Cinco años después de haber sido absuelta por la misteriosa muerte de sus dos primeros esposos, la enigmática Rubí Vicentelli regresa al ojo de la tormenta pública al anunciar su tercer matrimonio con Julián, un millonario cuya fortuna promete salvar de la ruina a la aristocrática pero decadente familia Vicentelli. Sin embargo, la noche de bodas se convierte en un matadero cuando Julián aparece colgado del candelabro principal de la mansión.
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Capitulo 12
Las puertas de la mansión se abren sin anunciarse. Entra DON JUAN, un hombre de mediana edad con aire de apostador, vistiendo una chaqueta de cuero desgastada y botas sucias de barro. Su mirada recorre las molduras de oro con una ambición descarada. Viene con un solo objetivo: cobrar el dinero y la fortuna de sus dos exmujeres, Beatriz y Berenice.
Beatriz camina por el pasillo y se detiene en seco al verlo. Sus papeles contables tiemblan en sus manos.
—¿Qué haces tú aquí, Juan? —pregunta Beatriz, con la voz cargada de desprecio y odio—. Tú no tienes nada que buscar en este pueblo.
—Vine por lo mío, Beatriz —responde Don Juan, soltando una risa cínica mientras se apoya en el respaldo de un sofá—. Berenice me debía una parte de las acciones antes de que yo me largara a Barinas. Vengo a exigir mi tajada de la fortuna de los Vicentelli. Llama a mi linda Berenice.
Beatriz lo mira con una mezcla de lástima y frialdad.
—Llegas tarde, Juan. Berenice está muerta. La mataron en esta misma casa.
Don Juan borra su sonrisa por un segundo, pero de inmediato suelta una carcajada ruidosa que resuena en las paredes vacías.
—¿Muerta? No me vengas con cuentos para no pagarme. ¿Quién la mató? ¿El fantasma de la casa?
—La mató la Mujer del Velo Negro, Juan —dice Beatriz con total seriedad, dándole un paso al frente—. Y si sigues metiendo las narices donde no debes, tú vas a ser el siguiente.
—¿La mujer del velo negro? —Don Juan se burla con desprecio, acomodándose la chaqueta—. No me hagas reír, Beatriz. Yo no creo en esos cuentos fantasiosos del pueblo de Barinas. A mí los espantos no me asustan. Ese trapo negro debe ser una excusa de ustedes para robarse los reales. Me voy a quedar en este pueblo hasta que aparezca cada centavo de mis exmujeres
La pizarra que alguna vez perteneció al detective Marcano ha sido completamente reorganizada. Los hilos rojos ya no son caóticos; ahora forman una red geométrica perfecta que converge en un solo punto: el rostro de Rubí.
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Frente a la pizarra se encuentra la detective SAMTINA una joven de 28 años, una mujer de facciones duras, cabello recogido tirante y una mirada inyectada en una obsesión enfermiza. Es la hija de Marcano. Ha heredado el viejo despacho de su padre, pero con un odio multiplicado por el dolor de ver la decadencia psicológica y la soledad del anciano.
Samuel, el escolta, entra al despacho con un informe forense sobre el traslado de Valeria al hospital psiquiátrico.
—Detective Samtina, aquí están los papeles que pidió sobre la joven Valeria —dice Samuel, manteniendo una distancia prudente.
Samtina ni siquiera voltea. Camina hacia la pizarra y clava una aguja directamente sobre los ojos de la fotografía de Rubí, agrietando el papel.
—Mi padre se destruyó la vida buscando fantasmas en un velo negro, Samuel —dice Samtina, con la voz temblando por una furia contenida, una obsesión que le carcome la mente—. Pero yo no soy él. Yo sé que detrás de ese trapo lúgubre está ella. Rubí es la asesina. Ella ejecutó a Julián, ella crucificó a Cristina y ella pudrió a René en ese sótano.
—La policía no encontró huellas de Rubí en ninguna de las escenas, detective —responde Samuel con cautela.
—¡Porque es un monstruo calculador! —le ruge Samtina, girándose bruscamente, mostrando un rostro deformado por el trauma psicológico de la venganza—. Se esconde detrás de su belleza de viuda desamparada para que todos le tengan lástima. Pero me voy a obsesionar con ella hasta verla detrás de las rejas de acero. Le voy a cobrar cada lágrima de mi padre, cada gota de sangre de este pueblo. Si tengo que sembrarle las pruebas para hundirla, lo haré. Rubí no va a llegar viva a esa maldita boda con Alejandro.
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Los gritos de Valeria rompen la calma de la noche. Dos hombres robustos, vestidos con uniformes blancos de enfermeros de un hospital psiquiátrico, la sujetan por los brazos mientras ella patalea y se arrastra por el suelo de mármol cálido.
Elena observa la escena desde la escalera, implacable, con los brazos cruzados y el rostro endurecido y burlarte.
—¡Suéltenme! ¡Samuel! ¡Samuel, ayúdame! —grita Valeria, con el cabello alborotado y las lágrimas corriéndole por las mejillas, completamente consumida por su trastorno mental—. ¡Mamá, no dejes que me lleven! ¡La novia del velo va a entrar a mi cuarto si no estoy aquí! ¡El hombre del luto va a venir por mí!
Samuel, el escolta, da un paso al frente con el arma en el cinto, con el corazón roto al ver a la mujer de la que se ha enamorado sumida en semejante drama psicológico.
—Señora Elena, por favor… déjeme cuidarla aquí. Yo me encargo de ella —suplica Samuel, mirando a Valeria con desesperación.
—Muévete, Samuel. Esto es un asunto familiar —le ruge Elena, bajando las escaleras con frialdad—. El trastorno de Valeria ya pasó los límites. No voy a tolerar que sus locuras nos sigan hundiendo con la policía. Se va hoy mismo a la casa de locos, lejos de este pueblo.
Los enfermeros arrastran a Valeria hacia una ambulancia negra que espera afuera bajo la neblina. Valeria clava sus uñas en el umbral de la puerta, dejando marcas de desesperación, mientras mira a Rubí, quien observa todo desde el piso superior en un silencio sepulcral, dejando la intriga en su punto más desgarrador.
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