El profesor de lenguas Yoshiya Taksumagi ha recibido una segunda oportunidad de vivir. Pero este nuevo mundo le demostrará que una segunda vida no significa una vida perfecta.
Ahora, atrapado en el cuerpo de un niño llamado Joshua Moretti, deberá descubrir los secretos detrás de su llegada y enfrentarse a un destino que jamás pidió.
¿Cómo es que un profesor de una de las mayores facultades de Japón terminó siendo un simple niño en un mundo de magia?
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Capítulo 3: Reino Hart
Después de leer varios libros durante una semana, ya me había acostumbrado un poco más al cuerpo de este mocoso. Aunque todavía hay veces en que me caigo sin razón aparente, como si mis piernas olvidaran repentinamente cómo funcionaban. Es frustrante. He memorizado el compendio de la magia básica casi por completo, un hábito que arrastro de mi vida como profesor. La magia está dividida en categorías: Runas, Hechizos, y la última fase, la más avanzada, donde solo necesitas pensarlo.
Aunque claro, no es tan fácil como parece. Tanto las runas como los hechizos tienen alrededor de cuatro niveles, divididos por colores. El nivel morado es el del principiante, tanto en magia de runas como en hechizos. Luego vienen el verde, el dorado, y el último y más prestigioso nivel es el plateado. *No entiendo por qué se diferencian si, al final, pueden lograr los mismos efectos. Quizás sea una cuestión de poder bruto o de pureza en la ejecución. *
Normalmente, un mago escoge un solo elemento para desarrollarlo al máximo durante toda su vida. Los elementos conocidos son: Agua, Viento, Fuego, Tierra, Rayo, Naturaleza, Espejos, Hielo, Luz y Curación. Para alguien con talento, no es tan difícil despertar como mago. Lo realmente difícil, lo que separa a los mediocres de los maestros, es volverse más fuerte.
—Extraño a Viviane.
La frase escapó de mis labios sin que yo la ordenara, en un susurro apenas audible. La conciencia de este mocoso se había mezclado con la mía hasta un punto que empezaba a resultarme inquietante. A pesar de tener solo siete años, el verdadero Joshua era un alma profundamente triste. Una vez lo acosaron y nadie lo ayudó. Sus hermanos mayores lo desprecian abiertamente. Y su padre, Ed Moretti, el gran héroe, simplemente le voltea la mirada, demasiado ocupado o demasiado herido por la ausencia de Viviane para cuidar de su hijo menor.
Pero, gracias a esa soledad compartida, me he acostumbrado un poco a este mundo. Aunque a veces, cuando me quedo quieto, todavía me parece un sueño del que voy a despertar en cualquier momento.
Dejé el libro en el espacio vacío del estante, acomodándolo con cuidado. Caminé hacia el frente de mi cama, donde se alzaba un espejo de cuerpo entero, de dos metros de alto y uno de ancho, con un marco de madera oscura tallada con figuras de dragones. Observé fijamente mi reflejo. Aunque sé que este cuerpo no me pertenece, que soy un invasor en una vida que no es la mía, no puedo evitar estudiarlo.
El rostro que me devuelve la mirada es el de un niño que no conocía hace una semana. Un rostro idéntico al de Ed Moretti, el verdadero padre de Joshua. Cabello negro azabache, lacio y suave, pero con un mechón blanco que cae sobre la frente en forma de X, como una cicatriz de nacimiento. Y unos ojos completamente negros, sin pupila visible, como dos pozos de oscuridad líquida. Son los ojos de Viviane, según los recuerdos del niño. Unos ojos que, según las sirvientas, dan miedo.
Mis otros hermanos, Isabella y Daniel, sacaron el rostro de mi padre y los ojos verdes, brillantes y vivos, iguales a los de Ed. Unos ojos que inspiran confianza. Yo, en cambio, simplemente saqué unas malditas canas prematuras y una mirada que hace que los demás niños se aparten de mí en la escuela. *No me sorprende que a este mocoso le hayan pasado tantas desgracias. Aunque, pensándolo bien, no somos tan diferentes. Yo también pasé mi infancia solo. *
Pero esta vez, lo juro, viviré una mejor vida. Una vida que valga la pena.
¡TOC, TOC!
—Adelante —dije, apartando la mirada del espejo.
El mayordomo, el mismo hombre de cabello blanco y ojos perpetuamente cerrados, dio un paso al frente y abrió la puerta con una reverencia perfecta.
—Joven maestro, es hora de partir al Reino Hart.
El Reino Hart. Allí es donde acosaron a Joshua. Esos malditos nobles y sus hijos engreídos que se burlaban del niño de ojos extraños. Mi estómago se revolvió ligeramente al recordarlo, una reacción que no era del todo mía.
—Está bien. Yo también iré.
El mayordomo asintió y procedió a vestirme de una forma elegantísima. Una camisa de botones de color blanco, tan suave que parecía acariciar la piel, una chaqueta negra entallada, pantalones del mismo color y zapatos de vestir que brillaban como espejos. Me peinó el cabello hacia un lado, domando el rebelde mechón blanco. Cuando me miré de nuevo en el espejo, casi no me reconocí. *Esta es, sin duda, la mejor vida que alguien puede vivir. * Hice una pequeña reverencia al cielo, medio en broma, medio en serio.
Caminé normalmente hacia las afueras de la mansión, aunque mis pasos resonaban con eco en los pasillos vacíos. Mis supuestos hermanos, Isabella y Daniel, me miraron con desprecio mientras se acomodaban en la parte trasera del carruaje. Isabella, con doce años, era una miniatura de nuestro padre, pero con una frialdad en los ojos que no presagiaba nada bueno. Daniel, de diez, era un calco de su hermana en actitud, aunque con una crueldad más infantil y directa. Mi padre iba delante de nosotros, en su propio caballo.
Di un salto hacia el carruaje, aterrizando con una torpeza que me hizo ganar una burla ahogada de Daniel, y me senté al lado de la ventana. Mis hermanos se pusieron a observar el paisaje, ignorándome. El silencio era tenso, como una cuerda a punto de romperse.
Habían pasado alrededor de una hora cuando el mayordomo, que viajaba junto al cochero, se asomó para informarme que la hora de llegada al Reino Hart era de aproximadamente tres horas. *Tres horas encerrado en este cajón con estos dos. Maravilloso. *
—¿Y por qué has venido aquí? ¿No se suponía que no te gustaba el Reino Hart? —preguntó Daniel de repente, con una sonrisa forzada y un tono que destilaba veneno.
Este maldito niño me saca de quicio.
—Eso no es tu problema —respondí, girando la cara hacia la ventana.
Por el rabillo del ojo, volteé rápidamente para ver su reacción. Pude notar cómo una vena se marcaba en su frente, palpitante de ira contenida. Fufufu. *Esto se sintió un poco refrescante. Pequeñas victorias. *
Isabella dejó escapar una risa larga, sonora, que llenó el carruaje. Y durante todo el camino restante, no paró de burlarse de Daniel por haber sido puesto en su lugar por el "enano rarito" de la familia. Estos malditos mocosos me tienen estresado.
—Ya llegamos —anunció mi padre con un tono serio y grave, deteniendo su caballo.
*¿Será que a él tampoco le gusta venir aquí? * Su expresión era la de un hombre que se dirigía a una ejecución, no a una visita al castillo real.
Varios sirvientes se apresuraron a ayudarnos a bajar del carruaje. A mi padre, lo asistieron con reverencias. A mis hermanos, con sonrisas. A mí… bueno, yo bajé solo del carruaje, sin ayuda de nadie. Era de esperar. A Joshua no le gustan este tipo de eventos, y los sirvientes lo saben. Podía sentir las miradas de todos sobre mí: algunas de desprecio, otras de lástima, y la mayoría, simples miradas vacías, como si yo fuera un fantasma que deambulara entre ellos.
Mi mirada se clavó al frente. Una gran alfombra roja estaba extendida a lo largo del camino por donde caminaba la familia Moretti, como una lengua carmesí que nos guiaba hacia las fauces de un castillo sacado directamente de un libro de fantasía. Torres altísimas, banderas ondeando con el emblema del león dorado, y muros de piedra blanca que brillaban bajo el sol.
Las personas se arrinconaron a las orillas de la alfombra, inclinándose a nuestro paso, dándole la bienvenida a mi padre con murmullos de admiración. *Mi padre es alguien bastante popular, sin duda. El "Hombre de Hierro", el héroe del reino. *
Esto me recuerda a una rueda de prensa, con la alfombra roja y las multitudes. Aunque, observando bien, la mayoría de las personas que miraban embelesadas a mi padre eran mujeres. Jóvenes, adultas, incluso ancianas. Todas suspiraban a su paso. *Era de esperar de alguien tan guapo. *
Llegamos al interior del castillo. El salón del trono era una maravilla arquitectónica, con columnas de mármol veteado y ventanas de vitrales que filtraban la luz en mil colores. Frente a mí, en una tarima elevada, estaba la familia real.
El rey Arturo Pendragon era un hombre de aspecto fuerte e imponente, con cabello rojo como el fuego y una cicatriz que cruzaba su rostro desde la frente hasta la mejilla, partiendo su nariz en dos. Sus ojos, de un azul intenso, me escudriñaron un instante. A su lado, la reina Elizabeth, una mujer hermosa de cabello negro y sedoso, con una presencia tan gélida como majestuosa. Y sentada en el trono más pequeño, una niña de unos once años, de cabello negro y piel pálida como la porcelana. Sus ojos azules, idénticos a los de su padre, estaban apagados y tristes. Era la princesa Valentina.
Todos nos arrodillamos ante la familia real, un gesto que mi orgullo de profesor universitario encontró irritante, pero que mi cuerpo de noble ejecutó con precisión ensayada.
—¿Encontraste al médico? —preguntó el rey Arturo, su voz grave resonando en la sala. Sus ojos estaban clavados en mi padre, y en ellos había una desesperación apenas contenida.
—No, Su Majestad. Me temo que he fracasado en esta misión —respondió mi padre, con la cabeza gacha pero la voz firme. No cedió ni tembló, pero pude ver cómo sus manos se apretaban en puños a los costados.
El rey se llevó una mano al rostro, frotándose la cicatriz con gesto cansado. Mi padre, en un susurro que solo yo, por mi cercanía, pude escuchar, murmuró para sí mismo:
—Quiero que esa niña viva.
Su mirada se clavó en el suelo de mármol, y su puño tembló ligeramente. *Así que Ed también tiene sus propios fantasmas. *
Antes de que mi cerebro pudiera detenerme, mi boca se abrió y habló por sí sola, impulsada por una mezcla de recuerdos ajenos, una chispa de empatía inesperada y, tal vez, el recuerdo de unos ojos azules que una vez me pidieron que me quedara a su lado.
—Disculpe mi falta de respeto, gran rey Arturo. Quizás le parezco un niño inmaduro, pero… existe la posibilidad de que yo sea de ayuda.
Mis palabras resonaron en la sala del trono como una campanada. Un silencio sepulcral cayó sobre todos los presentes. Tanto mi familia como los sirvientes y cortesanos me miraron con los ojos abiertos de par en par, incrédulos.
—Tú, ¿cómo te atrev—?
El rey levantó una mano, cortando en seco la protesta de Daniel.
—¿Qué puedes hacer tú, niño? —preguntó Arturo, su mirada azul perforándome, sopesándome.
*¿Qué es lo que no puedo hacer? Mejor dicho. * Cualquiera en el reino, incluso en las afueras, sabe que la hija del rey sufre de una enfermedad del corazón. Cuando vi a esa niña, lo confirmé. Piel pálida, labios secos y agrietados, ojeras profundas. Un cuadro clásico de insuficiencia cardíaca. *No soy médico, pero sí un hombre que pasó años en hospitales. Y además, ahora tengo magia. *
—Bueno, verás, he estudiado varios libros de medicina y magia curativa —mentí con una facilidad que me sorprendió—. Pero es un tiro a la suerte, la verdad. No sé si funcionará. Pero… —hice una pausa dramática, mirando directamente a los ojos del rey—, no es como si tuvieras otra opción, ¿verdad?
El guardaespaldas real, un hombretón con armadura dorada, me miró con una furia que habría hecho temblar a cualquiera. *Lo siento, amigo, pero eso no funciona conmigo. He visto peores cosas en la sala de profesores. *
El rey Arturo me sostuvo la mirada durante un largo minuto. Luego, con un suspiro pesado, asintió.
—Que así sea.