Cinco años de matrimonio empañados por la distancia y un embarazo fallido llevan a Victor y Victoria al inevitable divorcio. El acuerdo es pacífico y la separación, inminente. Cada uno toma su propio camino; sin embargo, no pasa mucho tiempo antes de que el frío y reservado Victor Song descubra que desatarse del pasado es imposible cuando la mujer que dejó ir sigue siendo la única que desea.
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El Día Que Casi Pierdo La Vida
La llegada a casa no me resultó el alivio prometido de Leo. Las manos me temblaban y el corazón se me agitaba furioso, como si supiera que estaba a punto de romperse. El atardecer, ya muriéndose, tampoco me consoló, al contrario, solo me dejó en claro que el tormento de mi vida se acercaba poco a poco.
Detuve el auto en el lugar de siempre, tratando de engañar a mi propio cerebro para que creyera que se trataba de un día común y corriente. Me acomodé la corbata y me sacudí la mancha de tinta en un fallido intento de limpieza mediocre. Caminé hasta el interior de la casa, y las primeras señales de histeria se presentaron frente a mí, cuando mi primer impulso fue buscar la presencia de la señora de la casa, que afortunadamente encontré porque el ruido de su radio llegó hasta mi posición.
Mis piernas se movieron en automático hacia mi propia habitación. Cambié mi ropa por una más cómoda y limpia que me permitiera hundirme en mi propia miseria sin la sensación aplastante de la tinta azul encima de mí.
Los oídos comenzaron a dolerme, la rigidez tensa me había adolorido cada músculo del cuerpo bajo la preocupación constante de saber que Victoria seguía aquí. Y es que no podía esconder el anhelo de querer verla, necesitaba asegurarme de que sus malditos ojos no tuvieran ese estúpido brillo resplandeciente que tenía todo idiota enamoradizo que tenía los cinco sentidos atropellados.
Porque si sí lo había, entonces me iba a morir… aquí mismo.
Suspiré con el dolor en los pulmones. Me armé con el gran valor que pude recopilar, y salí de mi cueva, listo para enfrentarla, o al menos, para encontrarla bajo una excusa barata que me permitiera mirarla antes del caos.
Pero me arrepentí en cuanto atravesé el vestíbulo, pues ella estaba ahí.
Y me quedé sin aliento.
Se había cambiado la ropa de la mañana y ahora llevaba un vestido negro de satén que se ceñía fielmente a su figura como una segunda piel. Sus hombros estaban descubiertos y llevaba el cabello recogido en un moño elegante que dejaba a la vista su elegante perfil de diosa. Estaba tratando de colocarse el par faltante de sus pendientes, luchando probablemente debido a los nervios, sin darse cuenta de que yo me estaba quemando en los míos.
—¿Ya vas a irte? —pregunté con mi voz inesperadamente ronca.
—Sí, el lugar de encuentro está un poco lejos y no puedo darme el lujo de llegar tarde.
Mis puños se cerraron con fuerza, lejos de su vista. Mi pecho se oprimió doloroso, a punto de marchitarse. Aun así, me acerqué a ella antes de que mis instintos de idiotez me ganaran la batalla, y también, para dar un poco de lucha por su atención.
—Te ayudaré —ofrecí, tendiendo la mano sana hacia la joya.
La vi tensarse, mas no se alejó. Mis dedos, aun con la venda blanca rodeándolos, rozaron el lóbulo de su oreja. Sentí la calidez y suavidad de su piel, y por un momento, todo mi jodido mundo se detuvo. Mi pulso tembló apenas con ligereza, mientras cerraba el broche. Estaba más cerca de lo que solía estar, y el aroma a flores me impactó el olfato como nunca antes lo hizo. Casi como si también estuviera dispuesto a destrozarme.
—Gracias —susurró, alejándose un paso tan pronto como terminé.
Sus ojos castaños impactaron con los míos, dejándome con la lengua aturdida. Descubrí un brillo extraño en ellos, uno que no había visto jamás. La ternura de su puchero natural me sometió en mi tormento y la idea del secuestro lució tremendamente seductora en mi cabeza.
Es que no quiero perderte. Perdón.
—Victoria…
Mis palabras murieron al apenas salir. Un claxon sonó afuera y Victoria parpadeó, acomodándose el bolso antes de buscar colocarse los zapatos para salir a toda prisa.
Le seguí por instinto, sintiendo que el pecho se me desgarraba con el alma. El chófer del auto la saludó amablemente y le indicó el asiento trasero, con la puerta abierta para ella. Sus acciones tropezaron de pronto y se detuvo, girándose hacia mí con un gesto que no pude descifrar en lo absoluto.
—Duerme temprano, mañana tienes que trabajar —instruyó.
Terminó de entrar y la puerta se cerró con un eco sordo que me dejó sin fuerzas ni ganas de seguir respirando. El auto arrancó y poco a poco, se fue perdiendo en el tráfico de la noche venidera, alejándose de mí con la facilidad que me destruyó ante su falta de tacto, incluso si realmente nunca lo hubo.
Me quedé ahí un rato. Mi silencio era total, y mi esperanza se fue desvaneciendo ante la estúpida idea de verla volver. Aunque bien sabía que no lo haría.
Me resigné a la pérdida e ingresé de nuevo a la casa, directo a la cocina. Tomé el vaso más grande y la botella de whisky apartada en la alacena. El trago fue crudo, sin hielo, para sentir que me quemaba la sensación y todavía no me había muerto como ya lo empezaba a sentir.
Me serví un nuevo trago y arrastré los pies hasta la oscuridad de la sala de estar. Apenas un murmullo de luz se asomaba por la ventana, como si estuviera cuidándome de cometer cualquier idiotez.
La imaginación era mil veces peor que aceptar la derrota. De solo pensar que iba a un hotel con ese vestido, las venas se me hinchaban y la ira se me inyectaba hasta los ojos. No necesitaba de ser un jodido genio para entender el propósito de una cena en el restaurante de un puto hotel.
Tenía claro que ninguno tenía sentimientos por el otro. Victoria buscaba un guardián, y John solo estaba en busca de redimirse con alguien que no lo necesitaba.
De cualquier modo, el tormento continuó siendo mi única verdadera compañera. Una que gozó de hacerme agonizar entre recuerdos del pasado que yo anhelaba olvidar.
Porque el maldito viaje a Tokio había sido un estúpido pretexto para ocultar mi cobardía. Uno que, más temprano que tarde, terminó volviéndose mi propia tortura.
A pesar de todo, el reloj continuó avanzando sin misericordia.
Las siete, las ocho, las nueve, las diez, las once… Mi botella empezaba a vaciarse, aunque bebiera de traguito en traguito. El ardor de estos se sintió tan insípido al paso de los minutos, ignorando el propósito principal de mi intención al haberlo tomado.
La penumbra se tornaba cada vez más terrorífica, pero no lo suficiente como para distraerme del verdadero problema.
Fue hasta que el reloj marcó la una de la mañana, cuando por fin se escuchó la existencia de otras personas en el exterior. Me puse de pie por instinto, pero me quedé en mi sitio para evitar problemas.
La puerta principal se abrió con cuidado y Victoria entró a la par. Estaba normal en su totalidad, igual que cuando se marchó. Había un rastro de rubor en sus mejillas que evidenciaron su embriaguez, pero el suspiro siguiente de alguna manera me alertó.
Me asomé por la ventana y logré ver que había sido traída por un taxista. El rastro de mi hermano no existía y el corazón dejó de palpitar doloroso, aunque todavía podía sentir el pellizco de la incomodidad. Pero venía sola.
Estaba realmente sola.
—Victoria —saludé moviéndome de las sombras.
La vi dar un respingo que la llevó a tocarse el pecho. Maldijo en voz baja y luego me miró con la serenidad de siempre, sin rasgos de haber cruzado la línea que yo mismo imaginé.
—¿Qué haces despierto? —indagó, quitándose los zapatos, luego se acercó a mí, con el rostro demasiado cercano—. ¿Estuviste bebiendo?
—Solo un poco —prometí—. ¿Te fue bien?
La ayudé a quitarse el abrigo que llevaba, tomándola por sorpresa, pero aprovechando el gesto para analizarle el cuello. El estómago me dolió de puro alivio y casi me sentí llorando en el suelo cuando noté que incluso su aroma estaba siendo mucho más prominente que otro.
—Uh, me fue bien —sonrió, tomándome el antebrazo—. Vamos a la cocina.
Dejé el abrigo en el mueble de la entrada y caminé a su lado, cuidando de sus pasos como si ella no estuviera más sobria que yo. Apenas llegamos, Victoria encendió la luz y caminó directo a la nevera, sacando un tupper y un par de platos hondos. En silencio vació la sopa y las puso en el microondas, comenzando a acomodar un par de cucharas y servilletas en la barra.
—Johnny me ayudó a cerrar un trato con un accionista extranjero bastante complicado —mencionó de pronto, sin la voz perturbada, solo como si compartiera una gran noticia a alguien cercano.
Y a pesar de ello, no pude evitar sentirme frustrado y envidioso, pues yo siempre había sido su traductor oficial.
—Los accionistas aún están un poco reacios a la idea de que me dejes a mí la administración de la empresa, pero con esto puedo asegurarles que lo haré bien —continuó, dejando los platos frente a nosotros—. Come la sopa, ninguno de los dos queremos una cruda dolorosa para más tarde —alentó.
—Gracias —hablé por fin con la cuchara en la mano.
Victoria me sonrió y comenzó a probar su propio plato. La marea de reprimiendas comenzó a llegar de bofetada a bofetada, una cada vez más humillante que la otra.
Mis celos habían permitido que desconfiara de ella, y mi seguridad se tambaleó tanto cuando recordé lo que pasaría mañana. Quizás un aviso lo solucionaría todo; sin embargo, ninguna palabra logró salir de mi garganta. Me estaba autosaboteando y todo empeoraba cuando lanzaba un vistazo entre momentos.
—La próxima vez puedo ayudarte —escupí de pronto, llamando su atención—. Quiero decir, la gestión estuvo en mis manos, así que creo que las broncas pueden ser menos batallosas si me entrometo un poco —expliqué.
Sus ojos apenas se abrieron un poco, pero un segundo después se relajaron y se cerraron tiernos a la par de su sonrisa. En ese instante, mi único pensamiento fue suficiente y llegué a la conclusión de que si ella me lo pidiera ahora mismo, yo sin rechistar me lanzaría del último piso de la torre más alta.
Estaba cada vez más perdido por ella y ya no me estaba interesando gritarlo a los cuatro vientos.