⚠️ Advertencia: Esta no es una historia de amor tradicional. Aquí no hay príncipes azules, ni finales color de rosa, ni relaciones sanas.
Si buscas un romance tranquilo, este libro no es para ti. Pero si te encantan las historias llenas de tensión palpable, celos enfermizos, orgullo inquebrantable, peleas verbales que queman y una química tan intensa que duele, bienvenida al caos.
Dicen que de los amores sanos se escriben libros bonitos, pero de los tóxicos, adictivos y destructivos nacen las mejores tragedias.
Liam Black y Zoé Miller tienen un acuerdo tácito: mantenerse a kilómetros de distancia. Separados son una bomba de tiempo a punto de estallar, dos almas intentando fingir que el otro ya no importa. Pero juntos... juntos son un campo de minas.
Se odian con la misma intensidad con la que se necesitan. Cada reencuentro es una guerra de orgullo, reproches y miradas que queman, terminando siempre en el mismo abismo del que juraron escapar.
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Donde duele la memoria
El zumbido del despertador a las siete de la mañana se sintió como un martillazo directo en la base del cráneo. Me quedé mirando el techo blanco de mi habitación, con los ojos secos y la garganta áspera, sintiendo el cuerpo como si me hubiera atropellado un camión.
Han pasado dos semanas desde aquella tarde en el recibidor. Dos semanas desde el momento exacto en que la realidad dejó de ser una advertencia lejana para convertirse en una losa de plomo aplastándome el pecho.
Cerré los ojos un segundo, y de inmediato la imagen me apuñaló por dentro con la fuerza de un *flashback* ineludible:
*El eco de nuestras respiraciones pesadas rebotando en las paredes, la textura fría de la madera contra mis omóplatos, el calor abrasador de sus manos marcando mis caderas y su toque posesivo, pesado, deteniéndose justo en mi vientre plano. Recuerdo el pánico agrio subiéndome por la garganta, la humillación ardiendo en mis mejillas al entender que me había entregado al único hombre al que juré odiar, usando mi propio cuerpo como una vía de escape contra la condena que llevábamos dentro.*
*Y entonces, el colapso.*
*Me acuerdo de haberme zafado de su agarre con un empujón desesperado, temblando de pies a cabeza, con las lágrimas de rabia acumuladas en los ojos mientras le escupía el veneno más puro que encontré en mi cabeza.*
-*Eres un maldito error, Liam... -le había gritado con la voz quebrada, señalando con asco el espacio entre los dos, temblando de una furia ciega y descontrolada-. ¡Todo esto es una porquería! ¡Te odio, odio al maldito crío que nos obligó a esto y te juro que te odio a ti por tocarme! ¡Ojalá nada de esto hubiera pasado!*
*Liam se había quedado congelado a mitad de la sala. No gritó, no replicó con una burla cínica como solía hacerlo. Simplemente vi cómo el color se le escapaba del rostro, cómo sus hombros se tensaban y cómo en su mirada oscura se clavaba una fractura fría, un rechazo sordo y silencioso ante la certeza de que yo acababa de rechazar no solo el lazo que nos unía, sino la vida misma que crecía dentro de mí.*
Abrí los ojos de golpe en la actualidad, con el corazón galopándome en las costillas y una bocanada de aire atorado en el pecho. Me senté en la cama, abrazándome las rodillas mientras el peso de mis propias palabras me devolvía el golpe. Sabía perfectamente que lo había destruido un poco con aquello, marcando una línea de no retorno. Pero el miedo a estar atada a un abismo del que ya no podía escapar dolía mucho más que cualquier remordimiento.
Me quedé sentada en la orilla de la cama, con las sábanas enredadas en los tobillos y las manos frías temblando sobre mis rodillas, mientras el eco de aquel día seguía taladrándome la cabeza.
La verdad, una verdad sucia y vergonzosa que jamás me atrevería a confesarle en voz alta, es que cada una de las palabras hirientes que le había arrojado a la cara aquella tarde había sido una mentira podrida nacida del pánico más absoluto. No lo odiaba. O al menos, ya no de la forma en que necesitaba hacerlo para protegerme. Y lo peor, lo que me carcomía las entrañas en las madrugadas cuando la casa estaba en completo silencio, era saber que había atacado justo donde más sabía que le dolía: en su vínculo con esa vida que venía en camino.
Yo no odiaba al crío. Me aterraba ser una pésima madre, me aterraba perder el control de mi propia vida, y sobre todo, me aterraba la forma en que Liam ya formaba parte inevitable de este desastre.
Cuando le grité que ojalá nada de aquello hubiera pasado, lo hice porque mi cerebro no soportaba la idea de estar tan expuesta, tan jodidamente vulnerable ante un tipo que sabía exactamente cómo desarmarme con un roce. Pero recordarlo a él, de pie en medio de la sala con los puños apretados y los ojos vacíos tras escuchar mi veneno, me revolvió el estómago con una culpa agria y pesada. No merecía esa mirada. Ninguno de los dos merecía este callejón sin salida.
Solté un suspiro tembloroso, pasándome las manos por la cara, sintiendo las lágrimas calientes de frustración humedeciéndome las palmas. Las sábanas olían vagamente a su sudor y a su colonia, un recordatorio físico de que, por mucho que intentara levantar muros a base de insultos y desplantes, ya estábamos irremediablemente jodidos y atados a la misma cuerda floja.
Tres golpes secos en la puerta de mi habitación rompieron el hilo de mis pensamientos atormentados, haciéndome dar un salto en la cama. Antes de que pudiera articular una sola palabra para pedir que me dejaran en paz, la puerta se abrió con suavidad.
-Zoé, mi amor, ya es hora -la voz de mi madre se filtró desde el umbral, acompañada por el sonido de sus pasos decididos sobre el piso-. Date prisa o vamos a perder la cita con el obstetra. Tienes que estar lista.
Fruncí el ceño, desconcertada y con el corazón todavía acelerado por el remordimiento de mis propios recuerdos. Me giré hacia ella, viéndola entrar con un bolso mediano colgado del hombro y una expresión que mezclaba la firmeza maternal con una extraña pizca de complicidad contenida.
-¿De qué hablas? Yo no le dije a nadie que hoy tenía control, mamá -repliqué con la voz roncada por el sueño y la defensiva a flor de piel, pasándome las manos por el cabello revuelto.
Mi madre se detuvo a los pies de la cama, cruzándose de brazos mientras me dedicaba una mirada que lo decía todo.
-Pues alguien muy interesado en que no faltes se tomó la molestia de avisarme anoche -respondió ella con una media sonrisa inevitable, negando levemente con la cabeza-. Liam vino a hablar conmigo antes de anochecer. Me pidió el favor directo, sin rodeos, diciendo que como tú estabas imposible y necia con el tema médico, lo mejor era que yo te acompañara hoy para asegurarme de que no te escaparas por la ventana.
Un calor repentino me subió por las mejillas, una mezcla violenta de vergüenza, ira y un retorcimiento inexplicable en el pecho. ¿Liam había tenido la audacia de ir a hablar con mi madre a espaldas mías? ¿Después de la manera tan cruel en que lo había corrido de la casa y de las cosas horribles que le había vomitado en la cara?
-Ese imbécil... -mascullé entre dientes, apretando las sábanas con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos-. ¿Qué diablos se cree? ¿Por qué tiene que meterse en lo que hago o dejo de hacer?
-Se cree lo que es, Zoé: el padre de la criatura que llevas dentro, te guste o no -me cortó mi madre con tono severo, aunque sus ojos suavizaron un poco la reprimenda al ver el temblor en mis manos-. Y la verdad, más te vale agradecer que alguien está pendiente, porque con el humor de los mil demonios que cargas desde hace semanas, lo último que necesitas es estar sola en esto. Ahora, levántate de esa cama, lávate la cara y ponte algo cómodo. El taxi ya casi llega abajo.
Se dio media vuelta y salió de la habitación con la misma elegancia con la que había entrado, dejándome con la palabra en la boca y el orgullo hecho pedazos. Me quedé mirandola puerta cerrada, sintiendo que la rabia volvía a hervirme en la sangre, pero esta vez, muy muy en el fondo, sepultada bajo capas de terquedad, un pinchazo punzante de culpa me recordó el rostro de Liam cuando le dije que lo odiaba.
Me quedé inmóvil en la orilla de la cama durante un par de minutos largos, dejando que el regaño de mi madre se disipara en el silencio de la habitación. El aire se sentía pesado, cargado de una tensión invisible que me apretaba el pecho. Al final, vencida por el peso de la rutina y la culpa que me carcomía, me arrastré fuera de las sábanas y caminé hacia el baño como si caminara hacia el patíbulo.
El reflejo en el espejo del baño era un poema al desastre: ojeras oscuras marcadas por las noches de insomnio, el cabello hecho un nido de pájaro y los ojos hinchados de tanto rumiar mis propios pensamientos. Me lavé la cara con agua helada, intentando espantar el remordimiento que me quemaba por dentro.
¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué cada vez que Liam intentaba acercarse, cada vez que demostraba que le importaba, mi instinto más visceral era morderle la mano?
Me cambié con pereza, optando por unos leggings negros anchos y una sudadera gris demasiado grande que disimulaba cualquier rastro de mi cuerpo, como si esconderme en la ropa pudiera hacer desaparecer la realidad. Cuando salí de la habitación y bajé las escaleras, el aroma a café recién hecho de mi mamá flotaba en la cocina, pero apenas crucé el umbral, el timbre de la puerta principal sonó en el piso bajo.
Mi corazón dio un vuelco idiota, directo a la garganta.
-Debe ser el taxi -dijo mi madre desde la cocina, asomándose con un repasador en las manos-. Oye, abre tú, por favor, que tengo las manos mojadas.
Caminé por el pasillo con los pasos lentos, arrastrando los pies con fastidio, convencida de que encontraría al conductor del servicio de transporte esperando en la acera. Giré la manija y abrí la puerta de golpe, dispuesta a salir despotricando.
Pero no era un taxista.
Liam estaba de pie en el porche, con las manos metidas en los bolsillos de su cazadora oscura y la mirada fija en el suelo. Al escuchar el crujido de la puerta, levantó la vista. Tenía los ojos cansados, la mandíbula tensa y una rigidez en los hombros que delataba que había estado dando vueltas por ahí desde mucho antes de que amaneciera.
Nos quedamos en silencio, mirándonos a través del umbral. El eco de mis palabras de hacía dos semanas -*"te odio, odio al maldito crío"*- flotó invisible entre los dos, una barrera invisible y pesada.
-¿Qué haces aquí? -logré decir, con la voz más fría y cortante de lo que en realidad sentía, aunque mis manos temblaban ligeramente a los costados de mi cuerpo-. Te dije que te largaras. Mi mamá está adentro.
Liam endureció aún más la mandíbula, pero dio un paso al frente, invadiendo mi espacio con esa presencia abrumadora que siempre lograba descolocarme.
-No vine a verte a ti, Zoé -respondió él, con la voz baja, ronca y cargada de una tensión contenida que me golpeó directo en el pecho-. Vine a asegurarme de que mi hijo llegue a su cita médica.