Miriam Bloomson debía ser la protagonista de la historia.
Pero cuando el destino cambió y el futuro que recordaba desapareció, comprendió que ya no tenía un lugar en la trama.
Así que tomó una decisión:
desaparecer junto con ella.
Sin embargo, fingir su muerte fue mucho más fácil que escapar de las consecuencias.
La historia que conocí desapareció… así que decidí desaparecer con ella.
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Viaje
Perspectiva de Lina (primera persona)
La semana pasó más rápido de lo que esperaba.
Desde aquella noche del paseo, muchas cosas habían cambiado.
Aria se había convertido en una de mis mejores amigas casi sin que me diera cuenta.
Visitaba la tienda constantemente.
A veces para ayudar.
A veces para conversar.
Y otras simplemente porque sí.
Daniel y Clara también se habían acostumbrado a la presencia de los caballeros.
La tienda se había vuelto mucho más animada desde que todos ellos aparecieron en mi vida.
Y Leonhart...
Seguía siendo tan serio como siempre.
Pero ya no parecía tan distante.
Había empezado a conocer facetas de él que casi nadie veía.
Su paciencia.
Su sentido del humor inesperadamente seco.
Y aquella extraña costumbre de quedarse en silencio cuando algo realmente le importaba.
Aquella noche ya había cerrado la tienda cuando escuché unos golpes suaves en la puerta.
Al abrir, lo encontré allí.
Solo.
Vestido para el viaje.
La luz de la calle iluminaba parcialmente su rostro.
—Pensé que ya estarías descansando.
Dije.
—Partimos al amanecer.
Respondió.
—Entonces deberías estar durmiendo.
—Probablemente.
Eso me hizo sonreír.
Lo invité a entrar.
La tienda estaba vacía.
Silenciosa.
Solo nosotros dos.
Por alguna razón, aquello hizo que mi corazón latiera un poco más rápido.
—Viniste a despedirte.
Comenté.
—Sí.
Directo.
Simple.
Como siempre.
Pero también sincero.
Y eso hizo que la sonrisa en mis labios creciera un poco más.
—Me alegra.
Admití.
Su mirada permaneció fija en mí unos segundos.
—Quería hacerlo.
Las palabras fueron sencillas.
Sin embargo, lograron ponerme nerviosa.
Durante un rato hablamos de cosas sin importancia.
De la tienda.
De Aria.
De Daniel y Clara.
De todo y de nada.
Como si ambos intentáramos retrasar el momento inevitable.
Finalmente Leonhart se puso de pie.
—Debo irme.
Asentí despacio.
Ya sabía que estaría fuera cuatro o cinco días.
Me lo había dicho varias veces.
No era mucho tiempo.
Y aun así...
Sentía que lo echaría de menos.
Lo acompañé hasta la puerta.
La noche estaba tranquila.
Las lámparas iluminaban la calle vacía.
Nos detuvimos frente a frente.
—Cuídate.
Dijo.
—Tú también.
Hubo un breve silencio.
Uno extraño.
Denso.
Como si ambos estuviéramos esperando algo.
—Volveré pronto.
Añadió.
—Lo sé.
Respondí suavemente.
Nuestras miradas se encontraron.
Y esta vez ninguno apartó la vista.
Mi corazón latía cada vez más rápido.
Podía escuchar el silencio.
Sentirlo.
Entonces Leonhart dio un pequeño paso hacia mí.
Solo uno.
Pero fue suficiente.
Por primera vez pareció inseguro.
Como si estuviera enfrentándose a algo mucho más difícil que cualquier batalla.
Yo tampoco sabía qué decir.
Así que simplemente permanecí allí.
Mirándolo.
Y entonces ocurrió.
Se inclinó ligeramente hacia mí.
Dudó apenas un instante.
Y me besó.
Fue un beso breve.
Suave.
Tímido.
Pero suficiente para dejar mi mente completamente en blanco.
Cuando se apartó, ambos nos quedamos inmóviles.
Sorprendidos.
Yo sentía las mejillas ardiendo.
Y para mi absoluta satisfacción...
él también estaba sonrojado.
—Buenas noches, Lina.
Murmuró finalmente.
Tuve que contener una sonrisa.
—Buenas noches, Leonhart.
Esta vez fue él quien se dio la vuelta primero.
Y mientras lo observaba alejarse por la calle iluminada, llevándose consigo aquella expresión avergonzada que jamás admitiría haber mostrado...
Supe que los próximos cuatro o cinco días iban a sentirse mucho más largos de lo que deberían.
Perspectiva de Leonhart (primera persona)
Cuando me despedí de Lina frente a su casa, la noche estaba completamente en silencio.
Las lámparas de la calle proyectaban una luz cálida sobre los adoquines.
Durante unos segundos permanecí inmóvil.
Observándola.
Memorizando aquella imagen sin una razón lógica.
Ella seguía junto a la puerta.
Con aquella sonrisa suave que parecía aparecer únicamente cuando estaba conmigo.
—Buenas noches, Lina.
—Buenas noches, Leonhart.
Asentí una última vez.
Luego me di media vuelta y comencé a caminar.
No miré atrás.
Al menos no inmediatamente.
Porque eso habría sido impropio.
Y porque ya estaba bastante avergonzado por lo ocurrido.
El beso.
La despedida.
La forma en que mi autocontrol había desaparecido durante unos segundos.
Inaceptable.
Seguí avanzando por las calles nocturnas.
Sin embargo, cuando llegué a la esquina, me permití una única mirada.
Solo una.
Lina seguía allí.
Observándome.
Y cuando nuestras miradas se cruzaron una última vez, ella sonrió.
Mi corazón dio un extraño salto.
Volví a girarme inmediatamente.
Era mejor así.
Mucho mejor.
---
El trayecto hasta el palacio transcurrió en silencio.
Cuando las enormes puertas imperiales aparecieron frente a mí, ya había recuperado mi expresión habitual.
Fría.
Serena.
Impasible.
La misma que todo el mundo esperaba.
Los guardias abrieron paso en cuanto me reconocieron.
Inclinaron la cabeza.
Yo continué avanzando.
Sin detenerme.
Sin perder tiempo.
El patio principal estaba completamente iluminado.
Carruajes.
Soldados.
Sirvientes.
Nobles.
Todo el mundo preparándose para la partida.
La boda de Kael movilizaba a media nobleza.
Nada sorprendente.
Mi hermano menor siempre había sido más popular que yo.
No me molestaba.
De hecho, resultaba conveniente.
Al pie de la escalinata principal encontré a mis padres.
El Emperador y la Emperatriz.
Ambos parecían haber estado supervisando los preparativos durante horas.
—Llegaste.
Dijo mi padre.
—Como estaba previsto.
Respondí.
—Puntual.
—Siempre.
Mi madre sonrió.
—Es agradable verte de buen humor.
La miré.
—Estoy exactamente igual que siempre.
—Claro que sí.
Respondió ella.
Con esa expresión que utilizaba cuando claramente no me creía.
Decidí ignorarlo.
Era más sencillo.
---
Poco después nos dirigimos hacia la plataforma de transporte.
Los carruajes imperiales ya estaban listos.
Detrás de ellos aguardaban decenas de soldados y escoltas.
Normalmente el viaje habría requerido varios días.
Pero para eso existía la magia.
Levanté una mano.
Las runas comenzaron a aparecer alrededor del patio.
Símbolos dorados.
Complejos.
Antiguos.
El aire vibró.
La energía mágica se concentró frente al convoy.
Y segundos después, un enorme portal se abrió en medio de la noche.
Del otro lado podían verse montañas lejanas y los caminos cercanos al territorio donde se celebraría la boda.
—Portal estable.
Informó uno de los magos.
Asentí.
—Procedan.
Los primeros soldados atravesaron la abertura.
Después varios carruajes.
Luego más escoltas.
Todo avanzó con orden absoluto.
Tal como debía ser.
Observé cada movimiento.
Cada detalle.
Cada posible error.
Era mi responsabilidad.
Después de todo, algún día aquel imperio sería mío.
Y no podía permitirme fallar.
Cuando el último grupo estuvo listo, subí al carruaje principal.
La puerta se cerró.
El vehículo avanzó lentamente hacia el portal.
Y mientras la luz dorada iluminaba el interior, apoyé la cabeza contra el respaldo durante apenas un instante.
Solo uno.
Lo suficiente para recordar unos ojos cálidos.
Una sonrisa sincera.
Y una voz despidiéndose de mí frente a una casa iluminada por faroles.
Abrí los ojos inmediatamente.
Había trabajo que hacer.
Responsabilidades.
Reuniones.
Una boda.
Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, una pequeña parte de mí deseó que aquellos días terminaran rápido.
Porque al final del viaje...
Lina estaría esperándome..
pinta interesante 🤭🥰🤭🤣