentó en la cama y me atrajo hacia sí, para que quedara entre sus piernas, apoyada contra su pecho, rodeada por sus brazos fuertes y seguros. Me sostuvo el rostro entre sus manos, me obligó a mirarlo fijamente, y en sus ojos vi una verdad tan profunda, tan absoluta, que me quitó el aliento.

—¿Por qué tú y no otra? —dijo, y su voz fue grave, suave, cargada de una emoción antigua—. Porque ninguna otra existe, Isabela. Para mí, desde el momento en que llegaste, no hay nadie más.

Hizo una pausa, acarició mis mejillas con los pulgares y empezó a hablar, despacio, claro, explicándome todo como si me estuviera contando el secreto más grande del universo:

—He vivido tres mil años, sí. He visto criaturas de todo tipo, he conocido bellezas que te harían dudar de lo que son los ojos, he estado rodeado de seres fuertes, poderosos, dignos de respeto. He tenido a quien he querido, he tomado lo que me ha apetecido, he tenido todo lo que se supone que alguien como yo puede desear. Pero te diré algo que nadie sabe, algo que ni siquiera mis consejeros más antiguos entienden: todo eso… todo eso no era nada.

Su mirada se volvió lejana un instante, como si mirara hacia atrás, hacia todos esos siglos de existencia que yo no conocía.

—Todas esas criaturas fuertes, hermosas, poderosas… eran como yo. Duras, frías, hechas de piedra y fuego, de orgullo y de poder. Todas pensaban igual, todas actuaban igual, todas querían lo mismo: dominio, fuerza, más poder. Ninguna me aportaba nada que yo no tuviera ya. Ninguna me enseñaba nada nuevo. Ninguna me hacía sentir nada que no fuera aburrimiento o indiferencia. Durante siglos, pensé que así era la vida: tener poder, gobernar, estar solo y seguir adelante, día tras día, siglo tras siglo, sin que nada cambiara, sin que nada importara de verdad.

Volvió a mirarme, y sus ojos brillaron con una intensidad que me desarmó.

—Y entonces caíste tú.

—Tú —repitió, con énfasis, con amor, con adoración—. Llegaste de un mundo que no conozco, de una vida que no entiendo, con esa fragilidad que para todos los demás es debilidad, pero que para mí es la cosa más maravillosa que existe. Llegaste sin saber nada, sin tener nada, sin poder defenderte con magia ni con fuerza… y, sin embargo, te enfrentaste a mí. Me miraste a los ojos sin miedo, me hablaste con verdad, me mostraste una forma de ser que yo nunca había visto.

Se inclinó más hacia mí, y sus palabras fueron un susurro íntimo, solo para mí:

—¿Qué tienes tú que no tengan las demás? Todo, Isabela. Lo tienes todo.

—Tú tienes luz —dijo, señalando mi pecho, justo sobre mi corazón—. No la luz del sol de tu mundo, sino la luz del alma. Tienes bondad, tienes sinceridad, tienes una forma de ver las cosas que me hace cuestionar todo lo que he creído durante siglos. Tienes valentía, esa valentía de la que te hablé, la de quien se rompe, pero sigue caminando, la de quien tiene miedo, pero sigue adelante. Tienes capacidad de amar, de sentir, de cuidar cosas pequeñas, de encontrar belleza donde yo solo veo oscuridad.

Me besó la frente, despacio, con devoción.

—Las demás son como yo. Son sombras. Son fuego. Son fuerza. Pero tú… tú eres lo contrario. Tú eres lo que me faltaba. Tú eres la pieza que faltaba para que todo tuviera sentido. ¿Por qué tú y no otra? Porque ninguna otra podía ser tú. Ninguna otra podía traerme lo que tú me traes. Ninguna otra podía llenar este vacío que tenía aquí, en el pecho, desde que nací.

—Y no es solo lo que eres —continuó, con una pasión creciente—. Es quien eres. Es Isabela Voss. Es tu nombre, tu historia, tu forma de hablar, tu forma de sonreír, tu forma de temblar cuando te toco, tu forma de quererme, aunque soy todo lo que deberías temer. Me enamoré de ti, pequeña mía. Me enamoré de tu esencia, de tu alma, de cada parte de ti. Y cuando uno se enamora así… no elige. No dice “quiero a una fuerte” o “quiero a una hermosa”. Simplemente sabe que quiere a esa persona. Que solo a esa persona. Que cualquier otra, por perfecta que parezca, no vale nada comparada con ella.

Tomó mis manos, las puso sobre su pecho, para que sintiera su corazón, para que entendiera que todo lo que decía era verdad absoluta.

—Podría haber mil mujeres, mil criaturas, mil seres perfectos ante mis puertas ahora mismo. Podrían tener fuerza, belleza, magia, todo lo que tú no tienes. Pero te aseguro, Isabela… que yo ni siquiera los miraría. Porque ya te tengo a ti. Y tú eres todo lo que siempre he buscado, aunque no lo sabía. Tú eres todo lo que necesito. Tú eres la única que me hace sentir vivo.

Sus ojos se llenaron de una ternura infinita, y sonrió, esa sonrisa que solo yo podía provocar en él.

—Así que no te preguntes más por qué tú y no otra. Porque la respuesta es sencilla, y eterna: porque eres tú. Porque eres mi luz en esta oscuridad. Porque eres mi alma gemela. Porque te amo. Y porque desde el momento en que caíste aquí, mi destino quedó atado al tuyo, y no hay fuerza en todo el universo que pueda cambiar eso.

Me abrazó con fuerza, pegándome a él, fundiéndome con su calor, con su fuerza, con todo lo que era suyo y ahora era mío. Y mientras lo escuchaba, mientras sentía sus palabras grabándose en mi mente y en mi corazón, entendí por fin.

No me había elegido por lo que tenía, ni por lo que podía darle. Me había elegido por lo que era. Porque yo era la única que podía completarlo, igual que él me completaba a mí. Porque en un mundo de sombras y fuego, yo era su luz. Y en mi vida, que antes había sido vacía, él era mi todo.

Las lágrimas que antes eran de confusión, ahora eran de felicidad, de certeza, de amor absoluto. Lo abracé fuerte, le devolví todo el calor, todo el amor, todo lo que me había dado.

—Gracias —susurré contra su pecho—. Gracias por elegirme. Gracias por quererme. Gracias por hacerme sentir que soy suficiente, que soy todo, que soy la única.

Lucien me apartó un poco para mirarme, y sus labios rozaron los míos con suavidad infinita.

—Tú eres más que suficiente, pequeña mía. Eres todo. Y siempre lo serás.

Y allí, en medio de la oscuridad y el fuego, entendí que la pregunta ya no tenía sentido. Porque para él, y para mí, ya no existía nadie más. Solo nosotros. Solo esto. Solo el amor que nos había unido, más fuerte que cualquier fuerza, más antiguo que cualquier tiempo, más grande que cualquier duda.

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