NovelToon NovelToon
Siento lo que sientes

Siento lo que sientes

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Romance de oficina / Completas
Popularitas:9k
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

**Valentina Reyes nunca pidió este trabajo.**

Un día, una oferta misteriosa aparece en su correo. Al siguiente, está parada en el elevador VIP de Grupo Austral, frente al hombre más intimidante que ha visto en su vida: Santiago Montero, el CEO que nadie se atreve a mirar a los ojos.

Sus dedos se rozan en el botón del piso 25. Una chispa de estática. Un chasquido visible.

Y desde ese momento, Santiago empieza a sentir todo lo que ella siente.

Su ansiedad. Su hambre. Su rabia contra el jefe explotador. Sus ganas de llorar viendo telenovelas a medianoche. Y algo peor: los latidos desbocados de su corazón cada vez que él se acerca demasiado.

El problema es que Santiago Montero no ha sentido absolutamente nada —ni miedo, ni alegría, ni tristeza— desde que tenía doce años.

Ahora, atrapado en las emociones de una chica que lo saca de quicio, Santiago tiene dos opciones: encontrar la forma de romper el vínculo... o admitir que, por primera vez en veinte años, no quiere dejar de sentir.

**Ella le devolvió el color a un mundo en blanco y negro. Pero, ¿qué pasa cuando él descubre que también puede sentir por cuenta propia?**

NovelToon tiene autorización de Angel_fr_Hell para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Cap 14: La visita de messTO

El lunes a las diez de la mañana, Valentina llegó a la oficina de Santiago con un americano negro sin azúcar en la mano derecha y un horchata latte en la izquierda. Había establecido esta rutina sin que nadie se lo pidiera —tres días bastaron para memorizar que Santiago tomaba su primer café a las 9:50, que la temperatura tenía que ser exacta, y que si el vaso llegaba con el nombre mal escrito, él no lo mencionaba pero sí miraba la etiqueta con una intensidad que sugería que "Santago" le causaba un dolor silencioso.

Empujó la puerta con el codo. Se detuvo.

Alguien estaba en el sofá.

Una mujer. Cabello castaño oscuro cayendo en ondas sobre los hombros. Vestido blanco ceñido, tacones altos que debían medir al menos diez centímetros, maquillaje perfecto: contorno de revista, labios rojos, cejas que parecían dibujadas con regla. Tenía las piernas cruzadas y una carpeta de cuero sobre el regazo, y su postura en el sofá de Santiago era la de alguien que se ha sentado ahí muchas veces.

—Santiago, sabes que solo confío en ti para mis campañas —estaba diciendo, con una voz que combinaba calidez profesional y algo más, algo que tenía demasiadas curvas para ser solamente trabajo.

Santiago, detrás de su escritorio, asintió con la misma expresión que dedicaba a todos los interlocutores: atención completa, cero temperatura.

—Isabela, el equipo creativo presentará tres propuestas la próxima semana. Te enviaremos las opciones.

Isabela Dumont. Valentina reconoció el nombre del organigrama que Emilio le había mandado: directora creativa de messTO, una de las cuentas más grandes de Grupo Austral. Publicidad de moda, cosméticos, lifestyle. El tipo de cliente que podía hacer o deshacer un trimestre entero con una sola llamada.

Valentina miró a Isabela. Isabela no la miró a ella. Era como observar una especie diferente: todo en esa mujer estaba calibrado para ocupar espacio —la postura, la voz, la forma en que sus manos se movían al hablar como si dirigieran una orquesta invisible. Valentina se sintió, por contraste, como una mancha en el cristal.

Santiago la vio en la puerta.

—Mi asistente, Valentina —dijo, sin cambiar el tono.

Isabela giró la cabeza. Miró a Valentina de arriba abajo en menos de un segundo —los zapatos baratos, la blusa sin marca, el horchata latte con un corazón dibujado en la espuma—, y volvió a mirar a Santiago.

—Ah, nueva.

Dos sílabas que contenían una evaluación completa: no eres amenaza, no eres interesante, no eres relevante. Valentina apretó los vasos y caminó hasta el escritorio de Santiago para dejar el americano. Sus dedos temblaron al soltar el vaso. Isabela no lo notó. Santiago sí.

---

La reunión se trasladó a la sala de juntas. Santiago y los dos vicepresidentes de messTO —un hombre de lentes gruesos y una mujer con pulseras que tintineaban cada vez que movía las manos— desaparecieron detrás de la puerta de cristal. Isabela los siguió con un movimiento de cadera que parecía ensayado pero probablemente era natural.

Valentina se quedó en el área de espera.

Los dos vicepresidentes habían dejado a sus asistentes afuera también —dos tipos jóvenes con laptops que parecían no tener más de veinticinco años. Uno de ellos se acercó a Valentina.

—Oye, ¿tienes mucho aquí?

—Una semana.

—¿Y qué tal el ambiente? ¿Santiago es tan intenso como dicen?

Valentina no supo qué responder. "Intenso" no describía a Santiago. Santiago era como el clima en un búnker: constante, predecible, sin variaciones. Lo contrario de intenso.

—Es... profesional —dijo.

El otro asistente se unió a la conversación. La charla parecía inocente, pero las preguntas empezaron a desviarse:

—¿Has visto contratos de Lumière por ahí?

—¿Santiago ha tenido juntas con gente de Lumière últimamente?

—¿Sabes si están considerando cambiar de agencia para alguna cuenta?

La sonrisa de Valentina se congeló. No sabía nada sobre Lumière. No sabía qué era Lumière. Pero la forma en que las preguntas se amontonaban —casuales, oblicuas, como alguien metiendo la mano en tu bolsa mientras te distrae con una sonrisa— le activó una alarma en el estómago.

"Me están sacando información."

La smartband vibró. 114 lpm. Subiendo.

A cinco metros de distancia, detrás de la puerta de cristal, Santiago frunció el ceño en medio de una frase sobre métricas de engagement. La presión en su pecho se había encendido de golpe —no la suya, la de ella. Miedo. No el miedo difuso de la ansiedad social. Un miedo con forma, con dirección, como si alguien la estuviera acorralando.

Santiago se puso de pie.

—Disculpen un segundo —dijo, con el tono de alguien que no pide permiso sino que lo anuncia.

Salió al pasillo. Valentina estaba sentada entre los dos asistentes con la cara pálida y los nudillos blancos alrededor de su vaso de horchata.

—Valentina, ve por los documentos que te envié —dijo Santiago. Su voz era plana. No la miró a los ojos. Pero las tres palabras "ve por los" le sonaron a Valentina como "sal de ahí."

—Sí, señor.

Se levantó. Sus piernas funcionaban. Caminó. Los asistentes se miraron entre ellos. Santiago los miró a ellos. No dijo nada —no hacía falta. La mandíbula apretada y los ojos fijos decían suficiente.

Volvió a la sala de juntas.

---

La reunión terminó a las 12:15. Isabela salió última, ajustándose el bolso sobre el hombro. Al pasar frente al escritorio de Valentina, se detuvo un instante.

—Eres muy protector con esa asistente —le dijo a Santiago, que caminaba detrás de ella.

Santiago no respondió. Isabela sonrió —una sonrisa estrecha, calculada— y siguió caminando hacia el elevador. Los tacones hacían un clic-clic decisivo contra el mármol.

Valentina la vio alejarse. Algo en la forma en que Isabela ocupaba el espacio —como si el mundo fuera una pasarela diseñada para ella— le produjo una mezcla de admiración y algo más oscuro que no quiso examinar.

Santiago volvió a su oficina. Se sentó. Abrió la laptop.

—¿Qué te preguntaron? —dijo, sin mirarla.

—Querían saber sobre Lumière. Si usted tenía reuniones con ellos. Si había contratos. —Valentina se pasó las manos por los brazos, como si el recuerdo le diera frío—. No fui grosera. Pero me sentí... acorralada. Como cuando en la calle alguien se te acerca a venderte algo y no puedes decir que no sin sentirte mala persona.

Santiago cerró la laptop. Su mandíbula se apretó —un movimiento mínimo que Valentina ya sabía leer: estaba procesando algo que le molestaba.

—¿Qué les dijiste?

—Nada. No sé nada. Y aunque supiera, no habría dicho nada.

—Bien. —Pausa—. Si alguien vuelve a hacerte ese tipo de preguntas, me lo dices inmediatamente. No importa quién sea.

Valentina asintió. Luego, porque la curiosidad le ganó al miedo:

—¿Cómo supo que estaba... incómoda? Estaba en la otra sala.

Santiago la miró un momento.

—Porque lo sentí —dijo, como si fuera la cosa más obvia del mundo.

Y volvió a abrir la laptop.

En el vestíbulo de Torre Austral, Isabela esperaba el coche con los brazos cruzados. Los dos vicepresidentes estaban a su lado, revisando sus teléfonos. Isabela miró hacia el techo, donde las cámaras de seguridad parpadeaban con su luz roja.

—Una mosca muerta —dijo, en voz baja, con los labios rojos curvados en un arco que no era sonrisa—. Tiene pésimo gusto.

Los vicepresidentes rieron. Incómodos, serviles, pero rieron. Isabela no los necesitaba de acuerdo. Solo necesitaba que la escucharan.

1
Lau
interesante 🤭 comenzando
Graciela Pinto Caetano
esperaba otro final!!!
Tere Bru
novela tan larga ,para un final así !! desilusión total 😔
Milo Mosquera
Muy linda.
Milo Mosquera
😍😍😍😍
Stella Vega
??? Y ???
Stella Vega
????Y ??
engerling marrugo arroyo
😭 y el final 😭😭
Viviana Gonzalez
Estimada Escritora, muchas gracias, por una historia Fascinante, Extraordinario, me encantó pero siento que faltaron los besos, más vida de ellos como pareja,
Is Cantil
Jajaja pobre, no sabe porque comió ese taquito 🤣🤣
Karen Bel
que paso aquí? así termina 😢
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play