Entre los secretos de un pasado enterrado que la marcó para siempre y las manipulaciones de una élite dispuesta a devorarla, Ángela deberá descubrir si es capaz de romper los hilos de su propia dinastía antes de que la obliguen a vender el resto de su vida al mejor postor.
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Destrozando mis circuitos
...CAPÍTULO 13...
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...ASHER COLLINS ...
Terminé de doblar la última camisa de lino y la coloqué en el cajón de la cómoda de madera exótica de la suite. El sonido de las olas rompiendo contra la orilla de Harbour Island entraba por el balcón abierto, pero mi mente estaba muy lejos de las playas de las Bahamas. Seguía atrapada en el vestíbulo del hotel. En el impacto de ese cuerpo chocando contra el mío. En los ojos de Ángela.
—A ver, mi amor, ponme atención —la voz de Verónica me trajo de vuelta a la realidad. Estaba sentada en el borde de la cama con su tableta, repasando el itinerario que había organizado con meticulosa precisión—. Mañana a las nueve tenemos la reunión de bienvenida con el decano y los directores del hospital de Boston que financian el proyecto. El lunes temprano empezamos las conferencias de actualización quirúrgica, y el miércoles nos liberamos para ir a pescar. ¿Te parece bien?
—Sí, perfecto, Vero. Lo que tú digas está bien —respondí en un suspiro automático, pasándome una mano por la cara y sintiendo la aspereza de la barba de un par de días.
Verónica sonrió, satisfecha, y siguió tecleando. La quería, de verdad. Llevábamos dos años juntos, una relación… digamos estable. Nos habíamos conocido en la facultad; ambos estábamos en el cuarto año de Medicina, quemándonos las pestañas noche tras noche. Ella se estaba preparando con todo para ser pediatra, mientras que yo tenía la mira fija en el quirófano: quería ser médico cirujano.
Mi motivación para encerrarme en un hospital clínico no era el dinero ni el estatus de la élite. Era algo mucho más profundo. Mi madre había luchado contra un cáncer agresivo años atrás; verla postrada en una cama me rompió, pero también me dio la fuerza para prometerle que entendería el cuerpo humano lo suficiente como para salvar vidas. Por suerte, ella logró salir de eso, venció a la enfermedad y, tras muchas tormentas en el pasado, finalmente regresó a Los Ángeles y volvió con mi padre. Ahora estaban juntos, reconstruyendo su vida, lo que me daba la paz mental necesaria para concentrarme en mi carrera.
Pero ver a Ángela hoy... ver a Ángela lo había descolocado todo.
—¿Estás bien? —Verónica dejó la tableta a un lado y me miró con sus ojos verdes fijos en mí—. Te noté un poco distante desde que nos encontramos con tu amiga de Los Ángeles en la recepción.
—Sí, solo... es el cansancio del viaje, y el shock de verla después de tantos años —mentí a medias, acercándome a ella para darle un beso corto en la frente—. No me esperaba encontrarme a nadie del pasado aquí.
—Es muy linda —comentó Verónica con total naturalidad, poniéndose de pie para buscar su vestido en el armario—. Y su amiga Sarah es toda una celebridad. Me alegra que hayamos aceptado ir a su fiesta. Necesitamos distraernos un poco de la presión de la universidad antes de las conferencias de mañana. Voy a ducharme y a ponerme algo espectacular para estar a la altura del evento de la famosa diseñadora.
—Te espero aquí —le dije, forzando una sonrisa.
En cuanto se cerró la puerta del baño y escuché el sonido del agua correr, me apoyé contra el marco del balcón, mirando hacia la playa oscura.
Ángela ya no era la chica que recordaba. Estaba hermosa, con una madurez sofisticada que me había dejado sin aliento, pero en sus ojos alcancé a notar una tensión profunda, una mirada de absoluto estrés que conocía demasiado bien.
La puerta del baño se abrió y Verónica salió envuelta en una nube de vapor con aroma a jazmín, secándose el cabello con una toalla. Tenía una expresión de absoluta revelación en el rostro, como si acabara de resolver un misterio médico complejo.
—¡Sabía que había visto a esa chica de algún lado! —soltó de inmediato, dejando la toalla sobre la cama y mirándome con sus ojos verdes muy abiertos—. Ángela... Ángela Salles. No asocié el apellido al principio, pero ahora caigo. Es la hijastra de Alaric Alistair-Thorne, el magnate de energía londinense. ¡Es uno de los hombres más ricos del mundo, Asher!
Verónica, que siempre leía y veía esas noticias de chismes y sociedad en sus ratos libres para desconectar de la presión de la facultad de Medicina, se cruzó de brazos, asombrada de su propio descubrimiento.
—Las revistas dicen que tiene un romance de portada con el indomable Maximilien Cavendish, de la poderosa familia Cavendish. Son como la realeza corporativa de Europa —Vero se acercó a mí, intrigada—. ¿Tú no habías visto las noticias de tu amiga? ¿De verdad no sabías con quién te juntabas en California?
Negué con la cabeza, manteniendo mi rostro completamente neutral y forzando un tono de voz desinteresado.
—No, la verdad es que no. Ya me conoces, Vero, casi no veo noticias de entretenimiento —mentí a medias. Sabía de la riqueza de su familia, pero escuchar el nombre de un tal Maximiliem Cavendish asociado a ella como "su romance" me causó una punzada extraña y agria en el estómago—. Para mí solo era Ángela.
—Pues qué genial —exclamó Verónica, con una chispa de emoción en los ojos, caminando hacia el armario a toda prisa—. Nos vamos a codear con la élite de verdad hoy, así que tengo que verme espectacular. ¡Ay, no! ¡No tengo absolutamente nada adecuado porque jamás esperé que esto pasara en un viaje académico!
Se llevó las manos a la cabeza, frustrada, mirando sus vestidos playeros como si ninguno fuera digno de la realeza londinense.
Me acerqué a ella despacio, la tomé por la cintura desde atrás y le di un beso tierno en el cuello para calmar su ansiedad. Aunque mi mente seguía procesando la información sobre Ángela y el tal Cavendish, Verónica no se merecía pagar por mis fantasmas del pasado.
—Tranquila, mi amor —le dije con voz suave y profunda, mirándola a través del espejo—. Con cualquier cosa que te pongas te vas a ver hermosa, porque tú ya eres hermosa. No necesitas diamantes ni apellidos ingleses para opacar a cualquiera en esa fiesta, te lo aseguro.
Verónica se relajó en mis brazos, regalándome una sonrisa dulce. Pero mientras ella elegía su ropa, yo me quedé mirando la noche a través del ventanal. Así que Ángela estaba metida hasta el cuello en ese mundo de magnates, y tenía un novio de la alta sociedad.
Tardamos media hora más de lo previsto en salir de la habitación porque Verónica se tomó muy en serio lo de "codearse con la élite". Casi tengo que aplicar mis conocimientos de reanimación cardiopulmonar cuando el cierre de su vestido se atoró a mitad de camino, pero sobrevivimos.
Cuando por fin bajamos a la playa, me di cuenta de que el término "fiesta de lanzamiento" le quedaba extrañamente corto a lo que Sarah había montado. La arena rosa de Harbour Island estaba iluminada por antorchas de fuego real y luces LED ocultas en las palmeras que teñían el ambiente de un tono magenta sofisticado. Había barras de bar hechas de hielo, camastros de diseño y un DJ internacional que lograba que el bajo de la música te retumbara directo en el esternón.
Los invitados se movían con copas de champaña de cristal, riendo como si el resto del mundo no existiera.
Caminé con Verónica sujeta de mi brazo, intentando mantener mi mejor postura de hombre serio y centrado, pero en cuanto pusimos un pie en la zona VIP, mis ojos la buscaron de manera automática.
Y la encontré.
Dios santo.
Me quedé estático a mitad de la alfombra de madera que guiaba a la arena, obligando a Verónica a detenerse también. Ángela estaba de pie cerca de la barra, hablando con los dos sujetos de la tarde.
Llevaba un vestido que parecía flotar con la brisa marina. No tenía demasiados adornos, pero la tela se ajustaba a sus curvas de una forma que debería ser considerada ilegal en la mayor parte del mundo. La espalda la tenía completamente descubierta hasta la base de la sonoridad de su cadera, y el cabello recogido en un moño alto dejaba a la vista la línea perfecta de su cuello.
Mis pensamientos, que normalmente eran ordenados y perceptivos, se fueron a mil por hora en un segundo, colapsando como una computadora con un virus.
Está jodidamente espectacular.
No, borra eso. No puedes pensar esas cosas.
Tienes novia. Verónica está aquí, sosteniéndote el brazo. Eres un futuro cirujano, ten algo de control mental. Ella también tiene novio, el tal Max de las revistas. No puedes ser un imbécil. Respira, asimila el oxígeno. Pero es que, Dios... cómo le queda ese maldito vestido.
Sentí que la boca se me secaba por completo. El rastro de la niña que había conocido en Los Ángeles estaba ahí, pero esta versión mujer, refinada, segura de sí misma y con esa elegancia innata que parecía emanar de sus poros, me estaba destrozando los circuitos.
—¡Mira, ahí están! —Verónica me sacó del trance, señalando hacia el grupo mientras me arrastraba hacia ellos—. ¡Ángela! ¡Sarah! Qué increíble está todo.
Ángela se giró al escuchar la voz de Vero. Sus ojos se clavaron en los míos y vi el preciso instante en que sus pupilas se dilataron y su respiración se cortó sutilmente. Sostuve la mirada mientras nos acercábamos, obligando a mi corazón a mantener un ritmo regular, aunque por dentro sintiera que estaba a punto de entrar en un paro cardíaco.