El juzgado de guardia huele a café frío y a desinfectante, son las diez y cuarenta de la noche. Hay un juez con la corbata torcida, dos custodios, una abogada de oficio con tres claveles muertos en sus manos, y un novio culpable.
NovelToon tiene autorización de Ybet Renú para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Dragan Vuković
Dragan, 42 años. Traje de lino blanco, camisa negra, sin corbata. Pelo cano, rapado al 1. Cicatriz de quemadura en el cuello. Belgrado 2017. La que no lo mató.
Tiene una foto en el móvil. _Elena Duarte, alias Laura Ríos_. Sacada ayer en el aeropuerto de Malé. Teleobjetivo. Granulada.
Su orden es simple. La que le dio a Rado y Miloš: _La mujer de Ledesma muere primero. Que él la vea.
Pero entonces ella dobla la esquina.
Elena.
Descalza. Vestido blanco de lino, manchado de arena y sal. Pelo negro suelto, pegado a la espalda por el calor. Glock 43 en su bolso, cañón hacia el suelo. No corre. No se esconde. Camina.
Va a la Suite 304. Va a matar a Vera. O a preguntarle por qué su hijo muerto se apellida Ledesma.
No sabe que Dragan Vuković está a 10 metros. Apoyado en la barandilla. Mirándola.
Y Dragan no sabe que se le acaba de caer el móvil al suelo.
Porque la foto era mentira.
Lo que ve Dragan es distinto.
No ve a la mujer de Ledesma. No ve el objetivo.
Ve la piel morena de Tánger. Ve la cicatriz de la clavícula que le asoma por el escote. Ve la rabia en la mandíbula. Ve los pies descalzos de alguien que ha matado y ha llorado y ha vuelto a matar.
Ve a su madre. Ve a su hermana. Ve a todas las mujeres de los Balcanes que enterraban a sus hombres y no se ponían de luto: se ponían a disparar.
Y ve algo que no veía desde Belgrado 2017: algo por lo que merecería la pena no apretar el gatillo.
Rado sale de la habitación de al lado. “Jefe. Está sola. ¿Procedo?”
Dragan no aparta los ojos de Elena. Levanta una mano. Para.
“No”.
“¿Jefe?”
“Esa mujer es mía desde ya”.
Miloš frunce el ceño. “Las órdenes eran…”
“Mis órdenes cambian”, dice Dragan. Voz baja. Peligrosa. -Nadie la toca. Nadie la mira. Si Ledesma la roza, le corto las manos. Si Vera la roza, le abro la cicatriz hasta la nuca-.
Guarda el móvil. La foto granulada ya no le sirve.
-Marco Ledesma me quitó un hermano-, dice. -Yo le voy a quitar a la mujer. Pero no muerta. Viva. En mi cama. En Belgrado. Con mi apellido-.
Elena, no lo ve. No los ve. Está ciega de rabia y de Vera.
Pasa a un metro de Dragan. Huele a sal, a mojito y a pólvora.
Él la deja pasar. La ve alejarse por el pasillo. Glock en mano. Vestido blanco.
Y Dragan Vuković, el hombre que puso el coche bomba que mató a Petar Ledesma Kovač, sonríe por primera vez en siete años.
-Ledesma no sabe lo que tiene-, le dice a Rado. -Y yo sí-.
Suite 304. Vera abre la puerta.
Pistola en mano también. Una CZ 75 vieja. De Belgrado.
Ve a Elena. Ve la Glock. Ve la rabia.
-Vienes a matarme-, dice Vera. No es pregunta.
-Vengo a que me digas por qué mi marido tiene un hijo enterrado con tu apellido-, dice Elena.
Vera baja la CZ despacio. -Porque lo tuvo conmigo. Antes que a ti. Y porque Dragan nos lo mató a los dos-.
Silencio. Solo el mar.
-Dragan está aquí-, dice Vera. -En la isla. Ha venido a terminar lo de Belgrado. Primero tú. Luego Marco. Luego yo-.
Elena no baja la Glock. -¿Y por qué debería creerte?-
-Porque si quisiera que murieras, no habría salido a la puerta-, dice Vera.
Te habría dejado doblar la esquina hace dos minutos.
Elena frunce el ceño. -¿Qué esquina?-
Vera señala con la barbilla hacia el pasillo.
Elena se gira.
Dragan Vuković está ahí. Solo. Sin Rado. Sin Miloš. A diez metros. Apoyado en la barandilla. Mirándola.
Y no tiene cara de querer matarla.
Tiene cara de querer llevársela.
Marco llega corriendo al pasillo. Descalzo. Sin camiseta. Con la Glock que sacó de la maleta.
Ve a Elena apuntando a Vera. Ve a Vera apuntando al suelo. Y ve a Dragan Vuković apuntando a Elena con los ojos.
Tres pistolas. Tres muertos. Un hijo enterrado.
Y Dragan habla primero. En serbio. Luego en español, para que Elena lo entienda.
-Buenas tardes, señora Ledesma-, dice. zSiento lo de su luna de miel-.
Hace una pausa. La recorre entera con los ojos. Del pelo negro a los pies descalzos.
-Pero me va a perdonar. Acabo de cancelarla-.
Marco levanta la Glock. “Dragan”.
Dragan ni lo mira. Sigue mirando a Elena.
-He cambiado de opinión-, le dice a ella. -Usted no muere hoy. Usted se viene conmigo. Belgrado es frío, pero la caliento yo-
Elena entiende tres cosas en un segundo:
Este es el hombre que mató al hijo de Marco.
Este hombre acaba de decidir que ella es más bella que la foto.
Marco y Vera tuvieron un hijo. Y este hombre lo puso en una tumba.
Y Elena Duarte hace lo único que sabe hacer cuando la acorralan dos hombres y una verdad:
Dispara.
El disparo no es para Dragan. No es para Vera.
Es al suelo. Entre los tres.
Para que todo el mundo entienda que la única que decide de quién es Elena Duarte… es Elena Duarte.
Marvo sabe que Dragan ya no quiere venganza. Quiere a Elena.
Y acaba de entender que tiene que protegerla de dos guerras: la de Belgrado y la de su cama.
Elena Duarte Ruiz habla ante el silencio que duro segundos.
“Mi apellido es Duarte. Y no se toca”._
Marco, tú me mentiste. Él mató a tu hijo. Empiezo por el que tengo más cerca”.
Y tú “Si me vuelves a llamar viuda de Ledesma, la viuda eres tú”._
Vera la escucha atentamente, mientras Dragan desliza una mirada hacia ella.
-Marco, ¿le has dicho a Elena que tú y yo aún estamos casados, por lo tanto, su matrimonio no es válido?- dice Vera con desdén.
-Elena yo...-
-¡Que! Elena está en silencio y tiene las lágrimas a punto de salir, pero las retiene junto a aquel grito que la ahoga.
Elena se gira y camina hacia la habitación, un disparo sale del arma de Vera, pero Dragan empuja a Elena, rozando la bala en el brazo de él.
-¿Estás bien?- Le dice Dragan a Elena. Marco se quedó quieto.
-Elena, yo...- Elena interrumpe.
-Estoy bien, no te pedí que lo hicieras. Creí que tú Marco ibas a protegerme, pero si me mentiste tantos años, porque debía creer que me querías salvar... Ja, adiós.