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LA ESPOSA SUSTITUTA DEL DON

LA ESPOSA SUSTITUTA DEL DON

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo / Amor prohibido
Popularitas:5.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Elara entregó su lealtad, su corazón y sus años más jóvenes a Marcos Moretti, el hombre que una vez juró protegerla. Pero cuando su hermanastra Mía encaprichó su vida entera —hasta el punto de usurpar su vestido de novia—, la crueldad de Marcos no conoció límites. Tras una brutal paliza ordenada por el hombre que amaba, Elara perdió en silencio al hijo que llevaba en el vientre y, con él, la última chispa de su amor. Lo único que quedó en su interior fue un frío y implacable deseo de venganza.

Un contrato de sangre. Una traición imperdonable. Y una venganza vestida de novia.

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 20

El despacho de la mansión Moretti se había convertido en mi propia celda de castigo. Las colillas de cigarro se acumulaban en los ceniceros de cristal como pequeños monumentos a la frustración, y el fondo de la botella de whisky escocés ya mostraba el reflejo distorsionado de mi rostro demacrado. Tenía las ojeras marcadas por noches de insomnio absoluto, la barba crecida y los nervios a flor de piel. Afuera, en los pasillos, los pasos histéricos y los gritos constantes de Mía reclamando vestidos nuevos, dinero y atención hacían que mi cabeza latiera con una intensidad dolorosa.

Pero Mía ya no me importaba. Su presencia, que antes justificaba cualquier cobardía y cualquier bajeza de mi parte, ahora me resultaba tan insoportable como el veneno. Lo único que habitaba en mis pensamientos fijos, como una obsesión enfermiza y macabra, era Elara.

Elara convertida en la legítima esposa del Don Alejandro. Elara sentada en el trono intocable del hombre más peligroso de los bajos fondos.

Tengo que recuperar lo que es mío, me repetía en la oscuridad del despacho, mientras la paranoia y el orgullo herido se devoraban mis entrañas. No podía aceptar que la mujer a la que había pisoteado, a la que mandé a golpear y a la que le arrebaté todo, se hubiera burlado de mí de una forma tan magistral, arrebatándome el norte, los contratos y el prestigio de un solo plumazo.

Decidí que ya había aguantado bastante la incertidumbre. Tomé mi teléfono encriptado y marqué directamente el número cifrado de uno de mis contactos de más alto rango dentro de los mandos intermedios del puerto del norte, un viejo subordinado que debía lealtad a los Moretti desde hacía más de una década.

La línea dio tres tonos largos antes de que contestaran al otro lado.

—¿Sí? —la voz de Vicente sonó tensa, casi temblorosa, como si estuviera hablando desde una zona de combate activa.

—Vicente, soy yo —le espeté con voz áspera, exigente, apoyando los nudillos sobre la caoba del escritorio—. Necesito que muevas tus influencias en la aduana y en el consejo de los capitanes del norte. Quiero revisar los anexos originales del contrato matrimonial de la alianza. Necesito saber qué cláusula legal utilizaron para saltarse la firma de los patriarcas y cómo demonios Elara terminó en el altar de Alejandro. ¡Examino cada registro y dime qué resquicio legal podemos explotar para anular ese matrimonio!

Del otro lado de la línea se hizo un silencio absoluto, tan pesado y prolongado que creí que la llamada se había cortado. Se escuchaba únicamente una respiración agitada y el sonido amortiguado de puertas cerrándose a lo lejos.

—Patrón... por favor, escúcheme bien y baje la voz —balbuceó Vicente con un hilo de terror palpable en las cuerdas vocales—. Está loco si cree que alguien en todo el norte se va a atrever a tocar esos archivos.

Fruncé el ceño, sintiendo que una rabia helada me recorría la espina dorsal.

—¿De qué estás hablando, maldita sea? ¡Soy Marcos Moretti! Los jefes de esa zona me deben favores de sangre desde la guerra de los cárteles del este. ¡Muévelo ahora mismo o aténtate a las consecuencias!

—¡Ya no hay favores que valgan, Marcos! ¡Despierta de una vez! —estalló Vicente al otro lado, perdiendo el miedo por la desesperación—. Hace veinticuatro horas mandé a mis hombres a revisar los registros del archivo central del puerto, y antes de que pudieramos abrir los archivadores, un comando de los ejecutores de Alejandro nos interceptó en medio la autopista. No nos mataron de milagro. El comandante a cargo me dejó un mensaje directo de parte del propio Don: "Cualquier miembro de los Moretti que ose pronunciar el nombre de la señora Elara o intente indagar en los términos de su contrato será ejecutado públicamente y colgado de los ganchos del matadero central".

El teléfono casi se me cae de las manos. El aire se me congeló en los pulmones.

—¿Una... una amenaza directa de Alejandro? —logré articular, con la voz rota por la incredulidad—. ¿Por una simple consulta de archivos?

—No es una consulta, patrón. Para el Don, Elara es intocable. Literalmente intocable. El Consejo Supremo ratificó su nombramiento con unanimidad absoluta hace pocas horas. Ella no solo es la esposa del capo; los informes de inteligencia de los muelles aseguran que Alejandro le ha otorgado el mando directo sobre las operaciones financieras de importación. Ella nos bloqueó las cuentas, congeló nuestras rutas de contrabando y tiene a su disposición un ejército privado listo para arrasar esta mansión si volvemos a mover un dedo en dirección al norte. Estamos acabados, Marcos. Nos han cortado las manos y los pies sin disparar una sola bala.

La línea se cortó con un tono seco y mecánico (bip, bip, bip).

Me quedé completamente inmóvil, con el auricular pegado a la oreja, mientras el mundo a mi alrededor parecía derrumbarse por completo. Las palabras de Vicente resonaban en mi cabeza como campanas de una catedral en ruinas. Nos han cortado las manos y los pies.

Dejé caer el teléfono sobre el escritorio con un golpe sordo. Mis rodillas flaquearon y me dejé caer pesadamente sobre la silla de cuero, sintiendo que el pecho me quemaba con una mezcla de humillación, rabia impotente y algo mucho más oscuro y doloroso que llevaba días intentando ahogar: el arrepentimiento.

Por primera vez desde que Mía había cruzado las puertas de nuestra casa hacía tres años, el velo de la arrogancia y la ceguera se desprendió de mis ojos.

Recordé el rostro de Elara cuando la vi por última vez en el taller de costura, sosteniendo los trozos de su vestido destruido; la frialdad absoluta con la que me miró antes de darme aquella bofetada que aún me ardía en la mejilla; la dignidad indestructible con la que soportó cada uno de mis desplantes, cada una de mis injusticias para defender a Mía, y sobre todo, la brutalidad de la paliza que mandé a ejecutar en la oscuridad de ese callejón, un error imperdonable que le había arrancado de las entrañas el hijo que llevaba sin saberlo.

Yo la empujé hacia los brazos del diablo, pensé con una náusea profunda que me revolvió el estómago. Yo destruí a la única mujer que me amó de verdad, la única que habría dado su vida por sostenerme en la cima, por cambiar de miseria este imperio.

La imagen de Elara sonriendo junto a Don Alejandro, enfundada en su elegancia letal, luciendo la corona que yo fui demasiado estúpido para valorar, me apuñaló el cerebro como un cuchillo caliente. Ella no se había ido por cobardía; había calculado cada movimiento, había soportado mi desprecio y se había entregado a mí en nuestra última noche con una pasión febril solo para despedirse del hombre al que ya había condenado a la muerte civil.

—Te perdí... Te perdí por completo —susurré para mí mismo en la oscuridad del despacho, mientras las lágrimas de una furia inútil y desesperada comenzaban a quemar mis ojos por primera vez en años.

* * * Mientras tanto, a muchos kilómetros de distancia, en la opulencia sombría y blindada de la fortaleza del norte, la realidad era muy diferente.

Las pesadas cortinas de la alcoba principal bloqueaban la luz del mediodía, dejando que solo algunos haces dorados iluminaran las sábanas de seda donde mi cuerpo desnudo descansaba contra el pecho firme y musculoso de Alejandro. Mis dedos trazaban perezosamente los contornos de los tatuajes en su piel, sintiendo el calor sólido y reconfortante de un hombre que no me exigía sumisión, sino que me entregaba un imperio entero como herramienta para mi venganza.

Alejandro se movió, atrapando mi mano entre sus dedos grandes y ásperos para besar los nudillos con una devoción feroz que contrastaba con su reputación de asesino despiadado en el bajo mundo.

—Tus hombres en los muelles acaban de reportar que el mensaje llegó a su destino, mi reina —murmuró su voz ronca y profunda contra mi hombro, con una sonrisa perversa dibujada en los labios—. Me dicen que Marcos ha pasado las últimas horas encerrado en su despacho, al borde del colapso total, sabiendo que ya no tiene a dónde huir.

Me incorporé ligeramente sobre el codo, mirando hacia los ventanales blindados que daban al inmenso bosque exterior, sintiendo una satisfacción helada y perfecta expandirse por fin en mi pecho. Las cicatrices del pasado seguían ahí, recordándome el dolor de la pérdida, pero el fuego de la justicia propia ya había comenzado a purificarlo todo.

—Déjalo que sufra en su miseria, Alejandro —le respondí con una sonrisa fría y felina, volviéndome hacia él para atrapar sus labios en un beso hambriento que prometía más tormentas—. Esto apenas es el principio del fin para los Moretti.

Alejandro soltó un gruñido gutural de aprobación, volviendo a rodear mi cintura con sus brazos de hierro para derribarme de nuevo sobre las sábanas, sellando nuestro pacto en medio de una pasión inquebrantable, mientras afuera el imperio de mi ex esposo se desmoronaba hasta convertirse en polvo.

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