¿Qué harías si la persona que te salvó de la tormenta fuera el verdadero peligro?
Para Leyla, el mundo siempre ha tenido reglas claras y predecibles. Sin embargo, bastan unos minutos en los pasillos de una exclusiva gala para que toda su seguridad se desmorone bajo la presión de un depredador al acecho. De la nada, una mano firme y una voz cortante la rescatan del abismo. Su nombre es Lorenzo.
Tras esa noche, una atracción inevitable y cargada de preguntas sin respuesta empieza a cercar a Leyla. Mientras intenta mantener a flote su cotidianidad en la universidad, una inquietante sensación de paranoia la persigue a cada paso. Hay secretos flotando en su entorno que se niegan a permanecer enterrados, y la figura de Lorenzo se vuelve un enigma cada vez más oscuro.
Las vueltas del destino es un thriller adictivo sobre las líneas invisibles que cruzamos sin saberlo y el peligroso despertar de una mujer que se niega a seguir siendo la pieza de un juego que no comprende.
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Capitulo 7.2
—Vaya...—dijo con una media sonrisa, desde el auto, usando el tono familiar que solo él tenía permitido—. Tiene una cara de tensión que ni en época de exámenes finales. ¿Qué pasa? ¿Los profesores de diseño están más insoportables que de costumbre?
Tragué saliva, intentando relajar los hombros y acomodando el bolso en mis manos para subir al auto, protegiendo inconscientemente el secreto que ocultaba en su interior.
—No es nada, Beto. Solo... un día largo— mentí, tratando de forzar una sonrisa. Aún de pie al lado del auto
—Ya, y yo soy un conductor de Fórmula 1— bromeó, guiñándome un ojo a desde el asiento del conductor—. Anda, sube, relájate. Tu madre me pidió que pasáramos por aquel lugar de postres que te gusta antes de ir a casa. Así que haz el favor de desenredar ese ceño fruncido, que me vas a estropear el paisaje de la ciudad.
Subí. Cerré la puerta. Me puse el cinturón.
Miré a Beto un momento por el retrovisor, seguíamos aún en el estacionamiento, no arrancó de inmediato, lo cual no era habitual.
Normalmente Beto ponía el coche en marcha con la misma cadencia con que hacía todo: sin demora innecesaria, sin preguntas si no las había pedido.
Pero después de sus palabras con las manos en el volante, mirando al frente, me miró por el retrovisor, con un tono más serio y cauteloso me dijo.
—¿Cómo estuvo?
—Bien —dije. Y luego, porque Beto llevaba suficientes años conociéndome como para saber que *bien* dicho con ese tono no significaba gran cosa: —Normal.
—Ajá.
Arrancó. Tomó la calle de salida del campus, giró hacia el bulevar, y durante tres o cuatro minutos no dijo nada. Beto era bueno en los silencios. No los llenaba por costumbre ni por incomodidad; los dejaba estar hasta que tenían algo concreto que decir.
—Sabe —dijo al fin—, llevo veintiún años de chofer y todavía no he encontrado la manera de que *bien* y *normal* dicho así me parezcan convincentes.
—Son veintiún años desperdiciados, entonces— dije en tono de burla
—Puede ser. — dijo subiendo los hombros para quitarle importancia, Cambió de carril con la tranquilidad de siempre—. ¿O serán veintiún años bien invertidos, que por eso los noto?
No respondí. Miré por la ventana. El tráfico de la tarde empezaba a condensarse en el cruce del centro y Beto lo rodeó con esa memoria de rutas que tenía, tomando calles paralelas sin consultar el GPS porque llevaba años aprendiendo la ciudad de la misma manera en que aprendía todo: despacio, en silencio, sin olvidar nada.
—¿Puedo preguntarte algo? —dije.
—Siempre.
—¿Siempre supo que algo iba a pasar en la gala? Antes de que pasara, digo.
Hubo una pausa. No larga. Del tipo de pausa que tiene una respuesta dentro pero que primero está decidiendo en qué forma sacarla.
—Lo que sé —dijo Beto— es que hay sitios donde el riesgo aumenta y sitios donde disminuye. Las galas con mucha gente, mucho dinero y poca luz en los pasillos exteriores caen en la primera categoría.
—Entonces sí lo sabía.
—Sabía que había que estar atento. Que es distinto. —Hizo una pausa más corta—. Y me descuidé. Eso no tiene explicación que lo mejore.
Lo dijo sin drama y sin excusa, que era la única manera en que Beto reconocía las cosas. No pedía perdón porque el perdón era una transacción, y esto no era una transacción: era una constatación. Algo había fallado. Él lo sabía. Y los dos lo sabíamos.
—No fue su culpa —dije.
—No era su culpa tampoco.
El coche avanzó en silencio durante un par de manzanas. Luego Beto dijo, con un tono levemente distinto, más ligero:
—¿Sabe qué hacía yo a su edad cuando algo me ponía nervioso?
—¿Qué?
—Nada. Que a su edad yo no me ponía nervioso porque a su edad yo era un imbécil de primer orden y los imbéciles de primer orden no tienen la sensatez de ponerse nerviosos cuando deben.
Me reí. No lo había planeado, pero salió, y una vez que salió no hubo manera de controlarlo del todo.
—Eso no tiene ningún sentido —dije.
—Tiene todo el sentido —dijo Beto, con esa expresión seria que usaba cuando estaba siendo completamente ridículo a propósito—. Lo que quiero decir es que usted tiene más juicio que yo a su edad, y eso ya es bastante.
—Es un estándar muy bajo.
—Es el único que tengo disponible. —Giró hacia nuestra calle—. ¿Está bien?
No me preguntaba si el día había ido bien. Me preguntaba si yo estaba bien, que era diferente y que Beto sabía que era diferente.
—Sí —dije. Y esta vez lo dije de otra manera, no como respuesta automática sino como algo que había que verificar primero y que al verificarlo resultaba ser verdad—. Creo que sí.
Beto asintió. No dijo nada más. Aparcó frente a la verja de casa con la misma precisión de siempre, bajó a abrirme la puerta antes de que yo la abriera desde dentro, y cuando pasé a su lado me dijo en voz baja, casi como si lo dijera para sí mismo:
—Bien.
El pecho se me alivió un poco. Beto había estado conmigo desde los seis años, tras la muerte de mi padre; era mi roca, el hombre en quien confiaba ciegamente y a quien consideraba, en el fondo de mi corazón, como un segundo papá. Verlo intentar hacerme sonreír disminuyó un poco la paranoia que me asfixiaba, aunque al mirar de reojo mi bolso, recordé que el mundo exterior ya no era el lugar seguro que él intentaba construir para mí.
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Cinco días después.
Una tarde de miércoles en la cafetería, con las tres bandejas sobre la mesa y una conversación sobre el trabajo de marketing que ninguna de las dos había empezado todavía y que Logan escuchaba con la expresión de quien está al tanto de que el problema que describe Allen es en realidad un problema de gestión del tiempo pero ha aprendido que decirlo en voz alta no mejora nada.
Yo estaba buscando mi teléfono dentro del bolso cuando lo empujé sin querer hacia el borde de la silla. Allen lo atrapó antes de que cayera, lo puso sobre la mesa, y al hacerlo miró dentro un segundo, el tiempo que tarda en pasar una mirada por el interior de un bolso sin buscar nada en particular.
Se quedó quieta.
No dijo nada de inmediato. Volvió a la conversación, respondió algo sobre el trabajo, tomó un sorbo de su café. Pero yo la vi: ese momento en que la mirada se asienta en algo y el cuerpo sigue moviéndose pero la mente ya se ha ido a otro lado.
Logan también lo vio. Lo supe porque dejó de mirar a Allen y me miró a mí, brevemente, con esa atención suya que no pedía ni ofrecía nada sino que simplemente registraba.
Luego volvió su vista a la mesa.
Pasaron diez minutos. Quizás quince.
—Logan —dijo Allen, en un tono que no interrumpía la conversación sino que más bien la reorientaba—, ¿te parece que Gestión de Proyectos debería tener más peso en el plan de estudios o es razonable que sea optativa?
Era una pregunta razonable en el contexto de lo que hablábamos. Era también, y yo lo supe en el momento en que Allen la hizo, una pregunta diseñada para darle a Logan algo en que pensar mientras ella y yo teníamos una conversación paralela que no necesitaba palabras.
Me miró.
Yo la miré.
Allen no preguntó por qué. No preguntó nada. Solo sostuvo mi mirada durante un segundo con esa expresión suya que no era juicio ni alarma sino algo más parecido al reconocimiento de alguien que entiende lo que está viendo y ha decidido que entenderlo es suficiente por ahora.
Asentí, levemente.
Ella asintió también.
Logan dijo algo sobre el plan de estudios y la conversación siguió y nadie dijo nada más sobre el bolso ni sobre lo que había dentro, porque no hacía falta decirlo: Allen ya lo sabía, y yo sabía que Allen lo sabía, y los dos sabíamos que eso era suficiente.
Lo que no vi fue la mirada que Logan le lanzó a Allen cuando ella apartó los ojos de mí.
Fue breve. Lateral. Y no tenía nada de la ligereza habitual de sus expresiones: era la mirada de alguien que acaba de confirmar algo que llevaba días esperando confirmar. Duró menos de un segundo.
Luego Logan tomó su taza, bebió, y siguió hablando de marketing y gestión de proyectos como si nada hubiera pasado.
Porque en apariencia, nada había pasado.